Donde Psique Encuentra a Gaia

por Theodore Roszak


THEODORE ROSZAK es Profesor de Historia y Director del Ecopsychology Institute de California State University en Hayward. Es autor de The Voice of the Earth, una influencia fundamental sobre el movimiento de ecopsicología.


Lo Personal y lo Planetario
Cuando pensamos en el ambientalismo, nos viene a la mente un movimiento vasto y planetario, dedicado a asuntos sociales y económicos imponderablemente complejos, a la escala más grande concebible. El movimiento ambientalista mantiene su lugar en la historia como la más grande causa política jamás emprendida por la raza humana. Nos involucra a todos, porque no existe una sola persona con la que el movimiento pueda permitirse no hablar. Su circunscripción, incluso, supera los límites de nuestra especie, para abarcar la flora y la fauna, los ríos y las montañas. Cada vez que considero un asunto ambiental, me encuentro intensamente consciente de que otros ojos, no humanos, me están observando: las criaturas nuestras compañeras están mirando, esperando que sus desconcertantes primos humanos vean el error de sus costumbres.
Por otro lado, cuando pensamos en la psicoterapia, pensamos en las relaciones humanas a una escala más pequeña y personal: de uno a otro, o en grupos íntimos. La terapia es privada e introspectiva; se dedica a la vida oculta - miedos, deseos, secretos de culpa sepultados quizá demasiado profundamente para ser conocidos incluso por el individuo.
¿Qué pueden tener posiblemente en común estos dos niveles de actividad cultural? ¿Qué relación puede existir entre lo personal y lo planetario?
De pronto, un pensamiento viene a la mente: la escala en la cual el ambientalismo y la terapia son ejercidos diverge radicalmente de la ocupación política tradicional. Ni los problemas ecológicos ni los psicoterapéuticos pueden ser resueltos por completo, si en realidad lo son, dentro de los límites defendidos por la nación-estado, el área de libre comercio, la alianza militar, o la corporación multinacional. El uno trasciende incluso la más grande de estas estructuras humanas torpemente improvisadas; el otro elude sus insensibles conocimientos. Quizá, éste es en sí un hecho ecológico de la más grande importancia. Estamos viviendo en un tiempo cuando la Tierra y la especie humana parecen estar pidiendo a gritos un reajuste radical en la escala de nuestro pensamiento político. ¿Es posible, en este sentido, que lo personal y lo planetario estén señalando la vía hacia alguna nueva base para la economía sostenible y la vida emocional, una sociedad con una ciudadanía ambientalmente benigna que pueda aliar lo intimamente emocional y lo infinitamente biosférico?
Hasta hace apenas unos pocos años, posibilidades como ésta habrían pasado desapercibidas por los ambientalistas y los terapeutas. El movimiento ambientalista estaba ocupado en su trabajo de organizar, educar y agitar con poca consideración de las frágiles complejidades psicológicas del público, cuyos corazones y mentes buscaba ganarse. Tan intensamente conscientes de la complejidad del hábitat natural como los ambientalistas pueden ser, cuando se trataba del comportamiento humano su imagen guía era extremadamente simplista. Operaban desde un estrecho margen de estrategias y motivaciones: las estadísticas del desastre inminente, la coactiva fuerza emocional del miedo y del sentido de culpa. Como locutor y escritor ambientalista, sé cuán facilmente uno es tentado por tácticas de espanto y trampas del sentido de culpa; vienen a la mano tan convenientemente. Después de todo, en nuestros hábitos ambientales, hay mucho por lo cual tener miedo y mucho por qué sentirse avergonzados. Aunque muchos ambientalistas actúan en base a un apasionado júbilo por la magnificencia de las cosas salvajes, pocos excepto los artistas - los fotógrafos, los cineastas, los paisajistas y los poetas - se dirigen al público con la convicción de que se puede confiar en los seres humanos cuando se comportan como si fueran los niños del planeta viviente.
En cuanto a psicólogos y terapeutas, su comprensión de la cordura humana se ha detenido siempre ante los límites urbanos. La creación del intelecto urbano, y destinada a curar la angustia urbana, la psicoterapia moderna nunca fue considerada adecuada más allá de la familia y la sociedad para tratar el hábitat no humano que envuelve tan masivamente la diminuta isla psíquica que Freud llamó ``la civilización y sus descontentos.'' Por ejemplo, en Diagnostic and Statistical Manual, el listado canónico de la Asociación Psiquiátrica Norteamericana de todas las formas de neurosis por las que puede pasarse la cuenta a una compañía de seguros y que un tribunal aceptaría como fidedigno, la condición de la naturaleza es mencionada una sola vez; puede encontrarse medio escondida como ``desorden afectivo estacional,'' un cambio depressivo en el humor ocasionado por un clima lúgubre - a menos que, más bien, la depresión no esté correlacionada con el desempleo estacional. El factor económico asume entonces preferencia respecto al fenómeno natural.[1]
En la actualidad, hay señales de que esto está comenzando a cambiar a partir de ambas direcciones. Una nueva generación de psicoterapeutas está buscando maneras en las que la psicología profesional pueda jugar un papel en la crisis ambiental de nuestro tiempo. Una indicación de ese cambio es este libro [ECOPSYCHOLOGY, Theodore Roszak, Mary E. Gomes, and Allen D. Kanner (eds.), Sierra Club, San Francisco, 1995.] En él el lector podrá encontrar una muestra del pensamiento de unos psicoterapeutas ambientalmente conscientes, y un informe de las técnicas que ellos están innovando, en un volumen comisionado por la editorial ambientalista más importante de este país [EEUU]. Además, en él el lector podrá encontrar el trabajo de los ambientalistas que manifiestan una sana curiosidad acerca de su necesidad de encontrar una psicología más sostenible, que apelará a motivaciones afirmativas y al amor por la naturaleza. Es una preocupación oportuna; hay una urgente necesidad de tratar la cantidad de ira, rechazo y agotamiento emocional que existe en el movimiento. Recientemente, en una carta privada, el activista australiano John Seed comentaba todo esto de la manera siguiente:

