El Color del Ser

por Joanna Macy


Yo, que soy la belleza de la verde Tierra,
y la Luna blanca entre las estrellas,
y el misterio de las aguas, y el deseo
del corazón del hombre, invoco tu alma:
levántate y ven hacia mí,
que soy el alma de la Natura,
soy quien da vida al Universo.


La Promesa de la Diosa

Casi puede oírse el silencio en la sala mientras Joanna habla del color del ser (¡el color del ser!). Su voz apacible y su lenguaje casi informal - el mismo que advertimos en el presente artículo - nos llegan directo al corazón. Joanna está hablando de lo que probablemente es el cambio filosófico y epistemológico más urgente y necesario de nuestro tiempo: la expansión de la noción del ser en cuanto ego-ser (un ser estrecho, encerrado en nuestra epidermis, separado del resto del Universo) a una nueva dimensión, inmensamente más amplia, del eco-ser (el ser ecológico de Naess) que abarca todo el Universo. Esta vasta identificación con toda la Naturaleza corresponde a un cambio de consciencia, que John Seed ha definido como un cambio espiritual cuyos nuevos y profundos valores implican una nueva visión de quiénes somos, qué queremos ser y cómo nos relacionamos el uno con el otro y con las demás formas de vida. Joanna está convencida que ``este vasto sentido del ser es la única base para una acción eficaz y adecuada,'' una acción que, a partir de la esfera individual, se expresará en nuevas estructuras sociales y económicas, ecológicamente menos destructivas. Probablemente esta es la última posibilidad de supervivencia que tenemos como especie, y sin que exista garantía de éxito. Sin embargo, como lo expresó Joanna en una reciente entrevista, esta no es una manifestación de pesimismo o nihilismo: ``Desde nuestra experiencia de vida cotidiana, sabemos que nunca hay garantías - no las hay en el amor, ni cuando damos a luz a una criatura, ni cuando nos dedicamos a cultivar un pedazo de tierra y removemos el suelo esperando la lluvia. No pedimos la seguridad del éxito ni que todo salga como queremos. Simplemente seguimos adelante, porque la vida quiere vivir a través nuestro.'' Joanna-akka, gran hermana Joanna, líder espiritual. - PC

JOANNA MACY, especialista en Budismo y Teoría General de los Sistemas, es conocida internacionalmente por sus talleres de capacitación y formación en la acción social directa y sostenida, por sus conferencias sobre temas como paz, justicia y crisis ambiental, y por su incansable activismo y trabajo en seno al movimiento de Ecología Profunda. En su labor de escritora ha producido numerosos libros, Despair and Personal Power in the Nuclear Age (1983), Dharma and Development: Religion as Resource in the Sarvodaya Self Help Movement in Sri Lanka (1985), Thinking Like a Mountain: Toward a Council of All Beings (con John Seed, Pat Fleming y Arne Naess, 1988), Mutual Causality in Buddhism and General System Theory: The Dharma of Natural Systems (1991), World As Lover, World as Self (1991), Rilke's Book of Hours (con Anita Barrows, 1996), Coming Back to Life: Practices to Reconnect Our Lives, Our World (con Molly Young Brown, 1998) y la memoria Widening Circles (2000). Madre de tres hijos, vive en Berkeley con su marido Fran Macy, es profesor de Filosofía y Religión en el California Institute of Integral Studies y enseña además en la Starr King School for the Ministry, y en la University of Creation Spirituality.


