Moi caminaba en la ciudad como si estuviese en la selva:
lentamente y a trancos parejos. Así se inicia el relato de Joe Kane.
Y en esa frase se sintetiza todo el
tránsito interior (y la transición forzada) del pueblo huaorani que se
relata. Alguien dice que los pueblos premodernos curiosamente asumen
mejor la diversidad que los modernos que tendrían, teóricamente, en la
pluralidad su razón originaria de ser. Este libro lo confirma.
En fin. La obra de Kane está poblada
de paradojas.
La primera: el silencio que le ha
rodeado entre nosotros. Me causa vergüenza estar asistiendo a la
primera traducción de un texto sobre nuestro país difundido por The
New Yorker hace más de diez años.
¿Quién lo ha silenciado?
No busquemos culpables por más allá
de nuestra propia indiferencia hacia las civilizaciones amazónicas.
Pero volvamos al comienzo. ¿Quién es
Moi? ¿Quién es Joe Kane? ¿Cómo se encontraron en la ciudad de
Washington a finales de 1993?
La respuesta ocupa decenas de esta
páginas. Yo solo adelantaré señalando que Moi es un líder huaorani que
ha vuelto a ser noticia (quizás ``resuscitado de las cenizas y el
silencio'' al que le sometieron las derrotas de su pueblo) en los días
en que escribo este preámbulo a propósito de una nueva negativa del
pueblo huaorani a la presencia petrolera en su territorio.
Kane es alguien que fue más allá de
su oficio de periodista, o que lo encarnó como en los tiempos heroicos
del periodismo, cuando las realidades nos dejaban profundas heridas.
Llegó al Ecuador a comienzos de la década del noventa, intrigado por
una denuncia anónima sobre los negocios de la multinacional Conoco en
la Amazonía ecuatoriana, y fue publicando por entregas este relato en
The New Yorker.
Y Washington fue un lugar de
reencuentro, pero no el más importante. El verdadero espacio en el que
se desarrolla este inmenso ``reportaje de vida'' (¿existe ese género
híbrido de periodismo?) es la selva real y la selva burocrática.
El texto es, ante todo, un episodio
de la confrontación con el Otro, en sus dos dimensiones: la
apasionante y la trágica. Y en calidad de episodio, tiene el enorme
don de la síntesis, enriquecido por un estilo literario que nos va
atrapando y que vuelve a este libro particularmente peligroso tanto
para las petroleras como para el poder político y para una sociedad
que aún no ha aprendido a reconocer su úlceras.
¿Simplemente nos afecta la ausencia
de autocrítica? Un poco más allá que eso: el engaño y la indiferencia
están en nuestras raíces como sociedades.
``Cabe preguntarse si no es justamente
en América Latina en donde se esboza también, de manera más ágil que
en otras circustancias, el nuevo tipo de la identidad petrificada y
excluyente que necesita la nueva modernidad capitalista. Si no es allí
donde se pone a prueba - resultado del mestizaje falseado e irreal que
requiere la nueva acumulación del capital - una identidad para el
nuevo hombre y el nuevo mundo, en la que las múltiples identidades
colectivas espontáneas están reunidas para ignorarse las unas a la
otras?'', escribe Bolivar Echeverría en su libro Las Ilusiones de
la Modernidad.
Hablo de una dimensión apasionante,
en cuanto es el contradictorio encuentro entre el periodista y,
particularmente, dos personajes del universo huaorani: Moi el
incorruptible, casi mítico, la idealización del líder; y Enqueri el
humano, generoso pero capaz de engañar y de engañarse, de traicionar y
traicionarse.
Y la dimensión trágica: el intento
del uno por avasallar al Otro, por ignorarlo, borrarlo o someterlo,
dolorosamente sintetizado en la relación del universo huaorani y la
Conoco primero y la Maxus depués, en la Amazonia.
Todo ello, como un relato que
``ocurre'' en la vida; en la que los hechos son los que finalmente
encarnan el conflicto de la diversidad.
Si la pluralidad pudo haber sido
concebida inicialmente como un castigo divino (nos dice Bolivar
Echeverría), el castigo que dio origen al mito de la Torre de Babel,
el ``uno'' occidental actúa violentamente sobre esa culpa originaria,
se considera así mismo como representación de la unidad, mientras el
no-occidental, el huaorani, ``aprehende'' la diversidad mientras
ocurre tanto el conflicto apasionante como el desgarrador y
trágico.
Por ello, volviendo a mis palabras
iniciales, Moi se mueve en la ciudad como en la selva, como ``pez en
el agua entre la muchedumbre'' dice Kane. No sin la natural ingenuidad
con la que busca explicarse hechos absurdos como la distancia entre el
poder y las gentes, ilustrado en su afán por ingresar a la Casa Blanca
para dialogar con el otro líder, el que allí habita.
