Haiku para Arne
De visita;
suelo viajar hacia arriba
para ver las montañas.
Esquiamos con fardos pesados, siempre hacia arriba. Eva y yo hemos
traído provisiones suficientes como para alimentar a cuatro personas
por una semana. En su lacónica nota, Arne no mencionó si estaría
acompañado o no durante nuestra estadía, así que decidimos ser
precavidos y llevar suficiente comida. Lo que descubrimos fue que él
en realidad había estado allá arriba, a solas, durante dos semanas.
Pero, ¿a dónde ha ido ahora? En Noruega, la tundra nevada se eleva en
ondulaciones hasta que termina abruptamente en los precipicios negros
que forman todo el horizonte frente a nosotros. No hay señales de
él.
Seguimos escalando lentamente,
intentando evitar sudar. Estamos tras un hombre de setenta y siete
años, que se adelantó a nosotros, quizá por impaciencia, pero
seguramente previendo prepararnos el té antes de que finalmente
llegaramos a su cabaña. Solamente lleva una mochila para el día,
fíjense; sin embargo, hace un tiempo desapareció detrás del borde de
una escorzada quebrada y no lo hemos vuelto a ver. Un paso lento tras
otro, otra pausa, hasta que lo vemos. Está tan lejos que parece otra
mancha diminuta entre las demás que, en realidad, son las puntas de
las grandes rocas que se asoman contra las laderas blancas.
La diminuta figura negra que esquía
sin detenerse hacia las montañas, alguna vez escribió que ``mientras
más pequeños llegamos a sentirnos respecto a la montaña, más nos
acercamos a participar de su grandeza.'' Es el mismo estudioso y
practicante de la ética de Spinoza y de la no violencia de Gandhi que
se ha dadao a conocer por medio de su desarrollo de la ecosofía o
filosofía ecológica, como una inspiración en la formación del
movimiento ambientalista y social de la Ecología Profunda, que cada
vez tiene más influencia en todo el Occidente. Se trata de Arne Naess,
cuya desobediencia civil orientada al medioambiente le ha dado nombre
en su tierra, Noruega, y en la mayor parte de Escandinavia. Es el
mismo hombre que fundó la revista Inquiry y que lideró las
exitosas expediciones al Tirich Mir en 1950 y en 1964; la misma
persona que a los 27 se convirtió en el catedrático más joven de
Noruega y que, sin embargo, en 1970 renunció a la misma Cátedra de
Filosofía para dedicarse a tiempo completo a ``los urgentes problemas
ambientales que enfrenta la humanidad,'' convencido de que un filósofo
puede contribuir activamente a su solución.
Durante toda su vida, los noruegos lo
han conocido como un ferviente vocero de los beneficios de movimiento
`friluftsliv', la convicción de que una vida en la naturaleza puede
proporcionar un antídoto a las tensiones de las condiciones
urbanas. (Cuando se anunció que el noruego Trygve Haavelmo había
ganado el Premio Nobel de Economía en 1989, la prensa mundial
frustrada solo pudo informar que sus esfuerzos para entrevistarlo
tendrían que esperar a que regresara de un viaje a los bosques.
Informado del premio, y consciente de la publicidad que generaría, se
dijo que la reacción de Haavelmo fue que había ido ``pa tur'' - el
eufemismo noruego para cuando alguien se dirige a las colinas en busca
de paz y tranquilidad.) Y ahora este hombre Arne se apresuraba delante
de nosotros hacia su cabaña, su verdadero hogar, donde compartiríamos
el té. Contemplé a mi hombre, a mi montaña.
La cabaña de Arne está asentada al
borde de una mesa de unos cien metros de ancho, justo debajo de los
negros acantilados cuyas cumbres desaparecen entre nubes cargadas de
nieve. Pronto el día se oscurece y se torna en invernal, aun cuando
estamos a comienzos de junio. Bajo estos acantilados llamados
Hallingskarven, sobre el gran altiplano sin árboles de Hardangervidda,
dominado por su glaciar central, el Hardangerjokulen, es invierno por
lo menos diez meses al año, con una sola tregua intensa de un verano
ártico en el ínterin. Apenas sobre los 1500 metros sobre el nivel del
mar, la cabaña, que Arne bautizó Tvergastein, el nombre que los
aldeanos dan a los cristales de cuarzo que se encuentran cerca de la
pequeña laguna ubicada más abajo, es la morada privada más alta de
Noruega.
