Lo Personal y lo Planetario
Cuando pensamos en el ambientalismo, nos viene a la mente un
movimiento vasto y planetario, dedicado a asuntos sociales y
económicos imponderablemente complejos, a la escala más grande
concebible. El movimiento ambientalista mantiene su lugar en la
historia como la más grande causa política jamás emprendida por la
raza humana. Nos involucra a todos, porque no existe una sola persona
con la que el movimiento pueda permitirse no hablar. Su
circunscripción, incluso, supera los límites de nuestra especie, para
abarcar la flora y la fauna, los ríos y las montañas. Cada vez que
considero un asunto ambiental, me encuentro intensamente consciente de
que otros ojos, no humanos, me están observando: las criaturas
nuestras compañeras están mirando, esperando que sus desconcertantes
primos humanos vean el error de sus costumbres.
Por otro lado, cuando pensamos en la
psicoterapia, pensamos en las relaciones humanas a una escala más
pequeña y personal: de uno a otro, o en grupos íntimos. La terapia es
privada e introspectiva; se dedica a la vida oculta - miedos, deseos,
secretos de culpa sepultados quizá demasiado profundamente para ser
conocidos incluso por el individuo.
¿Qué pueden tener posiblemente en
común estos dos niveles de actividad cultural? ¿Qué relación puede
existir entre lo personal y lo planetario?
De pronto, un pensamiento viene a la
mente: la escala en la cual el ambientalismo y la terapia son
ejercidos diverge radicalmente de la ocupación política
tradicional. Ni los problemas ecológicos ni los psicoterapéuticos
pueden ser resueltos por completo, si en realidad lo son, dentro de
los límites defendidos por la nación-estado, el área de libre
comercio, la alianza militar, o la corporación multinacional. El uno
trasciende incluso la más grande de estas estructuras humanas
torpemente improvisadas; el otro elude sus insensibles
conocimientos. Quizá, éste es en sí un hecho ecológico de la más
grande importancia. Estamos viviendo en un tiempo cuando la Tierra y
la especie humana parecen estar pidiendo a gritos un reajuste radical
en la escala de nuestro pensamiento político. ¿Es posible, en este
sentido, que lo personal y lo planetario estén señalando la vía hacia
alguna nueva base para la economía sostenible y la vida emocional, una
sociedad con una ciudadanía ambientalmente benigna que pueda aliar lo
intimamente emocional y lo infinitamente biosférico?
Hasta hace apenas unos pocos años,
posibilidades como ésta habrían pasado desapercibidas por los
ambientalistas y los terapeutas. El movimiento ambientalista estaba
ocupado en su trabajo de organizar, educar y agitar con poca
consideración de las frágiles complejidades psicológicas del público,
cuyos corazones y mentes buscaba ganarse. Tan intensamente conscientes
de la complejidad del hábitat natural como los ambientalistas pueden
ser, cuando se trataba del comportamiento humano su imagen guía era
extremadamente simplista. Operaban desde un estrecho margen de
estrategias y motivaciones: las estadísticas del desastre inminente,
la coactiva fuerza emocional del miedo y del sentido de culpa. Como
locutor y escritor ambientalista, sé cuán facilmente uno es tentado
por tácticas de espanto y trampas del sentido de culpa; vienen a la
mano tan convenientemente. Después de todo, en nuestros hábitos
ambientales, hay mucho por lo cual tener miedo y mucho por qué
sentirse avergonzados. Aunque muchos ambientalistas actúan en base a
un apasionado júbilo por la magnificencia de las cosas salvajes, pocos
excepto los artistas - los fotógrafos, los cineastas, los paisajistas
y los poetas - se dirigen al público con la convicción de que se puede
confiar en los seres humanos cuando se comportan como si fueran los
niños del planeta viviente.
En cuanto a psicólogos y terapeutas,
su comprensión de la cordura humana se ha detenido siempre ante los
límites urbanos. La creación del intelecto urbano, y destinada a curar
la angustia urbana, la psicoterapia moderna nunca fue considerada
adecuada más allá de la familia y la sociedad para tratar el hábitat
no humano que envuelve tan masivamente la diminuta isla psíquica que
Freud llamó ``la civilización y sus descontentos.'' Por ejemplo, en
Diagnostic and Statistical Manual, el listado canónico de la
Asociación Psiquiátrica Norteamericana de todas las formas de neurosis
por las que puede pasarse la cuenta a una compañía de seguros y que un
tribunal aceptaría como fidedigno, la condición de la naturaleza es
mencionada una sola vez; puede encontrarse medio escondida como
``desorden afectivo estacional,'' un cambio depressivo en el humor
ocasionado por un clima lúgubre - a menos que, más bien, la depresión
no esté correlacionada con el desempleo estacional. El factor
económico asume entonces preferencia respecto al fenómeno
natural.[1]
En la actualidad, hay señales de que
esto está comenzando a cambiar a partir de ambas direcciones. Una
nueva generación de psicoterapeutas está buscando maneras en las que
la psicología profesional pueda jugar un papel en la crisis ambiental
de nuestro tiempo. Una indicación de ese cambio es este libro
[ECOPSYCHOLOGY, Theodore Roszak, Mary E. Gomes, and Allen D. Kanner
(eds.), Sierra Club, San Francisco, 1995.] En él el lector podrá
encontrar una muestra del pensamiento de unos psicoterapeutas
ambientalmente conscientes, y un informe de las técnicas que ellos
están innovando, en un volumen comisionado por la editorial
ambientalista más importante de este país [EEUU]. Además, en él el
lector podrá encontrar el trabajo de los ambientalistas que
manifiestan una sana curiosidad acerca de su necesidad de encontrar
una psicología más sostenible, que apelará a motivaciones afirmativas
y al amor por la naturaleza. Es una preocupación oportuna; hay una
urgente necesidad de tratar la cantidad de ira, rechazo y agotamiento
emocional que existe en el movimiento. Recientemente, en una carta
privada, el activista australiano John Seed comentaba todo esto de la
manera siguiente:
Es obvio para mí que los bosques no puedan ser salvados uno a la
vez, ni que el planeta pueda ser salvado el planeta con un asunto a la
vez: sin una profunda revolución en la consciencia humana, todos los
bosques pronto desaparecerán. En este punto, parece que la
clave sea el que los psicólogos al servicio de la Tierra ayuden a los
ecologistas a ganar una comprensión más profunda de cómo facilitar un
cambio profundo en el corazón y la mente humana.
