Los muros del metro de Tokyo solían estar empapelados de
afiches publicitarios. Las autoridades, conscientes de la escasez de
pulpa de madera, buscaron maneras de reducir este desperdicio de
papel. Rápidamente encontraron una ``solución ecológica'': instalaron
pantallas de video en las paredes y éstas bombardeaban continuamente a
los pasajeros con propagandas publicitarias - solucionado el problema
papel.
Esta anécdota ilustra un cierto
enfoque sobre la crisis ambiental que también estaba arraigado en la
mente de los delegados que bajaron a Rio de Janeiro para la ``Cumbre
de la Tierra'' (CNUMAD - Conferencia de las Naciones Unidas sobre
Medio Ambiente y Desarrollo), para reconciliar ``ambiente'' y
``desarrollo.'' Para poner el resultado de la CNUMAD en pocas
palabras: en Rio los gobiernos aceptaron reconocer la condición de
deterioro del medio ambiente, pero insistieron en expandir el
desarrollo. En efecto, la mayoría de las controversias surgieron de la
acalorada defensa del ``derecho al desarrollo'' por parte de algunos
grupos; en ese sentido, la resistencia de Malasia a la declaración de
las selvas o el intento de sabotaje a la convención sobre el clima por
parte de Arabia Saudita la seguía de cerca a la cortante aseveración
del Presidente Bush que el estilo de vida norteamericano no sería tema
de negociación en Rio. Probablemente no es exagerado decir que la
danza de la lluvia alrededor del ``desarrollo'' mantuvo unidos a los
grupos en conflicto, y ofreció un ritual común que los confortó de uno
u otro sacrificio hecho para la protección del medio ambiente. Al
final, la Declaración de Rio ceremoniosamente enfatizó lo sagrado que
es el ``desarrollo'' e invocó su importancia a cada ocasión en todo el
documento. Solamente luego que el ``derecho al desarrollo'' fue
consagrado, el documento procede a considerar ``las necesidades
ambientales y las relacionadas al desarrollo de las generaciones
presentes y futuras'' (Principio 3). De hecho, la Conferencia ONU en
Rio inauguró el ambientalismo como la condición más elevada del
desarrollismo.
La reafirmación de la centralidad del
``desarrollo'' en la discusión internacional sobre el medio ambiente,
por cierto, ayuda a asegurar la colaboración de los actores dominantes
en el gobierno, la economía y la ciencia, pero evita al mismo tiempo
la ruptura requerida para eliminar los multifacéticos peligros para el
futuro del género humano. Bloquea la percepción del aprieto ecológico
en la misma cosmovisión que estimula la dinámica perniciosa, y
facilita la acción sobre aquellas fuerzas - gobiernos, agencias y
corporaciones - que han sido ampliamente responsables del actual
estado de las cosas. Esto puede dar como resultado una autoderrota.
Después de todo, el discurso desarrollista está profundamente empapado
de certezas occidentales como progreso, crecimiento, integración de
mercado, consumo y necesidades universales, todas nociones que son
parte del problema, no de la solución. No hacen más que distraer la
atención de la urgencia del debate público acerca de nuestra relación
con la naturaleza, dado que imposibilitan la búsqueda de sociedades
que viven gentilmente dentro de sus medios, y de cambios sociales que
basan su inspiración sobre las ideas indígenas de una vida buena y
apropiada. La incapacidad de deshacerse de algunas de las certezas que
han dado forma a la era del desarrollo fue la más grande deficiencia
de Rio. La grande separación entre los entusiastas del desarrollo y
los disidentes del desarrollo estará a raíz de los futuros conflictos
acerca de la ecología global.
TRUMAN Y LO QUE VINO DESPUÉS
Las épocas surgen lentamente, pero la época del desarrollo fue
inaugurada a una cierta fecha y hora. El 20 de Enero de 1949, fue el
Presidente Harry Truman quien, en su charla de inauguración ante el
Congreso, con un llamado a su auditorio sobre las condiciones en los
países más pobres, los definió por primera vez ``regiones
subdesarrolladas.''[1] De pronto, se estableció un concepto
aparentemente indeleble, que embute la inmensa diversidad del Sur en
una única categoría - el subdesarrollo. Que Truman acuñara un nuevo
término no fue un asunto accidental, más bien la expresión precisa de
una visión del mundo; según él, todas las personas del mundo recorrían
el mismo camino, algunas más rápidamente, otras más lentamente, pero
todas en la misma dirección. Los países norteños, en particular los
Estados Unidos, mantenían la posición delantera, mientras veía al
resto del mundo - con su ingreso per capita absurdamente bajo -
rezagandose. Una imagen que las sociedades económicas del Norte
habían, cada vez más, madurado sobre sí mismas fue así proyectada
hacia el resto del mundo: el grado de civilización en un país es
indicado por el nivel de su producción. Partiendo de esa premisa,
Truman concibió al mundo como una arena económica en donde las
naciones compiten para una posición mejor en la escala del PIB. Sin
importar cuáles ideas inspiraban a kikuyus, peruanos o filipinos,
Truman los identificaba exclusivamente como luchadores cuya meta
histórica era participar en la carrera desarrollista y alcanzar a los
primeros corredores. Consecuentemente, el objetivo de la política
desarrollista era reunir todas las naciones en la arena y ponerlas en
la condición de participar en la carrera.
Convertir a las sociedades del sur en
competidores económicos no solamente requería inyecciones de capital y
transferencias tecnológicas, también requería una transformación
cultural, dado que muchos de los ``viejos estilos'' de vida se
revelaron ``obstaculos para el desarrollo.'' Los ideales y los
hábitos mentales, los patrones laborales y los modos del conocimiento,
las redes de lealtades y las normas de gobierno en que los pueblos del
sur estaban sumidos, típicamente no encajaban con el ethos de
una sociedad económica. En el intento de superar estas barreras para
el crecimiento, el tradicional tejido social fue a menudo diseccionado
y reensamblado siguiendo los modelos de los manuales de la
macroeconomía. Cierto es que el ``desarrollo'' tiene muchos efectos,
pero uno de los más insidiosos fue la disolución de las culturas que
no se constituían alrededor de la histeria de la acumulación. Así, el
Sur fue precipitado a una transformación que en el Norte se venía
dando desde hacía mucho tiempo: la subordinación gradual a la regla
económica de cada vez más aspectos de la vida social. En efecto, cada
vez que los expertos del desarrollo ponían sus ojos en un país, caían
víctimas de una miopía particular: no veían una sociedad que
posee una economía, sino más bien una sociedad que es
una economía. El resultado fue que acababan modernizando todo tipo de
institución, como el régimen laboral, la educación escolar, las leyes,
en favor de la productividad, degradando, a lo largo del proceso, el
estilo indígena de hacer las cosas. Pero, la transición a una sociedad
predominantemente económica implica un costo considerable: reduce la
capacidad de una sociedad de alcanzar el bienestar sin tener que
participar incondicionadamente en la carrera económica. El hecho de
que la ilimitada hegemonía del ``productivismo'' occidental ha vuelto
cada vez más imposible el tomar carreteras de salida del circuito
global limita peligrosamente el espacio de maniobra para los países en
tiempos de incertidumbre. También en este respecto, los países del
norte ofrecen un ejemplo ambiguo: han sido tan grandemente entrenados
en el productivismo que ya no son capaces de hacer nada más que correr
la carrera económica.
