La Tecnología, El Trauma y Lo Salvaje

por Chellis Glendinning


Que millones de personas compartan
las mismas formas de patología mental
no implica que aquellas personas sean sanas.


Erich Fromm

Chellis Glendinning, una psicóloga clínica, habla de sí misma como de una crítica social ``neo-luddita'', es decir alguien que explora el pleno impacto de la tecnología industrial sobre la humanidad. Ha sido pionera en aplicar los conceptos psicológicos del trauma y la adicción a la crisis ecológica. En su libro My Name Is Chellis and I'm in Recovery from Western Civilization, explora nuestra desconexión de la Tierra como el ``trauma inicial'' que ha estado entrelazado con traumas subsiguientes, como el abuso de menores o el genocidio de los pueblos indígenas. En su trabajo, busca reivindicar la sabiduría de los pueblos nativos y reconectar la psique a la matriz primaria de la Tierra. En este ensayo, nos muestra cómo las cualidades que son el distinctivo del abuso de sustancias pueden ser detectadas en la adicción de la sociedad urbano-industrial a la tecnología. Su diagnóstico tiene implicaciones importantes para la política ambientalista. Si la gente se aferra a la tecnología y sus productos de la misma manera en que los alcohólicos se aferran al licor, entonces su comportamiento es más complejo que la mera ``codicia''. Ecopsicólogos como Glendinning están encontrando nuevas y persuasivas maneras para cambiar la vida de la gente en la sociedad industrial. - Theodore Roszak, Mary E. Gomes y Allen D. Kanner.

CHELLIS GLENDINNING, Ph.D., es psicóloga, activista social, escritora y pionera de la ecopsicología, un campo de gran interés para la Ecología Profunda. Sus libros incluyen When Technology Wounds: The Human Consequences of Progress (1990), que fue nominado para el Premio Pulitzer, el bestseller My Name Is Chellis and I'm in Recovery from Western Civilization (1994), Off the Map: An Expedition Deep into Empire and the Global Economy (2002), que recibió el US National Federation of Press Women Book Award, y el reciente Chiva : A Village Takes on the Global Heroin Trade (2005). Glendinning integra al comité consultivo de Earth Island Institute y trabaja junto a miembros de los pueblos Acoma y Laguna y de la nación Navajo sobre asuntos relacionados con la minería del uranio en el sureste de las Estados Unidos. Vive en Chimayó, New Mexico.