Es obvio para mí que los bosques no puedan ser salvados uno a la vez, ni que el planeta pueda ser salvado el planeta con un asunto a la vez: sin una profunda revolución en la consciencia humana, todos los bosques pronto desaparecerán. En este punto, parece que la clave sea el que los psicólogos al servicio de la Tierra ayuden a los ecologistas a ganar una comprensión más profunda de cómo facilitar un cambio profundo en el corazón y la mente humana.

Asimismo, al advertir de la cuota emocional que resulta de una exclusiva dependencia de echar la culpa y humillar, Dave Foreman, uno de los ``eco-guerreros'' líderes del país, sabiamente recuerda a sus colegas que el objetivo más grande de todo lo que hacen es ``abrir nuestras almas para amar este glorioso y exuberante planeta animado.'' Olvidar aquello, advierte, es ``hacer daño a nuestra salud mental personal.''[2]

Biofilia y Ecopsicología
Hay otra significativa corriente de cambio que amerita ser mencionada. Los biólogos han comenzado a poner atención en el aspecto psicológico de la evolución humana. En un trabajo reciente, el zoólogo de Harvard E.O. Wilson ha planteado la posibilidad de que los humanos posean una capacidad llamada ``biofilia,'' definida como ``la innata afiliación emocional de los seres humanos para los demás organismos vivos.''[3] Él la considera una importante fuerza que trabaja en defensa de la biodiversidad amenazada del planeta. Incluso un estudio impresionista del folklore, de los cuentos y de la vida religiosa de los pueblos indígenas ciertamente respaldaría mucho esta idea. Los colegas de Wilson han sido rápidos en sugerir que la influencia de la biofilia podría ser perturbada en cierto grado por una igualmente innata ``biofobia,'' sin embargo, desde el punto de vista del psicólogo, nuestro amor y nuestro temor por la naturaleza son ambas emociones; ambas ameritan ser estudiadas. Y ambas, a medida que podrían traducirse en devoción, respeto, preocupación, o sobrecogimiento, pueden ser usadas para reconstruir nuestros desgastados lazos con el ambiente natural. Aquellos de nosotros que se sienten atrapados en una sociedad industral urbana cada vez más ecocida, necesitan toda la ayuda que pueden encontrar para superar nuestra alienación del mundo trans-humano del cual dependemos por cada aliento que respiramos. ¿Existe, en efecto, una medida más urgente de nuestra alienación que el hecho que nos toca hablar acerca de nuestra continuidad emocional con aquel mundo como si fuera nada más que una ``hipótesis''? Sin embargo, en la forma de una hipótesis, la biofilia al menos ha comenzado a generar cierta clase de investigación del comportamiento que recibe aprobación en el mundo académico como prueba científica. En un sentido, la ecopsicología podría ser vista como un compromiso por parte de los psicólogos y los terapeutas con la esperanza de que la hipótesis de la biofilia sea comprobada y así se convierta en una parte integral de lo que consideramos que debe ser la salud mental.
``Ecopsicología'' es el término usado más a menudo para esta síntesis emergente de lo psicológico (que abarca lo psicoterapéutico y lo psiquiátrico) y lo ecológico. Muchos otros términos han sido propuestos: psicoecología, ecoterapia, terapia global, terapia verde, terapia centrada en la Tierra, reearthing, psicoterapia basada en la naturaleza, orientación shamánica, incluso terapia nemorosa. Estos neologismos nunca suenan eufónicos; tampoco, en ese sentido, lo era ``psicoanálisis'' en sus días. Sin embargo, cualquiera sea el nombre, la suposición subyaciente es la misma: la ecología necesita de la psicología, la psicología necesita de la ecología. El contexto para definir la sensatez en nuestro tiempo ha alcanzado una magnitud planetaria.
Al igual que todas la formas de psicología, la ecopsicología se ocupa de los fundamentos del comportamiento y de la naturaleza humana. A diferencia de otras escuelas de psicología de corriente principal que se limitan a los mecanismos intrapsíquicos o a un estrecho ámbito social que puede no mirar más allá de la familia, la ecopsicología procede de la presunción de que a su nivel más profundo la psique permanece sensiblemente vinculada a la Tierra que nos trajo a la vida. La ecopsicología sugiere que podemos interpretar nuestras transacciones con el ambiente natural - el modo en que usamos o abusamos el planeta - como proyecciones de deseos y necesidades subconscientes, muy parecida a la forma con la que podemos interpretar sueños y alucinaciones para aprender acerca de nuestros afanes, miedos y odios profundos. De hecho, nuestra deseosa y obstinada impronta sobre el ambiente natural puede revelar nuestro estado colectivo del alma más eficazmente que los sueños de los que nos despertamos y deshacemos, sabiendo que no son reales. Mucho más trascendentales son los sueños que llevamos con nosotros exteriormente en el mundo todos los días y que, con fuerza maníaca, nos empeñamos en volver ``reales'' - en acero y cemento, en carne y sangre, con los recursos arrancados de la sustancia del planeta. Precisamente porque hemos adquirido el poder de aplicar nuestra voluntad sobre el ambiente, el planeta se ha tornado como esa pantalla psiquiátrica en blanco sobre la cual el subconsciente neurótico proyecta sus fantasías. Los desperdicios tóxicos, el agotamiento de los recursos, la aniquilación de las especies compañeras nuestras; todos aquellos nos hablan, si quisieramos escuchar, de nuestro profundo ser. Entonces, James Hillman nos ha exhortado a llevar ``asbestos y aditivos en la comida, lluvia ácida y tampones, insecticidas y fármacos, tubos de escape de auto y edulcorantes, televisiones e iones'' dentro de la provincia del análisis terapéutico. ``La psicología siempre potencia su consciencia por medio de revelaciones patológicas, a través del submundo de nuestra ansiedad. Nuestros temores ecológicos anuncian que las cosas se encuentran donde el alma ahora rivendica atención psicológica.''[4]