A medida que trepamos con dificultad
la última ladera empinada antes de la cabaña, admiramos cómo sus
formas bajas encajan en el lugar. Gran parte de su construcción de
madera se ha vuelto gris por la inclemencia del clima; la mirada fluye
suavemente de las vetas de la madera a los patrones de los líquenes
sobre las rocas. Las piedras esparcidas sobre el techo para mantenerlo
en su lugar contra los ventarrones nos recuerdan las resistentes
moradas de montaña en otras regiones aisladas del mundo. Con una vista
que abarca muchos miles de kilómetros cuadrados del Hardangervidda, es
un verdadero nido de águila. En las memorables palabras de Arne,
``Simple en medios, rico en fines.'' Es en este lugar que se inspiró
para denominar su propia filosofía, Ecosofía T. La T por
Tvergastein.
Nos recibe afectuosamente en la
puerta, vistiendo su viejo suéter flojo y pantalones de lana. Parecía
feliz con nuestro desenfrenado entusiasmo por el lugar. Dice que ha
estado sentado detrás de la ventana mirándonos mientras escalábamos
los últimos centenares de metros. Hace poco que el té está
listo. ``¡Tomen una taza de `T'!'' Nos sentamos en la sala, en sillas
rústicas y hechas en casa y, agradecidos, tomamos a sorbos el brebaje
caliente, escuchando las historias que Arne nos cuenta sobre el lugar
y su vida aquí. Las sillas están colocadas frente al ventanal donde la
semana siguiente pasaríamos muchas horas, meditando sobre las
tormentas de nieve que rara vez se aplacaban. En esas raras ocasiones,
antes de salir para aprovechar de las escasas pausas, permanecíamos
estáticos ante un panorama que, de pronto, era nuestro. Es en este cuarto,
literalmente una sala de estar, en donde pasaríamos nuestras horas de
vigilia bajo techo.
Era parte de la cabaña original y más
pequeña - ocho metros por cinco metros - que Arne construyó en 1938 y
que luego agrandó a su tamaño actual de 100 metros cuadrados. El lado
al que da el viento, que enfrenta las tormentas predominantes del
oeste, consistía de una bodega que servía también de taller; a lo
largo de la pared norte había un minúsculo baño, una cocina, el
corredor de ingreso, que también servía de bodega y que albergaba
parte de la biblioteca de Arne. Ninguna de estas áreas eran ocupadas
muy a menudo, de manera que hacían de área de transición para las
habitaciones más usadas que daban al sur. Estas eran una biblioteca
compacta, con un pequeño brasero, un dormitorio (colchones en el
suelo), la sala y, el centro de todo, la habitación de invierno o para
tempestades. Cada una de las habitaciones que miraban a sur, a
diferencia de las que daban al norte, que solo tenían mirillas muy
pequeñas, tenía un gran ventanal que dejaba pasar la luz del sol. Era
sorprendente cómo, incluso durante las tormentas árticas de nieve, se
sentía una notable cantidad de cálida radiación solar traspasar los
cristales.