Luego de cuarenta años de desarrollo,
el estado de las cosas es lúgubre. La brecha entre los que llevan la
delantera y los rezagados no ha sido eliminada: al contrario, se ha
ampliado al punto de que se ha vuelto inconcebible eliminarla. La
aspiración de mantener el ritmo [de la carrera económica] ha acabado
en un error garrafal de proporciones planetarias. Los datos hablan por
sí mismos: durante los años 80, la aportación al PIB mundial por parte
de los países en vía de desarrollo (en donde viven los dos tercios de
la humanidad) se redujo al 15 por ciento, mientras que la fracción
aportada por parte de los países industrializados, que albergan el 20
por ciento de la población mundial, subió al 80 por ciento. Hay que
admitir que un análisis más detallado revela que el escenario no es
para nada homogéneo, pero ni los escaparates del sur-este asiático ni
los países productores de petróleo alteran el resultado que la carrera
desarrollista ha acabado en el caos. Esta verdad es más netamente
evidente si se considera el destino de las vastas mayorías de personas
que viven en la mayoría de los países sureños; en la actualidad viven
en una miseria más extrema que durante el tiempo de la
descolonización. Lo que se puede decir es que, a lo mejor, el
desarrollo ha producido una clase media global de individuos con
autos, cuentas bancarias, y aspiraciones profesionales. Está
constituida por la mayoría del norte y pequeñas élites del sur, y su
tamaño aproximadamente coincide con aquel 8 por ciento de la población
mundial que posee un auto. Las rivalidades internas de aquella clase
hacen bastante ruido en el mundo de la política, condenando al
silencio a la abrumadora mayoría de las personas. Al fin del
desarrollo, el problema de la justicia se yergue más grande que
nunca.
Un segundo resultado de la era del
desarrollo ha surgido dramaticamente a primera plana en los últimos
años: se ha vuelto evidente que el camino económico conduce a la
dirección equivocada. Mientras Truman todavía podía asumir que
indudablemente el norte lideraba la evolución social, en la actualidad
dicha hipótesis de superioridad ha sido completa y finalmente
destrozada por el aprieto ecológico.... La expansión económica ya ha
alcanzado sus límites biofísicos; el reconocimiento de lo finito que
es la Tierra es un golpe fatal a la idea de desarrollo conforme la
concibió Truman.
LOS AMBIGUOS LLAMADOS POR LA JUSTICIA
El proceso CNUMAD se desplegó frente a este escenario de cuarenta
años de historia de post-guerra. Como se sobreentiende en el título de
la Conferencia, cualquier consideración de ecología global tiene que
responder sea a la crisis de la justicia como a la crisis de la
naturaleza. Mientras la principal preocupación de los países norteños
era la naturaleza, el Sur, en el aprieto de la Conferencia, de alguna
manera logró enfatizar el problema de la justicia. De hecho, durante
los debates antecedentes a la CNUMAD, los espectadores atentos se
preguntaron si ya no lo habían visto todo antes. Las consignas, que
habían animado a las discusiones de los años 70 sobre el ``Nuevo Orden
Económico Internacional,'' siguieron manteniéndose a la vanguardia.
De repente, llamados para condiciones comerciales más favorables,
condonación de deudas, participación en los mercados norteños,
transferencia tecnológica y ayuda, ayuda y más ayuda, ahogaron la
discusión ecologista. En verdad, era difícil pasar por alto las
tendencias regresivas en la controversia que se desató. El Sur,
profundamente herido por las frustradas ilusiones desarrollistas,
pidió ulteriores rondas de desarrollo. En la Declaración de Pekín del
Grupo de los 77 de Junio de 1991, el punto ya era claro y rotundo:
Los problemas ambientales no pueden ser enfrentados separadamente;
tienen que ser relacionados con el proceso del desarrollo, manteniendo
las preocupacipones ecologistas en la línea de los imperativos del
crecimiento económico y del desarrollo. En este contexto, el derecho a
desarrollarse para los países en vía de desarrollo debe ser reconocido
plenamente.[2]
Luego de años de nerviosismo por parte del Sur al enfrentar las
preocupaciones ecologistas suscitadas por el Norte, el plan para Rio
se había puesto finalmente cada vez más interesante. Dado que el Norte
espera, a nivel global, un comportamiento ecológicamente benigno, el
Sur, aprovechando la oportunidad, descubrió las concesiones
ambientalistas como armas diplomáticas. Consecuentemente, el Sur
reiteró los pedidos insatisfechos de los años 70 y los contrapuso a
las imposiciones medioambientales del Norte....
En los documentos de Rio queda claro
que el Sur no tiene ninguna intención de abandonar el estilo de vida
occidental como su utópia implícita. Usando el lenguaje del
desarrollo, el Sur sigue suscribiendo la noción de que el Norte indica
el camino al resto del mundo. Una consecuencia es que, de todos modos,
el Sur es incapaz de sustraerse a la hegemonía cultural del Norte;
pues, el desarrollo sin hegemonía es como una carrera sin
dirección. Aparte de todas las presiones económicas, la adhesión al
``desarrollo'' pone al Sur, culturalmente y politícamente, en una
posición de debilidad estructural, que lleva a la absurda situación
mediante la cual el Norte puede presentarse como el proveedor benévolo
de soluciones a la crisis ecológica.
No hace falta decir que esta
constelación está en las manos de los países desarrollados. Con la
bendición del ``desarrollo,'' los fatalistas del crecimiento que
residen en el Norte están implicitamente justificados para liderar la
carrera económica. La impotencia cultural de los países
industrializados para reaccionar adecuadamente al aprieto ecológico se
convierte, de esta manera, en una virtud necesaria. Después de todo,
la preocupación principal de las élites norteñas es el seguir adelante
en la lucha competitiva entre Estados Unidos, Europa y Japón,
alcanzando a lo largo del camino una modernización ecológica de sus
economías. Se encuentran a años luz de el entender que la paz con la
naturaleza requiere, a la final, la paz en las guerras económicas;
consecuentemente, un país como Alemania, por decir, logra proponerse
como brillante ejemplo de ambientalismo, mientras al mismo tiempo
defiende políticas de libre comercio tan desastrosas desde un punto de
vista ecológico cómo el mercado común europeo o la reforma del
GATT. El hecho de que el ``desarrollo,'' esa carrera sin línea de
arribo, sigue siendo indiscutible, le permite al Norte continuar la
búsqueda incesante del poderío económico y del ultra-desarrollo, pues
la idea de una sociedad que se conforma con un cierto nivel de
capacidad técnica se vuelve impensable. De hecho, ciertas cuestiones
como límites a la construcción de carreteras, al transporte de alta
velocidad, a la concentración económica, a la producción de químicos,
a la ganadería de gran escala, etcétera, ni siquiera fueron
mencionadas en Rio.