Asimismo, al advertir de la cuota
emocional que resulta de una exclusiva dependencia de echar la culpa y
humillar, Dave Foreman, uno de los ``eco-guerreros'' líderes del país,
sabiamente recuerda a sus colegas que el objetivo más grande de todo
lo que hacen es ``abrir nuestras almas para amar este glorioso y
exuberante planeta animado.'' Olvidar aquello, advierte, es ``hacer
daño a nuestra salud mental personal.''[2]
Biofilia y Ecopsicología
Hay otra significativa corriente de cambio que amerita ser
mencionada. Los biólogos han comenzado a poner atención en el aspecto
psicológico de la evolución humana. En un trabajo reciente, el zoólogo
de Harvard E.O. Wilson ha planteado la posibilidad de que los humanos
posean una capacidad llamada ``biofilia,'' definida como ``la innata
afiliación emocional de los seres humanos para los demás organismos
vivos.''[3] Él la considera una importante fuerza que trabaja en
defensa de la biodiversidad amenazada del planeta. Incluso un estudio
impresionista del folklore, de los cuentos y de la vida religiosa de
los pueblos indígenas ciertamente respaldaría mucho esta idea. Los
colegas de Wilson han sido rápidos en sugerir que la influencia de la
biofilia podría ser perturbada en cierto grado por una igualmente
innata ``biofobia,'' sin embargo, desde el punto de vista del
psicólogo, nuestro amor y nuestro temor por la naturaleza son ambas
emociones; ambas ameritan ser estudiadas. Y ambas, a medida que
podrían traducirse en devoción, respeto, preocupación, o
sobrecogimiento, pueden ser usadas para reconstruir nuestros
desgastados lazos con el ambiente natural. Aquellos de nosotros que se
sienten atrapados en una sociedad industral urbana cada vez más
ecocida, necesitan toda la ayuda que pueden encontrar para superar
nuestra alienación del mundo trans-humano del cual dependemos por cada
aliento que respiramos. ¿Existe, en efecto, una medida más urgente de
nuestra alienación que el hecho que nos toca hablar acerca de nuestra
continuidad emocional con aquel mundo como si fuera nada más que una
``hipótesis''? Sin embargo, en la forma de una hipótesis, la biofilia
al menos ha comenzado a generar cierta clase de investigación del
comportamiento que recibe aprobación en el mundo académico como prueba
científica. En un sentido, la ecopsicología podría ser vista como un
compromiso por parte de los psicólogos y los terapeutas con la
esperanza de que la hipótesis de la biofilia sea comprobada y así se
convierta en una parte integral de lo que consideramos que debe ser la
salud mental.
``Ecopsicología'' es el término usado
más a menudo para esta síntesis emergente de lo psicológico (que
abarca lo psicoterapéutico y lo psiquiátrico) y lo ecológico. Muchos
otros términos han sido propuestos: psicoecología, ecoterapia, terapia
global, terapia verde, terapia centrada en la Tierra,
reearthing, psicoterapia basada en la naturaleza, orientación
shamánica, incluso terapia nemorosa. Estos neologismos nunca suenan
eufónicos; tampoco, en ese sentido, lo era ``psicoanálisis'' en sus
días. Sin embargo, cualquiera sea el nombre, la suposición subyaciente
es la misma: la ecología necesita de la psicología, la psicología
necesita de la ecología. El contexto para definir la sensatez en
nuestro tiempo ha alcanzado una magnitud planetaria.
Al igual que todas la formas de
psicología, la ecopsicología se ocupa de los fundamentos del
comportamiento y de la naturaleza humana. A diferencia de otras
escuelas de psicología de corriente principal que se limitan a los
mecanismos intrapsíquicos o a un estrecho ámbito social que puede no
mirar más allá de la familia, la ecopsicología procede de la
presunción de que a su nivel más profundo la psique permanece
sensiblemente vinculada a la Tierra que nos trajo a la vida. La
ecopsicología sugiere que podemos interpretar nuestras transacciones
con el ambiente natural - el modo en que usamos o abusamos el planeta
- como proyecciones de deseos y necesidades subconscientes, muy
parecida a la forma con la que podemos interpretar sueños y
alucinaciones para aprender acerca de nuestros afanes, miedos y odios
profundos. De hecho, nuestra deseosa y obstinada impronta sobre el
ambiente natural puede revelar nuestro estado colectivo del alma más
eficazmente que los sueños de los que nos despertamos y deshacemos,
sabiendo que no son reales. Mucho más trascendentales son los sueños
que llevamos con nosotros exteriormente en el mundo todos los días y
que, con fuerza maníaca, nos empeñamos en volver ``reales'' - en acero
y cemento, en carne y sangre, con los recursos arrancados de la
sustancia del planeta. Precisamente porque hemos adquirido el poder
de aplicar nuestra voluntad sobre el ambiente, el planeta se ha
tornado como esa pantalla psiquiátrica en blanco sobre la cual el
subconsciente neurótico proyecta sus fantasías. Los desperdicios
tóxicos, el agotamiento de los recursos, la aniquilación de las
especies compañeras nuestras; todos aquellos nos hablan, si
quisieramos escuchar, de nuestro profundo ser. Entonces, James Hillman
nos ha exhortado a llevar ``asbestos y aditivos en la comida, lluvia
ácida y tampones, insecticidas y fármacos, tubos de escape de auto y
edulcorantes, televisiones e iones'' dentro de la provincia del
análisis terapéutico. ``La psicología siempre potencia su consciencia
por medio de revelaciones patológicas, a través del submundo de
nuestra ansiedad. Nuestros temores ecológicos anuncian que las
cosas se encuentran donde el alma ahora rivendica atención
psicológica.''[4]
Aprender de la Psiquiatria de la Edad de Piedra
He estado llamando ``nueva'' a la ecopsicología, pero de hecho sus
raices son suficientemente antiguas como para llamarse aborígenes.
