A PESAR DE QUE MOI llegó a las calles de Washington, D.C. a
una hora pico del atardecer, caminaba por la ciudad como si estuviese
en la selva: lentamente y a trancos parejos. Mantenía su mirada en el
suelo y sus rodillas encogidas, y aunque plantaba deliberadamente sus
anchos pies desde el talón hasta la punta de los dedos, sus pasos
parecían ligeros como gotas de lluvia. Era el paso de un hombre
acostumbrado a terreno resbaladizo. Mientras yo daba tropezones a lo
largo de la avenida Pennsylvania, Moi se deslizaba como pez en el agua
entre la muchedumbre. Se detuvo solo una vez, para estudiar una
ardilla que trepaba a un árbol de arce: carne.
Moi llevaba pantalones caqui oscuro,
una camisa blanca de vestir almidonada, una corbata azul con gris y
zapatos de cuero color café. Los zapatos eran prestados, pero el resto
de su indumentaria era nueva y, a pesar de que no se sentía plenamente
cómodo en ella, le quedaba muy bien. Solo sus pómulos inusualmente
altos, el distintivo corte de su espesa y lisa cabellera negra - un
flequillo sobre sus ojos y el resto cayéndole a media espalda - y sus
anchos hombros que amenazaban con hacer estallar las costuras de su
camisa, sugerían la distancia que Moi había franqueado. Había iniciado
su travesía desde las profundidades de la selva amazónica ecuatoriana,
desde la tierra de su gente, los huaoranis, una pequeña pero temida
nación de cazadores-recolectores. Los huaoranis han vivido en
aislamiento por tanto tiempo, que hablan un idioma que no tiene
relación con ningún otro en el planeta. Llegar a Washington le había
tomado a Moi casi dos semanas. Viajando a pie, en canoa, en bus, por
tren y por aire, había recorrido siglos.
Ataviado de su pequeño bolso de fibra
de palma tejido a mano, llevaba consigo su pasaporte, su cepillo de
dientes, su corona de plumas de aves y una carta dirigida al
presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, invitándolo a
visitar a los huaoranis. Moi quería que el presidente le explicara a
la Gente, que es como se autodenominan los huaoranis, exactamente por
qué Estados Unidos de Norteamérica estaba tratando de destruirlos.
``El mundo entero debe venir y ver cuán bien vivimos los huaoranis,''
decía la carta. ``Vivimos con el espíritu del jaguar. No queremos ser
civilizados por tus misioneros ni matados por tus compañías
petroleras. ¿Debe el jaguar morir para que ustedes puedan tener más
contaminación y televisión?''
Frente al portal de la Casa Blanca,
Moi hurgó en su bolso y cuidadosamente sacó su corona. Estaba hecha de
plumas de búho, águila, tucán, papagayo y pavo silvestre y, cuando se
la colocó sobre su negra cabellera, pareció que estallaban miles de
colores. Pero el portal estaba cerrado y Moi permaneció allí por un
largo tiempo, en silencio, con la mirada fija en la cerca de hierro.
De repente dijo: ``Esa casa parece
bastante pequeña. ¿Estás seguro que el gobierno vive aquí?''
``El presidente vive aquí, con su
familia.''
``¿Dónde están los soldados? ¿Bajo
tierra?''
``Tal vez. Y detrás, y adentro.''
Empuñó la cerca para probar su
solidez y frunció su entrecejo, como si calculara. Me pareció que de
pronto había retornado a zona huaorani y, una vez de vuelta, me dijo:
``Creo que puedo trepar esta cerca y alcanzar la puerta delantera
antes de que los soldados me atrapen.''
``No hay cómo, Moi.''
``No hay cómo si no pruebo.''
``Los soldados te caerán encima como
una boa sobre una rata de árbol.''
``Me treparé a los árboles y me
esconderé. Fingiré que estoy cazando monos.''
Lo disuadí, por lo menos
momentáneamente, y continuamos caminando. Las aceras estaban
repletas. El tráfico rugía.
``Hay tantos carros,''
dijo. ``¿Cuánto tiempo han estado aquí? ¿Un millón de años?''
``Muchos menos.''
``Mil años.''
``No. Ochenta, tal vez.''
Permaneció un momento en silencio y
luego preguntó: ``¿Qué harán ustedes en diez años más? En diez años tu
mundo será de puro metal. ¿Tu dios hizo esto?''