LA SEMANA PASADA me encontré, en mi café favorito, con un joven activista político para conversar. Un hombre pro-feminista y fundador de una organización juvenil antibelicista durante la Guerra del Golfo [de 1991, ndt], este joven de 21 años de edad vive para explorar asuntos sociales y actuar en base a sus convicciones. Su pregunta más caliente de la hora se refería a la tecnología: ``¿La televisión ha tornado a la gente menos inteligente?'', se preguntaba, y apoyaba su conclusión sobre el mandato deconstruccionista que uno habla solamente en base a la experiencia personal. Su respuesta fue, ``Decididamente no.'' De hecho, la capacidad mental de este joven hombre era tan sustancial y su ingenio tan agudo como no había visto en nadie de cualquier otra edad. Sin embargo, no podía evitar notar que, incluso antes de que un cuadruple espresso latte hubiera explotado en sus células cerebrales, mi joven amigo estaba perorando a la velocidad de 120 palabras por minuto, vibrando en su silla como un cohete listo para el despegue, despotricando contra palabras como VPL y Macromind, y contestando a sus propias preguntas en saltos cuánticos, cruzando paradigmas no integrados por cualquier cosmovisión coherente, realidad física u obligación moral por la vida.
Al igual que mi amigo, la mayoría de nosotros que vive en la sociedad tecnológica masificada encuentra difícil comprender el impacto de la tecnología sobre la realidad social, sin mencionar sobre nuestras psiques. Como las pequeñas bacterias aeróbicas que viven en los circuitos electrónicos de las computadoras, estamos tan afianzados en nuestro mundo tecnológico que difícilmente sabemos que existe. Sin embargo, la difusión de la contaminación radioactiva, las epidemias de cáncer, los derrames de petróleo, las fugas de tóxicos, la dolencia ambiental, los agujeros en el ozono, los recursos acuíferos envenenados, y las extinciones biológicas y culturales indican que el sistema tecnológico que envuelve toda nuestra experiencia, percepción y acción política se encuentra en extrema necesidad de crítica. Además, se requiere que esta crítica esté integrada por una coherente visión del mundo, realidad física y obligación moral por la vida.
En este punto de la historia, es esencial que hagamos preguntas difíciles e inquisitivas sobre el lugar de la tecnología en nuestras vidas. ¿Cuál es la esencia de la tecnología moderna? ¿Cómo estructura nuestras vidas? ¿Nuestras percepciones? ¿Nuestra política? ¿Cómo moldea nuestras mentes? ¿Qué dice acerca de nuestra relación con nuestra humanidad y con la Tierra? Desafortunadamente, los obstáculos a las respuestas están afianzados, al igual que pilares de concreto al intercambio entre autovías, en nuestra realidad social y psicológica.
Descubrí el alcance de estos obstáculos durante una gira promocional de mi libro When Technology Wounds. El libro se basa sobre un estudio psicológico de supervivientes tecnológicos: personas que se han vuelto enfermos clínicos como resultado de la exposición a alguna tecnología peligrosa para la salud. Entrevisté a los residentes de Love Canal, veteranos de los experimentos atómicos, trabajadores del asbesto, hijas DSE[§], obreros en las plantas electrónicas, usuarias del Dalkon Shield[¶], propietarios de viviendas cuyos manantiales subterraneos habían sido contaminados, y los que recibían los vientos del Nevada Test Site, así como los enfermos de cáncer, de enfermedad ambiental, de cansancio crónico, de disfunción inmunológica, y muchos otros problemas.
Según todos los informes, esta población está aumentando. En Louisiana, 41.000 residentes están expuestos a 3.5 millones de toneladas de desechos tóxicos, enterrados a lo largo del corredor industrial entre Baton Rouge y New Orleans. Treinta millones de hogares estadounidenses, o 96 millones de personas, viven dentro de 50 millas de una planta de producción de energía nuclear. Ciento treinta y cinco millones de residentes en 122 ciudades y condados respiran aire consistentemente contaminado, mientras que, cada año, los 250 millones de norteamericanos - cada uno de nosotros - están expuestos a dos mil seicientos millones de libras de pesticidas, y además a toda la precipitación radioactiva que rodea el globo, desde Hiroshima, Chernobyl, y los sitios de pruebas nucleares en Nevada y Kazakhstan.[1]
Durante la gira para el libro sugerí que, visto que en todas partes la gente se está enfermando por exposición tecnológica, sería mejor si comenzáramos una conversación razonada e informada sobre la tecnología. Esta conversación no se daría dentro de poco tiempo. En un debate en la National Public Radio con el profesor del MIT Marvin Minsky, el inventor de la inteligencia artificial, me preguntaron si yo tenía cualquier objeción a las computadoras. Expresé preocupación que los químicos letales usados para manufacturar las computadoras contaminan la biosfera. Mencioné el caso de Yolanda Lozano, una obrera de 36 años de la planta GTE en Albuquerque, que murió de cáncer luego de haber sido expuesta a los químicos durante el trabajo. El profesor Minski replicó, ``No importa.'' En algún lugar de mi gira, la conversación terminó casi antes de comenzar. ``¡Echen a esta mujer del programa! ¡Es el huésped más estúpido que jamás han tenido!'', chilló un radioyente del programa. ``¡Yo no puedo renunciar a mi mamografía!'', aulló otra. ``Apenas solucionemos este asunto ambiental,'' insistió un hombre en una feria de libros, ``debemos colonizar Marte. Es imperativo para nuestra fe en el futuro.''

Tecno-Adicción
Como psicóloga, comparo a la actual conciencia pública de los impactos de la tecnología con la visión que la gente tenía del alcoholismo durante la década del 50. En ese entonces, todo el mundo bebía. Beber era más que socialmente aceptable; era requerido. Los Alcohólicos Anónimos ya existían por veinte años y estaban en aumento, sin embargo sus miembros aún consideraban embarazosa su membresía. En los últimos cuarenta años, una importante revolución intervino en nuestra conciencia sobre el potencial destructivo del alcoholismo. Veo una necesidad similar en la década futura, para repensar acerca de otra peligrosa atadura: nuestra adicción a la tecnología.
No es una idea novedosa que nosotros, que vivimos en una sociedad tecnológica masiva, padezcamos de adicción psicológica a máquinas específicas como autos, teléfonos y computadoras, e incluso a la tecnología misma. Pero el escenario es más grande y más complejo. Como dice el filósofo social Morris Bernan en The Re-Enchantment of the World:

La adicción, en una forma u otra, caracteriza cada aspecto de la sociedad industrial.... La dependencia del alcohól, comida, drogas, tabaco...no es formalmente diferente de la dependencia del prestigio, logros profesionales, influencia sobre el mundo, riqueza, la necesidad de construir bombas más ingeniosas, o la necesidad de ejercer el control sobre cualquier cosa.