Aprender de la Psiquiatria de la Edad de Piedra
He estado llamando ``nueva'' a la ecopsicología, pero de hecho sus raices son suficientemente antiguas como para llamarse aborígenes. Hace mucho tiempo, toda la psicología era ``ecopsicología.'' Ninguna palabra especial era necesaria. Los curanderos más antiguos del mundo, la gente que nuestra sociedad una vez llamaba ``hechiceros,'' no conocían otra manera de curar que el trabajo dentro del contexto de reciprocidad ambiental. Algunos son rápidos en ver elementos de sentimentalismo o romanticismo en nuestra creciente apreciación de las ecologías sagradas que guían a las sociedades tradicionales. Esto está equivocado. No hay nada de ``místico'' o ``trascendente'' acerca del tema de cómo podríamos entender estas palabras. Es sentido común casero que los seres humanos deban vivir en un estado de respetuoso dá-y-toma con la flora y la fauna, los ríos y las colinas, el cielo y el suelo de los cuales dependemos para el sustento físico y la instrucción práctica.[5] ``El país sabe,'' advierte un anciano Koyukon. ``Si se le hace daño, todo el país lo sabe. Él siente lo que le está ocurriendo. Me imagino que todo está conectado entre sí, de alguna manera, bajo tierra.''
Reconocemos nuestra persistente conexión con aquel estadio anterior de la práctica psicoterapeuta cada vez que nos referimos con ligereza a los psiquiatras como ``loqueros.'' Reconocemos que nuestra ciencia psiquiátrica, supuestamente iluminada, contiene una buena cantidad de supercherías. Pero, ¿no podría también darse el caso de que algo valioso pueda encontrarse en la práctica, supuestamente supersticiosa, de los hechiceros? El antropólogo Marshall Sahlins una vez estudió las culturas de los cazadores y recolectores sobrevivientes con la idea de reconstruir una ``economía de la Edad de Piedra.'' ¿Existe una ``psiquiatría de la Edad de Piedra'' en espera de ser explotada para comprensiones igualmente heurísticas?
Propongo este punto con la plena y preocupada conciencia de que hay entusiastas ``New Age'' no invitados que ya están plagiando y gratuitamente pidiendo prestados vestigios de culturas tradicionales y aborígenes, a menudo con poco estudio o poca preparación respetuosa. En este libro, hemos intentado aclarar que los ecopsicólogos son altamente conocedores de cuán difícil será llenar la brecha entre la sociedad dominante y las sobrevivientes culturas primarias del mundo, a menudo frágiles y marginales. Al generalizar acerca de la cordura y de la locura del mundo moderno, los ecopsicólogos han aprendido a usar la palabra ``nosotros'' con suma discriminación. Ellos reconocen que el ``nosotros'' que gobierna al mundo industrial está fisicamente separado del ``nosotros'' que resiste en los bosques lluviosos, en los interiores y en las reservas por una distancia que debe calcularse en años luz. Y la unidad de la medida es el poder: riqueza, propiedad, fuerza bruta, medios de comunicación, control administrativo.
Incluso lejos de asuntos de justicia, algunos verán un inmediato obstáculo psicológico para tal diálogo entre lo tradicional y lo moderno. Tiene que ver con las contrastantes visiones del mundo que dividen a la psicoterapia de la sociedad industrial de los originales reductores de cabezas. La suya era una visión animística del mundo, una sensibilidad que la doctrina judío-cristiana y la objetividad científica han censurado. En nuestra cultura, el prestar atención para ver si oímos las voces de la Tierra como si el mundo no humano sintiera, oyera, hablara, para la mayoría de la gente parecería la esencia de la locura. ¿Es posible que, al reafirmar aquella misma concepción de la locura, la psicoterapia podría estar defendiendo la más profunda de todas nuestras represiones, la forma de mutilación psíquica que es más crucial para el avance de la civilización industrial, precisamente, la asunción de que la tierra es una cosa muerta y servil que no tiene sentimiento, ni memoria, ni intención propia? Con la plena autoridad de la ciencia moderna, la cordura tradicional nos impide usar la psiquiatría de la Edad de Piedra como recurso terapéutico. Aquellos que creen que esta condición puede ser fácilmente remediada, digamos pasando unas horas en una sweat lodge, simplemente no están en contacto con las verdaderas dimensiones de su propia alienación.
Sin embargo la historia, espejo de nuestras necesidades y aspiraciones que se desdoblan, posee su propia forma con las ortodoxias más tenazmente arraigadas. Incluso en una cultura dominante, la religión y la ciencia están sometidas a esa suerte de importante transformación que hemos llegado a llamar un cambio de paradigmas. En las actuales iglesias cristianas de corriente principal, se encuentran ministerios ambientales que están fomentando una discusión activa de administración planetaria y espiritualidad de la creación; algunos incluso buscan enmendar el prejuicio, contraído hace mucho tiempo, en contra de la cultura ``pagana'' y su perspicacia. Un nuevo movimiento de Tierra y de Espíritu está explorando la posibilidad de una biofilia basada en la religión.[6]
Mientras tanto, al menos a lo largo de los márgenes de la ciencia moderna, somos testigos del nacimiento de una nueva cosmología fundada en una visión cada vez más profunda de la ordenada complejidad que hay en la Tierra y más allá, en el universo. Los científicos pueden seguir permaneciendo reluctantes a deletrear las implicaciones filosóficas de esta cosmovisión emergente, sin embargo las peculiaridades de los nuevos cosmos se están tornando inequívocamente claros: para nosotros, ya no es más un asunto de necesidad científica el considerarnos como ``foráneos y temorosos en un mundo que jamás hemos creado.'' Ahora sabemos que la tabla periódica de los elementos, mientras progresa de lo liviano a lo pesado, de lo simple a lo complejo, es el idioma de nuestra autobiografía colectiva en evolución. Es, por derecho propio, una historia de la creación. El hidrógeno, como dijo un astrónomo, es ``una gas liviano, inodoro, que, si se le da un tiempo suficiente, se torna en personas.''

