VIVIR EN EL MUNDO

Humildad de las Montañas, Gran Humildad

por Richard Langlais


Unos días con Arne Naess, inspirador del Movimiento de Ecología Profunda, en su legendaria Tvergastein o Las Piedras Cruzadas, en lo alto de Noruega, epítome de la morada humana del futuro.-PC

RICHARD LANGLAIS se graduó en ecología humana en la Universidad de Göteborg en Suecia y es autor de Road News from Tibet (1992).


Haiku para Arne
De visita;
suelo viajar hacia arriba
para ver las montañas.

Esquiamos con fardos pesados, siempre hacia arriba. Eva y yo hemos traído provisiones suficientes como para alimentar a cuatro personas por una semana. En su lacónica nota, Arne no mencionó si estaría acompañado o no durante nuestra estadía, así que decidimos ser precavidos y llevar suficiente comida. Lo que descubrimos fue que él en realidad había estado allá arriba, a solas, durante dos semanas. Pero, ¿a dónde ha ido ahora? En Noruega, la tundra nevada se eleva en ondulaciones hasta que termina abruptamente en los precipicios negros que forman todo el horizonte frente a nosotros. No hay señales de él.
Seguimos escalando lentamente, intentando evitar sudar. Estamos tras un hombre de setenta y siete años, que se adelantó a nosotros, quizá por impaciencia, pero seguramente previendo prepararnos el té antes de que finalmente llegaramos a su cabaña. Solamente lleva una mochila para el día, fíjense; sin embargo, hace un tiempo desapareció detrás del borde de una escorzada quebrada y no lo hemos vuelto a ver. Un paso lento tras otro, otra pausa, hasta que lo vemos. Está tan lejos que parece otra mancha diminuta entre las demás que, en realidad, son las puntas de las grandes rocas que se asoman contra las laderas blancas.
La diminuta figura negra que esquía sin detenerse hacia las montañas, alguna vez escribió que ``mientras más pequeños llegamos a sentirnos respecto a la montaña, más nos acercamos a participar de su grandeza.'' Es el mismo estudioso y practicante de la ética de Spinoza y de la no violencia de Gandhi que se ha dadao a conocer por medio de su desarrollo de la ecosofía o filosofía ecológica, como una inspiración en la formación del movimiento ambientalista y social de la Ecología Profunda, que cada vez tiene más influencia en todo el Occidente. Se trata de Arne Naess, cuya desobediencia civil orientada al medioambiente le ha dado nombre en su tierra, Noruega, y en la mayor parte de Escandinavia. Es el mismo hombre que fundó la revista Inquiry y que lideró las exitosas expediciones al Tirich Mir en 1950 y en 1964; la misma persona que a los 27 se convirtió en el catedrático más joven de Noruega y que, sin embargo, en 1970 renunció a la misma Cátedra de Filosofía para dedicarse a tiempo completo a ``los urgentes problemas ambientales que enfrenta la humanidad,'' convencido de que un filósofo puede contribuir activamente a su solución.
Durante toda su vida, los noruegos lo han conocido como un ferviente vocero de los beneficios de movimiento `friluftsliv', la convicción de que una vida en la naturaleza puede proporcionar un antídoto a las tensiones de las condiciones urbanas. (Cuando se anunció que el noruego Trygve Haavelmo había ganado el Premio Nobel de Economía en 1989, la prensa mundial frustrada solo pudo informar que sus esfuerzos para entrevistarlo tendrían que esperar a que regresara de un viaje a los bosques. Informado del premio, y consciente de la publicidad que generaría, se dijo que la reacción de Haavelmo fue que había ido ``pa tur'' - el eufemismo noruego para cuando alguien se dirige a las colinas en busca de paz y tranquilidad.) Y ahora este hombre Arne se apresuraba delante de nosotros hacia su cabaña, su verdadero hogar, donde compartiríamos el té. Contemplé a mi hombre, a mi montaña.