El editor de la revista Science describe la dependencia nacional del petróleo como adicción, mientras que el Vice-Presidente Al Gore alega que somos adictos al consumo de la Tierra misma.[2] En Steps to an Ecology of Mind, el filósofo evolucionista Gregory Bateson señala que el comportamiento que induce a la adicción es consistente con el enfoque occidental hacia la vida, que opone la mente al cuerpo. Bateson concluye, ``Es dudoso que pueda sobrevivir una especie que tiene una tecnología avanzada y este extraño modo polarizado de mirar a su mundo.''
Para aclarar esta noción de que la misma sociedad contemporánea está basada en lo que yo llamo ``tecno-adicción'', sería bueno recordar que ninguna máquina es autónoma. En otras palabras, estaríamos atrapados para siempre en un análisis narcisista ``pero-yo-quiero-mi-mamografía'' hasta que consideremos a la tecnología solamente como máquinas específicas que o nos sirven individualmente o no nos sirven. Lo que Lewis Mumford llama el ``órden mecánico'' o la ``megamáquina'' es un entero sistema psico-socioeconómico que incluye a todas las máquinas que están entre nosotros; todas las organizaciones y métodos que hacen posible esas máquinas; aquellos de nosotros que habitan este sistema tecnológico; la forma en que estamos socializados y obligados a participar en el sistema; y la manera como pensamos, percibimos, y sentimos mientras intentamos sobrevivir dentro de él.
Lo que describo es un sistema social construido por humanos, centrado en lo tecnológico, y asentado sobre principios de estandarización, eficiencia, linealidad, y fragmentación, al igual que una planta de ensamblaje, que logra las cuotas de producción pero se despreocupa totalmente de la gente que opera en ella. Dentro de este sistema, la tecnología ejerce su influencia en la sociedad. Durante el siglo XX, la industria automotriz ha reorganizado completamente la sociedad americana. Asimismo, las armas nucleares definen la política global. Al mismo tiempo, la sociedad refleja el ethos tecnológico. La organización de los lugares de trabajo, así como su arquitectura, reflejan los principios mecanicistas de estandarización, eficiencia, y cuotas de producción.
Desde nuestra experiencia cotidiana dentro de la sociedad tecnológica masificada, notaremos que actos ``normales'' como estar parados en la cola, respetar las señales de tráfico o registrarse para el servicio militar, todos constituyen actos de participación en esta grandiosa máquina. Considerar a nuestras mentes y cuerpos como desconectados en salud y enfermedad, o pensar que los desechos radioactivos no se filtrarán al final en el agua que bebemos, son síntomas del pensamiento fragmentado que surge de ese órden mecánico.
Tecnología y sociedad están completamente entrelazados. ``La tecnología se ha tornado en nuestro ambiente y en nuestra ideología,'' escribe el crítico social holandés Michiel Schwarz. ``Ya no usamos tecnología, la vivimos.''[3]
Vine Deloria, un indígena Sioux y autor de muchos libros sobre la historia y la política indígena, describe los resultados de esta mezcla socio-tecnológica como ``el universo artificial'':

Los espacios salvajes transformados en calles urbanas, metros, edificios gigantescos e industrias dieron como resultado una completa sustición del mundo real con el mundo artificial del hombre urbano.... Rodeada por un universo artificial, cuando las señales de peligro ya no son las de la forma del cielo, el aullido de los animales, el cambio de las estaciones, sino más bien el simple destello de los semáforos y el gemido de la ambulancia o del auto de la policia, la gente urbana no tiene idea de cómo es el univreso natural.[4]

Langdon Winner, en Autonomous Technology, promueve aún más esta idea, argumentando que los artefactos y métodos inventados desde la revolución tecnológica se han desarrollado en tamaño y complejidad a tal punto que borran nuestra misma habilidad de captar su impacto sobre nosotros. Él alega que la realidad científico-tecnológica socialmente estructurada, que ahora amenaza con determinar cada aspecto de nuestras vidas y recubre el planeta entero, está fuera de control.
La inmersión total, la pérdida de perspectiva y la pérdida de control nos hacen ver el enlace que existe entre el proceso psicológico de la adicción y el sistema tecnológico. La adicción puede pensarse como una enfermedad progresiva que comienza con cambios psicológicos interiores, conduce a cambios en la percepción, comportamiento y estilo de vida, y finalmente a la crisis nerviosa total. El distintivo de este proceso es la compulsión descontrolada y, a menudo, sin rumbo, para llenar un sentido perdido de significado y conexión por medio de sustancias como el alcohol o experiencias como la fama.
A través de todo el sistema tecnológico, los síntomas reconocidas del proceso de adicción son ostensiblemente claros. Son obvios en el comportamiento de aquellos que promueven la tecnología para mantener el control de la sociedad o para inflar sus propias cuentas bancarias o sus egos. Y son evidentes para todos nosotros, por que nuestra experiencia, conocimiento y sentido de la realidad han sido moldeados por vivir en un mundo tecnológico. Los síntomas del proceso de adicción que vamos a discutir aquí incluyen la negación, deshonestidad, control, desórdenes de pensamiento, grandiosidad y desconexión de los propios sentimientos.

