Algo importante está ocurriendo en nuestro mundo, algo que
no aparecerá en los periódicos. Algo que considero el desarrollo más
fascinante y esperanzador de nuestro tiempo y es una de las razones
por las cuales me siento tan feliz estar viva hoy en día: se trata de
lo que está ocurriendo con la noción del ser.
El ser es una interpretación
metafórica de identidad y acción; el hipotético pedazo de césped sobre
el cual construimos nuestras estrategias de supervivencia; la noción
alrededor de la cual enfocamos nuestros instintos de autoconservación,
nuestras demandas de autoaprobación y los linderos de nuestro
autointerés. Algo está cambiando.
La noción convencional del ser con la
cual crecimos y a la cual nos ha condicionado la cultura dominante,
está quebrantándose. Lo que Alan Watts llamó ``el ego encapsulado en
la piel,'' y Gregory Bateson ``el error epistemológico de la
civilización occidental,'' está por ser desvirtuado, desollado. Está
siendo sustituido por interpretaciones más amplias de identidad y
autointerés - por lo que podría definirse como el ser ecológico o
el eco-ser, extendido a los demás seres y a la vida de nuestro
planeta. Es lo que llamaré ``el verdear del ser.''
En una charla reciente que di a
estudiantes de una ciudad universitaria, presenté algunos ejemplos de
las actividades que se están emprendiendo hoy en día en defensa de la
vida en la Tierra - acciones en las que la gente arriesga su propio
confort e incluso su vida para proteger otras especies. En el norte de
la India, por ejemplo, los aldeanos del Movimiento Chipko - los que se
abrazan a los árboles - luchan en contra de la deforestación de lo que
queda de sus bosques. En alta mar, los activistas de Greenpeace
intervienen para proteger a los mamíferos marinos de las
matanzas. Luego de aquella charla, recibí una carta de un estudiante
al que llamaré Miguel. Decía:
Pienso en quienes se abrazan a los árboles; los imagino abrazando
mi tronco, bloqueando las motosierras con sus cuerpos. Siento sus
dedos penetrar en mi corteza para detener el acero y permitirme
respirar. Escucho a los bodhisattvas en sus botes de hule mientras se
interponen entre los arpones y yo, para permitirme escapar hacia las
profundidades del mar. Agradezco por la vida de ustedes y por la mía,
por la vida en sí. Agradezco por comprender que también yo poseo las
fuerzas de aquellos que se abrazan a los árboles y de los
bodhisattvas.
Lo que asombra en las palabras de
Miguel es el cambio de identificación. Miguel es capaz de extender su
propio sentido del ser para abarcar el ser del árbol y de la
ballena. El árbol y la ballena dejaron de ser objetos removidos,
separados, desechables, pertenecientes a un mundo que está ``allá
afuera''; son intrínsecos a su propia vitalidad. A través del poder de
su entrega, su experiencia del ser se expande mucho más allá de ese
ego encapsulado en la piel. No he citado las palabras de Miguel porqué
sean inusuales, sino por todo lo contrario, porque expresan un deseo y
una capacidad que se están liberando de las celdas subyugantes de las
antiguas interpretaciones del ser. Hoy en día, este mismo deseo y esta
misma capacidad están manifestándose en un número cada vez mayor de
personas que, movidas por una gran preocupación por lo que le sucede a
nuestro mundo, han comenzado a hablar y actuar a nombre de ese
mundo.
Entre aquellos que están mudando las
antiguas interpretaciones del ser, como una cáscara o una piel vieja,
está John Seed, Director del Rainforest Information Center
(Australia). Un día, mientras caminábamos por la selva lluviosa del
New South Wales, donde él tiene su oficina, le pregunté: ``Tú hablas
de la lucha en contra de los intereses de la industria maderera y de
los políticos para salvar lo que queda de selvas húmedas en
Australia. ¿Cómo manejas la desesperanza?''
Me contestó: ``Trato de recordar que
no soy yo, John Seed, que el que intenta proteger la selva. Más bien,
soy parte de la selva que se protege a sí misma. Soy parte de la selva
que recién irrumpió en el pensamiento humano.'' Esto es lo que quiero
decir con el verdear del ser. Implica una combinación de lo místico
con lo práctico y lo pragmático, trascendiendo la separación, la
alienación y la fragmentación. Es un cambio que el mismo Seed define
como un ``cambio espiritual,'' que genera un sentido de profunda
interconexión con toda forma de vida.
