Ecología Global y la Sombra del ``Desarrollo''

por Wolfgang Sachs


``Antes talaban los bosques nativos, ahora los eco-talan,'' comentaba una vez un conocido funcionario del Ministerio de Ambiente del Estado Ecuatoriano. Hasta qué punto una aseveración de este género sea indicativa de la actual tendencia de cierto movimiento desarrollista/ambientalista global es asunto de debate, pero no cabe duda que refleja cómo, sobre todo luego de la primera Cumbre de la Tierra, el prefijo ``eco-'' se antepone (se puede anteponer) absolutamente a todo, abaratando acontecimientos y conceptos que posiblemente ameritan mucha más investigación, entendimiento y atención. Así es que una noción muy popular como la de desarrollo se ha convertido en una inmensamente más popular, como la de eco-desarrollo, a su vez usada a menudo como sinónimo de desarrollo sostenible - aunque es evidente que tampoco éstas últimas podrían coincidir siempre y de manera sistemática...
Podríamos preguntar, por ejemplo: ¿Hasta qué punto el concepto de eco-desarrollo es genuinamente portador de nuevos valores políticos, económicos y culturales? O también: ¿Hasta qué punto eco-desarrollo reconcilia ambiente y desarrollo? Quien nos contesta es Wolfgang Sachs que demuestra, en este artículo, que la persistente y obsesiva voluntad por parte del Occidente de racionalizar y administrar el Planeta - siendo el único fin la indiscriminada y eficiente explotación de todas sus fuentes de recursos naturales - en la actualidad ha buscado y encontrado un nuevo amparo ideológico: el de la ecología global. El Occidente, enmascarando nociones desgastadas - como la de desarrollo - en sus nuevos trajes verdes - como eco-desarrollo - puja por lograr niveles de eficiencia explotadora, antes desconocidos.
Si por una parte muchos ambientalistas profesan que para superar la actual crisis ecológica que sufre el Planeta entero es necesaria una profunda renovación de todos nuestros valores sociales, políticos y económicos, por otra hay muchos otros ambientalistas ecócratas que apoyan demasiado a menudo a un supuesto desarrollismo eficientista, cuya ilusoria esperanza es que una explotación de los patrimonios naturales si está bien ``administrada'' resulta ecológicamente sostenible y benigna. Que se trate de una grotesca ilusión es evidente, nos señala Sachs, si se analizan hechos objetivos como los límites finitos de los recursos naturales, la manera inequitativa con que distintas naciones y corporaciones acceden a los patrimonios naturales comunes (también conocida como polarización Norte-Sur), la injusticia y la pobreza - que a su vez engendran destrucción ecológica - derivaciones de aquella polarización.
Si es que tradicionalmente el kit desarrollo consiste en una transferencia norte-sur de tecnología, con calamitosas consecuencias socio-ecológicas, en la actualidad el kit ecodesarrollo consiste en transferencia tecnológica con las supuestas soluciones ambientales añadidas, con otro tanto calamitosas consecuencias socio-ecológicas. De ahí la gran duda de Sachs, que a la carrera desarrollista en la cual todos (personas, instituciones y naciones) participamos la llama dudosamente ``desarrollo,'' cuya sombra se proyecta encima de todos y todo, ecología (global) también. - PC

WOLFGANG SACHS es investigador del Institute for Cultural Studies en Essen, Alemania. Es autor de For Love of the Automobile (1992) y editor del The Development Dictionary (1992) y Global Ecology (1992).


Los muros del metro de Tokyo solían estar empapelados de afiches publicitarios. Las autoridades, conscientes de la escasez de pulpa de madera, buscaron maneras de reducir este desperdicio de papel. Rápidamente encontraron una ``solución ecológica'': instalaron pantallas de video en las paredes y éstas bombardeaban continuamente a los pasajeros con propagandas publicitarias - solucionado el problema papel.
Esta anécdota ilustra un cierto enfoque sobre la crisis ambiental que también estaba arraigado en la mente de los delegados que bajaron a Rio de Janeiro para la ``Cumbre de la Tierra'' (CNUMAD - Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo), para reconciliar ``ambiente'' y ``desarrollo.'' Para poner el resultado de la CNUMAD en pocas palabras: en Rio los gobiernos aceptaron reconocer la condición de deterioro del medio ambiente, pero insistieron en expandir el desarrollo. En efecto, la mayoría de las controversias surgieron de la acalorada defensa del ``derecho al desarrollo'' por parte de algunos grupos; en ese sentido, la resistencia de Malasia a la declaración de las selvas o el intento de sabotaje a la convención sobre el clima por parte de Arabia Saudita la seguía de cerca a la cortante aseveración del Presidente Bush que el estilo de vida norteamericano no sería tema de negociación en Rio. Probablemente no es exagerado decir que la danza de la lluvia alrededor del ``desarrollo'' mantuvo unidos a los grupos en conflicto, y ofreció un ritual común que los confortó de uno u otro sacrificio hecho para la protección del medio ambiente. Al final, la Declaración de Rio ceremoniosamente enfatizó lo sagrado que es el ``desarrollo'' e invocó su importancia a cada ocasión en todo el documento. Solamente luego que el ``derecho al desarrollo'' fue consagrado, el documento procede a considerar ``las necesidades ambientales y las relacionadas al desarrollo de las generaciones presentes y futuras'' (Principio 3). De hecho, la Conferencia ONU en Rio inauguró el ambientalismo como la condición más elevada del desarrollismo.
La reafirmación de la centralidad del ``desarrollo'' en la discusión internacional sobre el medio ambiente, por cierto, ayuda a asegurar la colaboración de los actores dominantes en el gobierno, la economía y la ciencia, pero evita al mismo tiempo la ruptura requerida para eliminar los multifacéticos peligros para el futuro del género humano. Bloquea la percepción del aprieto ecológico en la misma cosmovisión que estimula la dinámica perniciosa, y facilita la acción sobre aquellas fuerzas - gobiernos, agencias y corporaciones - que han sido ampliamente responsables del actual estado de las cosas. Esto puede dar como resultado una autoderrota. Después de todo, el discurso desarrollista está profundamente empapado de certezas occidentales como progreso, crecimiento, integración de mercado, consumo y necesidades universales, todas nociones que son parte del problema, no de la solución. No hacen más que distraer la atención de la urgencia del debate público acerca de nuestra relación con la naturaleza, dado que imposibilitan la búsqueda de sociedades que viven gentilmente dentro de sus medios, y de cambios sociales que basan su inspiración sobre las ideas indígenas de una vida buena y apropiada. La incapacidad de deshacerse de algunas de las certezas que han dado forma a la era del desarrollo fue la más grande deficiencia de Rio. La grande separación entre los entusiastas del desarrollo y los disidentes del desarrollo estará a raíz de los futuros conflictos acerca de la ecología global.