Negación
Un distintivo de toda adicción es la presencia de la negación. El alcohólico practicante finge que todo está normal y mantienen las apariencias a toda costa. Similarmente, con respecto a la tecnología y a la destrucción ambiental, una postura de ``no-pasa-nada'' de toda la sociedad domina nuestras vidas. La negación abunda. La industria automotriz dentro y fuera del país sigue produciendo nuevos modelos de autos contaminantes. La televisión pasa anuncios publicitarios para ellos. Seguimos comprándolos. El gobierno de los Estados Unidos niega una relación entre desarrollo tecnológico y calentamiento global, al mismo tiempo un presidente tras otro invocan más desarrollo económico como respuesta al desastre ambiental. La industria de plásticos inunda los mercados del mundo con petroproductos, incluso usando la idea de banquillos en los parques públicos hechos de plástico reciclado como un pretexto para más producción. El establishment médico niega la existencia de enfermedades ambientales. Las corporaciones niegan el impacto ambiental de los procesos de producción de tóxicos.
Los sobrevivientes de la tecnología sufren más dolor en la medida que discubren una difundida negación de que sus enfermedades hayan sido causadas por la tecnología - negación por parte de la industria de seguros, el sistema de justicia, el establishment médico, los medios de comunicación e, incluso, los amigos y la familia. Como me dijo Lois Gibbs, la activista de Love Canal,

Me fui a ver al pediatra de mi hijo, y le dije, ``Mira, hay ocho pacientes que lo tienen como su médico. Todos ellos son menores de doce años, todos ellos tienen el mismo desorden urinario. ¿Por qué? ¿Qué me dice del hecho de que tiene ocho pacientes que viven a unas pocas manzanas de Love Canal y que tienen la misma enfermedad.?'' Contestó, ''No hay conexión.''[5]

Deshonestidad
Este síntoma se manifiesta en el alcohólico al beber secretamente, comportarse de manera solapada, y mentir acerca de sentimientos y actividades. Con respecto a la adicción tecnológica, la deshonestidad se revela más ostensiblemente en el comportamiento de las corporaciones y de las agencias de gobierno cuyo auto-interés radica en el suministro de tecnologías atentadoras. Sabemos, por ejemplo, que funcionarios de A.H. Robins, fabricante del Dalkon Shield, sabían con anticipación del potencial de riesgo médico de su producto. Sin embargo, lo enviaron al mercado, y cuando los informes y los estudios que indicaban sus efectos negativos llegaron a conocimiento del público, A.H. Robins alegó total ignorancia.[6]

Control
Los adictos necesitan controlar su mundo para mantener el acceso a la fuente de su obsesión. Una adicta al trabajo, que conozco y que dirige un pequeño instituto, es incapaz de negociar incluso el más pequeño acuerdo, porque las contribuciones de parte de otros alteran su sentido de control. Igualmente, las corporaciones multinacionales de hoy en día manifiestan una obsesión por el control de los recursos del mundo, los mercados de consumidores, el comportamiento de los trabajadores y la opinión pública hacia sus productos.
Consideremos también la estructura misma de la tecnología moderna. Los tipos de tecnologías que una sociedad desarrolla no son tan absolutos o preordenados como nuestro ethos de progreso lineal nos haría creer; ellos expresan los objetivos de la sociedad, conscientes o inconscientes. En la sociedad tecnológica masificada existe una fuerte semejanza entre los tipos de tecnología producida y los modos tiránicos del poder político. Podríamos, en teoría, enfocar nuestros esfuerzos tecnológicos en inventos que nos permitirían satisfaccer las necesidades humanas básicas de una manera la más sostenible posible. En cambio, nos esforzamos por desarrollar tecnologías, desde diques hasta cremas antiarrugas, que nos permiten un grado creciente de control sobre el mundo natural.
Este deseo de control a menudo nos lleva al fracaso, cuando los humanos asumimos una posición de extrema dependencia de los artefactos artificiales, y las líneas entre quién manda y quién es mandado se hacen borrosas. ¿Qué pasa con nuestras vidas cuando los autos se dañan o los teléfonos no funcionan? ¿Qué pasa cuando no tenemos un fax, una computadora, o un auto? El dominio de la tecnología sobre nuestras vidas se traduce también en pérdida de poder político. La misma concepción, invención, desarrollo y utilización de nuevas tecnologías involucran un proceso social altamente no democrático, racionalizado como ``progreso.'' Las experiencias de la vida de los sobrevivientes tecnológicos atestiguan este hecho: están usualmente expuestos a eventos tecnológicos que los privan de su salud y de sus medios de sustento, sin ninguna advertencia o elección.
Si los tipos particulares de tecnologías en nuestro entorno existieran para promover dominio y poder, deberíamos preguntar: ¿para quién? ¿y sobre quién? Los molinos de viento, o los teepee, expresan valores democráticos y ecológicos porque la misma gente que los inventó, produjo y mantiene es la que los usa. En cambio, las tecnologías diseminadas en la sociedad de masa reflejan una mentalidad de control sobre el mundo natural, el espacio, otra gente, e incluso nosotros mismos. Como señala Jerry Mander, el manejo de una central nuclear requiere un control centralizado y estrecho por parte de la industria y del gobierno, primero para producir un proyecto intensivo en capital, luego para dominar la opinión pública, y en fin para asegurar el respaldo militar en caso de sabotaje, incidente o protesta pública. La presencia de armas nucleares, biológicas y químicas en el arsenal de una nación no sólo controla a los enemigos de aquella nación; también asusta e intimida, y por ende controla, a los mismos ciudadanos de aquella nación.