Sin embargo, la nefasta alianza entre
los desarrollistas entusiastas del Sur y los fatalistas del
crecimiento del Norte, no solamente pone en peligro el medio ambiente,
también impide una mayor justicia en el mundo. Dado que en la mayoría
de los países, mientras el desarrollo ha beneficiado a minorías
relativamente pequeñas, éste lo ha hecho en detrimento de vastos
segmentos de la población. Durante la era desarrolista, se esperaba
que el crecimiento eliminaría la pobreza. Todo lo contrario, éste
condujo a la polarización social. En muchos casos y en el intento de
construir una economía moderna, fueron destruidas comunidades cuyo
sustento estaba garantizado. Las élites sureñas, sin embargo, a menudo
justifican su búsqueda absoluta del desarrollo a través de la ritual
alusión a la pobreza persistente, cultivando el dogma desgastado que
el crecimiento constituye el antídoto de la pobreza. Trabados en sus
intereses de poder y fijos en el estilo de vida del acomodado, eluden
la evidencia que para asegurar los medios de sustento es necesaria una
gestión cuidadosa del crecimiento. Sin embargo, la lección que se
aprende de cuarenta años de desarrollo puede resumirse rotundamente
así: la cuestión de la justicia debe ser separada de la perspectiva
del ``desarrollo.'' En efecto, la ecología y la pobreza invocan
límites al desarrollo. Sin este cambio de perspectiva, la lucha para
redistribuir poder y recursos entre Norte y Sur, que inevitablemente
se renueva cada vez que se toman en cuenta los vínculos
ambientalistas, puede reducirse solamente a lo que era en los años 70:
una pelea en el seno de la clase media global sobre cómo repartirse el
pastel.
LO FINITO DE LA TIERRA COMO PROBLEMA DE ADMINISTRACIÓN
El ``desarrollo'' es, sobre todo, una manera de pensar. No puede,
por lo tanto, ser identificado fácilmente como un programa o una
estrategia particular, sin embargo enlaza muchas prácticas y
aspiraciones distintas con un conjunto común de hipótesis....
A pesar de las señales alarmantes de
fracaso a lo largo de toda su historia, el síndrome del desarrollo ha
sobrevivido hasta hoy, aunque a precio de una senilidad en aumento.
Cuando en los años 50 se volvió claro que las inversiones no eran
suficientes, el ``desarrollo de los recursos humanos'' fue añadido al
paquete de ayuda; en los años 60, en la medida que se hacía evidente
que las dificultades permanecían, fue descubierto el ``desarrollo
social''; y en los años 90, como el empobrecimiento del campesinado ya
no podía ser más ignorado, el ``desarrollo rural'' fue incluido en el
arsenal de las estrategias desarrollistas. Y así por el estilo, con
ulteriores creaciones tipo ``desarrollo equitativo'' y el ``enfoque de
necesidades-básicas.'' Una y otra vez, se repitió la misma operación
conceptual: la degradación en la estela del desarrollo fue re-definida
como una falta que a su vez invocaba una nueva estrategia de
desarrollo. Desde el primer momento, la eficacia del ``desarrollo''
permaneció inmune a cualquier evidencia contraria, pero demostró un
notable capacidad de aguante; el concepto fue repetidamente estirado
hasta incluir la estrategia que infirió la herida y la estrategia
prevista como terapia. Esta fuerza del concepto, sin embargo, es al
mismo tiempo la razón de su galopante agotamiento; ya no manifiesta
ninguna reacción a las condiciones históricas que cambian. La trágica
grandeza del ``desarrollo'' consiste en su monumental vacuidad.
El ``desarrollo sostenible,'' que la
CNUMAD entronizó como la consigna reinante de los años 90, ha heredado
la fragilidad del ``desarrollo.'' El concepto emascula al reto
ecológico-ecologista absorbiéndolo en el cascarón vacío del
``desarrollo,'' e insinua la validez continuada de las suposiciones
desarrollistas incluso cuando se ven enfrentadas a una situación
histórica drásticamente diferente. Silent Spring [Primavera
Silenciosa] de Rachel Carson, el libro que dio origen al movimiento
ambientalista en 1962, informaba claramente que el desarrollo causaba
daños a las personas y a la naturaleza. Desde la ``Estrategia de
Conservación Mundial'' de 1980 y, más tarde, el Informe Brundtland, el
desarrollo llegó a ser considerado como la terapia para los daños
causados por el desarrollo. ¿Qué justifica este cambio?
Primero, en los años 70, bajo el
impacto de la crisis del petróleo, los gobiernos comenzaron a darse
cuenta que el crecimiento continuado no dependía solamente de la
formación de capitales o de un poderío humano técnicamente hábil, sino
también de la disponibilidad a largo plazo de recursos naturales. Los
alimentos destinados a la insaciable máquina de expansión [económica],
como petróleo, madera, minerales, suelos, materiales genéticos,
parecían estar disminuyendo; así aumentó la preocupación acerca de las
posibilidades de un crecimiento [económico] a largo plazo. Este fue un
cambio de perspectiva decisivo: no fue la salud de la naturaleza la
que se convirtió en el foco de la preocupación, sino más bien fue la
salud continua del desarrollo. En 1992, el Banco Mundial resumió el
nuevo consenso en una frase lacónica: ``¿Qué es sostenible? El
desarrollo sostenible es el desarrollo que dura.''[3] Obviamente, la
tarea de los expertos del desarrollo no sigue siendo la misma bajo
este imperativo, porque supuestamente el horizonte de sus decisiones
ahora se extiende en el tiempo, tomando en cuenta también el bienestar
de las futuras generaciones. Pero el contexto sigue siendo el mismo:
el ``desarrollo sostenible'' invoca la conservación del desarrollo, no
la conservación de la naturaleza.