La cabaña de Arne está asentada al borde de una mesa de unos cien metros de ancho, justo debajo de los negros acantilados cuyas cumbres desaparecen entre nubes cargadas de nieve. Pronto el día se oscurece y se torna en invernal, aun cuando estamos a comienzos de junio. Bajo estos acantilados llamados Hallingskarven, sobre el gran altiplano sin árboles de Hardangervidda, dominado por su glaciar central, el Hardangerjokulen, es invierno por lo menos diez meses al año, con una sola tregua intensa de un verano ártico en el ínterin. Apenas sobre los 1500 metros sobre el nivel del mar, la cabaña, que Arne bautizó Tvergastein, el nombre que los aldeanos dan a los cristales de cuarzo que se encuentran cerca de la pequeña laguna ubicada más abajo, es la morada privada más alta de Noruega.
A medida que trepamos con dificultad la última ladera empinada antes de la cabaña, admiramos cómo sus formas bajas encajan en el lugar. Gran parte de su construcción de madera se ha vuelto gris por la inclemencia del clima; la mirada fluye suavemente de las vetas de la madera a los patrones de los líquenes sobre las rocas. Las piedras esparcidas sobre el techo para mantenerlo en su lugar contra los ventarrones nos recuerdan las resistentes moradas de montaña en otras regiones aisladas del mundo. Con una vista que abarca muchos miles de kilómetros cuadrados del Hardangervidda, es un verdadero nido de águila. En las memorables palabras de Arne, ``Simple en medios, rico en fines.'' Es en este lugar que se inspiró para denominar su propia filosofía, Ecosofía T. La T por Tvergastein.
Nos recibe afectuosamente en la puerta, vistiendo su viejo suéter flojo y pantalones de lana. Parecía feliz con nuestro desenfrenado entusiasmo por el lugar. Dice que ha estado sentado detrás de la ventana mirándonos mientras escalábamos los últimos centenares de metros. Hace poco que el té está listo. ``¡Tomen una taza de `T'!'' Nos sentamos en la sala, en sillas rústicas y hechas en casa y, agradecidos, tomamos a sorbos el brebaje caliente, escuchando las historias que Arne nos cuenta sobre el lugar y su vida aquí. Las sillas están colocadas frente al ventanal donde la semana siguiente pasaríamos muchas horas, meditando sobre las tormentas de nieve que rara vez se aplacaban. En esas raras ocasiones, antes de salir para aprovechar de las escasas pausas, permanecíamos estáticos ante un panorama que, de pronto, era nuestro. Es en este cuarto, literalmente una sala de estar, en donde pasaríamos nuestras horas de vigilia bajo techo.
Era parte de la cabaña original y más pequeña - ocho metros por cinco metros - que Arne construyó en 1938 y que luego agrandó a su tamaño actual de 100 metros cuadrados. El lado al que da el viento, que enfrenta las tormentas predominantes del oeste, consistía de una bodega que servía también de taller; a lo largo de la pared norte había un minúsculo baño, una cocina, el corredor de ingreso, que también servía de bodega y que albergaba parte de la biblioteca de Arne. Ninguna de estas áreas eran ocupadas muy a menudo, de manera que hacían de área de transición para las habitaciones más usadas que daban al sur. Estas eran una biblioteca compacta, con un pequeño brasero, un dormitorio (colchones en el suelo), la sala y, el centro de todo, la habitación de invierno o para tempestades. Cada una de las habitaciones que miraban a sur, a diferencia de las que daban al norte, que solo tenían mirillas muy pequeñas, tenía un gran ventanal que dejaba pasar la luz del sol. Era sorprendente cómo, incluso durante las tormentas árticas de nieve, se sentía una notable cantidad de cálida radiación solar traspasar los cristales.