Desórdenes de Pensamiento
Los alcohólicos y otros adictos a sustancias típicamente emplean formas de pensar que sirven para las necesidades inmediatas de la adicción, más que para el bienestar a largo plazo de la persona. Esto es visto, por ejemplo, en el alcohólico que bebe para aliviar el dolor físico y emocional de la resaca.
Asimismo, en la sociedad tecnológica masificada, el mucho pensar es disfuncional. Muchas personas adoptan la ``solución tecnológica'' como la respuesta a los problema sociales, psicológicos y médicos causados por previas soluciones tecnológicas. Por ejemplo, un programa gubernamental propuesto trata de cubrir los océanos con fichas de polistireno que, se espera, reflejarán la luz solar ``no deseada'' de la superficie de la Tierra y nos salvará del calentamiento global. De la misma manera, algunos científicos sugieren poner en órbita alrededor del planeta a cientos de satélites para bloquear la luz solar.[7] Se trata de un pensamiento tecno-adicto de lo más intrincado.

Grandiosidad
El delirio de poder inflado del alcohólico practicante es bien conocido. El delirio de grandiosidad que alimenta al desarrollo tecnológico es menos aparente, más se lo asume. Esta presunción insiste en que la sociedad tecnológica masificada es superior a todos los demás arreglos sociales. Implica que la evolución humana es lineal y siempre progresiva, y que todas las sociedades deberían juzgarse con el criterio del logro tecnológico.
El órgano principal de socialización de la sociedad tecnológica, las relaciones públicas, suministra el atrevimiento de la tecnología. ``Domina las Posibilidades,'' repite la publicidad de MasterCard. ``¿Qué Puede Exactamente Hacer el PC Más Poderoso y Expandible del Mundo? Todo lo Que Quiera,'' promete el réclame del Compaq Desk. Al mismo tiempo, las ``armas inteligentes'' soltadas durante la Tormenta del Desierto y televisadas en casa publicitan que la tecnología norteamericana, y Norteamérica, son ``Número Uno.'' Detrás de esta insistencia demasiado seria está la compulsión, descontrolada y a menudo sin rumbo, de crear expresiones siempre crecientes de grandiosidad - y el distintivo del adicto, está en el regresar continuamente a la fuente del engreimiento. Necesitamos más autos, más televisiones, más represas, más tecnologías nuevas para probar nuestra grandeza.

Desconexión de los Sentimientos
Los alcohólicos rebosan de emociones, sin embargo no pueden expresarse directamente o constructivamente. En cambio, sus sentimientos están escondidos de la vista, en las sombras de sus mentes inconscientes, y así niegan sus sentimientos y viven en un estado de emoción congelada.
Asimismo, la supervivencia en el sistema tecnológico requiere que actuemos ``friamente'' y nos comportemos como máquinas. El distintivo de la educación tecnológica es aprender la matemática para cuantificar la realidad, y dominar el pensamiento fragmentado para funcionar en un mundo mecanicista. Cada tópico que aprendemos en la escuela parece no estar relacionado con los otros.
La sociedad tecnológica masificada está estructurada desde arriba hacia abajo, su naturaleza fragmentada nos mantiene a la mayoría de nosotros siempre lejos de captar una comprensión del todo. El Proyecto Manhattan que construyó las bombas que mataron a cientos de miles de personas en Hiroshima y Nagasaki fue manejado según un modelo militar mecanicista. El proyecto incluía treinta y siete instalaciones distribuidas en los Estados Unidos y en Canadá, cada una proporcionaba una pieza del proceso de producción.[8] En los laboratorios de Los Alamos, el trabajo se desempeñaba resueltamente por medio de una compartimentación de tareas y una censura de comunicación entre los científicos que posibilitaba a todo involucrado el perder su sentido de vulnerabilidad y comprometerse en actividades cuyas consecuencias no podían ser advertidas ni entendidas.
El resultado final de este enfoque hacia la vida es que los sentimientos, las experiencias y las percepciones se desconectan entre sí, y la mente inconsciente se vuelve el receptor de los sentimientos reprimidos. Como resultado, muchos de nosotros tendemos a residir en un estado semiconsciente: las violaciones horrendas y subterráneas que nos rodean catalizan nuestros sentimientos, pero, no reconocidas y no bienvenidas por el mundo mecanicista, las exteriorizamos en comportamientos que no advertimos ni entendemos. Al igual que al soltar la bomba atómica.