Hace mucho tiempo, toda la psicología era ``ecopsicología.'' Ninguna
palabra especial era necesaria. Los curanderos más antiguos del mundo,
la gente que nuestra sociedad una vez llamaba ``hechiceros,'' no
conocían otra manera de curar que el trabajo dentro del contexto de
reciprocidad ambiental. Algunos son rápidos en ver elementos de
sentimentalismo o romanticismo en nuestra creciente apreciación de las
ecologías sagradas que guían a las sociedades tradicionales. Esto está
equivocado. No hay nada de ``místico'' o ``trascendente'' acerca del
tema de cómo podríamos entender estas palabras. Es sentido común
casero que los seres humanos deban vivir en un estado de respetuoso
dá-y-toma con la flora y la fauna, los ríos y las colinas, el cielo y
el suelo de los cuales dependemos para el sustento físico y la
instrucción práctica.[5] ``El país sabe,'' advierte un anciano
Koyukon. ``Si se le hace daño, todo el país lo sabe. Él siente lo que
le está ocurriendo. Me imagino que todo está conectado entre sí, de
alguna manera, bajo tierra.''
Reconocemos nuestra persistente
conexión con aquel estadio anterior de la práctica psicoterapeuta cada
vez que nos referimos con ligereza a los psiquiatras como
``loqueros.'' Reconocemos que nuestra ciencia psiquiátrica,
supuestamente iluminada, contiene una buena cantidad de supercherías.
Pero, ¿no podría también darse el caso de que algo valioso pueda
encontrarse en la práctica, supuestamente supersticiosa, de los
hechiceros? El antropólogo Marshall Sahlins una vez estudió las
culturas de los cazadores y recolectores sobrevivientes con la idea de
reconstruir una ``economía de la Edad de Piedra.'' ¿Existe una
``psiquiatría de la Edad de Piedra'' en espera de ser explotada para
comprensiones igualmente heurísticas?
Propongo este punto con la plena y
preocupada conciencia de que hay entusiastas ``New Age'' no invitados
que ya están plagiando y gratuitamente pidiendo prestados vestigios de
culturas tradicionales y aborígenes, a menudo con poco estudio o poca
preparación respetuosa. En este libro, hemos intentado aclarar que los
ecopsicólogos son altamente conocedores de cuán difícil será llenar la
brecha entre la sociedad dominante y las sobrevivientes culturas
primarias del mundo, a menudo frágiles y marginales. Al generalizar
acerca de la cordura y de la locura del mundo moderno, los
ecopsicólogos han aprendido a usar la palabra ``nosotros'' con suma
discriminación. Ellos reconocen que el ``nosotros'' que gobierna al
mundo industrial está fisicamente separado del ``nosotros'' que
resiste en los bosques lluviosos, en los interiores y en las reservas
por una distancia que debe calcularse en años luz. Y la unidad de la
medida es el poder: riqueza, propiedad, fuerza bruta, medios de
comunicación, control administrativo.
Incluso lejos de asuntos de justicia,
algunos verán un inmediato obstáculo psicológico para tal diálogo
entre lo tradicional y lo moderno. Tiene que ver con las contrastantes
visiones del mundo que dividen a la psicoterapia de la sociedad
industrial de los originales reductores de cabezas. La suya era una
visión animística del mundo, una sensibilidad que la doctrina
judío-cristiana y la objetividad científica han censurado. En nuestra
cultura, el prestar atención para ver si oímos las voces de la Tierra
como si el mundo no humano sintiera, oyera, hablara, para la mayoría
de la gente parecería la esencia de la locura. ¿Es posible que, al
reafirmar aquella misma concepción de la locura, la psicoterapia
podría estar defendiendo la más profunda de todas nuestras
represiones, la forma de mutilación psíquica que es más crucial para
el avance de la civilización industrial, precisamente, la asunción de
que la tierra es una cosa muerta y servil que no tiene sentimiento, ni
memoria, ni intención propia? Con la plena autoridad de la ciencia
moderna, la cordura tradicional nos impide usar la psiquiatría de la
Edad de Piedra como recurso terapéutico. Aquellos que creen que
esta condición puede ser fácilmente remediada, digamos pasando unas
horas en una sweat lodge, simplemente no están en contacto con las
verdaderas dimensiones de su propia alienación.