Algo importante está ocurriendo en nuestro mundo, algo que no aparecerá en los periódicos. Algo que considero el desarrollo más fascinante y esperanzador de nuestro tiempo y es una de las razones por las cuales me siento tan feliz estar viva hoy en día: se trata de lo que está ocurriendo con la noción del ser.
El ser es una interpretación metafórica de identidad y acción; el hipotético pedazo de césped sobre el cual construimos nuestras estrategias de supervivencia; la noción alrededor de la cual enfocamos nuestros instintos de autoconservación, nuestras demandas de autoaprobación y los linderos de nuestro autointerés. Algo está cambiando.
La noción convencional del ser con la cual crecimos y a la cual nos ha condicionado la cultura dominante, está quebrantándose. Lo que Alan Watts llamó ``el ego encapsulado en la piel,'' y Gregory Bateson ``el error epistemológico de la civilización occidental,'' está por ser desvirtuado, desollado. Está siendo sustituido por interpretaciones más amplias de identidad y autointerés - por lo que podría definirse como el ser ecológico o el eco-ser, extendido a los demás seres y a la vida de nuestro planeta. Es lo que llamaré ``el verdear del ser.''
En una charla reciente que di a estudiantes de una ciudad universitaria, presenté algunos ejemplos de las actividades que se están emprendiendo hoy en día en defensa de la vida en la Tierra - acciones en las que la gente arriesga su propio confort e incluso su vida para proteger otras especies. En el norte de la India, por ejemplo, los aldeanos del Movimiento Chipko - los que se abrazan a los árboles - luchan en contra de la deforestación de lo que queda de sus bosques. En alta mar, los activistas de Greenpeace intervienen para proteger a los mamíferos marinos de las matanzas. Luego de aquella charla, recibí una carta de un estudiante al que llamaré Miguel. Decía:

Pienso en quienes se abrazan a los árboles; los imagino abrazando mi tronco, bloqueando las motosierras con sus cuerpos. Siento sus dedos penetrar en mi corteza para detener el acero y permitirme respirar. Escucho a los bodhisattvas en sus botes de hule mientras se interponen entre los arpones y yo, para permitirme escapar hacia las profundidades del mar. Agradezco por la vida de ustedes y por la mía, por la vida en sí. Agradezco por comprender que también yo poseo las fuerzas de aquellos que se abrazan a los árboles y de los bodhisattvas.