Arne ha mantenido un registro de los días que ha pasado aquí década tras década. Hasta aquí más de 3650 días - un total de diez años. En un momento dado tiempos atrás, él, su esposa y dos niños vivieron en la cabaña, principalmente en la habitación para tempestades, durante cuatro meses y medio. Fue un experimento de vivir en condiciones extremas. La habitación para tempestades está doblemente aislada y es la única recalentada la mayor parte del tiempo. Toda la familia comió y durmió, jugó y trabajó dentro de esos cinco metros de largo por dos y medio de ancho. Al momento, Arne vive allí la mayoría del tiempo, excepto cuando tiene visitas. Le resulta mucho más eficiente mantener ese cuarto ligeramente caliente y dejar el resto a la misma temperatura de afuera. Está totalmente dedicado a tratar de vivir de una manera que consuma la menor cantidad posible de energía, e incluso ha instalado un pedestal encima del tubo de vidrio de su linterna de aceite, donde coloca una pequeña tetera que le proporciona agua hervida para el té. Enciende su pequeño calefactor solo por breves periodos durante el día, y luego ruge. La idea de Arne es calentar la estufa lo que más pueda, rápidamente, para luego dejarla apagarse inmediatamente, evitando así que el calor de la habitación sea succionado por la chimenea. Calcúla y corta los pedazos de combustible de tal manera que se queman por completo, tal vez de media hora a una hora. El cuarto está tan bien aislado que el calor de la estufa permanece ahí un tiempo sorprendentemente largo.
¿De dónde proviene el combustible? Bueno, es antiguo material de techos. Las tormentas han sacado el techo en tres ocasiones, y cada vez le ha proporcionado leña para varios años. Cada pedazo de cartón alquitranado, cada fragmento de madera es minuziosamente despedazado o aserruchado en diminutos cuadrados para consumirlos en la estufa. Y esto lo pudimos verificar de primera mano, ya que una de nuestras tareas fue la de terminar con la última caja que quedaba del techo que una tormenta, consideradamente, había transformado en combustible para él. Ah, sí; también todo el papel higiénico utilizado se quema. Se lo deposita delicadamente en un cubo detrás del inodoro, y no dentro del hoyo.
El relato espartano continúa. Sus provisiones le llegan cada tres años, en bulto. En tiempos pasados lo hacían con caballos; en la actualidad con el trineo a motor. Una vez, leyó en un periódico que una fábrica de enlatados estaba liquidando el remanente de morcillas. Por alguna razón, Arne pensó que serían alrededor de unas veinte latas. Sin embargo, resultó ser que se había convertido en el orgulloso propietario de 185 latas de morcillas. Cuando algún aldeano del valle se enteró de esto, se regó el rumor de que Arne Naess temía que otra guerra mundial estaba por estallar. Lo que sí pasó fue que terminó comiendo morcillas varias veces por semana durante algunos años.
Realmente no tiene límites la manía con la que Arne persigue sus ideas de vivir de una manera que no altere ni ultraje a las montañas que, él sabe, son su verdadero hogar. Las montañas le han dado mucho y él está totalmente consciente de su impacto. El punto de todos sus hábitos espartanos es que han sido su elección. Obviamente, él podría vivir consumiendo más a nivel material y está consciente de que pocos querrían vivir así; sin embargo, lo importante para él es que quiere vivir de la manera más fiel posible a su propia idea de una ética de la montaña. Esta ética no solamente es coherente con su filosofía, sino que también ha hecho mucho para influenciar a su formulación. ``Simplicidad voluntaria'' dice mucho de ella, al igual que la idea de una intensa identificación con las montañas - de hecho, con toda la naturaleza, de la cual los humanos somos parte. A parte de su sistematización profesional de ello, tiene una manera más escueta - más cruda, dice él - de plantearlo:

Las montañas son de tamaño. De gran tamaño. Pero también son grandes. Muy grandes. Tienen dignidad y otros aspectos de la grandeza. Son sólidas, estables, inmóviles. Una palabra para ellas en sánscrito es a-ga, lo que no se va. Pero, curiosamente, hay muchos movimientos en ellas. De manera que a veces una arista sube, hay un fuerte movimiento ascendente, quizá interrumpido por agujas, torres, pero retoma la tendencia hacia arriba, hacia el cielo o incluso hacia el paraíso. La arista o el contorno no solo tienen un movimiento hacia arriba, sino que también podrían apuntar hacia arriba, podrían invitar a elevarnos. Cuando escalamos una montaña, puede ser testigo de nuestro comportamiento con una benevolencia algo remota o dócil. La montaña nunca lucha contra nosotros y contendrá las avalanchas lo más que pueda pero, a veces, la estupidez y la arrogancia humana, y una falta de sentimientos de intimidad con el medioambiente, terminan en catástrofes humanas.[1]

Es este tipo de sensibilidad que lleva Arne a pedir que todos los huéspedes - tanto suyos como de las montañas - intenten, ``cuando puedan,'' pisar solamente sobre las rocas entre las plantas alpinas, al menos en las inmediaciones de la cabaña; después de todo, es aquí donde su impacto y, por ende, su deuda, están más concentrados. Esto también explica por qué cada pocas semanas, como jardinero chino, saca el cubo de debajo del asiento del inodoro y meticulosamente vierte su contenido (¡no son desperdicios!) alrededor de la base de las plantas en la perfiferia de la zona de impacto de la cabaña. Con ello, por lo menos se diluyen ligeramente los efectos concentrados de la cabaña. Luego de algunos días en Tvergastein, experimentando la intensidad de la cuidadosa rutina de Arne, el área alrededor de la cabaña comienza a parecer una zona de amor. Ciertamente, el ambiente de la montaña no se ve afectado por esta presencia.
Los días pasan y nos acostrumbamos a la vida del lugar. Arne estima que usualmente necesita por lo menos un par de semanas aquí arriba antes de que pueda sentirse completamente en casa; entonces, su pensamiento y escritura realmente se agudizan. Saboreamos cada instante, salimos a esquiar en las tormentas de nieve, navegamos entre las grandes rocas, dejando que la tranquilidad nos invada. Cada dos horas de pasar escribiendo en la cabaña, Arne sale para un corto paseo en esquís y a menudo sube a las grandes rocas mientras está afuera. Puede que nosotros hayamos acabado de entrar a la cabaña y estemos comenzando a cocinar algo, cuando Arne sale de prisa de la habitación para tormentas anunciando que regresará enseguida, que solo se va a uno de sus riscos preferidos a escalar un poco; o a trasladar rocas, desde el lugar más lejano posible de la cabaña, para elevar el muro protector que ha construido en el lado de la cabaña expuesto a los vientos. Ni la mente ni el cuerpo, ni la acción ni el pensamiento deben dejar que este cuerpo se entiese con la edad y se pudra.
Y no hay mucho que hacer con las continuas nevadas, pero una tarde Arne anuncia que vamos a esquiar cuesta abajo. Miramos por la ventana: tormenta de nieve. Nos armamos de un cierto entusiasmo, sacamos nuestro equipo y vamos tras él afuera. Llevamos puesta nuestra indumentaria y Arne un viejo par de botas plásticas alpinas de esquí. Dice que vamos a la ladera de ``Frankrike'', un gran campo de nieve permanente en la pendiente rocosa bajo los acantilados y que, desde la cabaña, parece el mapa de Francia. Nos vamos enterando que Arne tiene nombres para prácticamente todo en el área; así sucede cuando se crea un mundo.