Sin embargo la historia, espejo de
nuestras necesidades y aspiraciones que se desdoblan, posee su propia
forma con las ortodoxias más tenazmente arraigadas. Incluso en una
cultura dominante, la religión y la ciencia están sometidas a esa
suerte de importante transformación que hemos llegado a llamar un
cambio de paradigmas. En las actuales iglesias cristianas de corriente
principal, se encuentran ministerios ambientales que están fomentando
una discusión activa de administración planetaria y espiritualidad de
la creación; algunos incluso buscan enmendar el prejuicio, contraído
hace mucho tiempo, en contra de la cultura ``pagana'' y su
perspicacia. Un nuevo movimiento de Tierra y de Espíritu está
explorando la posibilidad de una biofilia basada en la religión.[6]
Mientras tanto, al menos a lo largo
de los márgenes de la ciencia moderna, somos testigos del nacimiento
de una nueva cosmología fundada en una visión cada vez más profunda de
la ordenada complejidad que hay en la Tierra y más allá, en el
universo. Los científicos pueden seguir permaneciendo reluctantes a
deletrear las implicaciones filosóficas de esta cosmovisión emergente,
sin embargo las peculiaridades de los nuevos cosmos se están tornando
inequívocamente claros: para nosotros, ya no es más un asunto de
necesidad científica el considerarnos como ``foráneos y temorosos en
un mundo que jamás hemos creado.'' Ahora sabemos que la tabla
periódica de los elementos, mientras progresa de lo liviano a lo
pesado, de lo simple a lo complejo, es el idioma de nuestra
autobiografía colectiva en evolución. Es, por derecho propio, una
historia de la creación. El hidrógeno, como dijo un astrónomo, es
``una gas liviano, inodoro, que, si se le da un tiempo suficiente, se
torna en personas.''
La Visión de un Universo Ecológico
En contraste con el materialismo atomístico de la física del siglo
XIX, la ecología es el estudio de las conexiones. Comenzó su historia
intelectual como el estudio holístico de las miríadas de nichos y
ranuras donde se dió la vida en este planeta, pero su destino debía
revelarse mucho más grande. Debía finalmente llegar a ver la Tierra
entera como un notable ``nicho'' cósmico intrincadamente conectado con
la gran jerarquía de sistemas que llamamos ``el universo.'' A medida
que la naturaleza a nuestro alrededor se manifiesta para revelarnos
nivel tras nivel de complejidad estructurada, estamos por enterarnos
que habitamos en un universo ecológico densamente conectado en el que
nada es ``no más'' que una cosa sencilla, desconectada o
aislada. Tampoco nada es accidental. La vida y la mente, un tiempo
consideradas como excepciones anómalas de la ley de entropía, están
enraizadas, por sus estructuras fisioquímicas, hasta las remotas
condiciones iniciales que siguieron al Big Bang.
Ahora sabemos que la sustancia
elemental de la que somos hechos fue forjada en el núcleo ardiente de
las estrellas antiguas. En un sentido muy real, la red de vida del
ecologista ahora se extiende hasta abrazar las galaxias más
distantes. Esta magnífica cosmología nos ha llevado hasta el más
grande de los momentos decisivos en nuestra comprensión del lugar
humano en la naturaleza, desde cuando nuestros antepasados miraron por
primera vez hacia el cielo para cavilar sobre las estrellas que giran.
Podría aún convertirse en nuestra versión, más analítica, más fría,
del mundo animista, a partir del cual nuestros antepasados alimentaban
su sentido de compañerismo con todo lo más-que-humano. Por cierto,
incluso la mente más rigurosamente escéptica debe ser duramente
presionada para escapar de lo maravilloso de aquella posibilidad.
Desarrollos como éstos nos llevan muy
lejos de la forma en la cual los fundadores de la ciencia y
psiquiatría modernas veían la condición humana. Viene al caso que la
teoría psiquiátrica moderna se creó con la intención inquebrantable de
ser ``científica'' en un era cuando el modelo científico dominante del
universo no permitía un lugar natural para la psíque humana. Para
Sigmund Freud, un materialista típicamente doctrinario, vida y mente
eran eventos extraños en un vacío infinito y ajeno que estaba
tiránicamente regulado por la segunda ley de la termodinámica. En un
cosmos así, la muerte era más ``natural'' que la vida.
Los atributos de la vida [argumentaba Freud] fueron, en un dado
momento, evocados en la materia inanimada por la acción de una fuerza
de cuya naturaleza no podemos formarnos una concepción....La tensión
que entonces surgió, en lo que había sido hasta el momento una
sustancia inanimada, se empeñó en la autoaniquilación. De esta manera,
surgió el primer instincto: el instincto de regresar al estado
inanimado.[7]
Al final del siglo [XIX], cuando
los fundamentos de la psiquiatría moderna fueron establecidos, la
recién descubierta ley de entropía había alcanzado una categoría de
culto como respuesta final al enigma del universo. Para muchos
intelectuales fin de siècle, el sino termodinámico se convirtió
en la prueba irrefutable de lo fútil de la vida. La conciencia humana
era un accidente transiente destinado a la aniquilación; en última
instancia, cada proceso químico en el universo sucumbiría a la gran
``muerte térmica'' final. Después de eso, por toda la eternidad, nada
existiría, nada, absolutamente nada, excepto el espacio inmesurable e
inútil, escasamente diseminado de las cenizas errantes de las
estrellas hace mucho extintas. Firmemente bajo el hechizo de la
inexorable segunda ley, los humanistas de inicios del siglo XX no
podían ver para la vida ningún destino mejor que la extinción
misericordiosa.
Me doy perfectamente cuenta de que
hay muy poco en el legado del pensamiento de Freud que no haya sido
revisado o vilipendiado, repudiado o desmontado. Durante el pasado
siglo [XIX], han surgido muchas escuelas de pensamiento psicológico y
terapéutico, como desafío a las antiguas ortodoxias psicoanalíticas.
Pero algo sobrevive de Freud, significativamente, aunque
subliminalmente. Su decisión - y la de los behavioristas de sus días -
de modelar el estudio de la mente humana sobre la postura objetiva de
las ciencias ``duras'', ha dejado una impronta duradera en la teoría
psicológica de corriente principal. Esa impronta permanece, aunque se
base en un paradigma científico que ahora es tan anticuado como lo son
muchas de las ideas de Freud acerca de la historia, la antropología y
la sociología.
