LA SEMANA PASADA me encontré, en mi café favorito, con un joven
activista político para conversar. Un hombre pro-feminista y fundador
de una organización juvenil antibelicista durante la Guerra del Golfo
[de 1991, ndt], este joven de 21 años de edad vive para explorar
asuntos sociales y actuar en base a sus convicciones. Su pregunta más
caliente de la hora se refería a la tecnología: ``¿La televisión ha
tornado a la gente menos inteligente?'', se preguntaba, y apoyaba su
conclusión sobre el mandato deconstruccionista que uno habla solamente
en base a la experiencia personal. Su respuesta fue, ``Decididamente
no.'' De hecho, la capacidad mental de este joven hombre era tan
sustancial y su ingenio tan agudo como no había visto en nadie de
cualquier otra edad. Sin embargo, no podía evitar notar que, incluso
antes de que un cuadruple espresso latte hubiera explotado en
sus células cerebrales, mi joven amigo estaba perorando a la velocidad
de 120 palabras por minuto, vibrando en su silla como un cohete listo
para el despegue, despotricando contra palabras como VPL y Macromind,
y contestando a sus propias preguntas en saltos cuánticos, cruzando
paradigmas no integrados por cualquier cosmovisión coherente, realidad
física u obligación moral por la vida.
Al igual que mi amigo, la mayoría de
nosotros que vive en la sociedad tecnológica masificada encuentra
difícil comprender el impacto de la tecnología sobre la realidad
social, sin mencionar sobre nuestras psiques. Como las pequeñas
bacterias aeróbicas que viven en los circuitos electrónicos de las
computadoras, estamos tan afianzados en nuestro mundo tecnológico que
difícilmente sabemos que existe. Sin embargo, la difusión de la
contaminación radioactiva, las epidemias de cáncer, los derrames de
petróleo, las fugas de tóxicos, la dolencia ambiental, los agujeros en
el ozono, los recursos acuíferos envenenados, y las extinciones
biológicas y culturales indican que el sistema tecnológico que
envuelve toda nuestra experiencia, percepción y acción política se
encuentra en extrema necesidad de crítica. Además, se requiere que
esta crítica esté integrada por una coherente visión del mundo,
realidad física y obligación moral por la vida.
En este punto de la historia, es
esencial que hagamos preguntas difíciles e inquisitivas sobre el lugar
de la tecnología en nuestras vidas. ¿Cuál es la esencia de la
tecnología moderna? ¿Cómo estructura nuestras vidas? ¿Nuestras
percepciones? ¿Nuestra política? ¿Cómo moldea nuestras mentes?
¿Qué dice acerca de nuestra relación con nuestra humanidad y con la
Tierra? Desafortunadamente, los obstáculos a las respuestas están
afianzados, al igual que pilares de concreto al intercambio entre
autovías, en nuestra realidad social y psicológica.
Descubrí el alcance de estos
obstáculos durante una gira promocional de mi libro When Technology
Wounds. El libro se basa sobre un estudio psicológico de
supervivientes tecnológicos: personas que se han vuelto enfermos
clínicos como resultado de la exposición a alguna tecnología peligrosa
para la salud. Entrevisté a los residentes de Love Canal, veteranos de
los experimentos atómicos, trabajadores del asbesto, hijas DSE[§], obreros en las plantas electrónicas, usuarias del
Dalkon Shield[¶], propietarios de viviendas cuyos
manantiales subterraneos habían sido contaminados, y los que recibían
los vientos del Nevada Test Site, así como los enfermos de cáncer, de
enfermedad ambiental, de cansancio crónico, de disfunción
inmunológica, y muchos otros problemas.
