EN EL CENTRO DEL MUNDO

por Joe Kane


Reproducimos en PanNatura y en forma inédita la traducción del primer capítulo (cuyo título es nuestro) del libro SAVAGES de Joe Kane (1995, Alfred A. Knopf Inc., New York) que ha sido traducido al castellano como ¡HUAORANI!. A pesar de la enorme difusión de SAVAGES en los países anglófonos, el libro ha encontrado dificultades en el intento - hasta ahora frustrado - de ser publicado en el Ecuador. ¿Existirán todavía ciertas formas, más o menos oblicuas, de censura? En respuesta a nuestras inquietudes al respecto, Joe Kane escribió un e-mail el 22 de abril de 1998: ``Ya me habían informado que Abya Yala no publicará SAVAGES; alguna personas acomodadas de ahí piensan que el libro menosprecia a la élite quiteña. [El diario] Hoy ya ha publicado dos extractos del libro - sin mi permiso, editándolos de tal manera que dicen algo diferente de lo que yo digo en mi libro.'' Es muy probable que el problema radique en el hecho de que SAVAGES relata, con la precisión científica del gran periodismo, las actividades de las compañías petroleras en el Oriente ecuatoriano durante los últimos treinta años, y la maraña de relaciones e intereses que se entretejen a todo nivel de la sociedad ecuatoriana alrededor de esas mismas actividades, dentro y fuera del país. El resultado neto de las investigaciones de Kane es que el `petrolismo' ecuatoriano no corresponde a ningún milagro económico ni tampoco a ninguna instancia de desarrollo para el Ecuador. Más bien, a medida que el libro relata escena tras escena, lo que se descubre es que el petrolismo ecuatoriano constituye, entre muchas otras cosas, el ``caso más grave de contaminación tóxica de toda la Amazonía.'' SAVAGES, además, narra claramente lo que ahora son los antecedentes históricos de la feroz voluntad de explotar las reservas de crudo pesado en las selvas de Yasuní, desde siempre territorio huaorani, y la lucha extenuante de estos últimos para combatir los planes de desarrollo de petroleros y políticos alucinados por la posibilidad de lucro ligada al oro negro. En medio de la tristeza que producen ciertas realidades amazónicas, Joe Kane nos hace partícipes de su humor, sutilmente irónico, todo lo cual hace de la lectura del libro una experiencia inolvidable. - PC

JOE KANE es periodista y escritor. Sus artículos sobre la Amazonía para el New Yorker le merecieron el Overseas Press Club Award a la mejor cobertura ecológica. Fue miembro de la expedición que por primera vez navegó por todo el Río Amazonas, de punta a punta, y su libro Running the Amazon sobre esa increíble aventura ya es un clásico de la literatura de viaje. Vive en Olympia, Washington, con su esposa y sus hijas.


A PESAR DE QUE MOI llegó a las calles de Washington, D.C. a una hora pico del atardecer, caminaba por la ciudad como si estuviese en la selva: lentamente y a trancos parejos. Mantenía su mirada en el suelo y sus rodillas encogidas, y aunque plantaba deliberadamente sus anchos pies desde el talón hasta la punta de los dedos, sus pasos parecían ligeros como gotas de lluvia. Era el paso de un hombre acostumbrado a terreno resbaladizo. Mientras yo daba tropezones a lo largo de la avenida Pennsylvania, Moi se deslizaba como pez en el agua entre la muchedumbre. Se detuvo solo una vez, para estudiar una ardilla que trepaba a un árbol de arce: carne.