Freud, por tanto, provee una línea de
fondo instructiva para medir cuán lejos hemos viajado desde aquella
era de ciencia pre-ecológica. Por ejemplo, en su trabajo no existe
rastro alguno de que la evolución se desarrolle como una serie
escalonada de ecosistemas, o del rol que la vida en sí pueda jugar en
orquestar la complejidad de aquellos patrones apoyándose mutuamente.
En cambio, lo que tenemos es el estado de la naturaleza presentado
como una arena ``naturalmente'' sin vida, en la que una lucha sin
sentido y cruda por la existencia se auto-interpreta, y en donde la
belleza, nobilidad y cooperación no están en ninguna parte. Thanatos
[La Muerte, ndt], el más conservador de los instinctos, se encuentra
en el fundamento de la psique, convocando a la conciencia para que
regrese a la paz del ``estado inanimado.'' Freud no estaba solo en ver
al mundo de ese modo. Salidos de un compromiso mal guiado con una
suerte de ateismo aldeano sin dioses, las mentes más finas del
comienzo del siglo XX suscribieron la misma funesta visión.
Los Límites del Ser
La ciencia preecológica del tiempo de Freud que se arraigó en el
pensamiento psicológico moderno prefería los filos duros, los bordes
claros y la particularidad atomística. Se predicaba con la asombrosa
suposición que, en el curso de la eternidad, la estructura del
universo simplemente había encontrado su sitio por accidente.
Consecuentemente, la psiquiatría de inicios del siglo XX basaba su
imagen de cordura en aquel modelo. El ego que funcionaba normalmente
era un átomo aislado de conciencia autocontempltiva, sin ninguna
continuidad relacional con el mundo físico a su alrederor. Aún en los
años 30, mucho después de que la cosmovisión newtoniana había sido
modificada significativamente y el mismo concepto de materia atómica
había sido radicalmente revisado, Freud, aún una autoridad respetada,
podía escribir en uno de sus artículos teóricos más influyentes:
Normalmente, no hay nada más cierto que el sentimiento de nuestro
ser, de nuestro propio ego. Este ego aparece como algo autónomo y
unitario, perfectamente deslindado de todo lo demás.... Uno llega a
aprender un procedimiento con el cual, por medio de una deliberada
dirección de las actividades sensoriales y una oportuna acción
muscular, puede diferenciar entre lo que es interno - lo que pertenece
al ego - y lo que es externo - lo que emana del mundo externo. De esta
manera uno da el primer paso hacia la introducción del principio de
realidad que dominará el futuro desarrollo.[8]
``Uno llega a aprender un
procedimiento....'' Son éstas unas de las palabras más fatídicas
jamás escritas por Freud. Todo ha cambiado en el pensamiento
psicológico de corriente principal, pero el rol que Freud asignó a la
psicoterapia, el de patrullar ``los linderos entre el ego y el mundo
externo,'' permaneció incuestionable en la psiquiatría de corriente
principal hasta la última generación. Además, su convicción de que el
``mundo externo'' comienza en la superficie de la epidermis sigue
siendo aceptado como sentido común en cada escuela importante de la
psicología moderna. El ``procedimiento'' que enseñamos a los niños
para ver el mundo de esta manera es la represión permisible de la
empatía cósmica, un entumecimiento psíquico que hemos catalogado como
``normal.'' Incluso las escuelas de psicoterapia tan separadas como la
psicología humanística podían solamente pensar en la
``autorrealización'' como en un importante avance hacia nada más que
una conciencia personal agudizada. En cuanto a los terapeutas
existencialistas, ellos estaban preparados para hacer de la alienación
del universo el núcleo mismo de nuestro ser auténtico.
Juntas, una psiquiatría supuestamente
``científica'' y una ciencia metafísicamente ingenua no tuvieron
dificultad en arrasar con cualquier conexíon práctica entre la
psicoterapia y el ambiente natural. ``La naturaleza,'' estaba
convencido Freud, ``está eternamente remota. Nos destruye - friamente,
cruelmente, implacablemente.''
¿Qué hace el terapeuta comprensivo
con ideas tan desalentadoras como éstas? Los clientes afligidos llegan
soportando las heridas de temores infantiles no resueltos y añoranzas,
inseguridad agotadora, ansiedades extenuantes. ¿Su médico, entonces,
los ahoga en el vacío existencial? Incluso Carl Jung, estudiante
heterodoxo de Freud, se mostró reacio a aprobar el reduccionismo
biomédico de su mentor cuando éste condujo a una conclusión tan
lúgubre. En búsqueda de una terapia que edificaba e inspiraba, Jung se
rehusó a sumarse a Freud en su entrega desconsolada a ``la
omnipotencia de la materia.'' Sin embargo, como consecuencia, pronto
se le ocurrió separarse cada vez más de la corriente principal
científica, hasta que quedó poco de naturaleza física en su
psicología. Al menos en su interpretación más prominente, el
inconsciente colectivo de Jung pertenece en su totalidad al reino
cultural; está lleno, no con las huellas de las bestias y las energías
vegetativas, sino con altos símbolos religiosos y arquetipos
etéreos. Es una concepción que más tiene que ver con Platón que con
Darwin.
Para Freud y la mayoría de sus
seguidores, el ``principio de realidad'' debía ser la realidad del
científico; era el mundo ``allá afuera'', como lo experimentaban los
físicos y los biólogos de cuyas sensibilidades idealmente objetivas
todo último rastro de enlace emocional, incluso con el propio cuerpo,
había sido purgado. Incluso así, a un punto de sus cavilaciones
teóricas, Freud admitió, con un estoicismo tristemente cándido que
coloreaba todo su pensamiento, que ``nuestro actual ego-sentimiento es
sólo un residuo reducido de un sentimiento mucho más inclusivo, de
hecho, que lo abarca todo, que correspondía a un enlace más íntimo
entre el ego y el mundo a su alrededor.''