TRUMAN Y LO QUE VINO DESPUÉS

Las épocas surgen lentamente, pero la época del desarrollo fue inaugurada a una cierta fecha y hora. El 20 de Enero de 1949, fue el Presidente Harry Truman quien, en su charla de inauguración ante el Congreso, con un llamado a su auditorio sobre las condiciones en los países más pobres, los definió por primera vez ``regiones subdesarrolladas.''[1] De pronto, se estableció un concepto aparentemente indeleble, que embute la inmensa diversidad del Sur en una única categoría - el subdesarrollo. Que Truman acuñara un nuevo término no fue un asunto accidental, más bien la expresión precisa de una visión del mundo; según él, todas las personas del mundo recorrían el mismo camino, algunas más rápidamente, otras más lentamente, pero todas en la misma dirección. Los países norteños, en particular los Estados Unidos, mantenían la posición delantera, mientras veía al resto del mundo - con su ingreso per capita absurdamente bajo - rezagandose. Una imagen que las sociedades económicas del Norte habían, cada vez más, madurado sobre sí mismas fue así proyectada hacia el resto del mundo: el grado de civilización en un país es indicado por el nivel de su producción. Partiendo de esa premisa, Truman concibió al mundo como una arena económica en donde las naciones compiten para una posición mejor en la escala del PIB. Sin importar cuáles ideas inspiraban a kikuyus, peruanos o filipinos, Truman los identificaba exclusivamente como luchadores cuya meta histórica era participar en la carrera desarrollista y alcanzar a los primeros corredores. Consecuentemente, el objetivo de la política desarrollista era reunir todas las naciones en la arena y ponerlas en la condición de participar en la carrera.
Convertir a las sociedades del sur en competidores económicos no solamente requería inyecciones de capital y transferencias tecnológicas, también requería una transformación cultural, dado que muchos de los ``viejos estilos'' de vida se revelaron ``obstaculos para el desarrollo.'' Los ideales y los hábitos mentales, los patrones laborales y los modos del conocimiento, las redes de lealtades y las normas de gobierno en que los pueblos del sur estaban sumidos, típicamente no encajaban con el ethos de una sociedad económica. En el intento de superar estas barreras para el crecimiento, el tradicional tejido social fue a menudo diseccionado y reensamblado siguiendo los modelos de los manuales de la macroeconomía. Cierto es que el ``desarrollo'' tiene muchos efectos, pero uno de los más insidiosos fue la disolución de las culturas que no se constituían alrededor de la histeria de la acumulación. Así, el Sur fue precipitado a una transformación que en el Norte se venía dando desde hacía mucho tiempo: la subordinación gradual a la regla económica de cada vez más aspectos de la vida social. En efecto, cada vez que los expertos del desarrollo ponían sus ojos en un país, caían víctimas de una miopía particular: no veían una sociedad que posee una economía, sino más bien una sociedad que es una economía. El resultado fue que acababan modernizando todo tipo de institución, como el régimen laboral, la educación escolar, las leyes, en favor de la productividad, degradando, a lo largo del proceso, el estilo indígena de hacer las cosas. Pero, la transición a una sociedad predominantemente económica implica un costo considerable: reduce la capacidad de una sociedad de alcanzar el bienestar sin tener que participar incondicionadamente en la carrera económica. El hecho de que la ilimitada hegemonía del ``productivismo'' occidental ha vuelto cada vez más imposible el tomar carreteras de salida del circuito global limita peligrosamente el espacio de maniobra para los países en tiempos de incertidumbre. También en este respecto, los países del norte ofrecen un ejemplo ambiguo: han sido tan grandemente entrenados en el productivismo que ya no son capaces de hacer nada más que correr la carrera económica.
Luego de cuarenta años de desarrollo, el estado de las cosas es lúgubre. La brecha entre los que llevan la delantera y los rezagados no ha sido eliminada: al contrario, se ha ampliado al punto de que se ha vuelto inconcebible eliminarla. La aspiración de mantener el ritmo [de la carrera económica] ha acabado en un error garrafal de proporciones planetarias. Los datos hablan por sí mismos: durante los años 80, la aportación al PIB mundial por parte de los países en vía de desarrollo (en donde viven los dos tercios de la humanidad) se redujo al 15 por ciento, mientras que la fracción aportada por parte de los países industrializados, que albergan el 20 por ciento de la población mundial, subió al 80 por ciento. Hay que admitir que un análisis más detallado revela que el escenario no es para nada homogéneo, pero ni los escaparates del sur-este asiático ni los países productores de petróleo alteran el resultado que la carrera desarrollista ha acabado en el caos. Esta verdad es más netamente evidente si se considera el destino de las vastas mayorías de personas que viven en la mayoría de los países sureños; en la actualidad viven en una miseria más extrema que durante el tiempo de la descolonización. Lo que se puede decir es que, a lo mejor, el desarrollo ha producido una clase media global de individuos con autos, cuentas bancarias, y aspiraciones profesionales. Está constituida por la mayoría del norte y pequeñas élites del sur, y su tamaño aproximadamente coincide con aquel 8 por ciento de la población mundial que posee un auto. Las rivalidades internas de aquella clase hacen bastante ruido en el mundo de la política, condenando al silencio a la abrumadora mayoría de las personas. Al fin del desarrollo, el problema de la justicia se yergue más grande que nunca.
Un segundo resultado de la era del desarrollo ha surgido dramaticamente a primera plana en los últimos años: se ha vuelto evidente que el camino económico conduce a la dirección equivocada. Mientras Truman todavía podía asumir que indudablemente el norte lideraba la evolución social, en la actualidad dicha hipótesis de superioridad ha sido completa y finalmente destrozada por el aprieto ecológico.... La expansión económica ya ha alcanzado sus límites biofísicos; el reconocimiento de lo finito que es la Tierra es un golpe fatal a la idea de desarrollo conforme la concibió Truman.