La diversidad es vista por Moi, no
como un obstáculo para la vigencia unitaria de valores y de una ética
universal, sino como la condición necesaria para esa
universalidad. Pero en cambio el capitalismo busca la imposición de
una homogeneización aterradora. Una homogeneización fundada en la
muerte del otro.
La revolución técnica, sostiene
Echeverría, se vuelve una fuerza retrógada que ``después de destruir
las `humanidades' arcáicas, insufla a sus cadáveres un dinamismo de
autómata que ni las deja morir del todo ni les permite transformarse
(una posibilidad constantemente evocada como utópica a lo largo del
libro) y dialogar para intentar vivir el universalismo concreto de una
humanidad al mismo tiempo unitaria e incondicionalmente plural.''
La evocación en algún momento del
texto, del suicidio del viejo shamán cofán ante la inminencia del
cumplimiento de lo inevitable, la destrucción de la selva nor-oriental
del Ecuador, nos devuelve, por otra parte, a la historia trágica de la
conquista occidental de América, en la que la intuición del destino y
el lenguaje de los símbolos debilitó la resistencia nativa y
posibilitó la derrota indígena desde México hasta el imperio Inca.
Y es el anuncio a su vez de lo que
sobrevendrá en el resto del territorio amazónico.
Es la aproximación a la experiencia
de la nada, un precipitarse al abismo abierto por las
multinacionales.
Este libro ilustra el dramático
contraste entre el debate interior de la civilización huaorani por
establecer una relación y un diálogo crítico, no exento de violencia y
de ambigüedades, con el resto del mundo y particularmente con el
occidental de la modernidad; y la ciega barbarie con la que los
personajes de esa supuesta modernidad arrasan con su civilización sin
pararse en mientes, sin establecer ese diálogo necesario y crítico.
La ética y la historia así
confrontadas, me pregunto en qué punto estamos, qué absurdo nos toca
vivir y, sin embargo, cómo entender que perseguimos la sobrevivencia
en ese absurdo hasta justificarlo, mientras el poder elabora las más
insospechables falacias como aquella de un personaje que ha vivido a
horcajadas del poder político y de la arrogancia petrolera, ministro
de Estado y representante de las multinacionales a renglón seguido, y
que pretendiendo encarnar los ``intereses'' del país afirmó en este
año de 2004 que los indígenas no podían oponerse a la explotación
petrolera porque a ellos sólo les pertenece la superficie del
territorio y no el subsuelo.
¡Con cuánta estupidez se justifica la
ambición!
Precisamente los momentos más
conmovedores del relato podrían ser aquellos en los que Moi pide a los
burócratas nacionales y norteamericanos que conforman las comisiones
encargadas de estudiar las denuncias contra las petroleras, que
cuenten al mundo lo que han visto.
Sí. Seguramente lo contaron.
Sus relatos estarán en el fondo de
los archivos.
El espíritu del periodismo parece
dotar al autor de la fortaleza necesaria para enlazar los elementos de
la narración, para relatar lo que ocurre y lo que le
ocurre.
Inútil resumir todos los ángulos del
conflicto que aborda el libro de Joe Kane, porque no están expuestos y
organizados como elementos de un análisis sino como sorprendentes o
irónicos episodios de un texto continuo, tan sorprendentes que a veces
parecerían tentar los límites de la ficción (esos límites que los
protagonistas del petróleo tientan todos los días).
Está allí la suerte de las
investigadoras expulsadas de las empresas consultoras por decir
``ingenuamente'' su verdad.
Está la incertidumbre que rodea a los
líderes indígenas, la corrupción de dirigentes como un tal Valerio
Grefa de triste recordación.
La aparición y muerte de personajes
que nos dejan su huella como aquél Alí.
Los diálogos inefables entre Kane y
sus amigos huaorani en torno a la paradojas de las diversas
cotidianidades, la trama de ironías en torno a la condición de
``incansable'' de Enqueri y los ``síntomas'' de su acomodo a las
circunstancias: comenzó a engordar; o a la idea de Raúl expresada
luego de mucho meditar, de asesinar al presidente del país
introduciendo anzuelos en el arroz.
|
|
Moi y el Otro. Photo © Zbigniew Bzdak
|
Quien edite este libro, cometerá un
acto de valentía y de justicia.
Quien lo lea, lo va a leer realmente
y no lo va a olvidar.
Javier Ponce
Septiembre 2004
Copyright © 2004 Javier Ponce - © PanNature 2004
Última revisión Octubre
1, 2004. Introducción de Paolo Catelan. El material
publicado en PanNatura está protegido por la Ley de Derechos de
Autores y Editores y © Fundación Sangay: El uso
indiscriminado del mismo no está permitido, pero puede ser
libremente circulado para fines personales, educacionales y
no comerciales. PanNatura y Fundación Sangay son marcas y
logos registrados. © PanNatura 2004. © Fundación
Sangay 2004. La foto es cortesia personal de Zbigniew
Bzdak y no es parte del escrito en su forma original.
www.sangay.org