Ahora ésta es una concesión
interesante. Podría ser vista como el orígen remoto de la
ecopsicología, definida como un rechazo para conformarse con ese
``residuo reducido.'' Más bien, la ecospicología es un esfuerzo para
salvar el ``enlace más íntimo entre el ego y el mundo a su alrededor''
como materia prima de un nuevo principio de realidad.
La Psicología como si Toda la Tierra Importara
En 1990, una conferencia titulada ``La Psicología como si Toda la
Tierra Importara'' fue organizada en el Center for Psychology and
Social Change en Harvard. Allá, una reunión de ecopsicólogos concluyó
que ``si el ser se expande hasta incluir al mundo natural, el
comportamiento que conduce a la destrucción de este mundo será
experimentado como auto-destrucción.'' En un artículo de la
conferencia, Walter Christie, jefe asistente de psiquiatria del Maine
Medical Center, observó,
La ilusión de la separación que creamos para poder pronunciar las
palabras ``Yo soy'' es parte de nuestro problema en el mundo
moderno. Siempre hemos sido mucho más parte de grandes patrones en el
globo de lo que nuestros egos atemorizados puedan tolerar saber....
Preservar la naturaleza es preservar la matriz a través de la cual
podemos experimentar nuestras almas y el alma del planeta Tierra.
Sarah Conn, una psicóloga clínica
de Cambridge que había ayudado a dar inicio a una forma de
``ecoterapia'', lo expresó más dramaticamente. Ella sostuvo que ``el
mundo está enfermo; necesita curarse; está hablando a través de
nosotros; y habla con más fuerza a través de los más sensibles de
nosotros.''[9]
El filósofo ambiental Paul Shepard ha
invocado esta misma psicología cuando habló acerca del ``ser con una
frontera permeable...constantemente haciendo uso de e influenciando a
sus entornos, cuya piel y comportamiento son zonas suaves en contacto
con el mundo en vez de excluirlo.... El pensamiento ecológico registra
un tipo de visión a través de las fronteras.''
En su esfuerzo por dignificar las
``zonas suaves'' de la psique como nuevo estándar de cordura, la
mayoría de los ecopsicólogos recurrió, en una u otra manera, a la
evocadora, aunque altamente controversial, hipótesis de Gaia.
Desarrollada por el bioquímico James Lovelock y la microbióloga Lynn
Margulis a mediados de los años 70, la hipótesis de Gaia comenzó su
carrera como una explicación bioquímica de la homeostatis de largo
plazo de la atmósfera planetaria. Lovelock y Margulis postularon que
el biota, los océanos, la atmósfera y los suelos constituyen un
sistema autorregulante que juega un papel activo en la preservación de
las condiciones que garantizan la supervivencia de la vida sobre la
Tierra. Si su teoría hubiese recibido un nombre científico
convencional (como Tendencia Universal Biocibernética de los Sistemas
o TUBS, como Lovelock sugerió una vez en tono de burla) podría haber
pasado rápida y discretamente a la literatura profesional como un
ejercicio especulativo ligeramente interesante. Pero Lovelock quería
algo más pintoresco. Impresionado por el hecho de que la biomasa, en
su autorregulación de largo plazo, muestra ``el comportamiento de un
organismo individual, incluso una criatura viva,'' él llamó a la
hipótesis ``Gaia,'' tomando prestado el nombre de la Madre Tierra de
la Grecia antigua.[10]
A la vez, el nombre otorgó a la idea
un asombroso atractivo popular, mucho más allá de lo que Lovelock y
Margulis habían querido. Su creación pronto se convirtió en un
importante punto de debate entre los Ecologistas Profundos, algunos de
los cuales lo interpretaron como una imperiosa declaración de la
conexión vital de todas las entidades vivientes. Mientras algunos
Ecologistas Profundos expresan preocupación por el hecho de que la
perspectiva global de la hipótesis - la imagen de la Tierra como un
organismo individual a la deriva en el espacio - podría debilitar una
experiencia sensual del lugar, otros encuentran en ella la base de una
ética biocéntrica cuasi-mística. Algunos ecofeministas han ido aún más
allá. Para ellos, Gaia representa la validación científica de una
legendaria ``cultura de la diosa'' cuando, hace mucho tiempo, las
cualidades más ecológicamente sensibles, que serían más tarde
asignadas a las mujeres, governaban la vida de ambos sexos.
En su búsqueda de un fundamento
teórico, la psicología no necesita ir tan lejos. Gaia, tomada
simplemente como una imagen dramática de la interdependencia
ecológica, podría ser vista como la herencia evolutiva que vincula
todas las entidades vivientes, en términos de genética y de conducta,
a la biosfera. Baste esto para revertir la cosmovisión científica y
toda la psicología que sobre ella se basa. En lugar de la inevitable
muerte térmica, tenemos la complejidad profundamente ordenada de los
sistemas naturales aguantando indefinidamente el agotamiento
entrópico. En lugar de la alienacion cósmica, tenemos la vida y la
mente tan cómodas en el universo como cualquier de los sinnúmeros
sistemas de los cuales evolucionaron. Más hipotéticamente, tenemos la
posibilidad de que la biosfera autorregulante ``hable'' por medio del
subconsciente humano, haciendo oir su voz incluso dentro del esquema
de la moderna cultura humana urbana.