La Visión de un Universo Ecológico
En contraste con el materialismo atomístico de la física del siglo XIX, la ecología es el estudio de las conexiones. Comenzó su historia intelectual como el estudio holístico de las miríadas de nichos y ranuras donde se dió la vida en este planeta, pero su destino debía revelarse mucho más grande. Debía finalmente llegar a ver la Tierra entera como un notable ``nicho'' cósmico intrincadamente conectado con la gran jerarquía de sistemas que llamamos ``el universo.'' A medida que la naturaleza a nuestro alrededor se manifiesta para revelarnos nivel tras nivel de complejidad estructurada, estamos por enterarnos que habitamos en un universo ecológico densamente conectado en el que nada es ``no más'' que una cosa sencilla, desconectada o aislada. Tampoco nada es accidental. La vida y la mente, un tiempo consideradas como excepciones anómalas de la ley de entropía, están enraizadas, por sus estructuras fisioquímicas, hasta las remotas condiciones iniciales que siguieron al Big Bang.
Ahora sabemos que la sustancia elemental de la que somos hechos fue forjada en el núcleo ardiente de las estrellas antiguas. En un sentido muy real, la red de vida del ecologista ahora se extiende hasta abrazar las galaxias más distantes. Esta magnífica cosmología nos ha llevado hasta el más grande de los momentos decisivos en nuestra comprensión del lugar humano en la naturaleza, desde cuando nuestros antepasados miraron por primera vez hacia el cielo para cavilar sobre las estrellas que giran. Podría aún convertirse en nuestra versión, más analítica, más fría, del mundo animista, a partir del cual nuestros antepasados alimentaban su sentido de compañerismo con todo lo más-que-humano. Por cierto, incluso la mente más rigurosamente escéptica debe ser duramente presionada para escapar de lo maravilloso de aquella posibilidad.
Desarrollos como éstos nos llevan muy lejos de la forma en la cual los fundadores de la ciencia y psiquiatría modernas veían la condición humana. Viene al caso que la teoría psiquiátrica moderna se creó con la intención inquebrantable de ser ``científica'' en un era cuando el modelo científico dominante del universo no permitía un lugar natural para la psíque humana. Para Sigmund Freud, un materialista típicamente doctrinario, vida y mente eran eventos extraños en un vacío infinito y ajeno que estaba tiránicamente regulado por la segunda ley de la termodinámica. En un cosmos así, la muerte era más ``natural'' que la vida.

Los atributos de la vida [argumentaba Freud] fueron, en un dado momento, evocados en la materia inanimada por la acción de una fuerza de cuya naturaleza no podemos formarnos una concepción....La tensión que entonces surgió, en lo que había sido hasta el momento una sustancia inanimada, se empeñó en la autoaniquilación. De esta manera, surgió el primer instincto: el instincto de regresar al estado inanimado.[7]

Al final del siglo [XIX], cuando los fundamentos de la psiquiatría moderna fueron establecidos, la recién descubierta ley de entropía había alcanzado una categoría de culto como respuesta final al enigma del universo. Para muchos intelectuales fin de siècle, el sino termodinámico se convirtió en la prueba irrefutable de lo fútil de la vida. La conciencia humana era un accidente transiente destinado a la aniquilación; en última instancia, cada proceso químico en el universo sucumbiría a la gran ``muerte térmica'' final. Después de eso, por toda la eternidad, nada existiría, nada, absolutamente nada, excepto el espacio inmesurable e inútil, escasamente diseminado de las cenizas errantes de las estrellas hace mucho extintas. Firmemente bajo el hechizo de la inexorable segunda ley, los humanistas de inicios del siglo XX no podían ver para la vida ningún destino mejor que la extinción misericordiosa.
Me doy perfectamente cuenta de que hay muy poco en el legado del pensamiento de Freud que no haya sido revisado o vilipendiado, repudiado o desmontado. Durante el pasado siglo [XIX], han surgido muchas escuelas de pensamiento psicológico y terapéutico, como desafío a las antiguas ortodoxias psicoanalíticas. Pero algo sobrevive de Freud, significativamente, aunque subliminalmente. Su decisión - y la de los behavioristas de sus días - de modelar el estudio de la mente humana sobre la postura objetiva de las ciencias ``duras'', ha dejado una impronta duradera en la teoría psicológica de corriente principal. Esa impronta permanece, aunque se base en un paradigma científico que ahora es tan anticuado como lo son muchas de las ideas de Freud acerca de la historia, la antropología y la sociología.
Freud, por tanto, provee una línea de fondo instructiva para medir cuán lejos hemos viajado desde aquella era de ciencia pre-ecológica. Por ejemplo, en su trabajo no existe rastro alguno de que la evolución se desarrolle como una serie escalonada de ecosistemas, o del rol que la vida en sí pueda jugar en orquestar la complejidad de aquellos patrones apoyándose mutuamente. En cambio, lo que tenemos es el estado de la naturaleza presentado como una arena ``naturalmente'' sin vida, en la que una lucha sin sentido y cruda por la existencia se auto-interpreta, y en donde la belleza, nobilidad y cooperación no están en ninguna parte. Thanatos [La Muerte, ndt], el más conservador de los instinctos, se encuentra en el fundamento de la psique, convocando a la conciencia para que regrese a la paz del ``estado inanimado.'' Freud no estaba solo en ver al mundo de ese modo. Salidos de un compromiso mal guiado con una suerte de ateismo aldeano sin dioses, las mentes más finas del comienzo del siglo XX suscribieron la misma funesta visión.