Debemos reconocer la adicción sistémica en la sociedad tecnológica masificada, si alguna vez queremos alcanzar un estado de bienestar psicológico y tecnológico. El movimiento de recuperación de doce etapas dice que el adicto debe llevar a cabo ``una búsqueda y un inventario moral libre de temores'' de sí mismo o de sí misma. A nivel individual, esto incluye el reivindicar la responsabilidad de esos casos cuando hemos violado la integridad de otra persona. A nivel colectivo, reclamaríamos la responsabilidad del sinnúmero de violaciones por parte de la sociedad tecnológica contra la humanidad, los animales, el mundo vegetal y la Tierra. Pero, para que nuestros corazones se adelanten al proceso, debemos estar alertas. Como nos dice el psicoterapeuta Terry Kellog, el comportamiento del adicto no es natural en la especie humana. Ocurre debido a alguna insostenible violación que nos ha sucedido.[9]
Y en efecto, hemos sufrido una insostenible violación: un trauma colectivo que explica la insidiosa realidad de la adicción y del abuso que forman parte de nuestras vidas en la sociedad tecnológica masificada. El Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders define al trauma como ``un evento que está fuera del alcance de la experiencia humana y que sería marcadamente doloroso para cualquiera.''[10] El trauma tolerado por las personas tecnológicas como nosotros es la supresión sistémica y sistemática de nuestras vidas del mundo natural: de los rizos de las texturas terrestres, de los ritmos del sol y de la luna, de los espíritus de los osos y de los árboles, de la misma fuerza vital. Este es también la supresión sistémica y sistemática de nuestras vidas de los tipos de experiencias sociales y culturales que nuestros antepasados asumían cuando vivían en armonía con el mundo natural.
Vine Deloria correctamente asevera que nosostros, la gente tecnológica, ``no tenemos idea'' acerca de algo que reside fuera del ``universo tecnológico artificial con el que estamos familiarizados.'' Los seres humanos evolucionaron durante unos tres millones de años y cien mil generaciones, una evolución sincronizada con el mundo natural. Somos creaturas que surgieron de la Tierra, que son construidas psicológicamente y físicamente para crecer en intimidad con la Tierra. Hace apenas unas trescientos generaciones, o el 0.003 por ciento de nuestro tiempo en la Tierra, los humanos en el mundo occidental dieron inicio al proceso de control sobre el mundo natural, a través de la agricultura y de la domesticación de los animales. Apenas unas cinco o seis generaciones han pasado desde cuando las sociedades industriales surgieron a partir de este proceso de domesticación. En efecto, nuestra experiencia en la sociedad tecnológica masificada está ``fuera del alcance de la experiencia humana'' y, por la evidencia de sufrimientos psícológicos, destrucción ecológica y control tecnológico, este estilo de vida ha sido ``marcadamente doloroso'' para cualquiera.
Aunque ampliamente ignorada, la evidencia salta de los textos de antropología, y sugiere que las mismas cualidades psicológicas tan impacientemente buscadas en los movimientos psicológicos, espirituales y de recuperación de hoy en día; las igualdades sociales por las que los movimientos de justicia social actuales luchan valientemente; y los beneficios ecológicos buscados por los movimientos ambientalistas contemporáneos, son las mismas cualidades y condiciones en las que nuestra especie vivió durante más del 99.997 por ciento de su existencia.
Los pueblos basados en la naturaleza vivieron cada día de su vida en la naturaleza salvaje. Estamos apenas comenzando a comprender cómo esa vida sirvió a las expectativas inherentes a la psique humana para el desarrollo hacia una plena maduración y salud. En los pueblos basados en la naturaleza, los que mantienen algunos vestigios de su relación con la Tierra y sus culturas basadas en la Tierra, podemos discernir un evidente sentido de tranquilidad con la vida cotidiana, un marcado sentido de identidad y dignidad, una sabiduria que la mayoría de nosotros podemos admirar desde lejos, y una ausencia de adicción y abuso que se han vuelto sistémicos en la civilización.
La pérdida de estas experiencias psicológicas y culturales frente una realidad cada vez más centrada en lo humano y por ende determinada por la tecnología, y la pérdida de una vida en participación fluida con el mundo salvaje, constituyen el trauma que hemos heredado.