Lo que asombra en las palabras de Miguel es el cambio de identificación. Miguel es capaz de extender su propio sentido del ser para abarcar el ser del árbol y de la ballena. El árbol y la ballena dejaron de ser objetos removidos, separados, desechables, pertenecientes a un mundo que está ``allá afuera''; son intrínsecos a su propia vitalidad. A través del poder de su entrega, su experiencia del ser se expande mucho más allá de ese ego encapsulado en la piel. No he citado las palabras de Miguel porqué sean inusuales, sino por todo lo contrario, porque expresan un deseo y una capacidad que se están liberando de las celdas subyugantes de las antiguas interpretaciones del ser. Hoy en día, este mismo deseo y esta misma capacidad están manifestándose en un número cada vez mayor de personas que, movidas por una gran preocupación por lo que le sucede a nuestro mundo, han comenzado a hablar y actuar a nombre de ese mundo.
Entre aquellos que están mudando las antiguas interpretaciones del ser, como una cáscara o una piel vieja, está John Seed, Director del Rainforest Information Center (Australia). Un día, mientras caminábamos por la selva lluviosa del New South Wales, donde él tiene su oficina, le pregunté: ``Tú hablas de la lucha en contra de los intereses de la industria maderera y de los políticos para salvar lo que queda de selvas húmedas en Australia. ¿Cómo manejas la desesperanza?''
Me contestó: ``Trato de recordar que no soy yo, John Seed, que el que intenta proteger la selva. Más bien, soy parte de la selva que se protege a sí misma. Soy parte de la selva que recién irrumpió en el pensamiento humano.'' Esto es lo que quiero decir con el verdear del ser. Implica una combinación de lo místico con lo práctico y lo pragmático, trascendiendo la separación, la alienación y la fragmentación. Es un cambio que el mismo Seed define como un ``cambio espiritual,'' que genera un sentido de profunda interconexión con toda forma de vida.
Esto de ninguna manera es una novedad para nuestra especie. En el pasado, poetas y místicos habían venido hablando y escribiendo sobre estas ideas, pero no había nadie en las trincheras agitando por un cambio social. En la actualidad, el sentido de un ser que abarca todo, aquella profunda identidad con las expresiones más amplias de vida, es una motivación para la acción. Es una fuente de valor que nos ayuda a enfrentarnos a las fuerzas que, a través de la inercia, aún trabajan por la destrucción de nuestro mundo. Estoy convencida que este vasto sentido del ser es la única base para una acción eficaz y adecuada.
Cuando se mira a lo que está ocurriendo a nuestro mundo - y es penoso mirar lo que está ocurriendo con nuestra agua, nuestro aire, nuestros árboles, nuestras especies hermanas - resulta claro que, a menos que uno tenga raíces en una práctica espiritual que considere que la vida es sagrada y promueva una venturosa comunión con todos los seres hermanos, enfrentar los enormes retos que el futuro plantea se torna casi imposible.
El libro Habits of the Heart [Hábitos del Corazón], de Robert Bellah, no es exactamente el lugar donde podemos leer acerca del verdear del ser. Sin embargo, al leerlo sabremos por qué el ser debe verdear, ya que describe el calambre en el que nuestra sociedad se ha introducido con su individualismo rampante y, de hecho, patológico. Bellah señala que el individualismo que surgió del movimiento romántico de los siglos XVIII y XIX (cuyas semillas fueron plantadas mucho antes) está acelerando y provocando gran sufrimiento, alienación y fragmentación en nuestro siglo. Bellah invoca una ecología moral que define como interconexión o interdependencia moral. Dice, ``Debemos tratar a los demás [seres vivos] como parte de lo que somos, y no como `aquellos' con los que estamos en constante competencia.''