Arne ha mantenido un registro de los
días que ha pasado aquí década tras década. Hasta aquí más de 3650
días - un total de diez años. En un momento dado tiempos atrás, él, su
esposa y dos niños vivieron en la cabaña, principalmente en la
habitación para tempestades, durante cuatro meses y medio. Fue un
experimento de vivir en condiciones extremas. La habitación para
tempestades está doblemente aislada y es la única recalentada la mayor
parte del tiempo. Toda la familia comió y durmió, jugó y trabajó
dentro de esos cinco metros de largo por dos y medio de ancho. Al
momento, Arne vive allí la mayoría del tiempo, excepto cuando tiene
visitas. Le resulta mucho más eficiente mantener ese cuarto
ligeramente caliente y dejar el resto a la misma temperatura de
afuera. Está totalmente dedicado a tratar de vivir de una manera que
consuma la menor cantidad posible de energía, e incluso ha instalado
un pedestal encima del tubo de vidrio de su linterna de aceite, donde
coloca una pequeña tetera que le proporciona agua hervida para el
té. Enciende su pequeño calefactor solo por breves periodos durante el
día, y luego ruge. La idea de Arne es calentar la estufa lo que más
pueda, rápidamente, para luego dejarla apagarse inmediatamente,
evitando así que el calor de la habitación sea succionado por la
chimenea. Calcúla y corta los pedazos de combustible de tal manera que
se queman por completo, tal vez de media hora a una hora. El cuarto
está tan bien aislado que el calor de la estufa permanece ahí un
tiempo sorprendentemente largo.
¿De dónde proviene el combustible?
Bueno, es antiguo material de techos. Las tormentas han sacado el
techo en tres ocasiones, y cada vez le ha proporcionado leña para
varios años. Cada pedazo de cartón alquitranado, cada fragmento de
madera es minuziosamente despedazado o aserruchado en diminutos
cuadrados para consumirlos en la estufa. Y esto lo pudimos verificar
de primera mano, ya que una de nuestras tareas fue la de terminar con
la última caja que quedaba del techo que una tormenta,
consideradamente, había transformado en combustible para él. Ah, sí;
también todo el papel higiénico utilizado se quema. Se lo deposita
delicadamente en un cubo detrás del inodoro, y no dentro del hoyo.
El relato espartano continúa. Sus
provisiones le llegan cada tres años, en bulto. En tiempos pasados lo
hacían con caballos; en la actualidad con el trineo a motor. Una vez,
leyó en un periódico que una fábrica de enlatados estaba liquidando el
remanente de morcillas. Por alguna razón, Arne pensó que serían
alrededor de unas veinte latas. Sin embargo, resultó ser que se había
convertido en el orgulloso propietario de 185 latas de morcillas.
Cuando algún aldeano del valle se enteró de esto, se regó el rumor de
que Arne Naess temía que otra guerra mundial estaba por estallar. Lo
que sí pasó fue que terminó comiendo morcillas varias veces por semana
durante algunos años.
Realmente no tiene límites la manía
con la que Arne persigue sus ideas de vivir de una manera que no
altere ni ultraje a las montañas que, él sabe, son su verdadero
hogar. Las montañas le han dado mucho y él está totalmente consciente
de su impacto. El punto de todos sus hábitos espartanos es que han
sido su elección. Obviamente, él podría vivir consumiendo más a nivel
material y está consciente de que pocos querrían vivir así; sin
embargo, lo importante para él es que quiere vivir de la manera más
fiel posible a su propia idea de una ética de la montaña. Esta ética
no solamente es coherente con su filosofía, sino que también ha hecho
mucho para influenciar a su formulación. ``Simplicidad voluntaria''
dice mucho de ella, al igual que la idea de una intensa identificación
con las montañas - de hecho, con toda la naturaleza, de la cual los
humanos somos parte. A parte de su sistematización profesional de
ello, tiene una manera más escueta - más cruda, dice él - de
plantearlo:
Las montañas son de tamaño. De gran tamaño. Pero también son
grandes. Muy grandes. Tienen dignidad y otros aspectos de la grandeza.