Según todos los informes, esta
población está aumentando. En Louisiana, 41.000 residentes están
expuestos a 3.5 millones de toneladas de desechos tóxicos, enterrados
a lo largo del corredor industrial entre Baton Rouge y New
Orleans. Treinta millones de hogares estadounidenses, o 96 millones de
personas, viven dentro de 50 millas de una planta de producción de
energía nuclear. Ciento treinta y cinco millones de residentes en 122
ciudades y condados respiran aire consistentemente contaminado,
mientras que, cada año, los 250 millones de norteamericanos - cada uno
de nosotros - están expuestos a dos mil seicientos millones de libras
de pesticidas, y además a toda la precipitación radioactiva que rodea
el globo, desde Hiroshima, Chernobyl, y los sitios de pruebas
nucleares en Nevada y Kazakhstan.[1]
Durante la gira para el libro sugerí
que, visto que en todas partes la gente se está enfermando por
exposición tecnológica, sería mejor si comenzáramos una conversación
razonada e informada sobre la tecnología. Esta conversación no se
daría dentro de poco tiempo. En un debate en la National Public Radio
con el profesor del MIT Marvin Minsky, el inventor de la inteligencia
artificial, me preguntaron si yo tenía cualquier objeción a las
computadoras. Expresé preocupación que los químicos letales usados
para manufacturar las computadoras contaminan la biosfera. Mencioné el
caso de Yolanda Lozano, una obrera de 36 años de la planta GTE en
Albuquerque, que murió de cáncer luego de haber sido expuesta a los
químicos durante el trabajo. El profesor Minski replicó, ``No
importa.'' En algún lugar de mi gira, la conversación terminó casi
antes de comenzar. ``¡Echen a esta mujer del programa! ¡Es el huésped
más estúpido que jamás han tenido!'', chilló un radioyente del
programa. ``¡Yo no puedo renunciar a mi mamografía!'', aulló
otra. ``Apenas solucionemos este asunto ambiental,'' insistió un
hombre en una feria de libros, ``debemos colonizar Marte. Es
imperativo para nuestra fe en el futuro.''
Tecno-Adicción
Como psicóloga, comparo a la actual conciencia pública de los impactos
de la tecnología con la visión que la gente tenía del alcoholismo
durante la década del 50. En ese entonces, todo el mundo bebía. Beber
era más que socialmente aceptable; era requerido. Los Alcohólicos
Anónimos ya existían por veinte años y estaban en aumento, sin embargo
sus miembros aún consideraban embarazosa su membresía. En los últimos
cuarenta años, una importante revolución intervino en nuestra
conciencia sobre el potencial destructivo del alcoholismo. Veo una
necesidad similar en la década futura, para repensar acerca de otra
peligrosa atadura: nuestra adicción a la tecnología.
No es una idea novedosa que nosotros,
que vivimos en una sociedad tecnológica masiva, padezcamos de adicción
psicológica a máquinas específicas como autos, teléfonos y
computadoras, e incluso a la tecnología misma. Pero el escenario es
más grande y más complejo. Como dice el filósofo social Morris Bernan
en The Re-Enchantment of the World:
La adicción, en una forma u otra, caracteriza cada aspecto de la
sociedad industrial.... La dependencia del alcohól, comida, drogas,
tabaco...no es formalmente diferente de la dependencia del prestigio,
logros profesionales, influencia sobre el mundo, riqueza, la necesidad
de construir bombas más ingeniosas, o la necesidad de ejercer el
control sobre cualquier cosa.
El editor de la revista
Science describe la dependencia nacional del petróleo como
adicción, mientras que el Vice-Presidente Al Gore alega que somos
adictos al consumo de la Tierra misma.[2] En Steps to an Ecology of
Mind, el filósofo evolucionista Gregory Bateson señala que el
comportamiento que induce a la adicción es consistente con el enfoque
occidental hacia la vida, que opone la mente al cuerpo. Bateson
concluye, ``Es dudoso que pueda sobrevivir una especie que tiene una
tecnología avanzada y este extraño modo polarizado de mirar a
su mundo.''
Para aclarar esta noción de que la
misma sociedad contemporánea está basada en lo que yo llamo
``tecno-adicción'', sería bueno recordar que ninguna máquina es
autónoma. En otras palabras, estaríamos atrapados para siempre en un
análisis narcisista ``pero-yo-quiero-mi-mamografía'' hasta que
consideremos a la tecnología solamente como máquinas específicas que o
nos sirven individualmente o no nos sirven. Lo que Lewis Mumford llama
el ``órden mecánico'' o la ``megamáquina'' es un entero sistema
psico-socioeconómico que incluye a todas las máquinas que están entre
nosotros; todas las organizaciones y métodos que hacen posible esas
máquinas; aquellos de nosotros que habitan este sistema tecnológico;
la forma en que estamos socializados y obligados a participar en el
sistema; y la manera como pensamos, percibimos, y sentimos
mientras intentamos sobrevivir dentro de él.
Lo que describo es un sistema social
construido por humanos, centrado en lo tecnológico, y asentado sobre
principios de estandarización, eficiencia, linealidad, y
fragmentación, al igual que una planta de ensamblaje, que logra las
cuotas de producción pero se despreocupa totalmente de la gente que
opera en ella. Dentro de este sistema, la tecnología ejerce su
influencia en la sociedad. Durante el siglo XX, la industria
automotriz ha reorganizado completamente la sociedad americana.