La tarde se convirtió en noche y, a
medida que nos acercábamos al hotel donde nos alojábamos, Moi se
detuvo bajo un poste de luz. Apuntó hacia la calle. ``Más gente, más
carros, más petróleo, más caos,'' dijo. Luego apuntó directamente a la
luz. ``Pero los huaoranis están allá, solos, en el centro del
mundo.''
MOI había llegado a Washington enviado por un equipo de abogados
del Sierra Club Legal Defense Fund, SCLDF, el cual, a nombre de los
huaoranis, presentó una demanda ante la Comisión Interamericana de
Derechos Humanos, una rama de la Organización de Estados Americanos.
Desde 1967, el desarrollo petrolero estadounidense en el Oriente -
como se denomina la región amazónica ecuatoriana - había iniciado
virtualmente sin ningún tipo de regulación. Cada día, la industria
petrolera descargaba millones de galones de contaminantes tóxicos no
tratados en una vertiente que se extendió a más de 130.000 kilómetros
cuadrados en la selva tropical, y abrió el área a una colonización tan
veloz e incontrolada, que el resultado sería la deforestación casi
total a inicios del próximo siglo. Nadie cuestionaba si la explotación
petrolera había afectado en el Oriente, sin embargo, con la posible
excepción de las minas auríferas en el Brasil, era el peor caso de
contaminación tóxica de toda la Amazonia. El debate trataba sobre el
grado del daño. El gobierno ecuatoriano estimó que el costo de limpiar
el desastre causado por la Texaco y Petroecuador, la compañía
petrolera estatal, era de US$ 5 mil millones. La Texaco, cuyo
oleoducto había descargado en el Oriente más de 1.5 veces que el
derrame de la Exxon Valdez en la costa de Alaska, había
ofrecido un acuerdo por un valor de alrededor de US$ 12 millones. De
cualquier modo, el mayor peso de las consecuencias había recaído sobre
los 150.000 indígenas del Oriente, y la medida más segura que se
vislumbraba para los huaoranis podía estar 160 kilómetros al norte de
su territorio, en la tierra de los cofanes. Los cofanes formaban una
nación pequeña pero próspera cuando la Texaco abrió su primer pozo
comercial en sus tierras, en 1972. Veinte años más tarde, su cultura
había sido casi aniquilada.
Moi llegó a Washington a escasos
meses antes de que se iniciara la explotación petrolera en el
territorio huaorani. La demanda del SCLDF afirmaba que ello sería un
etnocidio - que, con el propósito de tener suficiente petróleo y
garantizar una demanda de energía en los Estados Unidos para trece
días, se destruiría la forma de vida de los huaoranis - y pedía que la
comisión investigase. La comisión no tiene el poder de aplicar la ley,
pero su autoridad moral es enorme y una investigación era uno de los
pocos caminos que les quedaba a los huaoranis para tener una mínima
oportunidad de evitar esa aniquilación. Los abogados esperaban que el
testimonio de Moi persuadiera a la comisión a actuar.
Pero la embajada estadounidense en
Quito tenía un historial de trabajo ligado a la industria petrolera, y
días antes de que fijaran el día para la declaración de Moi, esta le
negó la visa. El argumento de la embajada era que Moi no tenía activos
tangibles que lo ataran al Ecuador y que existía el riesgo de que
desapareciera en ese país como inmigrante ilegal. Visto desde otro
ángulo, pudo haberse argumentado que los activos de Moi constituyen
más que los que cualquier otra persona pudiera tener en el Ecuador, ya
que los huaoranis poseen los títulos legales de una buena porción del
territorio que siempre han ocupado. Pero esos títulos están a nombre
de la comunidad y, según la embajada, tal arreglo convertía a Moi en
un campesino sin tierra.
Por lo menos así lo consideró hasta
que la pregunta correcta llegó al despacho correcto en el Departamento
de Estado: ``¿Por qué se le niega la visa al demandante de un caso de
derechos humanos?'' Cuando conocí a Moi en Washington, una de las
primeras cosas que hizo fue sacar su flamante pasaporte y mostrarme la
visa. ``Tu embajada cambió de opinión,'' dijo. ``Me invitó a visitar
tu país por cinco años.''