LOS AMBIGUOS LLAMADOS POR LA JUSTICIA

El proceso CNUMAD se desplegó frente a este escenario de cuarenta años de historia de post-guerra. Como se sobreentiende en el título de la Conferencia, cualquier consideración de ecología global tiene que responder sea a la crisis de la justicia como a la crisis de la naturaleza. Mientras la principal preocupación de los países norteños era la naturaleza, el Sur, en el aprieto de la Conferencia, de alguna manera logró enfatizar el problema de la justicia. De hecho, durante los debates antecedentes a la CNUMAD, los espectadores atentos se preguntaron si ya no lo habían visto todo antes. Las consignas, que habían animado a las discusiones de los años 70 sobre el ``Nuevo Orden Económico Internacional,'' siguieron manteniéndose a la vanguardia. De repente, llamados para condiciones comerciales más favorables, condonación de deudas, participación en los mercados norteños, transferencia tecnológica y ayuda, ayuda y más ayuda, ahogaron la discusión ecologista. En verdad, era difícil pasar por alto las tendencias regresivas en la controversia que se desató. El Sur, profundamente herido por las frustradas ilusiones desarrollistas, pidió ulteriores rondas de desarrollo. En la Declaración de Pekín del Grupo de los 77 de Junio de 1991, el punto ya era claro y rotundo:

Los problemas ambientales no pueden ser enfrentados separadamente; tienen que ser relacionados con el proceso del desarrollo, manteniendo las preocupacipones ecologistas en la línea de los imperativos del crecimiento económico y del desarrollo. En este contexto, el derecho a desarrollarse para los países en vía de desarrollo debe ser reconocido plenamente.[2]

Luego de años de nerviosismo por parte del Sur al enfrentar las preocupaciones ecologistas suscitadas por el Norte, el plan para Rio se había puesto finalmente cada vez más interesante. Dado que el Norte espera, a nivel global, un comportamiento ecológicamente benigno, el Sur, aprovechando la oportunidad, descubrió las concesiones ambientalistas como armas diplomáticas. Consecuentemente, el Sur reiteró los pedidos insatisfechos de los años 70 y los contrapuso a las imposiciones medioambientales del Norte....
En los documentos de Rio queda claro que el Sur no tiene ninguna intención de abandonar el estilo de vida occidental como su utópia implícita. Usando el lenguaje del desarrollo, el Sur sigue suscribiendo la noción de que el Norte indica el camino al resto del mundo. Una consecuencia es que, de todos modos, el Sur es incapaz de sustraerse a la hegemonía cultural del Norte; pues, el desarrollo sin hegemonía es como una carrera sin dirección. Aparte de todas las presiones económicas, la adhesión al ``desarrollo'' pone al Sur, culturalmente y politícamente, en una posición de debilidad estructural, que lleva a la absurda situación mediante la cual el Norte puede presentarse como el proveedor benévolo de soluciones a la crisis ecológica.
No hace falta decir que esta constelación está en las manos de los países desarrollados. Con la bendición del ``desarrollo,'' los fatalistas del crecimiento que residen en el Norte están implicitamente justificados para liderar la carrera económica. La impotencia cultural de los países industrializados para reaccionar adecuadamente al aprieto ecológico se convierte, de esta manera, en una virtud necesaria. Después de todo, la preocupación principal de las élites norteñas es el seguir adelante en la lucha competitiva entre Estados Unidos, Europa y Japón, alcanzando a lo largo del camino una modernización ecológica de sus economías. Se encuentran a años luz de el entender que la paz con la naturaleza requiere, a la final, la paz en las guerras económicas; consecuentemente, un país como Alemania, por decir, logra proponerse como brillante ejemplo de ambientalismo, mientras al mismo tiempo defiende políticas de libre comercio tan desastrosas desde un punto de vista ecológico cómo el mercado común europeo o la reforma del GATT. El hecho de que el ``desarrollo,'' esa carrera sin línea de arribo, sigue siendo indiscutible, le permite al Norte continuar la búsqueda incesante del poderío económico y del ultra-desarrollo, pues la idea de una sociedad que se conforma con un cierto nivel de capacidad técnica se vuelve impensable. De hecho, ciertas cuestiones como límites a la construcción de carreteras, al transporte de alta velocidad, a la concentración económica, a la producción de químicos, a la ganadería de gran escala, etcétera, ni siquiera fueron mencionadas en Rio.
Sin embargo, la nefasta alianza entre los desarrollistas entusiastas del Sur y los fatalistas del crecimiento del Norte, no solamente pone en peligro el medio ambiente, también impide una mayor justicia en el mundo. Dado que en la mayoría de los países, mientras el desarrollo ha beneficiado a minorías relativamente pequeñas, éste lo ha hecho en detrimento de vastos segmentos de la población. Durante la era desarrolista, se esperaba que el crecimiento eliminaría la pobreza. Todo lo contrario, éste condujo a la polarización social. En muchos casos y en el intento de construir una economía moderna, fueron destruidas comunidades cuyo sustento estaba garantizado. Las élites sureñas, sin embargo, a menudo justifican su búsqueda absoluta del desarrollo a través de la ritual alusión a la pobreza persistente, cultivando el dogma desgastado que el crecimiento constituye el antídoto de la pobreza. Trabados en sus intereses de poder y fijos en el estilo de vida del acomodado, eluden la evidencia que para asegurar los medios de sustento es necesaria una gestión cuidadosa del crecimiento. Sin embargo, la lección que se aprende de cuarenta años de desarrollo puede resumirse rotundamente así: la cuestión de la justicia debe ser separada de la perspectiva del ``desarrollo.'' En efecto, la ecología y la pobreza invocan límites al desarrollo. Sin este cambio de perspectiva, la lucha para redistribuir poder y recursos entre Norte y Sur, que inevitablemente se renueva cada vez que se toman en cuenta los vínculos ambientalistas, puede reducirse solamente a lo que era en los años 70: una pelea en el seno de la clase media global sobre cómo repartirse el pastel.