Son sólidas, estables, inmóviles. Una palabra para ellas en sánscrito es
a-ga, lo que no se va. Pero, curiosamente, hay muchos
movimientos en ellas. De manera que a veces una arista sube, hay un
fuerte movimiento ascendente, quizá interrumpido por agujas, torres,
pero retoma la tendencia hacia arriba, hacia el cielo o incluso hacia
el paraíso. La arista o el contorno no solo tienen un movimiento hacia
arriba, sino que también podrían apuntar hacia arriba, podrían invitar
a elevarnos. Cuando escalamos una montaña, puede ser testigo de
nuestro comportamiento con una benevolencia algo remota o dócil. La
montaña nunca lucha contra nosotros y contendrá las avalanchas lo más
que pueda pero, a veces, la estupidez y la arrogancia humana, y una
falta de sentimientos de intimidad con el medioambiente, terminan en
catástrofes humanas.[1]
Es este tipo de sensibilidad que
lleva Arne a pedir que todos los huéspedes - tanto suyos como de las
montañas - intenten, ``cuando puedan,'' pisar solamente sobre las
rocas entre las plantas alpinas, al menos en las inmediaciones de la
cabaña; después de todo, es aquí donde su impacto y, por ende, su
deuda, están más concentrados. Esto también explica por qué cada pocas
semanas, como jardinero chino, saca el cubo de debajo del asiento del
inodoro y meticulosamente vierte su contenido (¡no son desperdicios!)
alrededor de la base de las plantas en la perfiferia de la zona de
impacto de la cabaña. Con ello, por lo menos se diluyen ligeramente
los efectos concentrados de la cabaña. Luego de algunos días en
Tvergastein, experimentando la intensidad de la cuidadosa rutina de
Arne, el área alrededor de la cabaña comienza a parecer una zona de
amor. Ciertamente, el ambiente de la montaña no se ve afectado por
esta presencia.
Los días pasan y nos acostrumbamos a
la vida del lugar. Arne estima que usualmente necesita por lo menos un
par de semanas aquí arriba antes de que pueda sentirse completamente
en casa; entonces, su pensamiento y escritura realmente se
agudizan. Saboreamos cada instante, salimos a esquiar en las tormentas
de nieve, navegamos entre las grandes rocas, dejando que la
tranquilidad nos invada. Cada dos horas de pasar escribiendo en la
cabaña, Arne sale para un corto paseo en esquís y a menudo sube a las
grandes rocas mientras está afuera. Puede que nosotros hayamos acabado
de entrar a la cabaña y estemos comenzando a cocinar algo, cuando Arne
sale de prisa de la habitación para tormentas anunciando que regresará
enseguida, que solo se va a uno de sus riscos preferidos a escalar un
poco; o a trasladar rocas, desde el lugar más lejano posible de la
cabaña, para elevar el muro protector que ha construido en el lado de
la cabaña expuesto a los vientos. Ni la mente ni el cuerpo, ni la
acción ni el pensamiento deben dejar que este cuerpo se entiese con la
edad y se pudra.
Y no hay mucho que hacer con las
continuas nevadas, pero una tarde Arne anuncia que vamos a esquiar
cuesta abajo. Miramos por la ventana: tormenta de nieve. Nos armamos
de un cierto entusiasmo, sacamos nuestro equipo y vamos tras él
afuera. Llevamos puesta nuestra indumentaria y Arne un viejo par de
botas plásticas alpinas de esquí. Dice que vamos a la ladera de
``Frankrike'', un gran campo de nieve permanente en la pendiente
rocosa bajo los acantilados y que, desde la cabaña, parece el mapa de
Francia. Nos vamos enterando que Arne tiene nombres para prácticamente
todo en el área; así sucede cuando se crea un mundo.
Cargamos al hombro montones de palos
de bambú, rumbo a la ladera. Una vez en la tormenta de nieve, nos
damos cuenta que cuando el ángulo se empina debemos comenzar a
acercarnos entre nosotros, así que empezamos a caminar de lado, en una
imaginaria pista de slalom. Acercándonos y avanzando con dificultad,
finalmente rastreamos siete u ocho verjas y hundimos un palo en cada
una. Solo un poco surrealista. Pero nos divertimos mucho ahí, en medio
de la niebla bajo algunos acantilados en algún punto del vasto
Hardangervidda. Todos logramos algunas carreras, rearreglando la
pista en las escaladas de regreso y, de repente, Arne, con toda
tranquilidad, se excusa y nos dice que debe regresar a la
cabaña. Había parecido bastante vivaz y ágil, ejecutando en estilo
antiguo, aunque pintoresco, elegantes saltos de vueltas con su
desgastado equipo de slalom, así le preguntamos qué tenía en mente.