Según el modo de ver de Moi, él
estaba librando una guerra, y los huaoranis estaban listos para entrar
en la batalla con lanzas elaboradas de la madera más dura que se puede
hallar en la selva: ``Lanzas que pueden matar a quince hombres sin
romperse,'' dijo. A pesar de que probablemente la población huaorani
nunca fue más numerosa que la actual - alrededor de 1.300 personas -
han recorrido un territorio del tamaño de Massachussets por quién sabe
cuánto tiempo, repeliendo a todo intruso: a los incas, a los
conquistadores españoles, a los barones del caucho, a los ejércitos
del Ecuador y del Perú, a los colonizadores al igual que a los
buscafortunas contemporáneos y, toda la vida, a sus vecinos indígenas
sedientos de tierras: los quichuas y shuaras quienes, juntos, superan
en número a los huaoranis en más de cien a uno.
Pero combatir a la Compañía - como
los huaoranis llaman a todo el que tiene interés en el petróleo que
yace bajo sus territorios - es algo diferente. Según la ley en el
Ecuador, los huaoranis no tienen control sobre la explotación
petrolera ni reciben participación alguna de sus beneficios. La
Compañía había planeado extraer más de 200 millones de barriles de
crudo del territorio huaorani y, en sus ansias de explotar ese
petróleo, resultó ser un enemigo mucho más poderoso que cualquier otro
que los huaoranis jamás habían conocido; un enemigo que, según Moi,
mataba al destruir la fuente de toda vida: la selva misma.
A PESAR de que había transcurrido
casi un año desde la última vez que vi a Moi (viajamos juntos durante
meses en la Amazonia), al llegar a la habitación del hotel, me dio la
bienvenida a la manera huaorani, virtualmente sin expresión alguna,
como si hubiesen transcurrido solo unos minutos desde la última vez
que charlamos. Pronunció mi nombre, Joe, a su manera: ``Chong'' y,
luego de extenderme su bolso y lanzas, entró a la habitación. Nuestra
relación se había definido así mucho tiempo atrás, es decir, sin
palabras. En la selva, en donde yo me encontré indefenso, Moi cuidó de
mí en todo momento. Ahora que él se encontraba en la ciudad, yo no
podía sino retribuirle cuidándolo a él.
Nos alojamos en el hotel durante
cuatro noches. Moi descubrió el béisbol por televisión, el diario
The Washington Post y las operaciones de las guerras
modernas. Por su técnica, disfrutó del béisbol, un juego de lanzas y
piedras, pero aparte de esto, consideró que la televisión era algo
inútil. Estudiaba cuidadosamente el Post cada mañana,
principalmente los anuncios de las aerolíneas (además del traslado a
pie y en canoa, el único medio de transporte conocido dentro de
territorio huaorani son las avionetas) y las fotografías. De entre
estas, quedó sumamente impresionado por varias tomas algo violentas
sobre una sublevación en Rusia. Me pidió que le tradujera los
artículos que las acompañaban y luego me acribilló a preguntas.
Una mañana preguntó: ``Estados Unidos
y Rusia pelearon una gran guerra, ¿verdad?''
``Si, así fue. Duró mucho años.''
``¿En cuál país pelearon? ¿Aquí o
allá?''
``En ninguno de los dos.''
``Eso es imposible.''
``La pelearon en otros países.''
``Eso no tiene sentido. Sería como si
los huaoranis pelearan contra los shuaras en el territorio
quichua.''
``Algo así.''
Riéndose, añadió: ``Esa es una forma
muy estúpida de hacer la guerra.''
Moi pasó casi toda la noche
trabajando en la declaración que presentaría ante la comisión. La
escribió dos veces en una libreta que le habría costado diez centavos
y que siempre acarreaba en su bolsillo trasero. Luego la leyó en voz
alta, practicando sus gestos. Pensaba ponerse su camisa y corbata y
sobre estas, su collar de diente de jaguar, su bolso de fibra y tubo
de carrizo en donde cargaba sus dardos de cerbatana. ``En la selva yo
uso esto,'' dijo, tocándose el collar, ``pero tu mundo quiere que me
ponga esto,'' tirando de su corbata.
Leyó lentamente, con poca de la
vitalidad o el encanto que le salía tan natural cuando hablaba
normalmente. ``Tus ideas son buenas,'' le dije, ``pero usa tus propias
palabras. Habla como si lo harías sin el papel.''
``Tú quieres decir que hable como el
jaguar,'' dijo. Los huaoranis consideran al jaguar la fuerza más
poderosa de la selva. El abuelo de Moi era un `shamán jaguar' - un
shamán con la capacidad de transformarse a sí mismo en jaguar y, como
tal, era uno de los hombres más reverenciados en su cultura.