En Búsqueda del Inconsciente Ecológico
Ésta es la línea de pensamiento que he proseguido, sugeriendo que un
``inconsciente ecológico'' está en el núcleo de la psique, para que
recurramos a él como a un recurso para reintegrarnos a la harmonía
ambiental.[11] La idea es especulativa, aunque no más que el
inconsciente colectivo de Jung, el trauma del nacimiento de Rank, la
madre pre-edípica de Winnicot, o las fantasias de Freud acerca de la
horda primaria. En ese sentido, incluso la descripción de los
behavioristas del cerebro como una ``máquina de carne'' no es mejor
que una tambaleante metáfora que oscurece más verdades de las que
aclara. La psicología, entendida como el estudio profundo de la
naturaleza humana, es inherentemente especulativa; no tiene
alternativa, excepto la de trabajar con presentimientos, conjeturas
inspiradas e intuición. Jamás puede ``probar,'' solo persuadir.
En psicología, las teorías se ven
mejor como compromisos para entender a la gente en ciertas
maneras. Sea que se acepte o se rechaze el concepto de un inconsciente
ecológico, la ecopsicología en cuanto constituye campo de
investigación se compromete a comprender a las personas como actores
en un escenario planetario, que dan forma y son formados por el
sistema biosférico. Incluso si aquel compromiso jamás calificara nada
más que como una hipótesis, puede lograr una significativa diferencia
política. Al asumir una profunda conexión duradera entre Psique y
Gaia, la ecopsicología podría producir una revaluación oportuna de la
estrategia política del movimiento ambientalista. Podría generar un
nuevo criterio, legalmente procesable y basado en lo ambiental, de
cordura mental que podría asumir prodigiosas implicaciones a nivel
legal y de formulación política. Sugerir con todo el peso de la
autoridad psicológica profesional el que las personas están vinculadas
emocionalmente a la Tierra marca un nuevo y poderoso significado en
nuestra comprensión de la ``cordura,'' un significado que incluso
podría alcanzar la misma fuerza legal y de formulación política que
hoy en día acompaña a los peligros físicos como los desperdicios
tóxicos.
Al mismo tiempo, el explorar las
dimensiones psicológicas de nuestra ecología planetaria también
proporcionaría a los ambientalistas un nuevo y compasivo rol por
jugarse, más allá de aquel de ``llorar a todo lo verde'' que espanta y
avergüenza al público. Los convertiría en aliados de la Tierra en un
proyecto noble y afirmativo: aquel de devolver la atribulada alma
humana a la harmonía y alegría que son las únicas bases sólidas para
un estándar de vida ambientalmente sostenible. Los convertiría en una
cura más que en un fastidio.
El tiempo está claramente maduro para
redactar una declaración de impacto psicológico para el movimiento
ambientalista. En su tarea de salvar la vida sobre la Tierra, ¿este
movimiento cree que no tiene más que provocar una resolución ética de
un pequeño grupo de activistas, agotados y cada vez más frustrados,
que sienten que deben asumir cada vez más control legislativo coactivo
sobre la conducta de la vida cotidiana? ¿Creemos que exista una
dimensión ecológica para la personalidad humana que es ``natural'' y
universal?
La ecopsicología sugiere que el
movimiento ambientalista posee otros medios a los cuales acudir a
parte de aquellos de traumatizar y avergonzar al público que quiere
conquistar. Cada movimiento político está basado en una visión de la
naturaleza humana. ¿Qué necesita la gente? ¿Qué los atemoriza? ¿Qué
quieren? ¿Qué los induce a hacer lo que hacen: la razón o la pasión,
el altruismo o el egoismo? Sobre todo, ¿Qué aman? La cuestión
de la motivación da el tono y la forma a la táctica de cada programa
político. Comenzamos de la presunción de que las personas son unos
brutos codiciosos, y el tono de todo lo que se diga será el de
desdén. Asumimos que las personas son unos estúpidos autodestructivos,
y las tácticas serán a lo mejor propensas a convertirse en
autoritarias, o dictatoriales en el peor de los casos. En cuanto a
aquellos que son el blanco de la presunción, en política la vergüenza
ha estado siempre entre las más impredecibles motivaciones; además,
fácilmente desliza hacia el resentimiento. Cuestionas todo el estilo
de vida de uno, y lo que estás propenso a provocar es rigidez
defensiva. Es psicología elemental que aquellos que desean cambiar al
mundo, y para bien, no deberían comenzar con humillar al público que
buscan persuadir, o con enfrentarlo con una tarea que parece
imposible.
La ecopsicología sostiene que existe
una inteligencia ecológica superior tan profundamente arraigada en los
fundamentos de la psique como lo son los instinctos sexuales y
agressivos que Freud allá encontró. O más bien, reformulando una
metáfora espacial obviamente inadecuada, la psique está arraigada
dentro de una inteligencia superior antiguamente conocida como
anima mundi, la psique de la Tierra misma que ha estado
alimentando la vida en el cosmos durante miles de millones de años por
medio del drama de una complejidad en aumento. El ``verdear de la
psicología'' comienza con asuntos tan familiares a todos nosotros como
la relación empática con el mundo natural que renace en cada niño y
que sobrevive en el trabajo de los poetas de la naturaleza y los
pintores paisajistas. Donde este sentido de identidad compartida es
experimentado como más a menudo lo experimentamos, de persona a
persona, lo llamamos ``amor.'' Sentido más friamente y vagamente entre
los humanos y los no-humanos, es (al menos) aquel vínculo comprensivo
que llamamos ``compasión.'' En cada caso, el resultado es lealtad
espontánea.