Asimismo, las armas nucleares definen la política global. Al mismo
tiempo, la sociedad refleja el ethos tecnológico. La
organización de los lugares de trabajo, así como su arquitectura,
reflejan los principios mecanicistas de estandarización, eficiencia, y
cuotas de producción.
Desde nuestra experiencia cotidiana
dentro de la sociedad tecnológica masificada, notaremos que actos
``normales'' como estar parados en la cola, respetar las señales de
tráfico o registrarse para el servicio militar, todos constituyen
actos de participación en esta grandiosa máquina. Considerar a
nuestras mentes y cuerpos como desconectados en salud y enfermedad, o
pensar que los desechos radioactivos no se filtrarán al final en el
agua que bebemos, son síntomas del pensamiento fragmentado que surge
de ese órden mecánico.
Tecnología y sociedad están
completamente entrelazados. ``La tecnología se ha tornado en nuestro
ambiente y en nuestra ideología,'' escribe el crítico social holandés
Michiel Schwarz. ``Ya no usamos tecnología, la vivimos.''[3]
Vine Deloria, un indígena Sioux y
autor de muchos libros sobre la historia y la política indígena,
describe los resultados de esta mezcla socio-tecnológica como ``el
universo artificial'':
Los espacios salvajes transformados en calles urbanas, metros,
edificios gigantescos e industrias dieron como resultado una completa
sustición del mundo real con el mundo artificial del hombre
urbano.... Rodeada por un universo artificial, cuando las señales de
peligro ya no son las de la forma del cielo, el aullido de los
animales, el cambio de las estaciones, sino más bien el simple
destello de los semáforos y el gemido de la ambulancia o del auto de
la policia, la gente urbana no tiene idea de cómo es el univreso
natural.[4]
Langdon Winner, en Autonomous
Technology, promueve aún más esta idea, argumentando que los
artefactos y métodos inventados desde la revolución tecnológica se han
desarrollado en tamaño y complejidad a tal punto que borran nuestra
misma habilidad de captar su impacto sobre nosotros. Él alega que la
realidad científico-tecnológica socialmente estructurada, que ahora
amenaza con determinar cada aspecto de nuestras vidas y recubre el
planeta entero, está fuera de control.
La inmersión total, la pérdida de
perspectiva y la pérdida de control nos hacen ver el enlace que existe
entre el proceso psicológico de la adicción y el sistema tecnológico.
La adicción puede pensarse como una enfermedad progresiva que comienza
con cambios psicológicos interiores, conduce a cambios en la
percepción, comportamiento y estilo de vida, y finalmente a la crisis
nerviosa total. El distintivo de este proceso es la compulsión
descontrolada y, a menudo, sin rumbo, para llenar un sentido perdido
de significado y conexión por medio de sustancias como el alcohol o
experiencias como la fama.
A través de todo el sistema
tecnológico, los síntomas reconocidas del proceso de adicción son
ostensiblemente claros. Son obvios en el comportamiento de aquellos
que promueven la tecnología para mantener el control de la sociedad o
para inflar sus propias cuentas bancarias o sus egos. Y son evidentes
para todos nosotros, por que nuestra experiencia, conocimiento y
sentido de la realidad han sido moldeados por vivir en un mundo
tecnológico. Los síntomas del proceso de adicción que vamos a discutir
aquí incluyen la negación, deshonestidad, control, desórdenes de
pensamiento, grandiosidad y desconexión de los propios sentimientos.
Negación
Un distintivo de toda adicción es la presencia de la negación. El
alcohólico practicante finge que todo está normal y mantienen las
apariencias a toda costa. Similarmente, con respecto a la tecnología y
a la destrucción ambiental, una postura de ``no-pasa-nada'' de toda la
sociedad domina nuestras vidas. La negación abunda. La industria
automotriz dentro y fuera del país sigue produciendo nuevos modelos de
autos contaminantes. La televisión pasa anuncios publicitarios para
ellos. Seguimos comprándolos. El gobierno de los Estados Unidos niega
una relación entre desarrollo tecnológico y calentamiento global, al
mismo tiempo un presidente tras otro invocan más desarrollo económico
como respuesta al desastre ambiental. La industria de plásticos inunda
los mercados del mundo con petroproductos, incluso usando la idea de
banquillos en los parques públicos hechos de plástico reciclado como
un pretexto para más producción. El establishment médico niega la
existencia de enfermedades ambientales. Las corporaciones niegan el
impacto ambiental de los procesos de producción de tóxicos.