Moi llevaba pantalones caqui oscuro, una camisa blanca de vestir almidonada, una corbata azul con gris y zapatos de cuero color café. Los zapatos eran prestados, pero el resto de su indumentaria era nueva y, a pesar de que no se sentía plenamente cómodo en ella, le quedaba muy bien. Solo sus pómulos inusualmente altos, el distintivo corte de su espesa y lisa cabellera negra - un flequillo sobre sus ojos y el resto cayéndole a media espalda - y sus anchos hombros que amenazaban con hacer estallar las costuras de su camisa, sugerían la distancia que Moi había franqueado. Había iniciado su travesía desde las profundidades de la selva amazónica ecuatoriana, desde la tierra de su gente, los huaoranis, una pequeña pero temida nación de cazadores-recolectores. Los huaoranis han vivido en aislamiento por tanto tiempo, que hablan un idioma que no tiene relación con ningún otro en el planeta. Llegar a Washington le había tomado a Moi casi dos semanas. Viajando a pie, en canoa, en bus, por tren y por aire, había recorrido siglos.
Ataviado de su pequeño bolso de fibra de palma tejido a mano, llevaba consigo su pasaporte, su cepillo de dientes, su corona de plumas de aves y una carta dirigida al presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, invitándolo a visitar a los huaoranis. Moi quería que el presidente le explicara a la Gente, que es como se autodenominan los huaoranis, exactamente por qué Estados Unidos de Norteamérica estaba tratando de destruirlos. ``El mundo entero debe venir y ver cuán bien vivimos los huaoranis,'' decía la carta. ``Vivimos con el espíritu del jaguar. No queremos ser civilizados por tus misioneros ni matados por tus compañías petroleras. ¿Debe el jaguar morir para que ustedes puedan tener más contaminación y televisión?''
Frente al portal de la Casa Blanca, Moi hurgó en su bolso y cuidadosamente sacó su corona. Estaba hecha de plumas de búho, águila, tucán, papagayo y pavo silvestre y, cuando se la colocó sobre su negra cabellera, pareció que estallaban miles de colores. Pero el portal estaba cerrado y Moi permaneció allí por un largo tiempo, en silencio, con la mirada fija en la cerca de hierro.
De repente dijo: ``Esa casa parece bastante pequeña. ¿Estás seguro que el gobierno vive aquí?''
``El presidente vive aquí, con su familia.''
``¿Dónde están los soldados? ¿Bajo tierra?''
``Tal vez. Y detrás, y adentro.''
Empuñó la cerca para probar su solidez y frunció su entrecejo, como si calculara. Me pareció que de pronto había retornado a zona huaorani y, una vez de vuelta, me dijo: ``Creo que puedo trepar esta cerca y alcanzar la puerta delantera antes de que los soldados me atrapen.''
``No hay cómo, Moi.''
``No hay cómo si no pruebo.''
``Los soldados te caerán encima como una boa sobre una rata de árbol.''
``Me treparé a los árboles y me esconderé. Fingiré que estoy cazando monos.''
Lo disuadí, por lo menos momentáneamente, y continuamos caminando. Las aceras estaban repletas. El tráfico rugía.
``Hay tantos carros,'' dijo. ``¿Cuánto tiempo han estado aquí? ¿Un millón de años?''
``Muchos menos.''
``Mil años.''
``No. Ochenta, tal vez.''
Permaneció un momento en silencio y luego preguntó: ``¿Qué harán ustedes en diez años más? En diez años tu mundo será de puro metal. ¿Tu dios hizo esto?''
La tarde se convirtió en noche y, a medida que nos acercábamos al hotel donde nos alojábamos, Moi se detuvo bajo un poste de luz. Apuntó hacia la calle. ``Más gente, más carros, más petróleo, más caos,'' dijo. Luego apuntó directamente a la luz. ``Pero los huaoranis están allá, solos, en el centro del mundo.''