Incluso adoptando una definición muy
rudimentaria de desarrollo, el sesgo antropocéntrico de la aseveración
viene a la mente; no es la preservación de la dignidad de la
naturaleza la que está en la agenda internacional, sino más bien la
extensión a la posteridad del utilitarismo homocéntrico. Es inútil
decir que esta operación conceptual ha suprimido la corriente
naturalista y biocéntrica del ambientalismo actual. Con el
``desarrollo'' nuevamente al mando, la visión acerca de la naturaleza
se modifica. La pregunta ahora es: ¿Cuáles son, y hasta qué punto son,
los ``servicios'' de la naturaleza indispensables para el desarrollo
futuro? O, diciéndolo al revés: ¿Cuáles ``servicios'' de la naturaleza
son prescindibles o pueden ser sustituidos, por ejemplo, por nuevos
materiales o la ingeniería genética? En otras palabras, la naturaleza
se convierte en una variable, si bien ciertamente crucial, del
desarrollo sostenible. No es ninguna sorpresa, entonces, que el
``capital natural'' ya se ha convertido en una noción de moda entre
los economistas ecológicos.[4]
Segundo, una nueva generación de
tecnologías post-industriales ha sugerido que el crecimiento no estaba
invariablemente relacionado con el despilfarro de más y más recursos,
como durante el tiempo de las economías pesadas, más bien podía
conseguirse a través de medios que explotaran los recursos de una
manera menos intensiva. Mientras en el pasado el objetivo de las
innovaciones era ampliamente el aumento del la productividad laboral,
ahora parecía posible que la inteligencia técnica y organizativa podía
concentrarse en el incremento de la productividad de la naturaleza. A
los ojos de los desarrollistas, los ``limites al crecimiento'' no
invocaban un abandono de la carrera, sino más bien una modificación de
la técnica competidora. Luego que ``ningún desarrollo sin
sostenibilidad'' había ganado popularidad, ``ninguna sostenibilidad
sin desarrollo'' también ganó reconocimiento.
Tercero, se había descubierto que la
degradación ambiental constituía una condición de pobreza de
dimensiones planetarias. Mientras anteriormente la imagen
desarrollista del ``pobre'' era caracterizada por falta de agua,
vivienda, salud y dinero, ahora los pobres son aquellos que sufren
también la falta de naturaleza. La pobreza ahora es ejemplificada por
las personas que se encuentran desesperadamente en búsqueda de leña, o
atrapados por cercenantes desiertos, o expulsados de sus tierras y
bosques, o forzados a aguantar espantosas condiciones sanitarias. Una
vez que se identifica a la falta de naturaleza como una causa de
pobreza, se deduce claramente que las agencias de desarrollo, puesto
que están en el negocio de la ``erradicación de la pobreza,'' tienen
que diversificarse en programas para el medio ambiente. Pero las
personas cuya supervivencia depende de la naturaleza no tienen otra
opción que explotar los últimos fragmentos que quedan de su
munificencia. Dado que la decadencia de la naturaleza es también una
consecuencia de la pobreza, los pobres del mundo de repente entraron
en la escena como agentes de destrucción ambiental. Mientras en los
años 70 el hombre industrial aún era considerado como la amenaza
principal para la naturaleza, durante los años 80 los ambientalistas
giraron la mirada hacia el Tercer Mundo, y señalaron la desaparición
de su bosques, suelos y animales. Con el cambio de foco, el
ambientalismo, parcialmente, asumió un color diferente; la crisis
ecológica ya no es percibida como el resultado de la acumulación de
riqueza para la clase media global del Norte y del Sur, sino más bien
como el resultado de la presencia humana sobre la tierra en
general. No importa si la naturaleza es consumida en nombre de
artículos de lujo o de la supervivencia, no importa si son los
poderosos o los marginalizados los que explotan la naturaleza, para la
creciente tribu de ecócratas todo es lo mismo. Y así podría darse que,
entre otras cosas, se organizó una ``Cumbre de la Tierra'' para
alcanzar decisiones que bien hubieran podido estar entre las
preocupaciones de la OECD - o incluso del G7.
La persistencia del ``desarrollo,''
los recién descubiertos potenciales de las trayectorias de crecimiento
que exploten los recursos de una manera menos intensiva, y el
descubrimiento de la humanidad en general como enemiga de la
naturaleza - estas nociones constituían los ingredientes conceptuales
para el tipo de pensamiento que recibió sus bendiciones diplomáticas
durante la CNUMAD: el mundo puede ser salvado por medio de más y mejor
administración. El mensaje, que es repetido ritualmente por muchos
políticos, industriales y científicos que recientemente han optado por
un traje verde, es el siguiente: nada debería ser (versión dogmática)
o puede ser (versión fatalista) hecho para cambiar la dirección que
las economías del mundo están tomando; los problemas que se presenten
a lo largo del camino pueden ser solucionados, si se asume el reto de
un manejo mejor y más sofisticado. Como resultado, la ecología,
anteriormente un llamado para nuevas virtudes públicas, se ha
convertido ahora en un llamado para nuevas habilidades ejecutivas. En
efecto, la Agenda 21, por ejemplo, rebosa de fórmulas tipo ``enfoque
integrado,'' ``uso racional,'' ``gestión responsable,''
``interiorización de costos,'' ``mejor información,'' ``aumento de
coordinación,'' ``predición a largo plazo,'' pero en gran medida (con
la excepción de algunas tímidas frases en el capítulo acaloradamente
debatido, ``Changing Consumption Patterns'' [Cambiando los Patrones de
Consumo]) falla en considerar cualquier reducción de los estándares
materiales de vida y cualquier intento de desacelerar la dinámica de
acumulación. En breve, las alternativas al desarrollo son condenadas
al ostracismo, las alternativas en el seno del desarrollo son
bienvenidas.
Sin embargo, fue un logro de la
CNUMAD haber invocado instrumentos ecológicos desde una tribuna
global, una apertura que dará un espaldarazo a la ingeniería
medioambiental en todo el mundo. Pero el precio de este logro es la
reducción del ambientalismo a un asunto administrativo. Porque la
tarea de la ecología global puede ser entendida de dos maneras: o es
un esfuerzo tecnocrático para mantener a flote el desarrollo a pesar
de los ventisqueros de la polución y del saqueo; o es un esfuerzo
cultural para deshacerse de la hegemonia de anticuados valores
occidentales y retirarse gradualmente de la carrera desarrollista.
Puede ser que estas dos maneras no sean exclusivas en detalle, pero
difieren profundamente en perspectiva. En el primer caso, la tarea
primordial es la administración de los límites biofísicos del
desarrollo. Todos los poderes de previsión deben ser invocados para
poder conducir el desarrollo a lo largo del borde del abismo,
inspeccionando, probando y maniobrando continuamente los límites
biofísicos. En el segundo caso, el reto consiste en estructurar los
límites políticos/culturales del desarrollo. Cada sociedad es invitada
a buscar modelos indígenas de prosperidad, que permita al curso de la
sociedad permanecer a una distancia desahogada del borde del abismo,
viviendo elegantemente dentro de un volume de producción estable o en
contracción. Es análogo a conducir un vehículo a gran velocidad hacia
un cañon, sea equipado de radar, monitores y una tripulación altamente
calificada, corregiendo su rumbo y maniobrándolo lo más audazmente
posible cerca del borde; o, reduciendo la velocidad, se lo aleja del
borde, y se lo conduce por aquí y por allá, sin prisas, y sin
demasiada atención en los mandos precisos. Demasiados ecologistas
globales - implicita o explicitamente - prefieren la primera
elección.