LO FINITO DE LA TIERRA COMO PROBLEMA DE ADMINISTRACIÓN

El ``desarrollo'' es, sobre todo, una manera de pensar. No puede, por lo tanto, ser identificado fácilmente como un programa o una estrategia particular, sin embargo enlaza muchas prácticas y aspiraciones distintas con un conjunto común de hipótesis....
A pesar de las señales alarmantes de fracaso a lo largo de toda su historia, el síndrome del desarrollo ha sobrevivido hasta hoy, aunque a precio de una senilidad en aumento. Cuando en los años 50 se volvió claro que las inversiones no eran suficientes, el ``desarrollo de los recursos humanos'' fue añadido al paquete de ayuda; en los años 60, en la medida que se hacía evidente que las dificultades permanecían, fue descubierto el ``desarrollo social''; y en los años 90, como el empobrecimiento del campesinado ya no podía ser más ignorado, el ``desarrollo rural'' fue incluido en el arsenal de las estrategias desarrollistas. Y así por el estilo, con ulteriores creaciones tipo ``desarrollo equitativo'' y el ``enfoque de necesidades-básicas.'' Una y otra vez, se repitió la misma operación conceptual: la degradación en la estela del desarrollo fue re-definida como una falta que a su vez invocaba una nueva estrategia de desarrollo. Desde el primer momento, la eficacia del ``desarrollo'' permaneció inmune a cualquier evidencia contraria, pero demostró un notable capacidad de aguante; el concepto fue repetidamente estirado hasta incluir la estrategia que infirió la herida y la estrategia prevista como terapia. Esta fuerza del concepto, sin embargo, es al mismo tiempo la razón de su galopante agotamiento; ya no manifiesta ninguna reacción a las condiciones históricas que cambian. La trágica grandeza del ``desarrollo'' consiste en su monumental vacuidad.
El ``desarrollo sostenible,'' que la CNUMAD entronizó como la consigna reinante de los años 90, ha heredado la fragilidad del ``desarrollo.'' El concepto emascula al reto ecológico-ecologista absorbiéndolo en el cascarón vacío del ``desarrollo,'' e insinua la validez continuada de las suposiciones desarrollistas incluso cuando se ven enfrentadas a una situación histórica drásticamente diferente. Silent Spring [Primavera Silenciosa] de Rachel Carson, el libro que dio origen al movimiento ambientalista en 1962, informaba claramente que el desarrollo causaba daños a las personas y a la naturaleza. Desde la ``Estrategia de Conservación Mundial'' de 1980 y, más tarde, el Informe Brundtland, el desarrollo llegó a ser considerado como la terapia para los daños causados por el desarrollo. ¿Qué justifica este cambio?
Primero, en los años 70, bajo el impacto de la crisis del petróleo, los gobiernos comenzaron a darse cuenta que el crecimiento continuado no dependía solamente de la formación de capitales o de un poderío humano técnicamente hábil, sino también de la disponibilidad a largo plazo de recursos naturales. Los alimentos destinados a la insaciable máquina de expansión [económica], como petróleo, madera, minerales, suelos, materiales genéticos, parecían estar disminuyendo; así aumentó la preocupación acerca de las posibilidades de un crecimiento [económico] a largo plazo. Este fue un cambio de perspectiva decisivo: no fue la salud de la naturaleza la que se convirtió en el foco de la preocupación, sino más bien fue la salud continua del desarrollo. En 1992, el Banco Mundial resumió el nuevo consenso en una frase lacónica: ``¿Qué es sostenible? El desarrollo sostenible es el desarrollo que dura.''[3] Obviamente, la tarea de los expertos del desarrollo no sigue siendo la misma bajo este imperativo, porque supuestamente el horizonte de sus decisiones ahora se extiende en el tiempo, tomando en cuenta también el bienestar de las futuras generaciones. Pero el contexto sigue siendo el mismo: el ``desarrollo sostenible'' invoca la conservación del desarrollo, no la conservación de la naturaleza.
Incluso adoptando una definición muy rudimentaria de desarrollo, el sesgo antropocéntrico de la aseveración viene a la mente; no es la preservación de la dignidad de la naturaleza la que está en la agenda internacional, sino más bien la extensión a la posteridad del utilitarismo homocéntrico. Es inútil decir que esta operación conceptual ha suprimido la corriente naturalista y biocéntrica del ambientalismo actual. Con el ``desarrollo'' nuevamente al mando, la visión acerca de la naturaleza se modifica. La pregunta ahora es: ¿Cuáles son, y hasta qué punto son, los ``servicios'' de la naturaleza indispensables para el desarrollo futuro? O, diciéndolo al revés: ¿Cuáles ``servicios'' de la naturaleza son prescindibles o pueden ser sustituidos, por ejemplo, por nuevos materiales o la ingeniería genética? En otras palabras, la naturaleza se convierte en una variable, si bien ciertamente crucial, del desarrollo sostenible. No es ninguna sorpresa, entonces, que el ``capital natural'' ya se ha convertido en una noción de moda entre los economistas ecológicos.[4]
Segundo, una nueva generación de tecnologías post-industriales ha sugerido que el crecimiento no estaba invariablemente relacionado con el despilfarro de más y más recursos, como durante el tiempo de las economías pesadas, más bien podía conseguirse a través de medios que explotaran los recursos de una manera menos intensiva. Mientras en el pasado el objetivo de las innovaciones era ampliamente el aumento del la productividad laboral, ahora parecía posible que la inteligencia técnica y organizativa podía concentrarse en el incremento de la productividad de la naturaleza. A los ojos de los desarrollistas, los ``limites al crecimiento'' no invocaban un abandono de la carrera, sino más bien una modificación de la técnica competidora. Luego que ``ningún desarrollo sin sostenibilidad'' había ganado popularidad, ``ninguna sostenibilidad sin desarrollo'' también ganó reconocimiento.