Los sobrevivientes de la tecnología
sufren más dolor en la medida que discubren una difundida negación de
que sus enfermedades hayan sido causadas por la tecnología - negación
por parte de la industria de seguros, el sistema de justicia, el
establishment médico, los medios de comunicación e, incluso, los
amigos y la familia. Como me dijo Lois Gibbs, la activista de Love
Canal,
Me fui a ver al pediatra de mi hijo, y le dije, ``Mira, hay ocho
pacientes que lo tienen como su médico. Todos ellos son menores de
doce años, todos ellos tienen el mismo desorden urinario. ¿Por qué?
¿Qué me dice del hecho de que tiene ocho pacientes que viven a unas
pocas manzanas de Love Canal y que tienen la misma
enfermedad.?'' Contestó, ''No hay conexión.''[5]
Deshonestidad
Este síntoma se manifiesta en el alcohólico al beber secretamente,
comportarse de manera solapada, y mentir acerca de sentimientos y
actividades. Con respecto a la adicción tecnológica, la deshonestidad
se revela más ostensiblemente en el comportamiento de las
corporaciones y de las agencias de gobierno cuyo auto-interés radica
en el suministro de tecnologías atentadoras. Sabemos, por ejemplo, que
funcionarios de A.H. Robins, fabricante del Dalkon Shield, sabían con
anticipación del potencial de riesgo médico de su producto. Sin
embargo, lo enviaron al mercado, y cuando los informes y los estudios
que indicaban sus efectos negativos llegaron a conocimiento del
público, A.H. Robins alegó total ignorancia.[6]
Control
Los adictos necesitan controlar su mundo para mantener el acceso a la
fuente de su obsesión. Una adicta al trabajo, que conozco y que dirige
un pequeño instituto, es incapaz de negociar incluso el más pequeño
acuerdo, porque las contribuciones de parte de otros alteran su
sentido de control. Igualmente, las corporaciones multinacionales de
hoy en día manifiestan una obsesión por el control de los recursos del
mundo, los mercados de consumidores, el comportamiento de los
trabajadores y la opinión pública hacia sus productos.
Consideremos también la estructura
misma de la tecnología moderna. Los tipos de tecnologías que una
sociedad desarrolla no son tan absolutos o preordenados como nuestro
ethos de progreso lineal nos haría creer; ellos expresan los
objetivos de la sociedad, conscientes o inconscientes. En la sociedad
tecnológica masificada existe una fuerte semejanza entre los tipos de
tecnología producida y los modos tiránicos del poder político.
Podríamos, en teoría, enfocar nuestros esfuerzos tecnológicos en
inventos que nos permitirían satisfaccer las necesidades humanas
básicas de una manera la más sostenible posible. En cambio, nos
esforzamos por desarrollar tecnologías, desde diques hasta cremas
antiarrugas, que nos permiten un grado creciente de control sobre el
mundo natural.
Este deseo de control a menudo nos
lleva al fracaso, cuando los humanos asumimos una posición de extrema
dependencia de los artefactos artificiales, y las líneas entre quién
manda y quién es mandado se hacen borrosas. ¿Qué pasa con nuestras
vidas cuando los autos se dañan o los teléfonos no funcionan? ¿Qué
pasa cuando no tenemos un fax, una computadora, o un auto? El dominio
de la tecnología sobre nuestras vidas se traduce también en pérdida de
poder político. La misma concepción, invención, desarrollo y
utilización de nuevas tecnologías involucran un proceso social
altamente no democrático, racionalizado como ``progreso.'' Las
experiencias de la vida de los sobrevivientes tecnológicos atestiguan
este hecho: están usualmente expuestos a eventos tecnológicos que los
privan de su salud y de sus medios de sustento, sin ninguna
advertencia o elección.