REGATEAR EL RESTO DE LA NATURALEZA
Hasta hace pocas décadas, algunas áreas de la biosfera aún
permanecían inalteradas por los efectos del crecimiento económico. Es
básicamente durante los últimos treinta años que los tentáculos del
productivismo se han cerrado sobre las últimas áreas vírgenes, sin
dejar intacta en la actualidad a ninguna parte de la biosfera. Muy a
menudo, el impacto humano crece hasta la agresión a plena escala,
destrozando las intricadas redes vitales. Desde tiempos inmemoriales,
la humanidad se defendió de la naturaleza, en la actualidad la
naturaleza tiene que ser defendida de la humanidad. En particular
peligro se encuentran los ``patrimonios globales comunes,'' la
Antárdida, los fondos oceánicos, los bosques tropicales, con muchas
especies amenazadas por el crecimiento voraz de la demanda de nuevos
recursos, mientras la atmósfera terrestre es sobrecargada de residuos
que el crecimiento deja atrás. Por aquella razón, los años 80 fueron
testigos de la aparición de la consciencia ecologista global,
expresada por muchas voces, todas deplorando las amenazas contra la
biosfera terrestre y la ofensa hacia las generaciones futuras. Se
invocó el deber colectivo de preservar el ``patrimonio común de la
humanidad,'' y el ``Cuidado de la Tierra''[5] se convirtió en un
imperativo que agitó los espíritus en todas las partes del mundo. El
respeto por la integridad de la naturaleza, independientemente de su
valor para el género humano, así como una adecuada consideración de
los derechos de los seres humanos, obligaba a que los patrimonios
[naturales] comunes fueran protegidos.
La diplomacia ambientalista
internacional, de todas maneras, persigue algo diferente. La retórica,
que adorna conferencias y convenciones, ritualmente invoca una nueva
ética, pero la realidad alrededor de las mesas de negociaciones
sugiere una lógica diferente. Allá, en su mayoría, uno ve diplomáticos
ocupadísimos en el juego familiar de acumular ventajas para sus
propios países, ansiosos de mostrarse más habilidosos que sus
opositores, confeccionando astutamente preocupaciones medioambientales
a medida de los intereses dictados por la posición económica de sus
naciones. Sus parámetros de acción son limitados por la necesidad de
expandir el espacio para el ``desarrollo'' de sus naciones; por lo
tanto, en sus manos, las preocupaciones medioambientales son usadas de
baza en la lucha de intereses. En ese sentido, el empuje de las
negociaciones durante la CNUMAD no fue diferente del empuje de
negociaciones anteriores acerca de la Ley del Mar, la Antártida, o el
Protocolo de Montreal sobre la reducción de los CFCs; y las
negociaciones venideras sobre el clima, la protección animal, o la
biodiversidad, dificilmente serán diferentes.
La novedad de Rio, si hubo una, no se
encuentra en los compromisos hacia una administración responsable y
colectiva de la naturaleza, sino más bien en el reconocimiento
internacional de la escasez de los recursos naturales para el
desarrollo. La fragilidad de la naturaleza llegó a ser enfocada,
porqué los servicios que ella ofrece como ``fuente'' o ``vertedero''
del crecimiento económico se han vuelto inadecuados; luego de siglos
de disponibilidad, la naturaleza ya no puede ser considerada como el
callado colaborador en el proceso de ``civilización técnica.'' En
otras palabras, la diplomacia medioambiental se ha dado cuenta de que
la naturaleza, en cuanto mina de recursos y contenedor de
desperdicios, es finita. Dado que el desarrollo es sin plazo definido,
la lógica subyacente a las negociaciones internacionales es
particularmente franca. Primero, los límites tienen que definirse a un
nivel que permita el máximo uso de la naturaleza en cuanto mina y
contenedor, justo hasta el umbral crítico, más allá del cual la
decadencia ecológica rápidamente se aceleraría. Aquí es donde los
científicos ganan la supremacía, puesto que tales límites pueden
establecerse solamente en base a ``evidencias científicas''; peleas
sin fin acerca del estado de conocimiento son entonces parte del
juego. Una vez que se haya superado el obstáculo, el segundo paso en
el proceso de regateo consiste en definir lo que adecuadamente le
corresponde a cada país en la utilización de la ``fuente'' o del
``vertedero'' en cuestión. Aquí la diplomacia encuentra una arena
nueva, y los clásicos medios de poder, persuasión y coima vienen muy
bien para poder maximizar la porción que le toca a cada país. Y,
finalmente, hay que planear los mecanismos para asegurar la
conformidad de todos los grupos con las normas establecidas por el
tratado, un esfuerzo que implica el monitoreo internacional y las
instituciones de seguridad. Lejos de ``proteger a la Tierra,'' la
diplomacia medioambiental que trabaja en un marco desarrollista no
puede que concentrar sus esfuerzos en el racionamiento de lo que queda
de la naturaleza. Su efecto no deliberado será normalizar, no
eliminar, el abuso y la polución globales de la naturaleza.