Tercero, se había descubierto que la degradación ambiental constituía una condición de pobreza de dimensiones planetarias. Mientras anteriormente la imagen desarrollista del ``pobre'' era caracterizada por falta de agua, vivienda, salud y dinero, ahora los pobres son aquellos que sufren también la falta de naturaleza. La pobreza ahora es ejemplificada por las personas que se encuentran desesperadamente en búsqueda de leña, o atrapados por cercenantes desiertos, o expulsados de sus tierras y bosques, o forzados a aguantar espantosas condiciones sanitarias. Una vez que se identifica a la falta de naturaleza como una causa de pobreza, se deduce claramente que las agencias de desarrollo, puesto que están en el negocio de la ``erradicación de la pobreza,'' tienen que diversificarse en programas para el medio ambiente. Pero las personas cuya supervivencia depende de la naturaleza no tienen otra opción que explotar los últimos fragmentos que quedan de su munificencia. Dado que la decadencia de la naturaleza es también una consecuencia de la pobreza, los pobres del mundo de repente entraron en la escena como agentes de destrucción ambiental. Mientras en los años 70 el hombre industrial aún era considerado como la amenaza principal para la naturaleza, durante los años 80 los ambientalistas giraron la mirada hacia el Tercer Mundo, y señalaron la desaparición de su bosques, suelos y animales. Con el cambio de foco, el ambientalismo, parcialmente, asumió un color diferente; la crisis ecológica ya no es percibida como el resultado de la acumulación de riqueza para la clase media global del Norte y del Sur, sino más bien como el resultado de la presencia humana sobre la tierra en general. No importa si la naturaleza es consumida en nombre de artículos de lujo o de la supervivencia, no importa si son los poderosos o los marginalizados los que explotan la naturaleza, para la creciente tribu de ecócratas todo es lo mismo. Y así podría darse que, entre otras cosas, se organizó una ``Cumbre de la Tierra'' para alcanzar decisiones que bien hubieran podido estar entre las preocupaciones de la OECD - o incluso del G7.
La persistencia del ``desarrollo,'' los recién descubiertos potenciales de las trayectorias de crecimiento que exploten los recursos de una manera menos intensiva, y el descubrimiento de la humanidad en general como enemiga de la naturaleza - estas nociones constituían los ingredientes conceptuales para el tipo de pensamiento que recibió sus bendiciones diplomáticas durante la CNUMAD: el mundo puede ser salvado por medio de más y mejor administración. El mensaje, que es repetido ritualmente por muchos políticos, industriales y científicos que recientemente han optado por un traje verde, es el siguiente: nada debería ser (versión dogmática) o puede ser (versión fatalista) hecho para cambiar la dirección que las economías del mundo están tomando; los problemas que se presenten a lo largo del camino pueden ser solucionados, si se asume el reto de un manejo mejor y más sofisticado. Como resultado, la ecología, anteriormente un llamado para nuevas virtudes públicas, se ha convertido ahora en un llamado para nuevas habilidades ejecutivas. En efecto, la Agenda 21, por ejemplo, rebosa de fórmulas tipo ``enfoque integrado,'' ``uso racional,'' ``gestión responsable,'' ``interiorización de costos,'' ``mejor información,'' ``aumento de coordinación,'' ``predición a largo plazo,'' pero en gran medida (con la excepción de algunas tímidas frases en el capítulo acaloradamente debatido, ``Changing Consumption Patterns'' [Cambiando los Patrones de Consumo]) falla en considerar cualquier reducción de los estándares materiales de vida y cualquier intento de desacelerar la dinámica de acumulación. En breve, las alternativas al desarrollo son condenadas al ostracismo, las alternativas en el seno del desarrollo son bienvenidas.
Sin embargo, fue un logro de la CNUMAD haber invocado instrumentos ecológicos desde una tribuna global, una apertura que dará un espaldarazo a la ingeniería medioambiental en todo el mundo. Pero el precio de este logro es la reducción del ambientalismo a un asunto administrativo. Porque la tarea de la ecología global puede ser entendida de dos maneras: o es un esfuerzo tecnocrático para mantener a flote el desarrollo a pesar de los ventisqueros de la polución y del saqueo; o es un esfuerzo cultural para deshacerse de la hegemonia de anticuados valores occidentales y retirarse gradualmente de la carrera desarrollista. Puede ser que estas dos maneras no sean exclusivas en detalle, pero difieren profundamente en perspectiva. En el primer caso, la tarea primordial es la administración de los límites biofísicos del desarrollo. Todos los poderes de previsión deben ser invocados para poder conducir el desarrollo a lo largo del borde del abismo, inspeccionando, probando y maniobrando continuamente los límites biofísicos. En el segundo caso, el reto consiste en estructurar los límites políticos/culturales del desarrollo. Cada sociedad es invitada a buscar modelos indígenas de prosperidad, que permita al curso de la sociedad permanecer a una distancia desahogada del borde del abismo, viviendo elegantemente dentro de un volume de producción estable o en contracción. Es análogo a conducir un vehículo a gran velocidad hacia un cañon, sea equipado de radar, monitores y una tripulación altamente calificada, corregiendo su rumbo y maniobrándolo lo más audazmente posible cerca del borde; o, reduciendo la velocidad, se lo aleja del borde, y se lo conduce por aquí y por allá, sin prisas, y sin demasiada atención en los mandos precisos. Demasiados ecologistas globales - implicita o explicitamente - prefieren la primera elección.