El distintivo de la respuesta traumática es la disociación: un proceso por medio del cual partimos nuestra consciencia, reprimimos enteras arenas de la experiencia, y apagamos nuestra plena percepción del mundo. La disociación proviene no solamente de la experiencia traumatizadora directa, sino también de los tipos de cambios sociales que ocurrieron en el proceso histórico de la domesticación. En Nature and Madness [Natura y Locura], Paul Shepard describe este proceso como la iniciación de una dicotomía doméstico/salvaje jamás oída antes, en la que todas las cosas consideradas domesticadas (almácigos domesticados, animales capturados, y la mentalidad mecánica y controladora requerida para mantenerlos en vida) son valoradas y protegidas, mientras que todas las cosas consideradas salvajes (``malas hierbas,'' animales salvajes, y la manera fluida y participativa de ser humano) son consideradas peligrosas y mantenidas a distancia.
Esta división entre lo salvaje y lo doméstico está en el fundamento de la personalidad del adicto como de la sociedad tecnológica. En última instancia, esta división nos encierra en nuestra realidad construida por humanos y causa todas las dicotomías innecesarias y problemáticas con las que lidiamos hoy en día - de masculino/femenino y mente/cuerpo, a secular/sagrado y tecnológico/basado en la Tierra.
El desplazamiento de la sociedad tecnológica de la única morada que jamás hemos conocido es un evento traumático que ha ocurrido durante generaciones, y que ocurre nuevamente en cada una de nuestras infancias y en nuestras vidas cotidianas. Frente a este abuso, los sintomás de estrés traumático ya no son el evento raro causado por una accidente insólito o el mal clima, más bien son la sustancia de la vida cotidiana de cada hombre y mujer.
A medida que la vida humana llega a ser estructurada cada vez más por medios mecanicistas, la psique se auto-restructura para sobrevivir. El sistema tecnológico erosiona fuentes primarias de satisfacción antes encontradas rutinariamente en la vida en la naturaleza, como alimento físico, comunidad vital, comida fresca, continuidad entre trabajo y significado, participación sin obstáculos en las experiencias de la vida, elecciones personales, decisiones comunitarias y conexión espiritual con el mundo natural. Para satisfacer estas necesidades hemos nacido. En ausencia de éstas, no seremos sanos. En su ausencia, desprovistos y asustados, la psique encuentra alguna satisfacción temporal buscando fuentes secundarias como drogas, violencia, sexo, posesiones materiales y máquinas. Aunque estos estimulantes pueden gratificar momentáneamente, jamás podrán satisfacer verdaderamente necesidades fundamentales. Y así nace el proceso de la adicción. Nos volvemos obsesionados con fuentes secundarias como si nuestras vidas dependieran de ellas.
Hoy en día el mundo está inundado por un mar de adicciones personales y colectivas: alcoholismo, abuso de drogas, adicción sexual, consumismo, desórdenes alimenticios, codependencia y guerra. En su libro Co-Dependence, la psicoterapeuta Anne Wilson Schaef señala que bajo estos comportamientos se encuentra un proceso morboso identificable ``cuyas asunciones, sentimientos, comportamientos y falta de espíritu conducen a un proceso de no-vida que está progresivamente orientado a la muerte.'' Mientras sus palabras describen el proceso de adicción de los individuos, también caracterizan la tecno-adicción de una civilización. La sociedad está adicta a tecnologías específicas como autos, supercomputadoras y armas biológicas; todas ellas facilitan una propensión no saludable al control, entumecen la psique con el dolor y alimentan momentáneamente el ansia por el poder.
La tecno-adicción es también una adicción a una forma de percepcción, experiencia y pensamiento. A medida que el mundo se ha vuelto menos orgánico y más dependiente de arreglos tecnológicos para problemas creados por anteriores arreglos tecnológicos, los humanos han sustituido una nueva visión del mundo por una otrora llena de limpias aguas corredizas, coyotes, constelaciones de estrellas, cuentos de los antepasados y gente trabajando junto en sagrada intención. Pero los antepasados del mundo occidental asumieron la tarea crucial de redefinir su visión del mundo en un estado de dislocación psíquica; así acabaron proyectando una visión del mundo que refleja la furia, el terror y la disociación del estado traumatizado. Soñaban en un mundo del cual los humanos no son plenamente parte, más bien uno que podemos definir, compartimentar y controlar. Crearon una perspectiva lineal, el paradigma científico-tecnológico y la cosmovisón mecanicista.
La vida en la Tierra envuelta en el producto de este sistema está, citando a los Hopi, irremediablemente koyaanisqatsi, o fuera de equilibrio. Como psicóloga, creo que para enfrentar este desequilibrio en sus raices se requerirá más que la política, regulación o legislación pública. Para sanarnos a nosotros, pueblos tecnológicos que, por medio de una cultura mecanizada, hemos perdido el contacto con nuestra humanidad esencial, será necesario un proceso psicológico colectivo.