Cuatro líneas principales de
conflicto se abren camino a través del paisaje de la diplomacia
medioambiental internacional, que incluyen: derechos para ulteriores
explotaciones de la naturaleza; derechos a la contaminación; derechos
a la compensación; y sobretodo conflictos sobre las
responsabilidades. En las discusiones de la CNUMAD acerca de la
convención sobre la biodiversidad, por ejemplo, los derechos para
ulteriores explotaciones de la naturaleza se mantuvieron al centro de
la escena. ¿Quién tiene derecho a acceder a los - cada vez más
limitados - recursos genéticos del mundo? ¿Las naciones-estados pueden
ejercer sobre ellos su soberanía o hay que considerarlos como
``patrimonio global común''? ¿A quién se le permite sacar provecho del
uso de la diversidad genética? Países ricos en biomasa, pero pobres
en capacidad industrial, se encontraban de esta forma contrapuestos a
los países ricos en poderío industrial, pero pobres en
biomasa. Asuntos similares surgen respecto al problema de la madera
tropical, la minería en los fondos oceánicos, o los animales
salvajes. Con respecto a la convención sobre el clima, por otra parte,
los esfuerzos diplomáticos estaban dirigidos a la optimización de los
derechos a la contaminación durante varios periodos de tiempo. Los
países productores de petróleo no estaban contentos acerca de
cualquier tope para las emisiones de CO2, mientras que las pequeñas
naciones isleñas, comprensiblemente, esperaban límites lo más
estrictamente posibles. Además, más economías dependían de una base de
combustibles baratos, menos sus respectivos representantes se
inclinaban en ser firmes sobre el CO2: los Estados Unidos al frente,
seguidos por los grandes países recién industrializados, mientras
Europa y Japón podían permitirse instar a límites más estrictos.... Ya
que los límites biofísicos para el desarrollo se vuelven visibles, la
hola del post-guerra se invierte: las negociaciones multilaterales ya
no se centran sobre la redistribución de las riquezas, sino más bien
sobre la redistribución de los riesgos.[6]
EFICIENCIA Y SUFICIENCIA
Hace veinte años, los ``límites al crecimiento'' eran la consigna
del movimiento ambientalista mundial; en la actualidad, la palabra de
moda de los expertos internacionales sobre ecología es ``cambio
global.'' Los mensajes implicados son claramente diferentes.[7] Los
``límites al crecimiento'' invocan a que el homo industrialis
reconsidere su proyecto y se atenga a las leyes de la naturaleza. El
``cambio global,'' sin embargo, pone a la humanidad en el asiento del
conductor e insta a que domine las complejidades de la naturaleza con
mayor autocontrol. Mientras la primera fórmula suena amenazadora, la
segunda posee un timbre optimista: cree en un re-nacimiento del
homo faber y, a un nivel más prosaico, se presta al credo que
los medios probados de la economía moderna - innovación productiva,
progreso tecnológico, regulación del mercado, planificación científica
- indicarán el camino más allá del aprieto ecológico.
A la cura de todas las enfermedades
medioambientales se le llama ``revolución de la eficiencia.'' El
enfoque está sobre la reducción del procesamiento de energía y
materiales en el sistema económico por medio de nueva tecnología y
planificación. Que se trate de la bombilla o del auto, o del diseño de
nuevas plantas de producción de energía o de sistemas de transporte,
el objetivo es encontrar innovaciones que minimizen el uso de la
naturaleza por cada unidad de producción. Según esta fórmula,
supuestamente la economía ganará en salud manteniéndose a una dieta
que elimina sobrepeso debido a basuras y escorias. El escenario de la
eficiencia, sin embargo, busca cuadrar el círculo; propone un cambio
radical a través del replanteamiento de medios convencionales....
Optimizar la aportación inicial, no maximizar la producción final,
como durante la época post-guerra, es el órden del día, y ya se ven
economistas e ingenieros que gozan una vez más de su negocio de
explicar la aportación mínima por cada unidad de producción. De nuevo,
la esperanza que conlleva este cambio de estrategia es establecida por
el Banco Mundial: ``Las reformas de la eficiencia ayudan a reducir la
polución, incrementando al mismo tiempo la producción económica de un
país.''[8]
No hay duda que una revolución de la
eficiencia tendría efectos de muy largo alcanze. Dado que las
aportaciones naturales eran baratas y el destino de los desechos un
asunto esencialmente gratuito, durante mucho tiempo el desarrollo
económico ha sido sesgado hacia el saqueo de la naturaleza. Los
subsidios fomentaban el despilfarro, el progreso técnico generalmente
no estaba diseñado para salvaguardar los recursos naturales, y los
precios no reflejaban los daños ambientales. Existe mucho margen para
corregir este curso, y la Agenda 21, por ejemplo, ofrece un número de
señales que indican una ruta nueva. Pero el rumbo pasado de la
historia económica - en el Este, en el Oeste, y en el Sur - aunque con
notables excepciones - sugiere que las estrategias de eficiencia en
sus fases tempranas de crecimiento poseen un margen pequeño, mientras
parece que trabajan mejor - y son asequibles - cuando se aplican luego
de que un cierto nivel de crecimiento haya sido alcanzado. Ya que en
el Sur las políticas de crecimiento selectivo serían una forma mucho
más poderosa de limitar la demanda de recursos, el transferir hacia
allá la ``revolución de la eficiencia'' a rajatabla tiene sentido
solamente si se espera que el Sur siga la trayectoria desarrollista
del Norte....
Pero la estrategia de la eficiencia
obviamente está en las manos del Norte: de esta forma, ellos pueden
ofrecer nuevamente al Sur una selección novedosa de instrumentos de
progreso económico, a un precio que será apenas distinto de aquel
pagado durante las décadas de la transferencia tecnológica.
Los ambientalistas que mencionan
exclusivamente la administración eficiente de los recursos concentran
la imaginación social en la revisión de los medios, más que en la
revisión de los fines.... Un incremento en la eficiencia [de la
administración] de los recursos, por sí solo, no conduce a nada, a
menos que vaya cogido de la mano con una inteligente limitación del
crecimiento. En vez de preguntar cuántos supermercados o cuántos
jacuzzi son suficientes, hay que enfocar sobre cómo todos aquellos - y
más - pueden darse con una menor aportación de recursos. Si, de todos
modos, la dinámica del crecimiento no se desacelera, los logros de la
racionalización pronto serán engullidos por la ronda ulterior del
crecimiento. Consideremos, por ejemplo, el caso del automóvil
eficiente. En la actualidad los motores de los autos son
definitivamente más eficientes que en el pasado; sin embargo, el
crecimiento sin tregua del número de coches y de millas recorridas ha
borrado completamente aquel avance. Y la misma lógica vale en todo
frente, desde el ahorro energético hasta la reducción de la polución y
el reciclaje; sin mencionar el hecho que el conjurar continuamente los
efectos destructivos del crecimiento a su vez requiere un ulterior
crecimiento. En verdad, lo que realmente importa es la escala física
absoluta de la economía versus la naturaleza, no solamente la
eficiente distribución de los recursos. Herman Daly ha ofrecido una
comparación contundente: incluso en el caso de que el cargamento de un
barco sea distribuido eficientemente, el barco inevitablemente se
hundirá si el peso es demasiado grande - ¡aunque pueda darse que se
hunda óptimamente! Eficiencia sin suficiencia es contraproducente; la
última debe definir los límites de la primera.
Sin embargo, el laberíntico credo
desarrollista impide cualquier serio debate público acerca de la
moderación del crecimiento. Bajo su sombra, cualquier sociedad que
está en capacidad de decidir, al menos en ciertas áreas, de no superar
ciertos niveles de intensidad en la producción de bienes, de
prestación técnica, o velocidad, parece estar atrasada. Como
resultado, en la discusión oficial sobre la ecología global, la
consideración de opciones-nulas, es decir, el elegir no hacer algo que
es técnicamente posible, es tratado como un tabú, incluso hasta el
punto que algunos acuerdos quedan en el rídiculo....