REGATEAR EL RESTO DE LA NATURALEZA

Hasta hace pocas décadas, algunas áreas de la biosfera aún permanecían inalteradas por los efectos del crecimiento económico. Es básicamente durante los últimos treinta años que los tentáculos del productivismo se han cerrado sobre las últimas áreas vírgenes, sin dejar intacta en la actualidad a ninguna parte de la biosfera. Muy a menudo, el impacto humano crece hasta la agresión a plena escala, destrozando las intricadas redes vitales. Desde tiempos inmemoriales, la humanidad se defendió de la naturaleza, en la actualidad la naturaleza tiene que ser defendida de la humanidad. En particular peligro se encuentran los ``patrimonios globales comunes,'' la Antárdida, los fondos oceánicos, los bosques tropicales, con muchas especies amenazadas por el crecimiento voraz de la demanda de nuevos recursos, mientras la atmósfera terrestre es sobrecargada de residuos que el crecimiento deja atrás. Por aquella razón, los años 80 fueron testigos de la aparición de la consciencia ecologista global, expresada por muchas voces, todas deplorando las amenazas contra la biosfera terrestre y la ofensa hacia las generaciones futuras. Se invocó el deber colectivo de preservar el ``patrimonio común de la humanidad,'' y el ``Cuidado de la Tierra''[5] se convirtió en un imperativo que agitó los espíritus en todas las partes del mundo. El respeto por la integridad de la naturaleza, independientemente de su valor para el género humano, así como una adecuada consideración de los derechos de los seres humanos, obligaba a que los patrimonios [naturales] comunes fueran protegidos.
La diplomacia ambientalista internacional, de todas maneras, persigue algo diferente. La retórica, que adorna conferencias y convenciones, ritualmente invoca una nueva ética, pero la realidad alrededor de las mesas de negociaciones sugiere una lógica diferente. Allá, en su mayoría, uno ve diplomáticos ocupadísimos en el juego familiar de acumular ventajas para sus propios países, ansiosos de mostrarse más habilidosos que sus opositores, confeccionando astutamente preocupaciones medioambientales a medida de los intereses dictados por la posición económica de sus naciones. Sus parámetros de acción son limitados por la necesidad de expandir el espacio para el ``desarrollo'' de sus naciones; por lo tanto, en sus manos, las preocupaciones medioambientales son usadas de baza en la lucha de intereses. En ese sentido, el empuje de las negociaciones durante la CNUMAD no fue diferente del empuje de negociaciones anteriores acerca de la Ley del Mar, la Antártida, o el Protocolo de Montreal sobre la reducción de los CFCs; y las negociaciones venideras sobre el clima, la protección animal, o la biodiversidad, dificilmente serán diferentes.
La novedad de Rio, si hubo una, no se encuentra en los compromisos hacia una administración responsable y colectiva de la naturaleza, sino más bien en el reconocimiento internacional de la escasez de los recursos naturales para el desarrollo. La fragilidad de la naturaleza llegó a ser enfocada, porqué los servicios que ella ofrece como ``fuente'' o ``vertedero'' del crecimiento económico se han vuelto inadecuados; luego de siglos de disponibilidad, la naturaleza ya no puede ser considerada como el callado colaborador en el proceso de ``civilización técnica.'' En otras palabras, la diplomacia medioambiental se ha dado cuenta de que la naturaleza, en cuanto mina de recursos y contenedor de desperdicios, es finita. Dado que el desarrollo es sin plazo definido, la lógica subyacente a las negociaciones internacionales es particularmente franca. Primero, los límites tienen que definirse a un nivel que permita el máximo uso de la naturaleza en cuanto mina y contenedor, justo hasta el umbral crítico, más allá del cual la decadencia ecológica rápidamente se aceleraría. Aquí es donde los científicos ganan la supremacía, puesto que tales límites pueden establecerse solamente en base a ``evidencias científicas''; peleas sin fin acerca del estado de conocimiento son entonces parte del juego. Una vez que se haya superado el obstáculo, el segundo paso en el proceso de regateo consiste en definir lo que adecuadamente le corresponde a cada país en la utilización de la ``fuente'' o del ``vertedero'' en cuestión. Aquí la diplomacia encuentra una arena nueva, y los clásicos medios de poder, persuasión y coima vienen muy bien para poder maximizar la porción que le toca a cada país. Y, finalmente, hay que planear los mecanismos para asegurar la conformidad de todos los grupos con las normas establecidas por el tratado, un esfuerzo que implica el monitoreo internacional y las instituciones de seguridad. Lejos de ``proteger a la Tierra,'' la diplomacia medioambiental que trabaja en un marco desarrollista no puede que concentrar sus esfuerzos en el racionamiento de lo que queda de la naturaleza. Su efecto no deliberado será normalizar, no eliminar, el abuso y la polución globales de la naturaleza.
Cuatro líneas principales de conflicto se abren camino a través del paisaje de la diplomacia medioambiental internacional, que incluyen: derechos para ulteriores explotaciones de la naturaleza; derechos a la contaminación; derechos a la compensación; y sobretodo conflictos sobre las responsabilidades. En las discusiones de la CNUMAD acerca de la convención sobre la biodiversidad, por ejemplo, los derechos para ulteriores explotaciones de la naturaleza se mantuvieron al centro de la escena. ¿Quién tiene derecho a acceder a los - cada vez más limitados - recursos genéticos del mundo? ¿Las naciones-estados pueden ejercer sobre ellos su soberanía o hay que considerarlos como ``patrimonio global común''? ¿A quién se le permite sacar provecho del uso de la diversidad genética? Países ricos en biomasa, pero pobres en capacidad industrial, se encontraban de esta forma contrapuestos a los países ricos en poderío industrial, pero pobres en biomasa. Asuntos similares surgen respecto al problema de la madera tropical, la minería en los fondos oceánicos, o los animales salvajes. Con respecto a la convención sobre el clima, por otra parte, los esfuerzos diplomáticos estaban dirigidos a la optimización de los derechos a la contaminación durante varios periodos de tiempo. Los países productores de petróleo no estaban contentos acerca de cualquier tope para las emisiones de CO2, mientras que las pequeñas naciones isleñas, comprensiblemente, esperaban límites lo más estrictamente posibles. Además, más economías dependían de una base de combustibles baratos, menos sus respectivos representantes se inclinaban en ser firmes sobre el CO2: los Estados Unidos al frente, seguidos por los grandes países recién industrializados, mientras Europa y Japón podían permitirse instar a límites más estrictos.... Ya que los límites biofísicos para el desarrollo se vuelven visibles, la hola del post-guerra se invierte: las negociaciones multilaterales ya no se centran sobre la redistribución de las riquezas, sino más bien sobre la redistribución de los riesgos.[6]