MOI había llegado a Washington enviado por un equipo de abogados del Sierra Club Legal Defense Fund, SCLDF, el cual, a nombre de los huaoranis, presentó una demanda ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, una rama de la Organización de Estados Americanos. Desde 1967, el desarrollo petrolero estadounidense en el Oriente - como se denomina la región amazónica ecuatoriana - había iniciado virtualmente sin ningún tipo de regulación. Cada día, la industria petrolera descargaba millones de galones de contaminantes tóxicos no tratados en una vertiente que se extendió a más de 130.000 kilómetros cuadrados en la selva tropical, y abrió el área a una colonización tan veloz e incontrolada, que el resultado sería la deforestación casi total a inicios del próximo siglo. Nadie cuestionaba si la explotación petrolera había afectado en el Oriente, sin embargo, con la posible excepción de las minas auríferas en el Brasil, era el peor caso de contaminación tóxica de toda la Amazonia. El debate trataba sobre el grado del daño. El gobierno ecuatoriano estimó que el costo de limpiar el desastre causado por la Texaco y Petroecuador, la compañía petrolera estatal, era de US$ 5 mil millones. La Texaco, cuyo oleoducto había descargado en el Oriente más de 1.5 veces que el derrame de la Exxon Valdez en la costa de Alaska, había ofrecido un acuerdo por un valor de alrededor de US$ 12 millones. De cualquier modo, el mayor peso de las consecuencias había recaído sobre los 150.000 indígenas del Oriente, y la medida más segura que se vislumbraba para los huaoranis podía estar 160 kilómetros al norte de su territorio, en la tierra de los cofanes. Los cofanes formaban una nación pequeña pero próspera cuando la Texaco abrió su primer pozo comercial en sus tierras, en 1972. Veinte años más tarde, su cultura había sido casi aniquilada.
Moi llegó a Washington a escasos meses antes de que se iniciara la explotación petrolera en el territorio huaorani. La demanda del SCLDF afirmaba que ello sería un etnocidio - que, con el propósito de tener suficiente petróleo y garantizar una demanda de energía en los Estados Unidos para trece días, se destruiría la forma de vida de los huaoranis - y pedía que la comisión investigase. La comisión no tiene el poder de aplicar la ley, pero su autoridad moral es enorme y una investigación era uno de los pocos caminos que les quedaba a los huaoranis para tener una mínima oportunidad de evitar esa aniquilación. Los abogados esperaban que el testimonio de Moi persuadiera a la comisión a actuar.
Pero la embajada estadounidense en Quito tenía un historial de trabajo ligado a la industria petrolera, y días antes de que fijaran el día para la declaración de Moi, esta le negó la visa. El argumento de la embajada era que Moi no tenía activos tangibles que lo ataran al Ecuador y que existía el riesgo de que desapareciera en ese país como inmigrante ilegal. Visto desde otro ángulo, pudo haberse argumentado que los activos de Moi constituyen más que los que cualquier otra persona pudiera tener en el Ecuador, ya que los huaoranis poseen los títulos legales de una buena porción del territorio que siempre han ocupado. Pero esos títulos están a nombre de la comunidad y, según la embajada, tal arreglo convertía a Moi en un campesino sin tierra.
Por lo menos así lo consideró hasta que la pregunta correcta llegó al despacho correcto en el Departamento de Estado: ``¿Por qué se le niega la visa al demandante de un caso de derechos humanos?'' Cuando conocí a Moi en Washington, una de las primeras cosas que hizo fue sacar su flamante pasaporte y mostrarme la visa. ``Tu embajada cambió de opinión,'' dijo. ``Me invitó a visitar tu país por cinco años.''
Según el modo de ver de Moi, él estaba librando una guerra, y los huaoranis estaban listos para entrar en la batalla con lanzas elaboradas de la madera más dura que se puede hallar en la selva: ``Lanzas que pueden matar a quince hombres sin romperse,'' dijo. A pesar de que probablemente la población huaorani nunca fue más numerosa que la actual - alrededor de 1.300 personas - han recorrido un territorio del tamaño de Massachussets por quién sabe cuánto tiempo, repeliendo a todo intruso: a los incas, a los conquistadores españoles, a los barones del caucho, a los ejércitos del Ecuador y del Perú, a los colonizadores al igual que a los buscafortunas contemporáneos y, toda la vida, a sus vecinos indígenas sedientos de tierras: los quichuas y shuaras quienes, juntos, superan en número a los huaoranis en más de cien a uno.