Los Límites del Ser
La ciencia preecológica del tiempo de Freud que se arraigó en el pensamiento psicológico moderno prefería los filos duros, los bordes claros y la particularidad atomística. Se predicaba con la asombrosa suposición que, en el curso de la eternidad, la estructura del universo simplemente había encontrado su sitio por accidente. Consecuentemente, la psiquiatría de inicios del siglo XX basaba su imagen de cordura en aquel modelo. El ego que funcionaba normalmente era un átomo aislado de conciencia autocontempltiva, sin ninguna continuidad relacional con el mundo físico a su alrederor. Aún en los años 30, mucho después de que la cosmovisión newtoniana había sido modificada significativamente y el mismo concepto de materia atómica había sido radicalmente revisado, Freud, aún una autoridad respetada, podía escribir en uno de sus artículos teóricos más influyentes:

Normalmente, no hay nada más cierto que el sentimiento de nuestro ser, de nuestro propio ego. Este ego aparece como algo autónomo y unitario, perfectamente deslindado de todo lo demás.... Uno llega a aprender un procedimiento con el cual, por medio de una deliberada dirección de las actividades sensoriales y una oportuna acción muscular, puede diferenciar entre lo que es interno - lo que pertenece al ego - y lo que es externo - lo que emana del mundo externo. De esta manera uno da el primer paso hacia la introducción del principio de realidad que dominará el futuro desarrollo.[8]

``Uno llega a aprender un procedimiento....'' Son éstas unas de las palabras más fatídicas jamás escritas por Freud. Todo ha cambiado en el pensamiento psicológico de corriente principal, pero el rol que Freud asignó a la psicoterapia, el de patrullar ``los linderos entre el ego y el mundo externo,'' permaneció incuestionable en la psiquiatría de corriente principal hasta la última generación. Además, su convicción de que el ``mundo externo'' comienza en la superficie de la epidermis sigue siendo aceptado como sentido común en cada escuela importante de la psicología moderna. El ``procedimiento'' que enseñamos a los niños para ver el mundo de esta manera es la represión permisible de la empatía cósmica, un entumecimiento psíquico que hemos catalogado como ``normal.'' Incluso las escuelas de psicoterapia tan separadas como la psicología humanística podían solamente pensar en la ``autorrealización'' como en un importante avance hacia nada más que una conciencia personal agudizada. En cuanto a los terapeutas existencialistas, ellos estaban preparados para hacer de la alienación del universo el núcleo mismo de nuestro ser auténtico.
Juntas, una psiquiatría supuestamente ``científica'' y una ciencia metafísicamente ingenua no tuvieron dificultad en arrasar con cualquier conexíon práctica entre la psicoterapia y el ambiente natural. ``La naturaleza,'' estaba convencido Freud, ``está eternamente remota. Nos destruye - friamente, cruelmente, implacablemente.''
¿Qué hace el terapeuta comprensivo con ideas tan desalentadoras como éstas? Los clientes afligidos llegan soportando las heridas de temores infantiles no resueltos y añoranzas, inseguridad agotadora, ansiedades extenuantes. ¿Su médico, entonces, los ahoga en el vacío existencial? Incluso Carl Jung, estudiante heterodoxo de Freud, se mostró reacio a aprobar el reduccionismo biomédico de su mentor cuando éste condujo a una conclusión tan lúgubre. En búsqueda de una terapia que edificaba e inspiraba, Jung se rehusó a sumarse a Freud en su entrega desconsolada a ``la omnipotencia de la materia.'' Sin embargo, como consecuencia, pronto se le ocurrió separarse cada vez más de la corriente principal científica, hasta que quedó poco de naturaleza física en su psicología. Al menos en su interpretación más prominente, el inconsciente colectivo de Jung pertenece en su totalidad al reino cultural; está lleno, no con las huellas de las bestias y las energías vegetativas, sino con altos símbolos religiosos y arquetipos etéreos. Es una concepción que más tiene que ver con Platón que con Darwin.
Para Freud y la mayoría de sus seguidores, el ``principio de realidad'' debía ser la realidad del científico; era el mundo ``allá afuera'', como lo experimentaban los físicos y los biólogos de cuyas sensibilidades idealmente objetivas todo último rastro de enlace emocional, incluso con el propio cuerpo, había sido purgado. Incluso así, a un punto de sus cavilaciones teóricas, Freud admitió, con un estoicismo tristemente cándido que coloreaba todo su pensamiento, que ``nuestro actual ego-sentimiento es sólo un residuo reducido de un sentimiento mucho más inclusivo, de hecho, que lo abarca todo, que correspondía a un enlace más íntimo entre el ego y el mundo a su alrededor.''
Ahora ésta es una concesión interesante. Podría ser vista como el orígen remoto de la ecopsicología, definida como un rechazo para conformarse con ese ``residuo reducido.'' Más bien, la ecospicología es un esfuerzo para salvar el ``enlace más íntimo entre el ego y el mundo a su alrededor'' como materia prima de un nuevo principio de realidad.