Esto de ninguna manera es una novedad
para nuestra especie. En el pasado, poetas y místicos habían venido
hablando y escribiendo sobre estas ideas, pero no había nadie en las
trincheras agitando por un cambio social. En la actualidad, el sentido
de un ser que abarca todo, aquella profunda identidad con las
expresiones más amplias de vida, es una motivación para la acción. Es
una fuente de valor que nos ayuda a enfrentarnos a las fuerzas que, a
través de la inercia, aún trabajan por la destrucción de nuestro
mundo. Estoy convencida que este vasto sentido del ser es la
única base para una acción eficaz y adecuada.
Cuando se mira a lo que está
ocurriendo a nuestro mundo - y es penoso mirar lo que está ocurriendo
con nuestra agua, nuestro aire, nuestros árboles, nuestras especies
hermanas - resulta claro que, a menos que uno tenga raíces en una
práctica espiritual que considere que la vida es sagrada y promueva
una venturosa comunión con todos los seres hermanos, enfrentar los
enormes retos que el futuro plantea se torna casi imposible.
El libro Habits of the Heart
[Hábitos del Corazón], de Robert Bellah, no es exactamente el lugar
donde podemos leer acerca del verdear del ser. Sin embargo, al leerlo
sabremos por qué el ser debe verdear, ya que describe el
calambre en el que nuestra sociedad se ha introducido con su
individualismo rampante y, de hecho, patológico. Bellah señala que el
individualismo que surgió del movimiento romántico de los siglos XVIII
y XIX (cuyas semillas fueron plantadas mucho antes) está acelerando y
provocando gran sufrimiento, alienación y fragmentación en nuestro
siglo. Bellah invoca una ecología moral que define como interconexión
o interdependencia moral. Dice, ``Debemos tratar a los demás [seres
vivos] como parte de lo que somos, y no como `aquellos' con los que
estamos en constante competencia.''
Yo le respondo a Robert Bellah:
``Está ocurriendo.'' Está ocurriendo con el surgimiento del ser
ecológico. Y está ocurriendo por tres procesos convergentes. Primero,
el pequeño ser convencional, o ego, está siendo afectado por los
efectos psicológicos y espirituales que estamos padeciendo por hacer
frente a los peligros de la aniquilación de masa. El segundo factor
que está desmantelando al ego es una visión que surgió del mismo
ámbito científico. Se la conoce como teoría de los sistemas o
cibernética. Desde esta perspectiva, se considera que la vida está
compuesta dinámicamente de sistemas auto-organizados, patrones que se
sustentan en y por sus propias intra- e inter-relaciones. La tercera
fuerza es el resurgimiento contemporáneo de las espiritualidades no
dualísticas. Aquí hablo a partir de mi propia experiencia con el
budismo, pero también está ocurriendo también en otros sistemas de fe
y religiones, como la ``espiritualidad de la creación,'' en el
cristianismo. Estos procesos están afectando al ego-ser de formas que
lo están quebrantando o ayudando a derribar sus límites y viejas
definiciones. ¡Estamos siendo testigos de la irrupción del eco-ser
en lugar del ego-ser!
La transición hacia un sentido del
ser ecológicamente más amplio es, en gran medida, una función de los
peligros que amenazan con arrollarnos. Dada la proliferación nuclear y
la progresiva destrucción de nuestra biosfera, los sondeos de opinión
muestran que hoy en día las personas son conscientes de que el mundo,
como lo conocen, puede llegar a su fin. Estoy convencida que la
pérdida de certeza de que habrá un futuro constituye la realidad
psicológica capital de nuestro tiempo. El hecho de que no se hable
mucho de esto lo vuelve aún más importante, por que nada es más
preocupante y agotador que lo que reprimimos.
¿Por qué afirmo que todo esto
erosiona el antiguo sentido del ser? Porque el momento en que dejamos
de negar las crisis de nuestros tiempos y nos permitimos experimentar
la profundidad de nuestras propias reacciones al dolor que aflige al
mundo - ya sea los incendios de las selvas amazónicas, las hambrunas
an África o los mendigos sin hogar de nuestras ciudades - no podemos
dejar que la pena profunda, o la ira, o el temor que sentimos se
reduzcan a preocupaciones por nuestro propio pellejo.