Más tarde, exhausto, Moi me dijo que
quería lavarse e irse a la cama. Para los huaoranis, el baño es algo
que se realiza en forma comunitaria. Cae la tarde, bajan al río y
permanecen allí un tiempo que pareciera eterno, enjabonándose,
nadando, chismeando, bromeando y cortejándose. La ducha de un hotel,
en cambio, no tenía espíritu alguno. Sin embargo, Moi desapareció en
el cuarto de baño por alrededor de una hora. Escuché que el agua fluía
y se detenía varias veces. Cuando finalmente salió, vestía únicamente
sus calzoncillos y su piel estaba roja como una langosta recién
hervida.
``Mañana quisiera un nuevo cuarto de hotel,'' dijo.
``¿Porqué?''
``Me gustaría un cuarto que también tenga agua fría.''
Se terminó de vestir y me pidió que
le anudara la corbata. Luego, así, totalmente vestido, se metió en la
cama. Al igual que en su hogar, se despertó varias veces durante la
noche para comer, pasearse por la habitación, analizar los nuevos
sonidos que escuchaba.
Tapándose con las cobijas hasta el
mentón, me preguntó: ``Chong, ¿vamos a ganar?''
``Harás lo mejor que puedas.''
``Tenemos que ganar o los huaoranis
despareceremos para siempre.''
Luego cerró sus ojos y, como era
habitual, cayó dormido en segundos.
LA EXTRAÑA TRAYECTORIA que me había conducido hasta Moi y a Moi
hasta los Estados Unidos, había comenzado dos años y medio atrás, en
marzo de 1991, cuando una singular e inquietante carta apareció
repentinamente en la sede de la Rainforest Action Network, en San
Francisco. La carta venía dentro de un sobre sin ninguna estampilla
postal. Nadie sabía con seguridad cuándo había llegado ni cómo había
logrado entremezclarse en las pilas de papeles que se amontonaban en
la oficina del Director Ejecutivo de la RAN, Randall Hayes. Al
principio, Hayes ni siquiera estaba seguro de lo que la carta decía,
porque venía escrita en español, un idioma que, según explicaban los
propios autores elegidos para escribirla y la poca información que
había disponible, ni él ni los huaoranis hablaban.
Yo trabajaba a medio tiempo en las
oficinas de la RAN, ayudando a Hayes a editar sus publicaciones. Él me
pidió que tradujera la carta y tratara de averiguar su autenticidad.
Venía escrita en papel blanco simple, mecanografiada en una máquina
manual y dirigida sencillamente: ``Gerente General, DuPont-Conoco
Company, Estados Unidos de Norte América.'' ``La compañía Conoco está
discutiendo la vida de los huaoranis en reuniones en las que los
huaoranis no están presentes,'' decía la carta. ``En nuestra propia
tierra, los huaoranis somos tratados como si fuésemos huéspedes.'' La
carta expresaba una oposición absoluta a la explotación petrolera en
territorio huaorani y advertía que ``los huaoranis conocemos los
problemas del mundo entero... y defenderemos nuestra tierra.'' Venía
firmada con una acicalada caligrafía por los funcionarios de algún
grupo llamado Organización de la Nación Huaorani de la Amazonia
Ecuatoriana. Una antenota pedía a Hayes entregar la carta a Edgar
S. Woolard, presidente y ejecutivo principal de la DuPont, la matriz
de la Conoco, que había obtenido derechos petroleros en tierras
huaoranis. Recomendaba a Hayes que se cuide porque ``la Compañía tiene
muchos espías.''
La Conoco tenía programado comenzar a
construir carreteras y oleoductos en territorio huaorani dentro pocos
meses, pero la carta tenía el potencial de colocar al proyecto bajo
serio riesgo. A pesar de que la Conoco ya había invertido $90 millones
para explorar petróleo en tierra huaorani y aunque había previsto
ingresos eventuales de $2 mil millones, la DuPont tuvo que poner en la
balanza el costo de ser estigmatizada como una violadora de derechos
y, lo más probable, acusada de destruir bosques tropicales
nativos.
¿Pero era auténtica la carta?