La Psicología como si Toda la Tierra Importara
En 1990, una conferencia titulada ``La Psicología como si Toda la Tierra Importara'' fue organizada en el Center for Psychology and Social Change en Harvard. Allá, una reunión de ecopsicólogos concluyó que ``si el ser se expande hasta incluir al mundo natural, el comportamiento que conduce a la destrucción de este mundo será experimentado como auto-destrucción.'' En un artículo de la conferencia, Walter Christie, jefe asistente de psiquiatria del Maine Medical Center, observó,

La ilusión de la separación que creamos para poder pronunciar las palabras ``Yo soy'' es parte de nuestro problema en el mundo moderno. Siempre hemos sido mucho más parte de grandes patrones en el globo de lo que nuestros egos atemorizados puedan tolerar saber.... Preservar la naturaleza es preservar la matriz a través de la cual podemos experimentar nuestras almas y el alma del planeta Tierra.

Sarah Conn, una psicóloga clínica de Cambridge que había ayudado a dar inicio a una forma de ``ecoterapia'', lo expresó más dramaticamente. Ella sostuvo que ``el mundo está enfermo; necesita curarse; está hablando a través de nosotros; y habla con más fuerza a través de los más sensibles de nosotros.''[9]
El filósofo ambiental Paul Shepard ha invocado esta misma psicología cuando habló acerca del ``ser con una frontera permeable...constantemente haciendo uso de e influenciando a sus entornos, cuya piel y comportamiento son zonas suaves en contacto con el mundo en vez de excluirlo.... El pensamiento ecológico registra un tipo de visión a través de las fronteras.''
En su esfuerzo por dignificar las ``zonas suaves'' de la psique como nuevo estándar de cordura, la mayoría de los ecopsicólogos recurrió, en una u otra manera, a la evocadora, aunque altamente controversial, hipótesis de Gaia. Desarrollada por el bioquímico James Lovelock y la microbióloga Lynn Margulis a mediados de los años 70, la hipótesis de Gaia comenzó su carrera como una explicación bioquímica de la homeostatis de largo plazo de la atmósfera planetaria. Lovelock y Margulis postularon que el biota, los océanos, la atmósfera y los suelos constituyen un sistema autorregulante que juega un papel activo en la preservación de las condiciones que garantizan la supervivencia de la vida sobre la Tierra. Si su teoría hubiese recibido un nombre científico convencional (como Tendencia Universal Biocibernética de los Sistemas o TUBS, como Lovelock sugerió una vez en tono de burla) podría haber pasado rápida y discretamente a la literatura profesional como un ejercicio especulativo ligeramente interesante. Pero Lovelock quería algo más pintoresco. Impresionado por el hecho de que la biomasa, en su autorregulación de largo plazo, muestra ``el comportamiento de un organismo individual, incluso una criatura viva,'' él llamó a la hipótesis ``Gaia,'' tomando prestado el nombre de la Madre Tierra de la Grecia antigua.[10]
A la vez, el nombre otorgó a la idea un asombroso atractivo popular, mucho más allá de lo que Lovelock y Margulis habían querido. Su creación pronto se convirtió en un importante punto de debate entre los Ecologistas Profundos, algunos de los cuales lo interpretaron como una imperiosa declaración de la conexión vital de todas las entidades vivientes. Mientras algunos Ecologistas Profundos expresan preocupación por el hecho de que la perspectiva global de la hipótesis - la imagen de la Tierra como un organismo individual a la deriva en el espacio - podría debilitar una experiencia sensual del lugar, otros encuentran en ella la base de una ética biocéntrica cuasi-mística. Algunos ecofeministas han ido aún más allá. Para ellos, Gaia representa la validación científica de una legendaria ``cultura de la diosa'' cuando, hace mucho tiempo, las cualidades más ecológicamente sensibles, que serían más tarde asignadas a las mujeres, governaban la vida de ambos sexos.
En su búsqueda de un fundamento teórico, la psicología no necesita ir tan lejos. Gaia, tomada simplemente como una imagen dramática de la interdependencia ecológica, podría ser vista como la herencia evolutiva que vincula todas las entidades vivientes, en términos de genética y de conducta, a la biosfera. Baste esto para revertir la cosmovisión científica y toda la psicología que sobre ella se basa. En lugar de la inevitable muerte térmica, tenemos la complejidad profundamente ordenada de los sistemas naturales aguantando indefinidamente el agotamiento entrópico. En lugar de la alienacion cósmica, tenemos la vida y la mente tan cómodas en el universo como cualquier de los sinnúmeros sistemas de los cuales evolucionaron. Más hipotéticamente, tenemos la posibilidad de que la biosfera autorregulante ``hable'' por medio del subconsciente humano, haciendo oir su voz incluso dentro del esquema de la moderna cultura humana urbana.