Cargamos al hombro montones de palos de bambú, rumbo a la ladera. Una vez en la tormenta de nieve, nos damos cuenta que cuando el ángulo se empina debemos comenzar a acercarnos entre nosotros, así que empezamos a caminar de lado, en una imaginaria pista de slalom. Acercándonos y avanzando con dificultad, finalmente rastreamos siete u ocho verjas y hundimos un palo en cada una. Solo un poco surrealista. Pero nos divertimos mucho ahí, en medio de la niebla bajo algunos acantilados en algún punto del vasto Hardangervidda. Todos logramos algunas carreras, rearreglando la pista en las escaladas de regreso y, de repente, Arne, con toda tranquilidad, se excusa y nos dice que debe regresar a la cabaña. Había parecido bastante vivaz y ágil, ejecutando en estilo antiguo, aunque pintoresco, elegantes saltos de vueltas con su desgastado equipo de slalom, así le preguntamos qué tenía en mente. Bueno, explica, hace un par de años se había roto una pierna y por eso todavía tenía un clavo de acero en el tobillo. Debido a la presión de los rígidos botines de esquí, la cabeza del clavo había salido por la piel y ahora sangraba un poco. ``Ay,'' dijimos desconcertados. Obstinadamente dice que puede arreglársela solo y que no es necesario que lo acompañamos. Ya que parece que habrá una tregua en la tormenta de nieve, es fácil quedarse afuera por algunas vueltas más.
Luego de esquiar y admirar el panorama un tiempo más, nos reunimos con Arne en la cabaña. Está bien, así que nos sentamos todos alrededor de algunos tazones de sopa. Hay una historia sobre él que había leído donde él cuenta una experiencia que tuvo de niño en las montañas Jotunheimen. Vagando por nieve profunda al anochecer, era urgente encontrar algún amparo y se topó con un hombre anciano y hospitalario que estaba dando mantenimiento a uno de los refugios del club alpino. Durante toda la semana que Arne estuvo con él, comieron únicamente avena; las noches pasaban, y el anciano contaba la ocasional historia de la vida de montaña o sacaba ritmos complejos de su violín. Arne habló del efecto que esa estadía tuvo en él y cómo fue el comienzo de una profunda apreciación de las capas de riqueza que en realidad subyacen bajo la dureza superficial y la calidad espartana de la vida en la montaña.
En su relato, Arne no dijo nada más acerca del anciano hombre. Le pregunto si alguna vez lo buscó. Contesta con una risita: ¡Por Dios, no!, era demasiado joven en ese tiempo como para saber lo suficiente acerca de los efectos que su estadía con el anciano tendrían en él; era demasiado tonto e impaciente por las cosas nuevas como para saber que valdría la pena tratar de encontrarlo nuevamente.
Sin embargo, unos años más tarde, maduró en él la conciencia de lo que había recibido de él, por lo que cada vez más comenzó a buscar gente de la montaña. Se convenció que tenían una relación interior con las montañas en las que vivían. Se trataba de una ``cierta grandeza, pureza, un interés sobre lo que es esencial, una autosuficiencia; y, consecuentemente, un desprecio a los lujos, a cualquier tipo de complicación... y un afecto obvio por todo lo que queda por encima del límite arbóreo, vivo o `muerto,' ciertamente atestiguaba un apego rico y sensual a la vida, un placer profundo en lo que puede experimentarse con mente y ojos bien abiertos'' (citado de Naess, en Tobias).
Señala la saliente rocosa, de escasos dos metros de ancho antes de la caída fuera de la ventana. ``Allá, por ejemplo, está mi jardín,'' musita. ``Como pueden ver, solo algunas flores alpinas, diminutas y fuertes, algunos líquenes y roca; pero durante cincuenta años, esos pocos metros cuadrados, siempre visibles - incluso durante las tormentas, porque el viento los mantiene barridos - han sido mi bosque, mi jardín, mi paisaje. Han sido más que suficientes.''
Mientras estuvimos afuera esquiando y las nubes se habían partido, Eva y yo habíamos notado que sobre una saliente cerca de la cima de los acantilados había un objeto pequeño y de una forma extrañamente rectangular. ¿Qué era eso, Arne? ``Es el Nido de Tvergastein. Es otra cabaña diminuta, tres metros por tres, que construí en los años cuarenta.'' Nos quedamos boquiabiertos. ``Ahora está en malas condiciones porque el viento hizo volar el techo y no he podido dedicar energía a repararlo. Yo mismo cargué la mayoría de los materiales hasta arriba, tabla por tabla, trepando por los barrancos siguiendo una ruta protegida que yo había asegurado. Allá realmente llegas a sentir que estás al borde mismo del abismo. Está a doscientos metros más arriba que esto. Quería probar la sensación de un cuervo posado en el acantilado por largos periodos. El material de construcción amontonado en el corredor de la entrada es para eso. Algunos jóvenes de aquí lo van a reparar, de manera que el Nido aún podrá ser usado por algunos años más.''