Bueno, explica, hace un par de años se había roto una pierna y por eso
todavía tenía un clavo de acero en el tobillo. Debido a la presión de
los rígidos botines de esquí, la cabeza del clavo había salido por la
piel y ahora sangraba un poco. ``Ay,'' dijimos desconcertados.
Obstinadamente dice que puede arreglársela solo y que no es necesario
que lo acompañamos. Ya que parece que habrá una tregua en la tormenta
de nieve, es fácil quedarse afuera por algunas vueltas más.
Luego de esquiar y admirar el
panorama un tiempo más, nos reunimos con Arne en la cabaña. Está bien,
así que nos sentamos todos alrededor de algunos tazones de sopa. Hay
una historia sobre él que había leído donde él cuenta una experiencia
que tuvo de niño en las montañas Jotunheimen. Vagando por nieve
profunda al anochecer, era urgente encontrar algún amparo y se topó
con un hombre anciano y hospitalario que estaba dando mantenimiento a
uno de los refugios del club alpino. Durante toda la semana que Arne
estuvo con él, comieron únicamente avena; las noches pasaban, y el
anciano contaba la ocasional historia de la vida de montaña o sacaba
ritmos complejos de su violín. Arne habló del efecto que esa estadía
tuvo en él y cómo fue el comienzo de una profunda apreciación de las
capas de riqueza que en realidad subyacen bajo la dureza superficial y
la calidad espartana de la vida en la montaña.
En su relato, Arne no dijo nada más
acerca del anciano hombre. Le pregunto si alguna vez lo buscó.
Contesta con una risita: ¡Por Dios, no!, era demasiado joven en ese
tiempo como para saber lo suficiente acerca de los efectos que su
estadía con el anciano tendrían en él; era demasiado tonto e
impaciente por las cosas nuevas como para saber que valdría la pena
tratar de encontrarlo nuevamente.
Sin embargo, unos años más tarde,
maduró en él la conciencia de lo que había recibido de él, por lo que
cada vez más comenzó a buscar gente de la montaña. Se convenció que
tenían una relación interior con las montañas en las que vivían. Se
trataba de una ``cierta grandeza, pureza, un interés sobre lo que es
esencial, una autosuficiencia; y, consecuentemente, un desprecio a los
lujos, a cualquier tipo de complicación... y un afecto obvio por todo
lo que queda por encima del límite arbóreo, vivo o `muerto,'
ciertamente atestiguaba un apego rico y sensual a la vida, un placer
profundo en lo que puede experimentarse con mente y ojos bien
abiertos'' (citado de Naess, en Tobias).
Señala la saliente rocosa, de escasos
dos metros de ancho antes de la caída fuera de la ventana. ``Allá,
por ejemplo, está mi jardín,'' musita. ``Como pueden ver, solo algunas
flores alpinas, diminutas y fuertes, algunos líquenes y roca; pero
durante cincuenta años, esos pocos metros cuadrados, siempre visibles
- incluso durante las tormentas, porque el viento los mantiene
barridos - han sido mi bosque, mi jardín, mi paisaje. Han sido más que
suficientes.''
Mientras estuvimos afuera esquiando y
las nubes se habían partido, Eva y yo habíamos notado que sobre una
saliente cerca de la cima de los acantilados había un objeto pequeño y
de una forma extrañamente rectangular. ¿Qué era eso, Arne? ``Es el
Nido de Tvergastein. Es otra cabaña diminuta, tres metros por tres,
que construí en los años cuarenta.'' Nos quedamos boquiabiertos.
``Ahora está en malas condiciones porque el viento hizo volar el techo
y no he podido dedicar energía a repararlo. Yo mismo cargué la
mayoría de los materiales hasta arriba, tabla por tabla, trepando por
los barrancos siguiendo una ruta protegida que yo había asegurado.
Allá realmente llegas a sentir que estás al borde mismo del abismo.