En Búsqueda del Inconsciente Ecológico
Ésta es la línea de pensamiento que he proseguido, sugeriendo que un ``inconsciente ecológico'' está en el núcleo de la psique, para que recurramos a él como a un recurso para reintegrarnos a la harmonía ambiental.[11] La idea es especulativa, aunque no más que el inconsciente colectivo de Jung, el trauma del nacimiento de Rank, la madre pre-edípica de Winnicot, o las fantasias de Freud acerca de la horda primaria. En ese sentido, incluso la descripción de los behavioristas del cerebro como una ``máquina de carne'' no es mejor que una tambaleante metáfora que oscurece más verdades de las que aclara. La psicología, entendida como el estudio profundo de la naturaleza humana, es inherentemente especulativa; no tiene alternativa, excepto la de trabajar con presentimientos, conjeturas inspiradas e intuición. Jamás puede ``probar,'' solo persuadir.
En psicología, las teorías se ven mejor como compromisos para entender a la gente en ciertas maneras. Sea que se acepte o se rechaze el concepto de un inconsciente ecológico, la ecopsicología en cuanto constituye campo de investigación se compromete a comprender a las personas como actores en un escenario planetario, que dan forma y son formados por el sistema biosférico. Incluso si aquel compromiso jamás calificara nada más que como una hipótesis, puede lograr una significativa diferencia política. Al asumir una profunda conexión duradera entre Psique y Gaia, la ecopsicología podría producir una revaluación oportuna de la estrategia política del movimiento ambientalista. Podría generar un nuevo criterio, legalmente procesable y basado en lo ambiental, de cordura mental que podría asumir prodigiosas implicaciones a nivel legal y de formulación política. Sugerir con todo el peso de la autoridad psicológica profesional el que las personas están vinculadas emocionalmente a la Tierra marca un nuevo y poderoso significado en nuestra comprensión de la ``cordura,'' un significado que incluso podría alcanzar la misma fuerza legal y de formulación política que hoy en día acompaña a los peligros físicos como los desperdicios tóxicos.
Al mismo tiempo, el explorar las dimensiones psicológicas de nuestra ecología planetaria también proporcionaría a los ambientalistas un nuevo y compasivo rol por jugarse, más allá de aquel de ``llorar a todo lo verde'' que espanta y avergüenza al público. Los convertiría en aliados de la Tierra en un proyecto noble y afirmativo: aquel de devolver la atribulada alma humana a la harmonía y alegría que son las únicas bases sólidas para un estándar de vida ambientalmente sostenible. Los convertiría en una cura más que en un fastidio.
El tiempo está claramente maduro para redactar una declaración de impacto psicológico para el movimiento ambientalista. En su tarea de salvar la vida sobre la Tierra, ¿este movimiento cree que no tiene más que provocar una resolución ética de un pequeño grupo de activistas, agotados y cada vez más frustrados, que sienten que deben asumir cada vez más control legislativo coactivo sobre la conducta de la vida cotidiana? ¿Creemos que exista una dimensión ecológica para la personalidad humana que es ``natural'' y universal?
La ecopsicología sugiere que el movimiento ambientalista posee otros medios a los cuales acudir a parte de aquellos de traumatizar y avergonzar al público que quiere conquistar. Cada movimiento político está basado en una visión de la naturaleza humana. ¿Qué necesita la gente? ¿Qué los atemoriza? ¿Qué quieren? ¿Qué los induce a hacer lo que hacen: la razón o la pasión, el altruismo o el egoismo? Sobre todo, ¿Qué aman? La cuestión de la motivación da el tono y la forma a la táctica de cada programa político. Comenzamos de la presunción de que las personas son unos brutos codiciosos, y el tono de todo lo que se diga será el de desdén. Asumimos que las personas son unos estúpidos autodestructivos, y las tácticas serán a lo mejor propensas a convertirse en autoritarias, o dictatoriales en el peor de los casos. En cuanto a aquellos que son el blanco de la presunción, en política la vergüenza ha estado siempre entre las más impredecibles motivaciones; además, fácilmente desliza hacia el resentimiento. Cuestionas todo el estilo de vida de uno, y lo que estás propenso a provocar es rigidez defensiva. Es psicología elemental que aquellos que desean cambiar al mundo, y para bien, no deberían comenzar con humillar al público que buscan persuadir, o con enfrentarlo con una tarea que parece imposible.
La ecopsicología sostiene que existe una inteligencia ecológica superior tan profundamente arraigada en los fundamentos de la psique como lo son los instinctos sexuales y agressivos que Freud allá encontró. O más bien, reformulando una metáfora espacial obviamente inadecuada, la psique está arraigada dentro de una inteligencia superior antiguamente conocida como anima mundi, la psique de la Tierra misma que ha estado alimentando la vida en el cosmos durante miles de millones de años por medio del drama de una complejidad en aumento. El ``verdear de la psicología'' comienza con asuntos tan familiares a todos nosotros como la relación empática con el mundo natural que renace en cada niño y que sobrevive en el trabajo de los poetas de la naturaleza y los pintores paisajistas. Donde este sentido de identidad compartida es experimentado como más a menudo lo experimentamos, de persona a persona, lo llamamos ``amor.'' Sentido más friamente y vagamente entre los humanos y los no-humanos, es (al menos) aquel vínculo comprensivo que llamamos ``compasión.'' En cada caso, el resultado es lealtad espontánea.
Déjenme volver una última vez al viejo Papá Freud, quien, a pesar de todos sus fracasos, sigue siendo uno de los talentos teóricos más brillantes que la moderna psicoterapia haya producido. En su analisis, por lo demás inflexible, de la vida interior, Freud al fin se sintió obligado a reconocer que nuestro sentido infantil de unidad con el mundo juega un papel importante en la vida adulta. De él, creía, surge el fuego del Eros: la fuerza emocional que vincula el ser con otros. En sus sanas y normales relaciones con el mundo de ``afuera,'' observó,