Si los tipos particulares de
tecnologías en nuestro entorno existieran para promover dominio y
poder, deberíamos preguntar: ¿para quién? ¿y sobre quién? Los molinos
de viento, o los teepee, expresan valores democráticos y ecológicos
porque la misma gente que los inventó, produjo y mantiene es la que
los usa. En cambio, las tecnologías diseminadas en la sociedad de masa
reflejan una mentalidad de control sobre el mundo natural, el espacio,
otra gente, e incluso nosotros mismos. Como señala Jerry Mander, el
manejo de una central nuclear requiere un control centralizado y
estrecho por parte de la industria y del gobierno, primero para
producir un proyecto intensivo en capital, luego para dominar la
opinión pública, y en fin para asegurar el respaldo militar en caso de
sabotaje, incidente o protesta pública. La presencia de armas
nucleares, biológicas y químicas en el arsenal de una nación no sólo
controla a los enemigos de aquella nación; también asusta e intimida,
y por ende controla, a los mismos ciudadanos de aquella nación.
Desórdenes de Pensamiento
Los alcohólicos y otros adictos a sustancias típicamente emplean
formas de pensar que sirven para las necesidades inmediatas de la
adicción, más que para el bienestar a largo plazo de la persona. Esto
es visto, por ejemplo, en el alcohólico que bebe para aliviar el dolor
físico y emocional de la resaca.
Asimismo, en la sociedad tecnológica
masificada, el mucho pensar es disfuncional. Muchas personas adoptan
la ``solución tecnológica'' como la respuesta a los problema sociales,
psicológicos y médicos causados por previas soluciones
tecnológicas. Por ejemplo, un programa gubernamental propuesto trata
de cubrir los océanos con fichas de polistireno que, se espera,
reflejarán la luz solar ``no deseada'' de la superficie de la Tierra y
nos salvará del calentamiento global. De la misma manera, algunos
científicos sugieren poner en órbita alrededor del planeta a cientos
de satélites para bloquear la luz solar.[7] Se trata de un pensamiento
tecno-adicto de lo más intrincado.
Grandiosidad
El delirio de poder inflado del alcohólico practicante es bien
conocido. El delirio de grandiosidad que alimenta al desarrollo
tecnológico es menos aparente, más se lo asume. Esta presunción
insiste en que la sociedad tecnológica masificada es superior a todos los
demás arreglos sociales. Implica que la evolución humana es lineal y
siempre progresiva, y que todas las sociedades deberían juzgarse con
el criterio del logro tecnológico.
El órgano principal de socialización
de la sociedad tecnológica, las relaciones públicas, suministra el
atrevimiento de la tecnología. ``Domina las Posibilidades,'' repite la
publicidad de MasterCard. ``¿Qué Puede Exactamente Hacer el PC Más
Poderoso y Expandible del Mundo? Todo lo Que Quiera,'' promete el
réclame del Compaq Desk. Al mismo tiempo, las ``armas inteligentes''
soltadas durante la Tormenta del Desierto y televisadas en casa
publicitan que la tecnología norteamericana, y Norteamérica, son
``Número Uno.'' Detrás de esta insistencia demasiado seria está la
compulsión, descontrolada y a menudo sin rumbo, de crear expresiones
siempre crecientes de grandiosidad - y el distintivo del adicto, está
en el regresar continuamente a la fuente del engreimiento.
Necesitamos más autos, más televisiones, más represas, más
tecnologías nuevas para probar nuestra grandeza.
Desconexión de los Sentimientos
Los alcohólicos rebosan de emociones, sin embargo no pueden expresarse
directamente o constructivamente. En cambio, sus sentimientos están
escondidos de la vista, en las sombras de sus mentes inconscientes, y
así niegan sus sentimientos y viven en un estado de emoción
congelada.
Asimismo, la supervivencia en el
sistema tecnológico requiere que actuemos ``friamente'' y nos
comportemos como máquinas. El distintivo de la educación tecnológica
es aprender la matemática para cuantificar la realidad, y dominar el
pensamiento fragmentado para funcionar en un mundo mecanicista. Cada
tópico que aprendemos en la escuela parece no estar relacionado con
los otros.
La sociedad tecnológica masificada
está estructurada desde arriba hacia abajo, su naturaleza fragmentada
nos mantiene a la mayoría de nosotros siempre lejos de captar una
comprensión del todo. El Proyecto Manhattan que construyó las bombas
que mataron a cientos de miles de personas en Hiroshima y Nagasaki fue
manejado según un modelo militar mecanicista. El proyecto incluía
treinta y siete instalaciones distribuidas en los Estados Unidos y en
Canadá, cada una proporcionaba una pieza del proceso de producción.[8]
En los laboratorios de Los Alamos, el trabajo se desempeñaba
resueltamente por medio de una compartimentación de tareas y una
censura de comunicación entre los científicos que posibilitaba a todo
involucrado el perder su sentido de vulnerabilidad y comprometerse
en actividades cuyas consecuencias no podían ser advertidas ni
entendidas.