Lamentar la destrucción de nuestra
biosfera es categóricamente distinto a lamentar nuestra propia
muerte. Sufrimos junto a nuestro mundo - este es el sentido literal de
la palabra compasión. No se trata de alguna locura privada. Sin
embargo, cuando lloré por el bombardeo de napalm a los pueblos
vietnamitas hace veinte años, se me dijo que sufría de vestigios de
culpa puritana. Cuando expresé mi oposición al presidente Reagan,
dijeron que tenía problemas irresueltos con mi padre. ¿Cuántas veces
las preocupaciones por las realidades políticas o ecológicas han sido
sumetidas a una terapia pop-reduccionista? Cuán a menudo se hoye
decir, ``¿De qué parte de tu vida estás huyendo para preocuparte tanto
por esos mendigos? ¿Acaso tienes algún problema irresuelto? ¿Acaso
tienes trastornos de insatisfacción sexual?'' Y así por el estilo, lo
mismo y lo mismo. Sin embargo, cada día hay más personas que reconocen
que una reacción compasiva no es ni locura ni evasión. Es contrario:
una señal de nuestra propia evolución, una medida de nuestra
humanidad.
Somos capaces de sufrir junto a
nuestro mundo y ese es el auténtico significado de la palabra
compasión. Nos permite reconocer nuestra profunda interconexión con
todos los seres. Nunca se excusen por llorar por los árboles que
queman en la Amazonia o por las aguas contaminadas por las minas en
las Montañas Rocosas. Nunca se excusen por la tristeza, el dolor y la
rabia que sienten. Es una medida de su humanidad y de su madurez. Es
una medida de cuán abierto está su corazón es; y siempre que su
corazón se abra, también habrá espacio para que el mundo se sane. Y
eso es lo que está pasando cuando vemos a la gente que honestamente
confronta las tristezas de nuestros tiempos. Y es una reacción de
adaptación.
La crisis que amenaza nuestro
planeta, ya sea desde el aspecto militar, ecológico o social, se
deriva de una noción disfuncional y patológica del ser. Se deriva de
un error acerca de nuestro lugar en el orden de las cosas. Que el ser
es tan separado y frágil que debemos delinear y defender sus
fronteras; que es tan pequeño y necesitado que debemos acumular y
adquirir incesantemente; y que es tan distante que, como individuos,
compañías, naciones-estados o especie, podemos ser inmunes a lo que
les hacemos a los otros seres vivos, es un delirio.
Esta visión de la naturaleza humana,
por supuesto, no es nueva. Muchos han sentido la necesidad imperiosa
de extender el autointerés para abarcar al todo. Lo que es notable en
nuestra situación, es que esta expansión de la identidad no
necesariamente proviene de un esfuerzo por ser noble, bueno o
altruista, sino simplemente para estar presentes y admitir nuestro
dolor. Y es por ello que este cambio del sentido del ser es tan
verosímil para muchas personas. Como dijo el poeta Theodore Roethke,
``Creo en mi dolor.''
Este trabajo de ``desesperanza y
fortalecimiento'' proviene de otras dos fuerzas que mencioné antes: la
teoría de los sistemas, o cibernética, y la espiritualidad no
dualística, especialmente el budismo. Me enfocaré ahora en lo que
podríamos llamar la cibernética del ser.
Los descubrimientos de la ciencia del
siglo XX socavan la noción de un ser separado, distinto del mundo que
observa y sobre el cual actúa. Einstein mostró como las percepciones
del ser dependen de la posición [del observador], que a su vez cambia
en relación a otros fenómenos. Y Heisenberg, con su principio de
incertidumbre, demostró que el acto mismo de la observación altera lo
observado.
La ciencia contemporánea y en
particular la teoría de los sistemas, van más allá al desafiar las
antiguas suposiciones acerca de una ser continuo, distinto, separado,
al mostrar que no existe una base lógica o científica para interpretar
una parte del mundo que experimentamos como ``yo'' y al resto cómo
``otro.'' Y esto es así porque, al ser sistemas abiertos que se
auto-organizan, la acción misma de nuestro respiración, acción y
pensamiento se manifiestan en interacción con nuestro mundo
compartido, por medio de las corrientes de materia, energía, e
información que se mueven a través de nosotros y nos sustentan. En la
red de relaciones que apuntalan estas actividades no existe una línea
neta que demarque un ser continuo y separado.