Pero combatir a la Compañía - como los huaoranis llaman a todo el que tiene interés en el petróleo que yace bajo sus territorios - es algo diferente. Según la ley en el Ecuador, los huaoranis no tienen control sobre la explotación petrolera ni reciben participación alguna de sus beneficios. La Compañía había planeado extraer más de 200 millones de barriles de crudo del territorio huaorani y, en sus ansias de explotar ese petróleo, resultó ser un enemigo mucho más poderoso que cualquier otro que los huaoranis jamás habían conocido; un enemigo que, según Moi, mataba al destruir la fuente de toda vida: la selva misma.
A PESAR de que había transcurrido casi un año desde la última vez que vi a Moi (viajamos juntos durante meses en la Amazonia), al llegar a la habitación del hotel, me dio la bienvenida a la manera huaorani, virtualmente sin expresión alguna, como si hubiesen transcurrido solo unos minutos desde la última vez que charlamos. Pronunció mi nombre, Joe, a su manera: ``Chong'' y, luego de extenderme su bolso y lanzas, entró a la habitación. Nuestra relación se había definido así mucho tiempo atrás, es decir, sin palabras. En la selva, en donde yo me encontré indefenso, Moi cuidó de mí en todo momento. Ahora que él se encontraba en la ciudad, yo no podía sino retribuirle cuidándolo a él.
Nos alojamos en el hotel durante cuatro noches. Moi descubrió el béisbol por televisión, el diario The Washington Post y las operaciones de las guerras modernas. Por su técnica, disfrutó del béisbol, un juego de lanzas y piedras, pero aparte de esto, consideró que la televisión era algo inútil. Estudiaba cuidadosamente el Post cada mañana, principalmente los anuncios de las aerolíneas (además del traslado a pie y en canoa, el único medio de transporte conocido dentro de territorio huaorani son las avionetas) y las fotografías. De entre estas, quedó sumamente impresionado por varias tomas algo violentas sobre una sublevación en Rusia. Me pidió que le tradujera los artículos que las acompañaban y luego me acribilló a preguntas.
Una mañana preguntó: ``Estados Unidos y Rusia pelearon una gran guerra, ¿verdad?''
``Si, así fue. Duró mucho años.''
``¿En cuál país pelearon? ¿Aquí o allá?''
``En ninguno de los dos.''
``Eso es imposible.''
``La pelearon en otros países.''
``Eso no tiene sentido. Sería como si los huaoranis pelearan contra los shuaras en el territorio quichua.''
``Algo así.''
Riéndose, añadió: ``Esa es una forma muy estúpida de hacer la guerra.''
Moi pasó casi toda la noche trabajando en la declaración que presentaría ante la comisión. La escribió dos veces en una libreta que le habría costado diez centavos y que siempre acarreaba en su bolsillo trasero. Luego la leyó en voz alta, practicando sus gestos. Pensaba ponerse su camisa y corbata y sobre estas, su collar de diente de jaguar, su bolso de fibra y tubo de carrizo en donde cargaba sus dardos de cerbatana. ``En la selva yo uso esto,'' dijo, tocándose el collar, ``pero tu mundo quiere que me ponga esto,'' tirando de su corbata.
Leyó lentamente, con poca de la vitalidad o el encanto que le salía tan natural cuando hablaba normalmente. ``Tus ideas son buenas,'' le dije, ``pero usa tus propias palabras. Habla como si lo harías sin el papel.''
``Tú quieres decir que hable como el jaguar,'' dijo. Los huaoranis consideran al jaguar la fuerza más poderosa de la selva. El abuelo de Moi era un `shamán jaguar' - un shamán con la capacidad de transformarse a sí mismo en jaguar y, como tal, era uno de los hombres más reverenciados en su cultura.
Más tarde, exhausto, Moi me dijo que quería lavarse e irse a la cama. Para los huaoranis, el baño es algo que se realiza en forma comunitaria. Cae la tarde, bajan al río y permanecen allí un tiempo que pareciera eterno, enjabonándose, nadando, chismeando, bromeando y cortejándose. La ducha de un hotel, en cambio, no tenía espíritu alguno. Sin embargo, Moi desapareció en el cuarto de baño por alrededor de una hora. Escuché que el agua fluía y se detenía varias veces. Cuando finalmente salió, vestía únicamente sus calzoncillos y su piel estaba roja como una langosta recién hervida.