El resultado final de este enfoque
hacia la vida es que los sentimientos, las experiencias y las
percepciones se desconectan entre sí, y la mente inconsciente se
vuelve el receptor de los sentimientos reprimidos. Como resultado,
muchos de nosotros tendemos a residir en un estado semiconsciente: las
violaciones horrendas y subterráneas que nos rodean catalizan nuestros
sentimientos, pero, no reconocidas y no bienvenidas por el mundo
mecanicista, las exteriorizamos en comportamientos que no advertimos
ni entendemos. Al igual que al soltar la bomba atómica.
Debemos reconocer la adicción sistémica en la sociedad tecnológica
masificada, si alguna vez queremos alcanzar un estado de bienestar
psicológico y tecnológico. El movimiento de recuperación de doce
etapas dice que el adicto debe llevar a cabo ``una búsqueda y un
inventario moral libre de temores'' de sí mismo o de sí misma. A nivel
individual, esto incluye el reivindicar la responsabilidad de esos
casos cuando hemos violado la integridad de otra persona. A nivel
colectivo, reclamaríamos la responsabilidad del sinnúmero de
violaciones por parte de la sociedad tecnológica contra la humanidad,
los animales, el mundo vegetal y la Tierra. Pero, para que nuestros
corazones se adelanten al proceso, debemos estar alertas. Como nos
dice el psicoterapeuta Terry Kellog, el comportamiento del adicto no
es natural en la especie humana. Ocurre debido a alguna insostenible
violación que nos ha sucedido.[9]
Y en efecto, hemos sufrido una
insostenible violación: un trauma colectivo que explica la insidiosa
realidad de la adicción y del abuso que forman parte de nuestras vidas
en la sociedad tecnológica masificada. El Diagnostic and
Statistical Manual of Mental Disorders define al trauma como ``un
evento que está fuera del alcance de la experiencia humana y que sería
marcadamente doloroso para cualquiera.''[10] El trauma tolerado por
las personas tecnológicas como nosotros es la supresión sistémica y
sistemática de nuestras vidas del mundo natural: de los rizos de las
texturas terrestres, de los ritmos del sol y de la luna, de los
espíritus de los osos y de los árboles, de la misma fuerza vital. Este
es también la supresión sistémica y sistemática de nuestras vidas de
los tipos de experiencias sociales y culturales que nuestros
antepasados asumían cuando vivían en armonía con el mundo natural.
Vine Deloria correctamente asevera
que nosostros, la gente tecnológica, ``no tenemos idea'' acerca de
algo que reside fuera del ``universo tecnológico artificial con el que
estamos familiarizados.'' Los seres humanos evolucionaron durante unos
tres millones de años y cien mil generaciones, una evolución
sincronizada con el mundo natural. Somos creaturas que surgieron de la
Tierra, que son construidas psicológicamente y físicamente para crecer
en intimidad con la Tierra. Hace apenas unas trescientos generaciones,
o el 0.003 por ciento de nuestro tiempo en la Tierra, los humanos en
el mundo occidental dieron inicio al proceso de control sobre el mundo
natural, a través de la agricultura y de la domesticación de los
animales. Apenas unas cinco o seis generaciones han pasado desde
cuando las sociedades industriales surgieron a partir de este proceso
de domesticación. En efecto, nuestra experiencia en la sociedad
tecnológica masificada está ``fuera del alcance de la experiencia
humana'' y, por la evidencia de sufrimientos psícológicos, destrucción
ecológica y control tecnológico, este estilo de vida ha sido
``marcadamente doloroso'' para cualquiera.
Aunque ampliamente ignorada, la
evidencia salta de los textos de antropología, y sugiere que las
mismas cualidades psicológicas tan impacientemente buscadas en los
movimientos psicológicos, espirituales y de recuperación de hoy en
día; las igualdades sociales por las que los movimientos de justicia
social actuales luchan valientemente; y los beneficios ecológicos
buscados por los movimientos ambientalistas contemporáneos, son las
mismas cualidades y condiciones en las que nuestra especie vivió
durante más del 99.997 por ciento de su existencia.