Luego de los esfuerzos del día y de muchos días sin bañarse, Eva tímidamente le pregunta a Arne si puede calentar un cuenco de agua. Le explica que tambíen le ayudaría a quitarle el frío que está sintiendo. El consentimiento cariñoso de Arne es sorprendentemente agradable; durante nuestro primeros dos días aquí, no habíamos insistido mucho en peticiones del estilo. Simplemente teníamos la sensación de que nuestra capacidad de adaptación estaba a prueba. A pesar de que, naturalmente, Arne se esforzó por ser el anfitrión perfecto, pienso que el hecho que nos quedaríamos más de una o dos noches lo agotaba un poco. Él y yo nos habíamos reunido sólo unas pocas veces antes, mientras que Eva lo conoció recién en este viaje. Al vivir solo, completamente de acuerdo a su propia disciplina inflexible y totalizadora, la repentina presencia prolongada de dos visitantes relativamente desconocidos en su hermita le tomó un tiempo para aclimatarse. Además, bañarse podía ser toda una hazaña.
Generalmente, el agua se saca de un hoyo en el hielo de la laguna ubicada a unos doscientos metros, aunque durante nuestra estadía la obteníamos de abajo de La Pirámide, una roca inmensa que su nombre describe bellamente, mucho más cercana a la cabaña. Derretir la nieve para obtener agua es realmente un desperdicio excesivo; como dice Arne, hacer que la nieve pase de un grado Celsius bajo cero a un grado sobre cero requiere las mismas calorías que calentarla desde un grado hasta el punto de ebullición, sin mencionar la tarea de transportar hasta acá el combustible. Además, la enorme estufa a kerosén Primus también es temperamental, aun cuando es muy apreciada por las décadas de fiel servicio. Su tanque de bronce aún tiene la abolladura causada por una caída por las escaleras de la universidad en 1939. Se encuentra en la sala que no tiene calefacción, de manera que, cuando se la enciende, las ventanas se empañan; la prueba de si cocina en manera eficiente es cuánto vapor se forma en cada cristal. Creo que hemos mantenido las ventanas bastante claras y esto, combinado con algunas otras cosas, está a nuestro favor. Cuando Eva comienza a calentar el agua para bañarse, Arne se muestra verdaderamente amable al insistir en que coloque el doble de agua en el cuenco. No necesito mucho tiempo para convencerme de tomar mi parte también.
Cuando termina nuestro baño de esponja, regresamos a la sala y descubrimos que Arne se había retirado para la noche. Desde su cuarto oímos una suave música clásica, pero dado que se trata de uno de los viejos discos de 78 giros que se amontonan en la sala, es fácil oír las rayas. La energía eléctrica proviene de unas baterías que se cargan con un panel solar en la pared que mira a sur; la lámpara de cabecera, que Arne usa para leer, funciona de la misma manera.
Mañana debemos regresar porque nuestro anfitrión tiene una cita en Oslo, así que parece una noche para que todos nos permitiremos un poco de placer con el lado más amable de la vida urbana. Estoy conmovido por la obvia edad de la música grabada y por la idea de cuántas veces debe haber endulzado las noches más solitarias durante décadas, sus armonías suavizando la preocupación acerca de la ocupación nazi y los rumores acerca de la Gestapo que venía a llevárselo para interrogarlo el día siguiente; sus melodías aliviando la tensión por los niños enfermos o la preocupación acerca de la intensidad de la tormenta y de si aguantaría el techo.
A la mañana siguiente hay calma total y la claridad del cielo es perfecta. La superficie de la nieve húmeda y recién caída ayer se ha congelado, dura como concreto por el frío de la noche. Nos alistamos para esquiar rápidamente cuesta abajo. Con toda la basura guardada en nuestras mochilas, estas parecen tan pesadas como cuando subimos; Arne aprovecha nuestra disponibilidad y de nuestras jóvenes espaldas para llevar abajo algo de la basura acumulada durante algunos años. Arriba de la cabaña, los acantilados negros se ven enormes contra el cielo azul. ¿Dónde está? ¿El Nido? Sí, allá está, una de sus paredes perfilada netamente por el amanecer luminoso.
Tal vez la próxima vez.... Al mirar hacia los fantásticos acantilados, recuerdo nuevamente lo que alguna vez escribió Arne:

En mi opinión, la modestia tiene poco valor si no es una consecuencia natural de sentimientos mucho más profundos y, aún más importante en nuestro contexto especial, una consecuencia de una manera de comprendernos a nosotros mismos como parte de la naturaleza en un sentido amplio del término. Esta manera es tal que mientras más pequeños lleguemos a sentirnos comparados con la montaña, más de cerca participaremos de su grandeza. No sé porqué es así.[2]

Volamos cuesta abajo. Mirando hacia atrás, a Hallingskarven, apenas puedo distinguir la diminuta caja que es Tvergastein. A su derecha está el corte repentino de una enorme fractura en el acantilado aparentemente infinito. Quiero averiguar con Arne si esa es la ubicación de una ruta de la que estuvimos hablando unos días antes. Descuidado, investigo si eso es el ``valle'' que me había descrito. Reacciona con aflicción y me pregunto qué había de malo en lo que dije.
``No creo que ese lugar apreciaría que se le llame `valle','' me reprende. ``Es un lugar demasiado salvaje y violento y escarpado para llamarlo así.'' Lo mira fijamente y con admiración, con la cabeza inclinada hacia atrás, una posición que generalmente está reservada para contemplar obras maestras muy grandes.
``¿Un barranco?,'' intento.
``No, piensa en cómo se sentiría al ser llamado así,'' reitera.
``¿Qué tal un desfiladero o una quebrada; un encañonado?''
``Hmmm, no, todavía no,'' es todo lo que puede decir.
``Bueno, una cwm, entonces,'' me atrevo a decir, pensando en el Everest.
``Sí, tal vez no está mal, pero quizá un poquito demasiado suave,'' contesta, refunfuñando algo acerca de Escocia.
Humillado por no haber sido tan preciso como me hubiera gustado ser, declaro con tranquilidad, ``Sea lo que sea, es verdaderamente grandioso.''
Arne Naess se da vuelta y me mira con una sonrisa; luego todos continuamos esquiando cuesta abajo. Me siento bastante pequeño.
pasubio
Monte Pasubio, Piccole Dolomiti, Italia. Foto © Paolo Seraglio. © PanNature 2004.

NOTAS

1. Arne Naess, ``Modesty and the Conquest of Mountains,'' en The Mountain Spirit, Michael C. Tobias y Harold Drasdo (eds.), Woodstock, NY.: Overlook Press, 1979.

2. Naess, ``Modesty.''

Copyright © Shambhala 1995 - Copyright © PanNature 2004

Última revisión Abril 1, 2004. Introducción y traducción de Paolo Catelan. Edición de Maricruz González Cárdenas. El material publicado en PanNatura está protegido por la Ley de Derechos de Autores y Editores y © Fundación Sangay: El uso indiscriminado del mismo no está permitido, pero puede ser libremente circulado para fines personales, educacionales y no comerciales. PanNatura y Fundación Sangay son marcas y logos registrados. © PanNatura 2004. © Fundación Sangay 2004.


Original title, ``Living in the World: Mountain Humility, Great Humility''. From DEEP ECOLOGY FOR THE 21ST CENTURY, edited by George Sessions. © 1995 by George Sessions. Reprinted by arrangement with Shambhala Publications Inc., Boston, www.shambhala.com - Originally published in the ALPINE CLUB OF CANADA JOURNAL (1991). The photo has been added and is not part of the article in its original form. Courtesy Paolo Seraglio.


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