``Mañana quisiera un nuevo cuarto de hotel,'' dijo.
``¿Porqué?''
``Me gustaría un cuarto que también tenga agua fría.''
Se terminó de vestir y me pidió que le anudara la corbata. Luego, así, totalmente vestido, se metió en la cama. Al igual que en su hogar, se despertó varias veces durante la noche para comer, pasearse por la habitación, analizar los nuevos sonidos que escuchaba.
Tapándose con las cobijas hasta el mentón, me preguntó: ``Chong, ¿vamos a ganar?''
``Harás lo mejor que puedas.''
``Tenemos que ganar o los huaoranis despareceremos para siempre.''
Luego cerró sus ojos y, como era habitual, cayó dormido en segundos.

LA EXTRAÑA TRAYECTORIA que me había conducido hasta Moi y a Moi hasta los Estados Unidos, había comenzado dos años y medio atrás, en marzo de 1991, cuando una singular e inquietante carta apareció repentinamente en la sede de la Rainforest Action Network, en San Francisco. La carta venía dentro de un sobre sin ninguna estampilla postal. Nadie sabía con seguridad cuándo había llegado ni cómo había logrado entremezclarse en las pilas de papeles que se amontonaban en la oficina del Director Ejecutivo de la RAN, Randall Hayes. Al principio, Hayes ni siquiera estaba seguro de lo que la carta decía, porque venía escrita en español, un idioma que, según explicaban los propios autores elegidos para escribirla y la poca información que había disponible, ni él ni los huaoranis hablaban.
Yo trabajaba a medio tiempo en las oficinas de la RAN, ayudando a Hayes a editar sus publicaciones. Él me pidió que tradujera la carta y tratara de averiguar su autenticidad. Venía escrita en papel blanco simple, mecanografiada en una máquina manual y dirigida sencillamente: ``Gerente General, DuPont-Conoco Company, Estados Unidos de Norte América.'' ``La compañía Conoco está discutiendo la vida de los huaoranis en reuniones en las que los huaoranis no están presentes,'' decía la carta. ``En nuestra propia tierra, los huaoranis somos tratados como si fuésemos huéspedes.'' La carta expresaba una oposición absoluta a la explotación petrolera en territorio huaorani y advertía que ``los huaoranis conocemos los problemas del mundo entero... y defenderemos nuestra tierra.'' Venía firmada con una acicalada caligrafía por los funcionarios de algún grupo llamado Organización de la Nación Huaorani de la Amazonia Ecuatoriana. Una antenota pedía a Hayes entregar la carta a Edgar S. Woolard, presidente y ejecutivo principal de la DuPont, la matriz de la Conoco, que había obtenido derechos petroleros en tierras huaoranis. Recomendaba a Hayes que se cuide porque ``la Compañía tiene muchos espías.''
La Conoco tenía programado comenzar a construir carreteras y oleoductos en territorio huaorani dentro pocos meses, pero la carta tenía el potencial de colocar al proyecto bajo serio riesgo. A pesar de que la Conoco ya había invertido $90 millones para explorar petróleo en tierra huaorani y aunque había previsto ingresos eventuales de $2 mil millones, la DuPont tuvo que poner en la balanza el costo de ser estigmatizada como una violadora de derechos y, lo más probable, acusada de destruir bosques tropicales nativos.
¿Pero era auténtica la carta?