EFICIENCIA Y SUFICIENCIA

Hace veinte años, los ``límites al crecimiento'' eran la consigna del movimiento ambientalista mundial; en la actualidad, la palabra de moda de los expertos internacionales sobre ecología es ``cambio global.'' Los mensajes implicados son claramente diferentes.[7] Los ``límites al crecimiento'' invocan a que el homo industrialis reconsidere su proyecto y se atenga a las leyes de la naturaleza. El ``cambio global,'' sin embargo, pone a la humanidad en el asiento del conductor e insta a que domine las complejidades de la naturaleza con mayor autocontrol. Mientras la primera fórmula suena amenazadora, la segunda posee un timbre optimista: cree en un re-nacimiento del homo faber y, a un nivel más prosaico, se presta al credo que los medios probados de la economía moderna - innovación productiva, progreso tecnológico, regulación del mercado, planificación científica - indicarán el camino más allá del aprieto ecológico.
A la cura de todas las enfermedades medioambientales se le llama ``revolución de la eficiencia.'' El enfoque está sobre la reducción del procesamiento de energía y materiales en el sistema económico por medio de nueva tecnología y planificación. Que se trate de la bombilla o del auto, o del diseño de nuevas plantas de producción de energía o de sistemas de transporte, el objetivo es encontrar innovaciones que minimizen el uso de la naturaleza por cada unidad de producción. Según esta fórmula, supuestamente la economía ganará en salud manteniéndose a una dieta que elimina sobrepeso debido a basuras y escorias. El escenario de la eficiencia, sin embargo, busca cuadrar el círculo; propone un cambio radical a través del replanteamiento de medios convencionales.... Optimizar la aportación inicial, no maximizar la producción final, como durante la época post-guerra, es el órden del día, y ya se ven economistas e ingenieros que gozan una vez más de su negocio de explicar la aportación mínima por cada unidad de producción. De nuevo, la esperanza que conlleva este cambio de estrategia es establecida por el Banco Mundial: ``Las reformas de la eficiencia ayudan a reducir la polución, incrementando al mismo tiempo la producción económica de un país.''[8]
No hay duda que una revolución de la eficiencia tendría efectos de muy largo alcanze. Dado que las aportaciones naturales eran baratas y el destino de los desechos un asunto esencialmente gratuito, durante mucho tiempo el desarrollo económico ha sido sesgado hacia el saqueo de la naturaleza. Los subsidios fomentaban el despilfarro, el progreso técnico generalmente no estaba diseñado para salvaguardar los recursos naturales, y los precios no reflejaban los daños ambientales. Existe mucho margen para corregir este curso, y la Agenda 21, por ejemplo, ofrece un número de señales que indican una ruta nueva. Pero el rumbo pasado de la historia económica - en el Este, en el Oeste, y en el Sur - aunque con notables excepciones - sugiere que las estrategias de eficiencia en sus fases tempranas de crecimiento poseen un margen pequeño, mientras parece que trabajan mejor - y son asequibles - cuando se aplican luego de que un cierto nivel de crecimiento haya sido alcanzado. Ya que en el Sur las políticas de crecimiento selectivo serían una forma mucho más poderosa de limitar la demanda de recursos, el transferir hacia allá la ``revolución de la eficiencia'' a rajatabla tiene sentido solamente si se espera que el Sur siga la trayectoria desarrollista del Norte....
Pero la estrategia de la eficiencia obviamente está en las manos del Norte: de esta forma, ellos pueden ofrecer nuevamente al Sur una selección novedosa de instrumentos de progreso económico, a un precio que será apenas distinto de aquel pagado durante las décadas de la transferencia tecnológica.
Los ambientalistas que mencionan exclusivamente la administración eficiente de los recursos concentran la imaginación social en la revisión de los medios, más que en la revisión de los fines.... Un incremento en la eficiencia [de la administración] de los recursos, por sí solo, no conduce a nada, a menos que vaya cogido de la mano con una inteligente limitación del crecimiento. En vez de preguntar cuántos supermercados o cuántos jacuzzi son suficientes, hay que enfocar sobre cómo todos aquellos - y más - pueden darse con una menor aportación de recursos. Si, de todos modos, la dinámica del crecimiento no se desacelera, los logros de la racionalización pronto serán engullidos por la ronda ulterior del crecimiento. Consideremos, por ejemplo, el caso del automóvil eficiente. En la actualidad los motores de los autos son definitivamente más eficientes que en el pasado; sin embargo, el crecimiento sin tregua del número de coches y de millas recorridas ha borrado completamente aquel avance. Y la misma lógica vale en todo frente, desde el ahorro energético hasta la reducción de la polución y el reciclaje; sin mencionar el hecho que el conjurar continuamente los efectos destructivos del crecimiento a su vez requiere un ulterior crecimiento. En verdad, lo que realmente importa es la escala física absoluta de la economía versus la naturaleza, no solamente la eficiente distribución de los recursos. Herman Daly ha ofrecido una comparación contundente: incluso en el caso de que el cargamento de un barco sea distribuido eficientemente, el barco inevitablemente se hundirá si el peso es demasiado grande - ¡aunque pueda darse que se hunda óptimamente! Eficiencia sin suficiencia es contraproducente; la última debe definir los límites de la primera.
Sin embargo, el laberíntico credo desarrollista impide cualquier serio debate público acerca de la moderación del crecimiento. Bajo su sombra, cualquier sociedad que está en capacidad de decidir, al menos en ciertas áreas, de no superar ciertos niveles de intensidad en la producción de bienes, de prestación técnica, o velocidad, parece estar atrasada. Como resultado, en la discusión oficial sobre la ecología global, la consideración de opciones-nulas, es decir, el elegir no hacer algo que es técnicamente posible, es tratado como un tabú, incluso hasta el punto que algunos acuerdos quedan en el rídiculo....