Como afirman los teóricos de los
sistemas, ``No existe un `yo' categórico en contraposición a un `tu' o
un `eso' categóricos.'' Una de las descripciones más claras al
respecto se encuentra en los escritos de Gregory Bateson, a quien cité
antes cuando dije que la abstracción de un ``Yo'' separado y a parte
constituye la falacia epistemológica de la civilización occidental. Él
afirma que el proceso que decide y actúa no puede ser identificado
nítidamente con la subjetividad aislada del individuo o ubicado dentro
de los confines de la piel. Él arguye que ``la unidad autocorrectiva
total que procesa información es un sistema cuyos límites para nada
coinciden con los límites ni del cuerpo ni de lo que popularmente se
llama `ser' o `consciencia'.'' Y continúa: ``Generalmente, al ser se
lo interpreta solamente como una parte pequeña de un sistema mucho más
grande de pruebas y errores, que es el que piensa, actúa, y
decide.''
Bateson ofrece dos ejemplos útiles.
Uno es el leñador que se dispone a talar un árbol. Sus manos agarran
el mango del hacha; está la cabeza del hacha, el tronco del árbol.
Zas, un corte y luego zas, otro corte. ¿Cual es el feedback?, ¿Dónde
está la información que guía esa tala del árbol? Se trata de un
circuito completo; uno puede empezar en cualquier punto. Se mueve del
ojo del leñador a la mano, al hacha y de vuelta al corte del
árbol. Esa es la unidad autocorrectiva, la que está ejecutando la
acción de talar el árbol.
En otro ejemplo, una persona ciega
camina con un bastón por la acera. Tac, tac, uy, hay un hidrante para
incendios, hay un bordillo. ¿Qué ejecuta la acción de caminar? ¿Dónde
está, entonces, el ser de la persona ciega? ¿Qué ejecuta la
acción de percibir y decidir? El circuito del feedback autocorrectivo
es el brazo, la mano, el bastón, el bordillo, la oreja. En ese momento
todo, ese es el ser que está caminando. El punto de Bateson es
que el ser es una falsa materialización de un segmento incorrectamente
delimitado de un campo mucho más vasto de procesos entrelazados. Y
[Bateson] continúa y sostiene que:
esta falsa materialización del ser es fundamental en la crisis
ecológica planetaria en la que todos nos encontramos. Nos hemos
imaginado que somos una unidad de supervivencia y que tenemos que
velar por nuestra propia supervivencia; e imaginamos que la unidad de
supervivencia es el individuo separado, o una especie separada, cuando
en realidad, a lo largo de la historia de la evolución, es el
individuo más el ambiente, la especie más el ambiente, ya que son
esencialmente simbióticos.
El ser es una metáfora. Podemos
decidir si lo limitamos a nuestra piel, a nuestra persona, a nuestra
familia, a nuestra institución o a nuestra especie. Podemos elegir sus
fronteras en la realidad objetiva. Según la interpretación de los
teóricos de los sistemas, nuestra consciencia ilumina un pequeño arco
en las corrientes y circuitos más amplios del saber que nos
interconectan. Es plausible imaginar que la mente coexiste con tales
circuitos más amplios, con la entera ``estructura que conecta,'' como
dijo Bateson.
No crean que expandir la
interpretación del ser de esta forma implica un eclipse de la propia
singularidad. No crean que perderán su identidad como una gota de agua
en el mar que se funde en la unicidad universal del brahmán. Desde la
perspectiva de [la teoría de] los sistemas, esta interacción, al crear
patrones y conjuntos más vastas, permite e incluso exige la
diversidad. Nos convertimos más en nosotros mismos. Integración y
diferenciación van de la mano.
El tercer factor que está
favoreciendo el desmantelamiento del ego-ser y la creación del
eco-ser, es el resurgimiento de las espiritualidades no
dualísticas. El budismo se distingue por la claridad y sofisticación
con la cual trata las interpretaciones y la dinámica del ser. De una
manera muy similar a la de la teoría de los sistemas, el budismo
debilita las distinciones categóricas entre `ser' y `otro' y desdice
el concepto de una entidad continua y autopoiética. Luego, va más allá
de la teoría de los sistemas al demostrar la naturaleza perniciosa de
todas las materializaciones del ser. Va aún más allá al ofrecer
métodos para trascender estas dificultades y curar este
sufrimiento. Cuando Buda despertó debajo del árbol de Bodhi, lo hizo
bajo la paticca samuppada, el orígen condicionado de los
fenómenos, donde no es posible el aislamiento de un ser continuo y
separado.
Y se nos ocurre pensar, ``¿Qué
hacemos con el ser si este vociferante `Yo' siempre clama atención,
siempre quiere sus manjares? ¿Lo crucificamos, lo sacrificamos, lo
mortificamos, lo castigamos o lo hacemos noble?'' Al despertar, nos
damos cuenta y decimos ``Oh, aquel ser no existe.'' Se trata de una
convención, una conveniente convención. Tomarla demasiado en serio,
suponer que se trata de algo duradero que hay que defender y promover,
la convierte en la base del delirio, el motivo que está detrás de
nuestros apegos y nuestras aversiones.