Muchos grupos ambientalistas y de derechos humanos alegaban representar a los huaoranis o a la tierra en la que habitaban. Muchas campañas por medio de misivas, boicots, juicios, concesiones, fundaciones y otros similares estaban siendo lanzadas por CARE, Cultural Survival, The Nature Conservancy, Natural Resources Defense Council, Wildlife Conservation International, Sierra Club, World Wildlife Fund y una docena de organismos más, incluida la misma RAN. En términos, tanto de costo como de recompensa, el dinero involucrado era trascendente - decenas de millones de dólares - y las luchas internas eran ásperas. Las posiciones que cada grupo defendía cubrían toda la gama, desde la oposición total a la Conoco hasta el apoyo abierto (bajo el principal argumento que el desarrollo de la industria petrolera en territorio huaorani era inevitable y que la Conoco era la mejor de una serie de malas alternativas). Sin embargo, cuando llamé a las diferentes oficinas, ninguna pudo responder de modo contundente ni presentar pruebas de la carta. De hecho, nadie sabía cómo ponerse en contacto con los huaoranis. De todo el alboroto que se armó, lo único que se pudo sacar en claro sobre los huaoranis, quienesquiera que estos fueran, fue que las compañías petroleras estadounidenses codiciaban sus tierras, los misioneros estadounidenses sus almas, los ambientalistas estadounidenses su voz. Pero nadie sabía qué querían los huaoranis. En realidad, nadie sabía quiénes eran.

Hayes y yo decidimos enviar la misteriosa carta a Edgar Woolard y publicar el texto en el boletín trimestral de la RAN, aun cuando esta no tenía ni el tiempo ni el dinero para investigarla tan detalladamente como la carta parecía pedir a gritos. Si era un fraude, la Conoco o cualquiera de las fuerzas que estaban listas para beneficiarse del desarrollo de la Conoco (incluyendo aquellas de la comunidad ambientalista), encontrarían la forma de denunciarla como tal. Pero si era auténtica, si era tan genuinamente desesperada y primitiva y un tiro a ciegas, como parecía ser, entonces era una voz que debía ser escuchada. La decisión de Woolard sobre si permitía o no a la Conoco proceder con la producción, estaba por emitirse en pocos meses más. Dicho así, nuestro rol parecía estar claro. Pero, por lo menos para mí, era algo más complicado que eso. Una vez divulgada la carta, la Conoco y sus defensores la denunciaron bajo diversos argumentos, diciendo que los huaoranis eran analfabetos y no pudieron haberla escrito; que los huaoranis la habían escrito pero bajo la coerción de `foráneos'; o que los huaoranis que la escribieron en realidad no representaban a todo el grupo. Sin embargo, nadie presentó pruebas contundentes de tales argumentos ni tampoco se escuchó ningún pronunciamiento de parte de Edgar Woolard. La situación me angustiaba en varios sentidos. Yo había pasado algún tiempo en el Amazonas, en Perú y en Brasil y, como mucha gente, quería hacer algo para ayudar a salvar el bosque lluvioso. De manera que, luego de una década de haber trabajado como periodista, crucé la vereda e intenté convertirme en activista. Pero enseguida me di cuenta de que el activismo ambientalista es algo agotador e intrincado, algo como conducir un carro chocón que sale de una crisis y entra en otra sin descanso. Nunca había ni suficiente dinero, ni suficiente tiempo ni suficiente información para llevar a cabo el trabajo que se requería hacer. El misterio de los huaoranis desató una crisis. Si la carta era verídica, ¿quién la escribió? Y si no era verídica, ¿quién la escribió? Decidí dejar de trabajar en la RAN y regresar a América del Sur en busca de algunas respuestas. Y ya que, precediendo a la fecha, la carta de los huaoranis indicaba el lugar, `Coca', este parecería ser el mejor lugar para empezar.
Moi
Moi (en primer plano) y un amigo. Photo © Zbigniew Bzdak

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Última revisión Septiembre 1, 2001. Introducción y traducción de Paolo Catelan. Edición: Maricruz González Cárdenas. El material publicado en PanNatura está protegido por la Ley de Derechos de Autores y Editores y © Fundación Sangay 2001: El uso indiscriminado del mismo no está permitido, pero puede ser libremente circulado para fines personales, educacionales y no comerciales. PanNatura y Fundación Sangay son marcas y logos registrados. © PanNatura 2001. © Fundación Sangay 2001.


Excerpt from SAVAGES by Joe Kane, 1995, Alfred A. Knopf Inc., New York. © 1995 by Joe Kane. Translated and reprinted by arrangement with the Author. Moi's photo is a personal courtesy and © by Zbigniew Bzdak.


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