Está a doscientos metros más arriba que esto. Quería probar la
sensación de un cuervo posado en el acantilado por largos periodos. El
material de construcción amontonado en el corredor de la entrada es
para eso. Algunos jóvenes de aquí lo van a reparar, de manera que el
Nido aún podrá ser usado por algunos años más.''
Luego de los esfuerzos del día y de
muchos días sin bañarse, Eva tímidamente le pregunta a Arne si puede
calentar un cuenco de agua. Le explica que tambíen le ayudaría a
quitarle el frío que está sintiendo. El consentimiento cariñoso de
Arne es sorprendentemente agradable; durante nuestro primeros dos días
aquí, no habíamos insistido mucho en peticiones del estilo.
Simplemente teníamos la sensación de que nuestra capacidad de
adaptación estaba a prueba. A pesar de que, naturalmente, Arne se
esforzó por ser el anfitrión perfecto, pienso que el hecho que nos
quedaríamos más de una o dos noches lo agotaba un poco. Él y yo nos
habíamos reunido sólo unas pocas veces antes, mientras que Eva lo
conoció recién en este viaje. Al vivir solo, completamente de acuerdo
a su propia disciplina inflexible y totalizadora, la repentina
presencia prolongada de dos visitantes relativamente desconocidos en
su hermita le tomó un tiempo para aclimatarse. Además, bañarse podía
ser toda una hazaña.
Generalmente, el agua se saca de un
hoyo en el hielo de la laguna ubicada a unos doscientos metros, aunque
durante nuestra estadía la obteníamos de abajo de La Pirámide, una
roca inmensa que su nombre describe bellamente, mucho más cercana a la
cabaña. Derretir la nieve para obtener agua es realmente un
desperdicio excesivo; como dice Arne, hacer que la nieve pase de un
grado Celsius bajo cero a un grado sobre cero requiere las mismas
calorías que calentarla desde un grado hasta el punto de ebullición,
sin mencionar la tarea de transportar hasta acá el combustible.
Además, la enorme estufa a kerosén Primus también es temperamental,
aun cuando es muy apreciada por las décadas de fiel servicio. Su
tanque de bronce aún tiene la abolladura causada por una caída por las
escaleras de la universidad en 1939. Se encuentra en la sala que no
tiene calefacción, de manera que, cuando se la enciende, las ventanas
se empañan; la prueba de si cocina en manera eficiente es cuánto vapor
se forma en cada cristal. Creo que hemos mantenido las ventanas
bastante claras y esto, combinado con algunas otras cosas, está a
nuestro favor. Cuando Eva comienza a calentar el agua para bañarse,
Arne se muestra verdaderamente amable al insistir en que coloque el
doble de agua en el cuenco. No necesito mucho tiempo para convencerme
de tomar mi parte también.
Cuando termina nuestro baño de
esponja, regresamos a la sala y descubrimos que Arne se había retirado
para la noche. Desde su cuarto oímos una suave música clásica, pero
dado que se trata de uno de los viejos discos de 78 giros que se
amontonan en la sala, es fácil oír las rayas. La energía eléctrica
proviene de unas baterías que se cargan con un panel solar en la pared
que mira a sur; la lámpara de cabecera, que Arne usa para leer,
funciona de la misma manera.
Mañana debemos regresar porque
nuestro anfitrión tiene una cita en Oslo, así que parece una noche
para que todos nos permitiremos un poco de placer con el lado más
amable de la vida urbana. Estoy conmovido por la obvia edad de la
música grabada y por la idea de cuántas veces debe haber endulzado las
noches más solitarias durante décadas, sus armonías suavizando la
preocupación acerca de la ocupación nazi y los rumores acerca de la
Gestapo que venía a llevárselo para interrogarlo el día siguiente; sus
melodías aliviando la tensión por los niños enfermos o la preocupación
acerca de la intensidad de la tormenta y de si aguantaría el
techo.