Muchos grupos ambientalistas y de
derechos humanos alegaban representar a los huaoranis o a la tierra en
la que habitaban. Muchas campañas por medio de misivas, boicots,
juicios, concesiones, fundaciones y otros similares estaban siendo
lanzadas por CARE, Cultural Survival, The Nature Conservancy, Natural
Resources Defense Council, Wildlife Conservation International, Sierra
Club, World Wildlife Fund y una docena de organismos más, incluida la
misma RAN. En términos, tanto de costo como de recompensa, el dinero
involucrado era trascendente - decenas de millones de dólares - y las
luchas internas eran ásperas. Las posiciones que cada grupo defendía
cubrían toda la gama, desde la oposición total a la Conoco hasta el
apoyo abierto (bajo el principal argumento que el desarrollo de la
industria petrolera en territorio huaorani era inevitable y que la
Conoco era la mejor de una serie de malas alternativas). Sin embargo,
cuando llamé a las diferentes oficinas, ninguna pudo responder de modo
contundente ni presentar pruebas de la carta. De hecho, nadie sabía
cómo ponerse en contacto con los huaoranis. De todo el alboroto que se
armó, lo único que se pudo sacar en claro sobre los huaoranis,
quienesquiera que estos fueran, fue que las compañías petroleras
estadounidenses codiciaban sus tierras, los misioneros estadounidenses
sus almas, los ambientalistas estadounidenses su voz. Pero nadie sabía
qué querían los huaoranis. En realidad, nadie sabía quiénes eran.
Hayes y yo decidimos enviar la misteriosa carta a Edgar Woolard y
publicar el texto en el boletín trimestral de la RAN, aun cuando esta
no tenía ni el tiempo ni el dinero para investigarla tan
detalladamente como la carta parecía pedir a gritos. Si era un fraude,
la Conoco o cualquiera de las fuerzas que estaban listas para
beneficiarse del desarrollo de la Conoco (incluyendo aquellas de la
comunidad ambientalista), encontrarían la forma de denunciarla como
tal. Pero si era auténtica, si era tan genuinamente desesperada y
primitiva y un tiro a ciegas, como parecía ser, entonces era una voz
que debía ser escuchada. La decisión de Woolard sobre si permitía o no
a la Conoco proceder con la producción, estaba por emitirse en pocos
meses más. Dicho así, nuestro rol parecía estar claro. Pero, por lo
menos para mí, era algo más complicado que eso. Una vez divulgada la
carta, la Conoco y sus defensores la denunciaron bajo diversos
argumentos, diciendo que los huaoranis eran analfabetos y no pudieron
haberla escrito; que los huaoranis la habían escrito pero bajo la
coerción de `foráneos'; o que los huaoranis que la escribieron en
realidad no representaban a todo el grupo. Sin embargo, nadie presentó
pruebas contundentes de tales argumentos ni tampoco se escuchó ningún
pronunciamiento de parte de Edgar Woolard. La situación me angustiaba
en varios sentidos. Yo había pasado algún tiempo en el Amazonas, en
Perú y en Brasil y, como mucha gente, quería hacer algo para ayudar a
salvar el bosque lluvioso. De manera que, luego de una década de haber
trabajado como periodista, crucé la vereda e intenté convertirme en
activista. Pero enseguida me di cuenta de que el activismo
ambientalista es algo agotador e intrincado, algo como conducir un
carro chocón que sale de una crisis y entra en otra sin descanso.
Nunca había ni suficiente dinero, ni suficiente tiempo ni suficiente
información para llevar a cabo el trabajo que se requería hacer. El
misterio de los huaoranis desató una crisis. Si la carta era verídica,
¿quién la escribió? Y si no era verídica, ¿quién la escribió?
Decidí dejar de trabajar en la RAN y regresar a América del Sur en
busca de algunas respuestas. Y ya que, precediendo a la fecha, la
carta de los huaoranis indicaba el lugar, `Coca', este parecería ser
el mejor lugar para empezar.
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Moi (en primer plano) y un amigo.
Photo © Zbigniew Bzdak
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Última revisión
Septiembre 1, 2001. Introducción y traducción de Paolo
Catelan. Edición: Maricruz González Cárdenas. El material
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de Autores y Editores y © Fundación Sangay 2001: El uso
indiscriminado del mismo no está permitido, pero puede ser
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Excerpt from SAVAGES by Joe Kane, 1995, Alfred A. Knopf
Inc., New York. © 1995 by Joe Kane. Translated and
reprinted by arrangement with the Author. Moi's photo is a
personal courtesy and © by Zbigniew Bzdak.
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