Para una maravillosa ilustración de
un feedback que amplifica una desviación, piensen en Yama
sosteniendo la rueda de la vida. Están los dominios, los varios reinos
de los seres y, al centro de aquella rueda de sufrimiento, hay tres
figuras: la serpiente, el gallo y el cerdo - el delirio, la codicia y
la aversión - y lo único que hacen es perseguirse el uno al otro, sin
cesar. El eje [de la rueda] es la noción de nuestro ser, la noción que
debemos proteger ese ser o castigarlo o hacer algo con él.
¡Oh, qué dulce es poder entender!: Yo
soy mi experiencia. Soy esta respiración. Soy este momento, y está
cambiando, continuamente surgiendo del manantial de la vida. No
necesitamos estar condenados a una competencia perpetua. Podemos
romper el círculo vicioso con la sabiduría, prajña, que surge
cuando entendemos que el ``ser'' es solo una idea; por la práctica de
la meditación, dhyana; y por la práctica de la moralidad,
sila, en donde la atención a nuestra experiencia y a nuestras
acciones revela que no necesitan ser esclavos de un ser separado.
Lejos del nihilismo y del escapismo
que a menudo le imputan al sendero budista, esta liberación, este
despertar lo coloca a uno dentro del mundo con un sentido de
compromiso social más vivaz y más cuidadoso. Al sentido de
interconexión que entonces puede surgir se lo representa - una de las
imágenes más maravillosas que surgen del Mahayana - como la red
enjoyada de Indra. Es una visión de la realidad estructurada de una
manera muy similar a la visión holográfica del universo, y cada ser
corresponde a cado nudo de la red, cada joya refleja a todas las
demás, reflejándose y atrayendo el reflejo, propio como en la teoría
de los sistemas, según la cual cada parte contiene al todo.
El despertar a nuestro ser verdadero
es el despertar a ese todo, desbaratando el ser-prisión del ego
separado. El que percibe esto es el bodhisattva; y todos somos
bodhisattvas porque todos somos capaces de experimentarlo: es nuestra
verdadera naturaleza. Estamos profundamente interconectados y, por lo
tanto, todos somos capaces de reconocer y actuar sobre nuestra
profunda, intricada e íntima interexistencia entre nosotros y todos
los seres. Esa nuestra verdadera naturaleza ya está presente en
nuestro dolor por el mundo. Cuando desviamos la mirada de la figura de
aquel mendigo, ¿estamos siendo indiferentes o es que el dolor de verlo
es demasiado grande? No se dejen embaucar facilmente por la aparente
indiferencia de los que los rodean.
Lo que parece mucho apatía, en
realidad, es miedo de sufrir. Pero el bodhisattva sabe que paderecer
el dolor de todos los seres es necesario para vivir su júbilo. En el
Lotus Sutra se dice que el bodhisattva oye la música de las
esferas y comprende el lenguaje de las aves, mientras al mismo tiempo
oye los llantos de los niveles más profundos del infierno.
Una de las cosas que más me gusta del
eco-ser, el ser ecológico que está surgiendo en nuestro tiempo, es que
está haciendo de la exortación moral algo irrelevante. Los sermones
son aburridos e ineficaces. Esto lo señala Arne Naess, el filósofo
noruego que acuñó el término ecología profunda. Esta gran
visión de los sistemas nos ayuda a reconocer nuestro arraigo en la
naturaleza, vence nuestra alienación del resto de la creación y cambia
la forma en que podemos experimentar nuestro ser a través de un
proceso de identificación que cada vez abarca más.
A esto Naess le llama proceso de
autorrealización, una progresión ``donde, para realizarse, el ser se
extiende cada vez más allá del ego separado e incluye cada vez más al
mundo fenoménico.'' Y dice:
En este proceso, quedan atrás nociones como altruismo y obligación
moral. Estas se basan tácitamente en el término latino ``ego'' cuyo
opuesto es ``alter.'' El altruismo implica que el ego sacrifica sus
intereses a favor del otro, el alter. La motivación es
fundamentalmente la del deber. Se dice que deberíamos amar a
los otros tanto como amamos a nuestro ser. Sin embargo, existen muy
pocas personas en toda la humanidad capaces de amar por mera
obligación o por exhortación moral.