Yo le respondo a Robert Bellah: ``Está ocurriendo.'' Está ocurriendo con el surgimiento del ser ecológico. Y está ocurriendo por tres procesos convergentes. Primero, el pequeño ser convencional, o ego, está siendo afectado por los efectos psicológicos y espirituales que estamos padeciendo por hacer frente a los peligros de la aniquilación de masa. El segundo factor que está desmantelando al ego es una visión que surgió del mismo ámbito científico. Se la conoce como teoría de los sistemas o cibernética. Desde esta perspectiva, se considera que la vida está compuesta dinámicamente de sistemas auto-organizados, patrones que se sustentan en y por sus propias intra- e inter-relaciones. La tercera fuerza es el resurgimiento contemporáneo de las espiritualidades no dualísticas. Aquí hablo a partir de mi propia experiencia con el budismo, pero también está ocurriendo también en otros sistemas de fe y religiones, como la ``espiritualidad de la creación,'' en el cristianismo. Estos procesos están afectando al ego-ser de formas que lo están quebrantando o ayudando a derribar sus límites y viejas definiciones. ¡Estamos siendo testigos de la irrupción del eco-ser en lugar del ego-ser!
La transición hacia un sentido del ser ecológicamente más amplio es, en gran medida, una función de los peligros que amenazan con arrollarnos. Dada la proliferación nuclear y la progresiva destrucción de nuestra biosfera, los sondeos de opinión muestran que hoy en día las personas son conscientes de que el mundo, como lo conocen, puede llegar a su fin. Estoy convencida que la pérdida de certeza de que habrá un futuro constituye la realidad psicológica capital de nuestro tiempo. El hecho de que no se hable mucho de esto lo vuelve aún más importante, por que nada es más preocupante y agotador que lo que reprimimos.
¿Por qué afirmo que todo esto erosiona el antiguo sentido del ser? Porque el momento en que dejamos de negar las crisis de nuestros tiempos y nos permitimos experimentar la profundidad de nuestras propias reacciones al dolor que aflige al mundo - ya sea los incendios de las selvas amazónicas, las hambrunas an África o los mendigos sin hogar de nuestras ciudades - no podemos dejar que la pena profunda, o la ira, o el temor que sentimos se reduzcan a preocupaciones por nuestro propio pellejo.
Lamentar la destrucción de nuestra biosfera es categóricamente distinto a lamentar nuestra propia muerte. Sufrimos junto a nuestro mundo - este es el sentido literal de la palabra compasión. No se trata de alguna locura privada. Sin embargo, cuando lloré por el bombardeo de napalm a los pueblos vietnamitas hace veinte años, se me dijo que sufría de vestigios de culpa puritana. Cuando expresé mi oposición al presidente Reagan, dijeron que tenía problemas irresueltos con mi padre. ¿Cuántas veces las preocupaciones por las realidades políticas o ecológicas han sido sumetidas a una terapia pop-reduccionista? Cuán a menudo se hoye decir, ``¿De qué parte de tu vida estás huyendo para preocuparte tanto por esos mendigos? ¿Acaso tienes algún problema irresuelto? ¿Acaso tienes trastornos de insatisfacción sexual?'' Y así por el estilo, lo mismo y lo mismo. Sin embargo, cada día hay más personas que reconocen que una reacción compasiva no es ni locura ni evasión. Es contrario: una señal de nuestra propia evolución, una medida de nuestra humanidad.
Somos capaces de sufrir junto a nuestro mundo y ese es el auténtico significado de la palabra compasión. Nos permite reconocer nuestra profunda interconexión con todos los seres. Nunca se excusen por llorar por los árboles que queman en la Amazonia o por las aguas contaminadas por las minas en las Montañas Rocosas. Nunca se excusen por la tristeza, el dolor y la rabia que sienten. Es una medida de su humanidad y de su madurez. Es una medida de cuán abierto está su corazón es; y siempre que su corazón se abra, también habrá espacio para que el mundo se sane. Y eso es lo que está pasando cuando vemos a la gente que honestamente confronta las tristezas de nuestros tiempos. Y es una reacción de adaptación.
La crisis que amenaza nuestro planeta, ya sea desde el aspecto militar, ecológico o social, se deriva de una noción disfuncional y patológica del ser. Se deriva de un error acerca de nuestro lugar en el orden de las cosas. Que el ser es tan separado y frágil que debemos delinear y defender sus fronteras; que es tan pequeño y necesitado que debemos acumular y adquirir incesantemente; y que es tan distante que, como individuos, compañías, naciones-estados o especie, podemos ser inmunes a lo que les hacemos a los otros seres vivos, es un delirio.