Los pueblos basados en la naturaleza
vivieron cada día de su vida en la naturaleza salvaje. Estamos
apenas comenzando a comprender cómo esa vida sirvió a las expectativas
inherentes a la psique humana para el desarrollo hacia una plena
maduración y salud. En los pueblos basados en la naturaleza, los que
mantienen algunos vestigios de su relación con la Tierra y sus culturas
basadas en la Tierra, podemos discernir un evidente sentido de
tranquilidad con la vida cotidiana, un marcado sentido de identidad y
dignidad, una sabiduria que la mayoría de nosotros podemos admirar
desde lejos, y una ausencia de adicción y abuso que se han vuelto
sistémicos en la civilización.
La pérdida de estas experiencias
psicológicas y culturales frente una realidad cada vez más centrada en
lo humano y por ende determinada por la tecnología, y la pérdida de
una vida en participación fluida con el mundo salvaje, constituyen el
trauma que hemos heredado.
El distintivo de la respuesta
traumática es la disociación: un proceso por medio del cual partimos
nuestra consciencia, reprimimos enteras arenas de la experiencia, y
apagamos nuestra plena percepción del mundo. La disociación proviene
no solamente de la experiencia traumatizadora directa, sino también de
los tipos de cambios sociales que ocurrieron en el proceso histórico
de la domesticación. En Nature and Madness [Natura y Locura],
Paul Shepard describe este proceso como la iniciación de una dicotomía
doméstico/salvaje jamás oída antes, en la que todas las cosas
consideradas domesticadas (almácigos domesticados, animales
capturados, y la mentalidad mecánica y controladora requerida para
mantenerlos en vida) son valoradas y protegidas, mientras que todas
las cosas consideradas salvajes (``malas hierbas,'' animales salvajes,
y la manera fluida y participativa de ser humano) son consideradas
peligrosas y mantenidas a distancia.
Esta división entre lo salvaje y lo
doméstico está en el fundamento de la personalidad del adicto como de la
sociedad tecnológica. En última instancia, esta división nos encierra
en nuestra realidad construida por humanos y causa todas las
dicotomías innecesarias y problemáticas con las que lidiamos hoy en
día - de masculino/femenino y mente/cuerpo, a secular/sagrado y
tecnológico/basado en la Tierra.
El desplazamiento de la sociedad
tecnológica de la única morada que jamás hemos conocido es un evento
traumático que ha ocurrido durante generaciones, y que ocurre
nuevamente en cada una de nuestras infancias y en nuestras vidas
cotidianas. Frente a este abuso, los sintomás de estrés traumático ya
no son el evento raro causado por una accidente insólito o el mal
clima, más bien son la sustancia de la vida cotidiana de cada hombre y
mujer.
A medida que la vida humana llega a
ser estructurada cada vez más por medios mecanicistas, la psique se
auto-restructura para sobrevivir. El sistema tecnológico erosiona
fuentes primarias de satisfacción antes encontradas rutinariamente en
la vida en la naturaleza, como alimento físico, comunidad vital,
comida fresca, continuidad entre trabajo y significado, participación
sin obstáculos en las experiencias de la vida, elecciones personales,
decisiones comunitarias y conexión espiritual con el mundo
natural. Para satisfacer estas necesidades hemos nacido. En ausencia
de éstas, no seremos sanos. En su ausencia, desprovistos y asustados,
la psique encuentra alguna satisfacción temporal buscando fuentes
secundarias como drogas, violencia, sexo, posesiones materiales y
máquinas. Aunque estos estimulantes pueden gratificar momentáneamente,
jamás podrán satisfacer verdaderamente necesidades fundamentales. Y
así nace el proceso de la adicción. Nos volvemos obsesionados con
fuentes secundarias como si nuestras vidas dependieran de ellas.
Hoy en día el mundo está inundado por
un mar de adicciones personales y colectivas: alcoholismo, abuso de
drogas, adicción sexual, consumismo, desórdenes alimenticios,
codependencia y guerra. En su libro Co-Dependence, la
psicoterapeuta Anne Wilson Schaef señala que bajo estos
comportamientos se encuentra un proceso morboso identificable ``cuyas
asunciones, sentimientos, comportamientos y falta de espíritu conducen
a un proceso de no-vida que está progresivamente orientado a la
muerte.'' Mientras sus palabras describen el proceso de adicción de
los individuos, también caracterizan la tecno-adicción de una
civilización. La sociedad está adicta a tecnologías específicas como
autos, supercomputadoras y armas biológicas; todas ellas facilitan una
propensión no saludable al control, entumecen la psique con el dolor y
alimentan momentáneamente el ansia por el poder.