Desafordunatamente, la profusa
moralización dentro del movimiento ambientalista ha dado al público la
falsa impresión que lo que se le pide es que hagan un sacrificio -
mostrar mayor responsabilidad, mayor preocupación y mejores normas
morales. Pero todo ello fluiría fácilmente y con naturalidad si el
``ser'' se extendiera y profundizara de manera que la protección a la
naturaleza se sienta y perciba como protección a nosotros mismos.
Les hago notar que no se
requiere virtud [moral] para que el verdear del ser o el ser ecológico
se manifieste. El cambio de identificación en este punto de nuestra
historia es necesario precisamente porqué la exhortación moral
no funciona, y porque rara vez los sermones nos impiden seguir
nuestro autointerés como nosotros lo concebimos.
La elección obvia, entonces, es la de
expandir nuestras nociones de autointerés. Por ejemplo, no se me
ocurriría pedirles a ustedes: ``Oh, no te serruches la pierna. Ese
sería una acto de violencia.'' No se me ocurriría porque la pierna es
parte del cuerpo. Bueno, también los árboles son parte de la cuenca
amazónica. Son nuestros pulmones externos. Y hemos comenzado a
comprender que el mundo es nuestro cuerpo.
Este ser ecológico, al igual que
cualquier noción de identidad, es una interpretación metafórica y
dinámica. Implica una elección; podemos hacer elecciones pueden para
identificarnos en distintos momentos, con distintas dimensiones o
aspectos de nuestra existencia sistémicamente interrelacionada -
trátese de ballenas cazadas, o de humanos sin hogar o del planeta
mismo. Al hacerlo, el ser ampliado involucra mayores recursos - valor,
resistencia, ingenio - como una célula nerviosa en un sistema neural
que se abre a la carga de las demás neuronas.
Existe la consciencia que aquellos
mismos seres en cuyo nombre actuamos viven en nosotros y nos
sustentan. Esto se acerca mucho al concepto religioso de la gracia. En
el lenguaje de [la teoría de] los sistemas, la llamamos sinergia. Con
esta extensión, este verdear del ser, encontramos un sentido de
optimismo y resistencia que es resultado de dejar que las fuerzas y
los recursos que vienen a nosotros con continua sorpresa y un sentido
de bendición, fluyan en nuestro interior.
Sabemos que no estamos limitados por
lo fortuito de nuestro nacimiento o del instante del mismo, y
reconocemos la verdad de que siempre hemos estado aquí. Podemos volver
a vivir el tiempo y nuestra historia como especie. Estuvimos presentes
en la explosión inicial y en las lluvias que inundaron este planeta
aún fundido y en los mares primigenios. Recordamos todo eso en el
vientre de nuestra madre, en donde llevamos vestigios de branquias y
cola y aletas por manos. Todo ello lo recordamos. Esa información está
en nosotros y existe un profundo, profundo parentesco en nosotros,
bajo de los estratos externos de nuestra neocorteza o de lo que
aprendimos en la escuela. Hay una sabiduría profunda, un enlace con
nuestra creación y un ingenio que van mucho más allá de lo que creemos
poseer. Y cuando expandamos nuestras nociones de lo que somos para
incluir esta historia, tendremos un futuro maravilloso y
sobreviviremos.
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Hada - Arthur Rackham (1867-1939).
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Copyright © Joanna Macy 1991 - Copyright © PanNature 2003
Última revisión
Noviembre 1, 2003. Introducción y traducción de Paolo
Catelan. Edición: Maricruz González Cárdenas. El material
publicado en PanNatura está protegido por la Ley de Derechos de
Autores y Editores y © Fundación Sangay: El uso
indiscriminado del mismo no está permitido, pero puede ser
libremente circulado para fines personales, educacionales y
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Sangay 2003.
Original title, ``The Greening of the
Self''. From WORLD AS LOVER, WORLD AS SELF by Joanna Macy,
Parallax Press, Berkeley, California. © 1991 by Joanna
Macy. Reprinted by arrangement with the Author: Our deepest
gratitude to Her. - Originally delivered as a talk at the
University of Colorado in January 1989. First published in
DHARMA GAIA, Allan Hunt Badiner (ed.), Berkeley, Parallax
Press, 1990. PanNature warmly thanks the personal support and
recommendation of Dr Chris Johnstone (Bristol, UK) for the
successful acceptance of this initiative. Arthur Rackham's
drawing has been added and is not part of the original
article.
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