Esta visión de la naturaleza humana, por supuesto, no es nueva. Muchos han sentido la necesidad imperiosa de extender el autointerés para abarcar al todo. Lo que es notable en nuestra situación, es que esta expansión de la identidad no necesariamente proviene de un esfuerzo por ser noble, bueno o altruista, sino simplemente para estar presentes y admitir nuestro dolor. Y es por ello que este cambio del sentido del ser es tan verosímil para muchas personas. Como dijo el poeta Theodore Roethke, ``Creo en mi dolor.''
Este trabajo de ``desesperanza y fortalecimiento'' proviene de otras dos fuerzas que mencioné antes: la teoría de los sistemas, o cibernética, y la espiritualidad no dualística, especialmente el budismo. Me enfocaré ahora en lo que podríamos llamar la cibernética del ser.
Los descubrimientos de la ciencia del siglo XX socavan la noción de un ser separado, distinto del mundo que observa y sobre el cual actúa. Einstein mostró como las percepciones del ser dependen de la posición [del observador], que a su vez cambia en relación a otros fenómenos. Y Heisenberg, con su principio de incertidumbre, demostró que el acto mismo de la observación altera lo observado.
La ciencia contemporánea y en particular la teoría de los sistemas, van más allá al desafiar las antiguas suposiciones acerca de una ser continuo, distinto, separado, al mostrar que no existe una base lógica o científica para interpretar una parte del mundo que experimentamos como ``yo'' y al resto cómo ``otro.'' Y esto es así porque, al ser sistemas abiertos que se auto-organizan, la acción misma de nuestro respiración, acción y pensamiento se manifiestan en interacción con nuestro mundo compartido, por medio de las corrientes de materia, energía, e información que se mueven a través de nosotros y nos sustentan. En la red de relaciones que apuntalan estas actividades no existe una línea neta que demarque un ser continuo y separado.
Como afirman los teóricos de los sistemas, ``No existe un `yo' categórico en contraposición a un `tu' o un `eso' categóricos.'' Una de las descripciones más claras al respecto se encuentra en los escritos de Gregory Bateson, a quien cité antes cuando dije que la abstracción de un ``Yo'' separado y a parte constituye la falacia epistemológica de la civilización occidental. Él afirma que el proceso que decide y actúa no puede ser identificado nítidamente con la subjetividad aislada del individuo o ubicado dentro de los confines de la piel. Él arguye que ``la unidad autocorrectiva total que procesa información es un sistema cuyos límites para nada coinciden con los límites ni del cuerpo ni de lo que popularmente se llama `ser' o `consciencia'.'' Y continúa: ``Generalmente, al ser se lo interpreta solamente como una parte pequeña de un sistema mucho más grande de pruebas y errores, que es el que piensa, actúa, y decide.''
Bateson ofrece dos ejemplos útiles. Uno es el leñador que se dispone a talar un árbol. Sus manos agarran el mango del hacha; está la cabeza del hacha, el tronco del árbol. Zas, un corte y luego zas, otro corte. ¿Cual es el feedback?, ¿Dónde está la información que guía esa tala del árbol? Se trata de un circuito completo; uno puede empezar en cualquier punto. Se mueve del ojo del leñador a la mano, al hacha y de vuelta al corte del árbol. Esa es la unidad autocorrectiva, la que está ejecutando la acción de talar el árbol.
En otro ejemplo, una persona ciega camina con un bastón por la acera. Tac, tac, uy, hay un hidrante para incendios, hay un bordillo. ¿Qué ejecuta la acción de caminar? ¿Dónde está, entonces, el ser de la persona ciega? ¿Qué ejecuta la acción de percibir y decidir? El circuito del feedback autocorrectivo es el brazo, la mano, el bastón, el bordillo, la oreja. En ese momento todo, ese es el ser que está caminando. El punto de Bateson es que el ser es una falsa materialización de un segmento incorrectamente delimitado de un campo mucho más vasto de procesos entrelazados. Y [Bateson] continúa y sostiene que:

esta falsa materialización del ser es fundamental en la crisis ecológica planetaria en la que todos nos encontramos. Nos hemos imaginado que somos una unidad de supervivencia y que tenemos que velar por nuestra propia supervivencia; e imaginamos que la unidad de supervivencia es el individuo separado, o una especie separada, cuando en realidad, a lo largo de la historia de la evolución, es el individuo más el ambiente, la especie más el ambiente, ya que son esencialmente simbióticos.

El ser es una metáfora. Podemos decidir si lo limitamos a nuestra piel, a nuestra persona, a nuestra familia, a nuestra institución o a nuestra especie. Podemos elegir sus fronteras en la realidad objetiva. Según la interpretación de los teóricos de los sistemas, nuestra consciencia ilumina un pequeño arco en las corrientes y circuitos más amplios del saber que nos interconectan. Es plausible imaginar que la mente coexiste con tales circuitos más amplios, con la entera ``estructura que conecta,'' como dijo Bateson.
No crean que expandir la interpretación del ser de esta forma implica un eclipse de la propia singularidad. No crean que perderán su identidad como una gota de agua en el mar que se funde en la unicidad universal del brahmán. Desde la perspectiva de [la teoría de] los sistemas, esta interacción, al crear patrones y conjuntos más vastas, permite e incluso exige la diversidad. Nos convertimos más en nosotros mismos. Integración y diferenciación van de la mano.
El tercer factor que está favoreciendo el desmantelamiento del ego-ser y la creación del eco-ser, es el resurgimiento de las espiritualidades no dualísticas. El budismo se distingue por la claridad y sofisticación con la cual trata las interpretaciones y la dinámica del ser. De una manera muy similar a la de la teoría de los sistemas, el budismo debilita las distinciones categóricas entre `ser' y `otro' y desdice el concepto de una entidad continua y autopoiética. Luego, va más allá de la teoría de los sistemas al demostrar la naturaleza perniciosa de todas las materializaciones del ser. Va aún más allá al ofrecer métodos para trascender estas dificultades y curar este sufrimiento. Cuando Buda despertó debajo del árbol de Bodhi, lo hizo bajo la paticca samuppada, el orígen condicionado de los fenómenos, donde no es posible el aislamiento de un ser continuo y separado.
Y se nos ocurre pensar, ``¿Qué hacemos con el ser si este vociferante `Yo' siempre clama atención, siempre quiere sus manjares? ¿Lo crucificamos, lo sacrificamos, lo mortificamos, lo castigamos o lo hacemos noble?'' Al despertar, nos damos cuenta y decimos ``Oh, aquel ser no existe.'' Se trata de una convención, una conveniente convención. Tomarla demasiado en serio, suponer que se trata de algo duradero que hay que defender y promover, la convierte en la base del delirio, el motivo que está detrás de nuestros apegos y nuestras aversiones.
Para una maravillosa ilustración de un feedback que amplifica una desviación, piensen en Yama sosteniendo la rueda de la vida. Están los dominios, los varios reinos de los seres y, al centro de aquella rueda de sufrimiento, hay tres figuras: la serpiente, el gallo y el cerdo - el delirio, la codicia y la aversión - y lo único que hacen es perseguirse el uno al otro, sin cesar. El eje [de la rueda] es la noción de nuestro ser, la noción que debemos proteger ese ser o castigarlo o hacer algo con él.
¡Oh, qué dulce es poder entender!: Yo soy mi experiencia. Soy esta respiración. Soy este momento, y está cambiando, continuamente surgiendo del manantial de la vida. No necesitamos estar condenados a una competencia perpetua. Podemos romper el círculo vicioso con la sabiduría, prajña, que surge cuando entendemos que el ``ser'' es solo una idea; por la práctica de la meditación, dhyana; y por la práctica de la moralidad, sila, en donde la atención a nuestra experiencia y a nuestras acciones revela que no necesitan ser esclavos de un ser separado.
Lejos del nihilismo y del escapismo que a menudo le imputan al sendero budista, esta liberación, este despertar lo coloca a uno dentro del mundo con un sentido de compromiso social más vivaz y más cuidadoso. Al sentido de interconexión que entonces puede surgir se lo representa - una de las imágenes más maravillosas que surgen del Mahayana - como la red enjoyada de Indra. Es una visión de la realidad estructurada de una manera muy similar a la visión holográfica del universo, y cada ser corresponde a cado nudo de la red, cada joya refleja a todas las demás, reflejándose y atrayendo el reflejo, propio como en la teoría de los sistemas, según la cual cada parte contiene al todo.
El despertar a nuestro ser verdadero es el despertar a ese todo, desbaratando el ser-prisión del ego separado. El que percibe esto es el bodhisattva; y todos somos bodhisattvas porque todos somos capaces de experimentarlo: es nuestra verdadera naturaleza. Estamos profundamente interconectados y, por lo tanto, todos somos capaces de reconocer y actuar sobre nuestra profunda, intricada e íntima interexistencia entre nosotros y todos los seres. Esa nuestra verdadera naturaleza ya está presente en nuestro dolor por el mundo. Cuando desviamos la mirada de la figura de aquel mendigo, ¿estamos siendo indiferentes o es que el dolor de verlo es demasiado grande? No se dejen embaucar facilmente por la aparente indiferencia de los que los rodean.
Lo que parece mucho apatía, en realidad, es miedo de sufrir. Pero el bodhisattva sabe que paderecer el dolor de todos los seres es necesario para vivir su júbilo. En el Lotus Sutra se dice que el bodhisattva oye la música de las esferas y comprende el lenguaje de las aves, mientras al mismo tiempo oye los llantos de los niveles más profundos del infierno.
Una de las cosas que más me gusta del eco-ser, el ser ecológico que está surgiendo en nuestro tiempo, es que está haciendo de la exortación moral algo irrelevante. Los sermones son aburridos e ineficaces. Esto lo señala Arne Naess, el filósofo noruego que acuñó el término ecología profunda. Esta gran visión de los sistemas nos ayuda a reconocer nuestro arraigo en la naturaleza, vence nuestra alienación del resto de la creación y cambia la forma en que podemos experimentar nuestro ser a través de un proceso de identificación que cada vez abarca más.
A esto Naess le llama proceso de autorrealización, una progresión ``donde, para realizarse, el ser se extiende cada vez más allá del ego separado e incluye cada vez más al mundo fenoménico.'' Y dice:

En este proceso, quedan atrás nociones como altruismo y obligación moral. Estas se basan tácitamente en el término latino ``ego'' cuyo opuesto es ``alter.'' El altruismo implica que el ego sacrifica sus intereses a favor del otro, el alter. La motivación es fundamentalmente la del deber. Se dice que deberíamos amar a los otros tanto como amamos a nuestro ser. Sin embargo, existen muy pocas personas en toda la humanidad capaces de amar por mera obligación o por exhortación moral.
Desafordunatamente, la profusa moralización dentro del movimiento ambientalista ha dado al público la falsa impresión que lo que se le pide es que hagan un sacrificio - mostrar mayor responsabilidad, mayor preocupación y mejores normas morales. Pero todo ello fluiría fácilmente y con naturalidad si el ``ser'' se extendiera y profundizara de manera que la protección a la naturaleza se sienta y perciba como protección a nosotros mismos.

Les hago notar que no se requiere virtud [moral] para que el verdear del ser o el ser ecológico se manifieste. El cambio de identificación en este punto de nuestra historia es necesario precisamente porqué la exhortación moral no funciona, y porque rara vez los sermones nos impiden seguir nuestro autointerés como nosotros lo concebimos.
La elección obvia, entonces, es la de expandir nuestras nociones de autointerés. Por ejemplo, no se me ocurriría pedirles a ustedes: ``Oh, no te serruches la pierna. Ese sería una acto de violencia.'' No se me ocurriría porque la pierna es parte del cuerpo. Bueno, también los árboles son parte de la cuenca amazónica. Son nuestros pulmones externos. Y hemos comenzado a comprender que el mundo es nuestro cuerpo.
Este ser ecológico, al igual que cualquier noción de identidad, es una interpretación metafórica y dinámica. Implica una elección; podemos hacer elecciones pueden para identificarnos en distintos momentos, con distintas dimensiones o aspectos de nuestra existencia sistémicamente interrelacionada - trátese de ballenas cazadas, o de humanos sin hogar o del planeta mismo. Al hacerlo, el ser ampliado involucra mayores recursos - valor, resistencia, ingenio - como una célula nerviosa en un sistema neural que se abre a la carga de las demás neuronas.
Existe la consciencia que aquellos mismos seres en cuyo nombre actuamos viven en nosotros y nos sustentan. Esto se acerca mucho al concepto religioso de la gracia. En el lenguaje de [la teoría de] los sistemas, la llamamos sinergia. Con esta extensión, este verdear del ser, encontramos un sentido de optimismo y resistencia que es resultado de dejar que las fuerzas y los recursos que vienen a nosotros con continua sorpresa y un sentido de bendición, fluyan en nuestro interior.
Sabemos que no estamos limitados por lo fortuito de nuestro nacimiento o del instante del mismo, y reconocemos la verdad de que siempre hemos estado aquí. Podemos volver a vivir el tiempo y nuestra historia como especie. Estuvimos presentes en la explosión inicial y en las lluvias que inundaron este planeta aún fundido y en los mares primigenios. Recordamos todo eso en el vientre de nuestra madre, en donde llevamos vestigios de branquias y cola y aletas por manos. Todo ello lo recordamos. Esa información está en nosotros y existe un profundo, profundo parentesco en nosotros, bajo de los estratos externos de nuestra neocorteza o de lo que aprendimos en la escuela. Hay una sabiduría profunda, un enlace con nuestra creación y un ingenio que van mucho más allá de lo que creemos poseer. Y cuando expandamos nuestras nociones de lo que somos para incluir esta historia, tendremos un futuro maravilloso y sobreviviremos.
diosa
Hada - Arthur Rackham (1867-1939).

Copyright © Joanna Macy 1991 - Copyright © PanNature 2003

Última revisión Noviembre 1, 2003. Introducción y traducción de Paolo Catelan. Edición: Maricruz González Cárdenas. El material publicado en PanNatura está protegido por la Ley de Derechos de Autores y Editores y © Fundación Sangay: El uso indiscriminado del mismo no está permitido, pero puede ser libremente circulado para fines personales, educacionales y no comerciales. PanNatura y Fundación Sangay son marcas y logos registrados. © PanNatura 2003. © Fundación Sangay 2003.


Original title, ``The Greening of the Self''. From WORLD AS LOVER, WORLD AS SELF by Joanna Macy, Parallax Press, Berkeley, California. © 1991 by Joanna Macy. Reprinted by arrangement with the Author: Our deepest gratitude to Her. - Originally delivered as a talk at the University of Colorado in January 1989. First published in DHARMA GAIA, Allan Hunt Badiner (ed.), Berkeley, Parallax Press, 1990. PanNature warmly thanks the personal support and recommendation of Dr Chris Johnstone (Bristol, UK) for the successful acceptance of this initiative. Arthur Rackham's drawing has been added and is not part of the original article.


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