El ego parece mantener líneas de demarcación claras y netas. Existe sólo un estado - hay que admitir un estado inusual, sin embargo no uno que pueda ser estigmatizado como patalógico - en el que no pasa esto. A la altura de estar enamorado, la frontera entre el ego y el objeto amenaza con desvanecerse. Contra toda evidencia de los sentidos, un hombre enamorado declara que ``yo'' y ``tú'' son uno, y está listo a comportarse como si fuera un hecho.[12]

Al lenguaje de Freud le hace falta la poesía que su entendimiento requiere, sin embargo su concesión lleva un toque de honestidad persuasiva. Este es un tributo a la sabiduría del corazón por parte de uno de los grandes filósofos estóicos. Un hombre enamorado declara que ``yo'' y ``tú'' son uno, y está listo a comportarse como si fuera un hecho. Pero ahora expandimos ese entendimiento; dejamos que supere a nuestras relaciones sociales, hasta abarcar todo lo que hemos aprendido del intricado vínculo que existe entre nosotros mismos y la biosfera que nos dió la vida. Dejamos que el ``tú'' se convierta en la Tierra y en todas las criaturas nuestras compañeras sobre la Tierra. Solamente seguimos hacia donde la ciencia ecológica conduce en su esfuerzo honesto de comprender la complejidad asombrosa que nos vincula a nuestro hábitat planetario. En alguna parte dentro de esta visión emergente de la totalidad biosférica se encuentra una nueva concepción de la psique, basada en lo ecológico. Freud, que tanto tomó prestado de los poetas, bien podía haber leído a un poeta más, en cuya imaginación el inconsciente ecológico estaba tomando forma. Su nombre era Walt Withman:

¿Álguien pidió ver el alma?
Que mire su propia forma y semblante, las personas, las sustancias, las bestias, los árboles, los ríos que corren, las rocas y las arenas.

REFERENCIAS

1. Las primeras ediciones del Diagnostic and Statistical Manual incluían una referencia más al mundo no humano: zoofilia, o tener relaciones sexuales con animales. El término más antiguo y más pintoresco para esto era ``bestialidad,'' pero algo como violación de animales podría haber sido mejor. Por extraño que parezca, ``zoofilia'' descarta la posibilidad de un estado ``normal'' que el amor para los animales implica.

2. Dave Foreman, ``The New Conservation Movement,'' Wild Earth, Verano 1991, 10-11.

3. E.O. Wilson y Stephen R. Kellert, eds., The Biophilia Hypothesis, Washington, D.C.: Island Press/Shearwater Books, 1993.

4. James Hillman, The Thought of the Heart and the Soul of the World, Dallas, Tex.: Spring Publications, 1981, p.111.

5. Para algunos estudios recientes de la sensibilidad ecológica de las culturas tradicionales, véase David Suzuki y Peter Knudtson, Wisdom of the Elders: Honoring Sacred Native Visions of Nature, New York: Bantam, 1992; Jerry Mander, In the Absence of the Sacred: The Failure of Technology and the Survival of the Indian Nations, San Francisco: Sierra Club Books, 1991; Helena Norberg-Hodge, Ancient Futures: Learning from Ladakh, San Francisco: Sierra Club Books, 1991.

6. Véase, por ejemplo, la ``espiritualidad de la creación'' de Matthew Fox, especialmente The Coming of the Cosmic Christ: The Healing of the Mother Earth, Boston: Shambhala, 1988; Thomas Berry, The Dream of the Earth, San Francisco: Sierra Club Books, 1988; James A. Nash ofrece una muestra crítica de éstos y otros esfuerzos para desarrollar una teología ambientalmente relevante en Loving Nature: Ecological Integrity and Christian Responsability, Nashville: Abingdon, 1991; Véase también la revista Earth Letter, publicada por el Episcopalian Earth Ministry of Seattle, 1305 NE 47th St., Seattle, WA, 98105, y el trabajo del ministro ambiental de la Cathedral of St.John the Divine en New York: 1047 Amsterdam Avenue, New York, NY, 10025.

7. Sigmund Freud, Beyond the Pleasure Principle, trad. James Strachey, New York: Bantam, 1959, p.70.

8. Sigmund Freud, Civilization and Its Discontents, traducción de James Strachey, New York: Norton, 1961, p. 14.

9. Informe en el Center Review, Center for Psychology and Social Change, una filial de la Harvard Medical School, otoño de 1990.

10. James Lovelock, Gaia: A New Look at Life on Earth, New York: Oxford University Press, 1979.

11. Theodore Roszak, The Voice of the Earth: An Exploration of Ecopsychology, New York: Touchstone, 1993.

12. Freud, Civilization and Its Discontents, p. 13.

Copyright © 1995 T. Roszak, M. E. Gomes y A. D. Kanner - Copyright © PanNature 2006


Última revisión Enero 11, 2006. Traducción de Paolo Catelan. Edición de Numa Pompilio Reinoso Larrea. El material publicado en PanNatura está protegido por la Ley de Derechos de Autores y Editores y © Fundación Sangay: El uso indiscriminado del mismo no está permitido, pero puede ser libremente circulado para fines personales, educacionales y no comerciales. PanNatura y Fundación Sangay son marcas y logos registrados. © PanNatura 2006. © Fundación Sangay 2006.


Original title, ``Where Psyche Meets Gaia''. From ECOPSYCHOLOGY by Theodore Roszak, Mary E. Gomes, and Allen D. Kanner (eds.), Sierra Club, San Francisco, 1995. Copyright © 1995 Theodore Roszak, Mary E. Gomes, y Allen D. Kanner. Translated and reprinted by arrangement with Ted Roszak: Our deepest gratitude to Him.


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