Déjenme volver una última vez al
viejo Papá Freud, quien, a pesar de todos sus fracasos, sigue siendo
uno de los talentos teóricos más brillantes que la moderna
psicoterapia haya producido. En su analisis, por lo demás inflexible,
de la vida interior, Freud al fin se sintió obligado a reconocer que
nuestro sentido infantil de unidad con el mundo juega un papel
importante en la vida adulta. De él, creía, surge el fuego del Eros:
la fuerza emocional que vincula el ser con otros. En sus sanas y
normales relaciones con el mundo de ``afuera,'' observó,
El ego parece mantener líneas de demarcación claras y
netas. Existe sólo un estado - hay que admitir un estado inusual, sin
embargo no uno que pueda ser estigmatizado como patalógico - en el que
no pasa esto. A la altura de estar enamorado, la frontera entre el ego
y el objeto amenaza con desvanecerse. Contra toda evidencia de los
sentidos, un hombre enamorado declara que ``yo'' y ``tú'' son uno, y
está listo a comportarse como si fuera un hecho.[12]
Al lenguaje de Freud le hace falta
la poesía que su entendimiento requiere, sin embargo su concesión
lleva un toque de honestidad persuasiva. Este es un tributo a la
sabiduría del corazón por parte de uno de los grandes filósofos
estóicos. Un hombre enamorado declara que ``yo'' y ``tú'' son uno,
y está listo a comportarse como si fuera un hecho.
Pero ahora expandimos ese
entendimiento; dejamos que supere a nuestras relaciones sociales,
hasta abarcar todo lo que hemos aprendido del intricado vínculo que
existe entre nosotros mismos y la biosfera que nos dió la
vida. Dejamos que el ``tú'' se convierta en la Tierra y en todas las
criaturas nuestras compañeras sobre la Tierra. Solamente seguimos
hacia donde la ciencia ecológica conduce en su esfuerzo honesto de
comprender la complejidad asombrosa que nos vincula a nuestro hábitat
planetario. En alguna parte dentro de esta visión emergente de la
totalidad biosférica se encuentra una nueva concepción de la psique,
basada en lo ecológico. Freud, que tanto tomó prestado de los poetas,
bien podía haber leído a un poeta más, en cuya imaginación el
inconsciente ecológico estaba tomando forma. Su nombre era Walt
Withman:
¿Álguien pidió ver el alma?
Que mire su propia forma y semblante, las personas, las
sustancias, las bestias, los árboles,
los ríos que corren, las rocas y las arenas.
REFERENCIAS
1. Las primeras ediciones del Diagnostic and Statistical
Manual incluían una referencia más al mundo no humano: zoofilia, o
tener relaciones sexuales con animales. El término más antiguo y más
pintoresco para esto era ``bestialidad,'' pero algo como violación de
animales podría haber sido mejor. Por extraño que parezca,
``zoofilia'' descarta la posibilidad de un estado ``normal'' que el
amor para los animales implica.
2. Dave Foreman, ``The New Conservation Movement,'' Wild
Earth, Verano 1991, 10-11.
3. E.O. Wilson y Stephen R. Kellert, eds., The Biophilia
Hypothesis, Washington, D.C.: Island Press/Shearwater Books,
1993.
4. James Hillman, The Thought of the Heart and the Soul of the
World, Dallas, Tex.: Spring Publications, 1981, p.111.
5. Para algunos estudios recientes de la sensibilidad ecológica de
las culturas tradicionales, véase David Suzuki y Peter Knudtson,
Wisdom of the Elders: Honoring Sacred Native Visions of Nature,
New York: Bantam, 1992; Jerry Mander, In the Absence of the Sacred:
The Failure of Technology and the Survival of the Indian Nations,
San Francisco: Sierra Club Books, 1991; Helena Norberg-Hodge,
Ancient Futures: Learning from Ladakh, San Francisco: Sierra
Club Books, 1991.
6. Véase, por ejemplo, la ``espiritualidad de la creación'' de
Matthew Fox, especialmente The Coming of the Cosmic Christ: The
Healing of the Mother Earth, Boston: Shambhala, 1988; Thomas
Berry, The Dream of the Earth, San Francisco: Sierra
Club Books, 1988; James A. Nash ofrece una muestra crítica de éstos y
otros esfuerzos para desarrollar una teología ambientalmente relevante
en Loving Nature: Ecological Integrity and Christian
Responsability, Nashville: Abingdon, 1991; Véase también la
revista Earth Letter, publicada por el Episcopalian Earth
Ministry of Seattle, 1305 NE 47th St., Seattle, WA, 98105, y el
trabajo del ministro ambiental de la Cathedral of St.John the Divine
en New York: 1047 Amsterdam Avenue, New York, NY, 10025.
7. Sigmund Freud, Beyond the Pleasure Principle,
trad. James Strachey, New York: Bantam, 1959, p.70.
8. Sigmund Freud, Civilization and Its Discontents,
traducción de James Strachey, New York: Norton, 1961, p. 14.
9. Informe en el Center Review, Center for Psychology and
Social Change, una filial de la Harvard Medical School, otoño de
1990.
10. James Lovelock, Gaia: A New Look at Life on Earth, New
York: Oxford University Press, 1979.
11. Theodore Roszak, The Voice of the Earth: An Exploration of
Ecopsychology, New York: Touchstone, 1993.
12. Freud, Civilization and Its Discontents, p. 13.
Copyright © 1995 T. Roszak, M. E. Gomes y A. D. Kanner - Copyright ©
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Última revisión Enero
11, 2006. Traducción de Paolo Catelan. Edición de Numa
Pompilio Reinoso Larrea. El material publicado en PanNatura
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Original title, ``Where Psyche Meets Gaia''. From
ECOPSYCHOLOGY by Theodore Roszak, Mary E. Gomes, and Allen
D. Kanner (eds.), Sierra Club, San Francisco, 1995. Copyright
© 1995 Theodore Roszak, Mary E. Gomes, y Allen
D. Kanner. Translated and reprinted by arrangement with Ted
Roszak: Our deepest gratitude to Him.
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