A la mañana siguiente hay calma total
y la claridad del cielo es perfecta. La superficie de la nieve húmeda
y recién caída ayer se ha congelado, dura como concreto por el frío de
la noche. Nos alistamos para esquiar rápidamente cuesta abajo. Con
toda la basura guardada en nuestras mochilas, estas parecen tan
pesadas como cuando subimos; Arne aprovecha nuestra disponibilidad y
de nuestras jóvenes espaldas para llevar abajo algo de la basura
acumulada durante algunos años. Arriba de la cabaña, los acantilados
negros se ven enormes contra el cielo azul. ¿Dónde está? ¿El Nido? Sí,
allá está, una de sus paredes perfilada netamente por el amanecer
luminoso.
Tal vez la próxima vez.... Al mirar
hacia los fantásticos acantilados, recuerdo nuevamente lo que alguna
vez escribió Arne:
En mi opinión, la modestia tiene poco valor si no es una
consecuencia natural de sentimientos mucho más profundos y, aún más
importante en nuestro contexto especial, una consecuencia de una
manera de comprendernos a nosotros mismos como parte de la naturaleza
en un sentido amplio del término. Esta manera es tal que mientras más
pequeños lleguemos a sentirnos comparados con la montaña, más de cerca
participaremos de su grandeza. No sé porqué es así.[2]
Volamos cuesta abajo. Mirando
hacia atrás, a Hallingskarven, apenas puedo distinguir la diminuta
caja que es Tvergastein. A su derecha está el corte repentino de una
enorme fractura en el acantilado aparentemente infinito. Quiero
averiguar con Arne si esa es la ubicación de una ruta de la que
estuvimos hablando unos días antes. Descuidado, investigo si eso es el
``valle'' que me había descrito. Reacciona con aflicción y me pregunto
qué había de malo en lo que dije.
``No creo que ese lugar apreciaría
que se le llame `valle','' me reprende. ``Es un lugar demasiado
salvaje y violento y escarpado para llamarlo así.'' Lo mira fijamente
y con admiración, con la cabeza inclinada hacia atrás, una posición
que generalmente está reservada para contemplar obras maestras muy
grandes.
``¿Un barranco?,'' intento.
``No, piensa en cómo se sentiría al
ser llamado así,'' reitera.
``¿Qué tal un desfiladero o una
quebrada; un encañonado?''
``Hmmm, no, todavía no,'' es todo lo
que puede decir.
``Bueno, una cwm, entonces,'' me
atrevo a decir, pensando en el Everest.
``Sí, tal vez no está mal, pero quizá
un poquito demasiado suave,'' contesta, refunfuñando algo acerca de
Escocia.
Humillado por no haber sido tan
preciso como me hubiera gustado ser, declaro con tranquilidad, ``Sea
lo que sea, es verdaderamente grandioso.''
Arne Naess se da vuelta y me mira con
una sonrisa; luego todos continuamos esquiando cuesta abajo. Me siento
bastante pequeño.
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Monte Pasubio, Piccole Dolomiti, Italia.
Foto © Paolo Seraglio. © PanNature 2004.
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NOTAS
1. Arne Naess, ``Modesty and the Conquest of Mountains,'' en The
Mountain Spirit, Michael C. Tobias y Harold Drasdo (eds.),
Woodstock, NY.: Overlook Press, 1979.
2. Naess, ``Modesty.''
Copyright © Shambhala 1995 - Copyright © PanNature 2004
Última revisión Abril
1, 2004. Introducción y traducción de Paolo Catelan.
Edición de Maricruz González Cárdenas. El material publicado
en PanNatura está protegido por la Ley de Derechos de Autores
y Editores y © Fundación Sangay: El uso indiscriminado
del mismo no está permitido, pero puede ser libremente
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2004.
Original title, ``Living in the World:
Mountain Humility, Great Humility''. From DEEP ECOLOGY FOR
THE 21ST CENTURY, edited by George Sessions. © 1995 by
George Sessions. Reprinted by arrangement with Shambhala
Publications Inc., Boston, www.shambhala.com - Originally published in
the ALPINE CLUB OF CANADA JOURNAL (1991). The photo has been
added and is not part of the article in its original
form. Courtesy Paolo Seraglio.
www.sangay.org