LA HEGEMONÍA DEL GLOBALISMO
``Desarrollo sostenible,'' aunque pueda significar muchas cosas
para muchas personas, sin embargo contiene un mensaje medular:
mantener el volúmen de la extracción/emisión en equilibrio con la
capacidad de regeneración de la naturaleza. Parece lo suficientemente
razonable, pero oculta un conflicto que todavía no se gana la atención
pública, aunque asuntos fundamentales como poder, democracia y
autonomía cultural están en juego. Sostenibilidad, sí, pero ¿a qué
nivel? ¿Dónde hay que cerrar el círculo de la explotación y de la
regeneración? ¿A nivel de una comunidad local, de un país, o del
planeta entero? Hasta los años 80, usualmente los ambientalistas se
encontraban preocupados por el espacio local o nacional; ideas como
``eco-desarrollo'' y ``autosuficiencia'' buscaban incrementar la
independencia económica y política de un lugar reconectando los flujos
de los recursos ecológicos.[10] Pero, en los años siguientes,
comenzaron a observar las cosas desde un mirador mucho más elevado:
adoptaron el punto de vista del astronauta, abarcando a todo el globo
con una sola mirada. La ecología actual está comprometida en salvar
nada menos que al planeta. Aquel globo sugestivo, suspendido en el
universo oscuro, delicadamente equipado de nubes, oceanos y
continentes, se ha convertido en el objeto de la ciencia, de la
planificación y de la política. Dificilmente la modestia se asemeja al
distintivo de esta actitud mental. El número especial de Scientific
American del año 1989, con el título programático ``Managing
Planet Earth'' [Administrar el Planeta Tierra], marca la pauta:
Es en cuanto especie global que estamos por trasformar el
planeta. Es únicamente en cuanto especie global - poniendo en común
nuestro conocimiento, coordinando nuestras acciones y compartiendo lo
que el planeta tiene que ofrecer - que podemos tener cualquier
posibilidad de administrar la transformación del planeta siguiendo las
directrices del desarrollo sostenible. La administración
autoconsciente e inteligente de la Tierra es uno de los grandes retos
que enfrenta la humanidad a medida que se acerca al siglo XXI.[11]
La percepción de la Tierra como un objeto de manejo ambiental es,
a nivel cognitivo, seguramente un resultado de los viajes espaciales,
que han revelado al planeta como objeto visible, una revolución en la
historia de la percepción humana.[12] Pero al mismo tiempo hay una
razón política, científica y tecnológica. Políticamente, fue solamente
en los años 80 que la lluvia ácida, la disminución de ozono y el
efecto invernadero llevaron a cada casa el mensaje de que la
contaminación industrial afecta al planeta entero sin importar los
confines nacionales. El planeta se reveló ser el último vertedero.
Cientifícamente, la investigación ecológica, luego de que durante años
había limitado su enfoque principalmente a ecosistemas puntuales y
aislados, como los desiertos, los humedales, o las selvas lluviosas,
recientemente ha concentrado su atención en la biosfera, aquella
envoltura de aire, vegetación, agua y rocas que sustenta la vida
globalmente. Tecnológicamente, como a menudo ocurre en la historia de
la ciencia, fue una nueva generación de instrumentos y equipos la que
ofreció la posibilidad de coleccionar y analizar datos a una escala
global. Por medio de satélites, sensores y computadoras, la tecnología
disponible en los años 90 ha permitido examinar y modelar la biosfera.
Como estos factores se han manifestado simultáneamente, la arrogancia
humana ha descubierto el dominio último: el planeta Tierra.
Solamente hasta hace unos pocos años,
el invocar la totalidad del globo significaba algo distinto. Los
ambientalistas agitaban la imagen de la Tierra tomada desde el
espacio, para recordar al público de lo majestuosamente finita que es
la Tierra, y para difundir el hallazgo de que al final no hay como
huir de las consecuencias de la acción humana. Mientras [los
ambientalistas] apelaban a la realidad del planeta, invitando a las
personas a abrazar la humildad, una nueva tribu de ecócratas globales
está lista para actuar sobre la realidad recién descubierta del
planeta, imaginándose que pueden presidir el mundo. La investigación
de la biosfera se está convirtiendo rápidamente en toda una ciencia;
estimulada por un número de programas internacionales,[13] las
``ciencias planetarias,'' que incluyen la observación satelital, las
expediciones al fondo de los océanos, el análisis de datos
planetarios, están por ser institucionalizadas en muchos países.
Con esta tendencia, la sostenibilidad
es concebida cada vez más como un reto para la administración
global. Los nuevos expertos se dedican a identificar, a una escala
planetaria, por un lado el equilibrio entre extraciones/emisiones
humanas, y por otro la capacidad de regeneración de la naturaleza,
monitoreando y trazando mapas, midiendo y calculando flujos
energéticos y ciclos biogeoquímicos alrededor del globo. Según la
Agenda 21:
Es esencial, si se quiere presentar un cálculo más preciso de la
capacidad de carga del planeta Tierra y su resistencia a tantas
tensiones a que está sometido por medio de la actividad humana.[14]
Es la agenda implícita de este empeño la que al final es capaz de
moderar el sistema planetario, supervisando la diversidad de las
especies, las zonas pesqueras, los índices de deforestación, los
flujos energéticos, y los ciclos de los materiales. Sigue siendo
objeto de especulación cuál de estas expectativas se realizará, pero
no cabe duda de que la conexión entre la exploración del espacio, la
tecnología de los sensores y las simulaciones numéricas ha
incrementado ampliamente la capacidad de monitorear la naturaleza, de
identificar el impacto humano y de hacer predicciones. La
administración de los presupuestos energéticos se convierte así en un
asunto de política planetaria.
Las imagenes satelitales que escanean
la envoltura vegetal del globo, los gráficos numéricos que simulan
curvas interactivas que evolucionan en el tiempo, los nivéles de los
umbrales propuestos como normas planetarias constituyen el lenguaje de
la ecología global. Construye una realidad que contiene montañas de
datos, pero no personas. Los datos no explican por qué los Tuareg son
empujados a agotar sus manantiales, o qué es lo que hace que los
Alemanes estén tan obsesionados por la alta velocidad en las
autopistas; no establecen quiénes son los dueños de la madera
despachada desde la Amazonía o qué tipo de industria es la que florece
por la contaminación del Mar Mediterraneo; y enmudecen ante el
significado de los árboles de la selva para las tribus nativas o del
agua en un país arabe. En resumen, proporcionan un conocimiento sin
rostro y sin lugar; una abstracción que implica un costo notable:
consigna al olvido las realidades de la cultura, del poder y de la
virtud. Proporciona datos, pero ningún contexto; expone diagramas,
pero ningún actor; ofrece cálculos, pero ninguna noción de ética;
busca la estabilidad, pero desprecia la belleza. De hecho, el mirador
global requiere allanar todas las peculiaridades y despreciar todas
las circunstancias; pocas veces la separación entre observador y
observado ha sido más grande que entre la silvicultura satelital y el
seringueiro de la selva de Brazil. Es inevitable que las
aseveraciones del manejo global se encuentren en conflicto con las
aspiraciones por los derechos culturales, la democracia y la auto
determinación. En efecto, es fácil para una ecocracia que actúa en
nombre de ``la Tierra'' convertirse en una amenaza para las
comunidades locales y sus estilos de vida. Después de todo, ¿ha
existido alguna vez, en la historia del colonialismo, un motivo más
poderoso para organizar el mundo más eficientemente que el llamado a
salvar al planeta?