REFERENCIAS

1. David Maraniss y Michael Weisskoff, ``Corridor of Death along the Mississippi,´´ San Francisco Chronicle, 31 de enero de 1988; Jay Gould, Quality of Life in American Neighborhoods, 2:117-20, Boulder, Colorado: Westview, 1986; Critical Mass Energy Project, ``The 1986 Nuclear Power Safety Report,´´ Washington, D.C.: Public Citizen, 1986; Daniel F. Ford, Three Mile Island, New York: Penguin, 1982; Aerometric Information and Retrieval System: 1988, with Supplemental Data from Regional Office Review, Washington, D.C.: Environmental Protection Agency, julio de 1989; Unfinished Business: A Comparative Assessment of Environmental Problems, pp. 8-86, Washington, D.C.: Environmental Protection Agency, Office of Policy Analysis, febrero de 1987; Lawrie Mott y Karen Snyder, ``Pesticide Alert,´´ Amicus Journal 10, no. 2, primavera de 1988; y Information Disease Almanac, 1986,, p. 129, Boston: Houghton Mifflin, 1986.

2. D.E. Koshland, ``War and Science,´´ Science 251, no. 4993, 1 de febrero de 1991, 497; Al Gore, Earth in the Balance, Boston: Houghton Mifflin, 1992.

3. Michiel Schwarz y Rein Jasma, eds., The Technological Culture, p. 3, Amsterdam: De Bailie, 1989.

4. Vine Deloria, We Talk, You Listen, p. 185, New York: Delta, 1970.

5. Chellis Glendinning, When Technology Wounds, p. 66, New York: Morrow, 1990.

6. Morton Mitz, At Any Cost: Corporate Greed, Women and the Dalkon Shield, capítulo 3, New York: Pantheon, 1985.

7. Jerry Mander, In the Absence of the Sacred: The Failure of Technology and the Survival of the Indian Nations, p. 179, San Francisco: Sierra Club Books, 1991.

8. Richard Hewlett y Oscar Anderson Jr., The New World, 1939-1946: A History of the Atomic Energy Commission, p. 3, University Park: Pennsylvania State University Press, 1962.

9. Terry Kellog, ``Broken Toys, Broken Dreams,´´ Santa Fe, N.M.: Audio Awarenns.

10. Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, 3a ed., Washington, D.C.: American Psychiatric Association, 1987.

Copyright © 1995 T. Roszak, M. E. Gomes y A. D. Kanner - Copyright © PanNature 2006

§. DSE: ``Diethylstilbestrol,´´ o DES, es un estrógeno sintético que fue desarrollado como complemento de la producción natural de estrógenos de una mujer. Recetado por los médicos por primera vez en 1938 para las mujeres que sufrieron abortos espontáneos o nacimientos prematuros, el DES era originalmente considerado eficaz y seguro para la mujer embarazada y para el feto en desarrollo. En los Estados Unidos, entre 5 y 10 millones de personas usaron el DES entre los años 1938 y 1971, incluyendo a las mujeres a las que fue recetado el DES durante el embarazo y a los niños de ambos sexos nacidos de estos embarazos. En 1971, la Food and Drug Administration emitió un Drug Bulletin aconsejando a los médicos de suspender la prescripción de DES a las mujeres embarazadas, por que estaba relacionado con un raro cáncer vaginal en los nacidos de sexo femenino - ndt.

¶. DALKON SHIELD: Un artefacto anticoceptivo intrauterino, que fue luego descubierto como el responsable de abortos y enfermedades inflamatorias pélvicas en las mujeres que lo usaban; finalmente, la compañía productora, A.H. Robins, se declaró en bancarrota, por los costos (480 millones de dólares de la época) que tuvo que pagar por el sinnnúmero de demandas de indemnización presentadas por las víctimas - ndt.


Última revisión Enero 11, 2006. Traducción de Paolo Catelan. Edición de Numa Reinoso Larrea. El material publicado en PanNatura está protegido por la Ley de Derechos de Autores y Editores y © Fundación Sangay: El uso indiscriminado del mismo no está permitido, pero puede ser libremente circulado para fines personales, educacionales y no comerciales. PanNatura y Fundación Sangay son marcas y logos registrados. © PanNatura 2006. © Fundación Sangay 2006.


Original title, ``Technology, Trauma, and the Wild''. From ECOPSYCHOLOGY by Theodore Roszak, Mary E. Gomes, and Allen D. Kanner (eds.), Sierra Club, San Francisco, 1995. Copyright © 1995 Theodore Roszak, Mary E. Gomes, y Allen D. Kanner. First published in TECHNOLOGY FOR THE COMMON GOOD, edited by Michael Shuman and Julia Sweig (Washington DC: Institute for Policy Studies, 1993). Translated and reprinted by arrangement with Chellis Glendinning: Our deepest gratitude to Her.


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