La tecno-adicción es también una
adicción a una forma de percepcción, experiencia y pensamiento. A
medida que el mundo se ha vuelto menos orgánico y más dependiente de
arreglos tecnológicos para problemas creados por anteriores arreglos
tecnológicos, los humanos han sustituido una nueva visión del mundo
por una otrora llena de limpias aguas corredizas, coyotes,
constelaciones de estrellas, cuentos de los antepasados y gente
trabajando junto en sagrada intención. Pero los antepasados del mundo
occidental asumieron la tarea crucial de redefinir su visión del mundo
en un estado de dislocación psíquica; así acabaron proyectando una
visión del mundo que refleja la furia, el terror y la disociación del
estado traumatizado. Soñaban en un mundo del cual los humanos no son
plenamente parte, más bien uno que podemos definir, compartimentar y
controlar. Crearon una perspectiva lineal, el paradigma
científico-tecnológico y la cosmovisón mecanicista.
La vida en la Tierra envuelta en el
producto de este sistema está, citando a los Hopi, irremediablemente
koyaanisqatsi, o fuera de equilibrio. Como psicóloga, creo que
para enfrentar este desequilibrio en sus raices se requerirá más que
la política, regulación o legislación pública. Para sanarnos a
nosotros, pueblos tecnológicos que, por medio de una cultura
mecanizada, hemos perdido el contacto con nuestra humanidad esencial,
será necesario un proceso psicológico colectivo.
REFERENCIAS
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7. Jerry Mander, In the Absence of the Sacred: The Failure of
Technology and the Survival of the Indian Nations, p. 179, San
Francisco: Sierra Club Books, 1991.
8. Richard Hewlett y Oscar Anderson Jr., The New World,
1939-1946: A History of the Atomic Energy Commission, p. 3,
University Park: Pennsylvania State University Press, 1962.
9. Terry Kellog, ``Broken Toys, Broken Dreams,´´ Santa Fe, N.M.:
Audio Awarenns.
10. Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders,
3a ed., Washington, D.C.: American Psychiatric Association, 1987.
Copyright © 1995 T. Roszak, M. E. Gomes y A. D. Kanner - Copyright ©
PanNature 2006
§. DSE: ``Diethylstilbestrol,´´ o
DES, es un estrógeno sintético que fue desarrollado como complemento
de la producción natural de estrógenos de una mujer. Recetado por los
médicos por primera vez en 1938 para las mujeres que sufrieron
abortos espontáneos o nacimientos prematuros, el DES era originalmente
considerado eficaz y seguro para la mujer embarazada y para el feto
en desarrollo. En los Estados Unidos, entre 5 y 10 millones de
personas usaron el DES entre los años 1938 y 1971, incluyendo a las
mujeres a las que fue recetado el DES durante el embarazo y a los niños
de ambos sexos nacidos de estos embarazos. En 1971, la Food and Drug
Administration emitió un Drug Bulletin aconsejando a los médicos de
suspender la prescripción de DES a las mujeres embarazadas, por que
estaba relacionado con un raro cáncer vaginal en los nacidos de sexo
femenino - ndt.
¶. DALKON SHIELD: Un
artefacto anticoceptivo intrauterino, que fue luego descubierto como
el responsable de abortos y enfermedades inflamatorias pélvicas en las
mujeres que lo usaban; finalmente, la compañía productora,
A.H. Robins, se declaró en bancarrota, por los costos (480 millones de
dólares de la época) que tuvo que pagar por el sinnnúmero de demandas
de indemnización presentadas por las víctimas - ndt.
Última revisión Enero
11, 2006. Traducción de Paolo Catelan. Edición de Numa
Reinoso Larrea. El material publicado en PanNatura está
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fines personales, educacionales y no comerciales. PanNatura y
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Original title, ``Technology, Trauma, and the
Wild''. From ECOPSYCHOLOGY by Theodore Roszak, Mary E. Gomes,
and Allen D. Kanner (eds.), Sierra Club, San Francisco,
1995. Copyright © 1995 Theodore Roszak, Mary E. Gomes, y
Allen D. Kanner. First published in TECHNOLOGY FOR THE COMMON
GOOD, edited by Michael Shuman and Julia Sweig (Washington
DC: Institute for Policy Studies, 1993). Translated and
reprinted by arrangement with Chellis Glendinning: Our
deepest gratitude to Her.
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