El Norte se enfrenta a un problema
más. Debido a que la tentativa de un manejo global ha sido provocada
por una nueva constelación histórica. Desde cuando Colón llegó a Santo
Domingo, el Norte en gran medida no ha sufrido por las trágicas
consecuencias que siguieron a su expansión planetaria; otros fueron
los que aguantaron el peso de la enfermedad, de la explotación y de la
destrucción ecológica. En la actualidad, esta marea histórica parece a
punto de invertirse; por primera vez los países norteños están
expuestos a las amargas consecuencias de la occidentalización del
mundo. La inmigración, la presión demográfica, el tribalismo equipado
con mega-armas y, sobre todo, las consecuencias ambientales de la
industrialización planetaria amenazan con desestabilizar el estilo de
vida del Norte. Es como si el ciclo abierto por Colón estuviese por
cerrarse al final de este siglo [XX]. Como resultado, el Norte
planifica a nivel planetario modos y medios de protección y de
administración de los riesgos. La planificación racional del planeta
se convierte en un asunto de seguridad del Occidente.
El celebrado control del hombre
(occidental) sobre la naturaleza deja mucho que desear. Ciencia y
tecnología trasforman exitosamente a la naturaleza a escalas muy
grandes, pero, hasta ahora, con consecuencias tanto impredecibles como
desagradables. En efecto, solamente en el caso de que estas
consecuencias estuvieran bajo control sería posible hablar de haber
llevado a cabo el dominio sobre la naturaleza. Es a esta altura que el
ambientalismo tecnocrático entra en la escena. Visto desde este
ángulo, el objetivo de la administración ambiental global es nada
menos que el control de un segundo orden; hay que instaurar un nivel
superior de intervención y observación para poder controlar las
consecuencias del control sobre la naturaleza. Dicho paso se vuelve de
lo más imperativo a medida que el empuje hacia la conversión del
mundo, en una sociedad estrechamente interconnectada y en expansión
económica, continúa sin pausa. Dado que la fuerza continuada de la
síndrome desarrollista es un impedimento para contener la dinámica de
la industrialización planetaria, la tarea obvia es prepararse para
regular globalmente la transformación de la naturaleza de una forma
óptima. Es en esa luz que el Scientific American puede elevar
las preguntas siguientes a asuntos claves para las futuras tomas de
decisiones:
Dos preguntas cruciales deben ser tratadas: ¿Qué tipo de planeta
queremos? ¿Qué tipo de planeta podemos lograr? ... ¿Qué nivel de
biodiversidad debería mantenerse en el mundo? ¿Debería reducirse el
tamaño o el crecimiento de la población humana...? ¿Cuánto cambio
climático es aceptable?[15]
Si no existen límites al desarrollo, seguramente no hay límites
aparentes al orgullo desmedido.
REFERENCIAS
1. Véase la entrada para ``underdeveloped'' [``subdesarrollado'']
en el Oxford English Dictionary (1989), vol. XVIII, 960.
Investigaciones exhaustivas en la historia del discurso desarrollista
pueden encontrarse en Wolfang Sachs (ed.), The Development
Dictionary: A Guide to Knowledge as Power, London, Zed Books,
1992.
2. Declaración Ministerial de Pekín Sobre el Desarrollo y el
Medioambiente, 19 de Junio de 1991. No sigo sugerencias para hacer una
distinción entre crecimiento y desarrollo. Personalmente no me parece
que ``desarrollo'' pueda ser purificado de su contexto histórico. Para
una distinción, véase Herman E. Daly, ``Toward Some Operational
Principles of Sustainable Development,'' en Ecological
Economics, vol. 2, 1990.
3. World Development Report 1992, (para el Banco Mundial)
Oxford University Press, New York, p. 34, 1992.
4. Véase por ejemplo Salah El Serafy, ``The Environment as
Capital,'' en R. Costanza (ed.), Ecological Economics: The Science
and Management of Sustainability, New York, Columbia University
Press, pp. 168-75, 1991.
5. El título de un importante documento, publicado conjuntamente
por IUCN, UNEP, y WWF en Gland, Suiza, en 1991.
6. Este cambio ha sido observado para la escena doméstica
[Alemania] por Ulrich Beck, Risikogesellschaft, Frankfurt:
Suhrkamp, 1987.
7. Frederick Buttels et al., ``From Limits to Growth to Global
Change: Constraints and Contradictions in the Evolution of
Environmental Science and Ideology,'' en Global Environmental
Change, vol. 1, no. 1, pp. 57-66, Diciembre de 1990.
8. World Development Report 1992, cit., p. 114.
9. Herman E. Daly, ``Elements of Environmental Macroeconomics,'' en
R. Costanza (ed.), cit., p. 35.
10. Por ejemplo Ignacy Sachs, Stratégies de
l'écodéveloppement, Paris, Les Editions Ouvrières, 1980; también
What Now?, el informe de la Fundación Dag Hammarskjöld, 1975.
11. William C. Clark, ``Managing Planet Earth,'' Scientific
American, vol. 261, p. 47, Septiembre de 1989.
12. Para un análisis elaborado de este aspecto, véase Wolfgang
Sachs, Satellitenblick. Die Visualisierung der Erde im Zuge der
Weltraumfahrt, Berlin, Science Centre for Social Research,
1992.
13. Para una perspectiva general véase Thomas F. Malone, ``Mission
to Planet Earth: Integrating Studies of Global Change,'' en
Environment, vol. 28, no. 8, pp. 6-11 y pp. 39-41, 1986.
14. Capítulo 35.1 en la sección ``Science for Sustainable
Development.''
15. Clark, cit., p. 48.
Copyright © Shambhala 1995 - Copyright © PanNature 2003
Última revisión
Diciembre 1, 2003. Introducción y traducción de Paolo
Catelan. Edición de Numa Pompilio Reinoso Larrea. El material
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Original title, ``Global Ecology and the
Shadow of `Development' ''. From DEEP ECOLOGY FOR THE 21ST
CENTURY, edited by George Sessions. © 1995 by George
Sessions. Reprinted by arrangement with Shambhala
Publications Inc., Boston, www.shambhala.com - A longer version of this
essay was originally published in Wolfgang Sachs (ed.),
GLOBAL ECOLOGY, London: Zed Books, 1993.
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