LA HEGEMONÍA DEL GLOBALISMO

``Desarrollo sostenible,'' aunque pueda significar muchas cosas para muchas personas, sin embargo contiene un mensaje medular: mantener el volúmen de la extracción/emisión en equilibrio con la capacidad de regeneración de la naturaleza. Parece lo suficientemente razonable, pero oculta un conflicto que todavía no se gana la atención pública, aunque asuntos fundamentales como poder, democracia y autonomía cultural están en juego. Sostenibilidad, sí, pero ¿a qué nivel? ¿Dónde hay que cerrar el círculo de la explotación y de la regeneración? ¿A nivel de una comunidad local, de un país, o del planeta entero? Hasta los años 80, usualmente los ambientalistas se encontraban preocupados por el espacio local o nacional; ideas como ``eco-desarrollo'' y ``autosuficiencia'' buscaban incrementar la independencia económica y política de un lugar reconectando los flujos de los recursos ecológicos.[10] Pero, en los años siguientes, comenzaron a observar las cosas desde un mirador mucho más elevado: adoptaron el punto de vista del astronauta, abarcando a todo el globo con una sola mirada. La ecología actual está comprometida en salvar nada menos que al planeta. Aquel globo sugestivo, suspendido en el universo oscuro, delicadamente equipado de nubes, oceanos y continentes, se ha convertido en el objeto de la ciencia, de la planificación y de la política. Dificilmente la modestia se asemeja al distintivo de esta actitud mental. El número especial de Scientific American del año 1989, con el título programático ``Managing Planet Earth'' [Administrar el Planeta Tierra], marca la pauta:

Es en cuanto especie global que estamos por trasformar el planeta. Es únicamente en cuanto especie global - poniendo en común nuestro conocimiento, coordinando nuestras acciones y compartiendo lo que el planeta tiene que ofrecer - que podemos tener cualquier posibilidad de administrar la transformación del planeta siguiendo las directrices del desarrollo sostenible. La administración autoconsciente e inteligente de la Tierra es uno de los grandes retos que enfrenta la humanidad a medida que se acerca al siglo XXI.[11]

La percepción de la Tierra como un objeto de manejo ambiental es, a nivel cognitivo, seguramente un resultado de los viajes espaciales, que han revelado al planeta como objeto visible, una revolución en la historia de la percepción humana.[12] Pero al mismo tiempo hay una razón política, científica y tecnológica. Políticamente, fue solamente en los años 80 que la lluvia ácida, la disminución de ozono y el efecto invernadero llevaron a cada casa el mensaje de que la contaminación industrial afecta al planeta entero sin importar los confines nacionales. El planeta se reveló ser el último vertedero. Cientifícamente, la investigación ecológica, luego de que durante años había limitado su enfoque principalmente a ecosistemas puntuales y aislados, como los desiertos, los humedales, o las selvas lluviosas, recientemente ha concentrado su atención en la biosfera, aquella envoltura de aire, vegetación, agua y rocas que sustenta la vida globalmente. Tecnológicamente, como a menudo ocurre en la historia de la ciencia, fue una nueva generación de instrumentos y equipos la que ofreció la posibilidad de coleccionar y analizar datos a una escala global. Por medio de satélites, sensores y computadoras, la tecnología disponible en los años 90 ha permitido examinar y modelar la biosfera. Como estos factores se han manifestado simultáneamente, la arrogancia humana ha descubierto el dominio último: el planeta Tierra.
Solamente hasta hace unos pocos años, el invocar la totalidad del globo significaba algo distinto. Los ambientalistas agitaban la imagen de la Tierra tomada desde el espacio, para recordar al público de lo majestuosamente finita que es la Tierra, y para difundir el hallazgo de que al final no hay como huir de las consecuencias de la acción humana. Mientras [los ambientalistas] apelaban a la realidad del planeta, invitando a las personas a abrazar la humildad, una nueva tribu de ecócratas globales está lista para actuar sobre la realidad recién descubierta del planeta, imaginándose que pueden presidir el mundo. La investigación de la biosfera se está convirtiendo rápidamente en toda una ciencia; estimulada por un número de programas internacionales,[13] las ``ciencias planetarias,'' que incluyen la observación satelital, las expediciones al fondo de los océanos, el análisis de datos planetarios, están por ser institucionalizadas en muchos países.
Con esta tendencia, la sostenibilidad es concebida cada vez más como un reto para la administración global. Los nuevos expertos se dedican a identificar, a una escala planetaria, por un lado el equilibrio entre extraciones/emisiones humanas, y por otro la capacidad de regeneración de la naturaleza, monitoreando y trazando mapas, midiendo y calculando flujos energéticos y ciclos biogeoquímicos alrededor del globo. Según la Agenda 21:

Es esencial, si se quiere presentar un cálculo más preciso de la capacidad de carga del planeta Tierra y su resistencia a tantas tensiones a que está sometido por medio de la actividad humana.[14]

Es la agenda implícita de este empeño la que al final es capaz de moderar el sistema planetario, supervisando la diversidad de las especies, las zonas pesqueras, los índices de deforestación, los flujos energéticos, y los ciclos de los materiales. Sigue siendo objeto de especulación cuál de estas expectativas se realizará, pero no cabe duda de que la conexión entre la exploración del espacio, la tecnología de los sensores y las simulaciones numéricas ha incrementado ampliamente la capacidad de monitorear la naturaleza, de identificar el impacto humano y de hacer predicciones. La administración de los presupuestos energéticos se convierte así en un asunto de política planetaria.
Las imagenes satelitales que escanean la envoltura vegetal del globo, los gráficos numéricos que simulan curvas interactivas que evolucionan en el tiempo, los nivéles de los umbrales propuestos como normas planetarias constituyen el lenguaje de la ecología global. Construye una realidad que contiene montañas de datos, pero no personas. Los datos no explican por qué los Tuareg son empujados a agotar sus manantiales, o qué es lo que hace que los Alemanes estén tan obsesionados por la alta velocidad en las autopistas; no establecen quiénes son los dueños de la madera despachada desde la Amazonía o qué tipo de industria es la que florece por la contaminación del Mar Mediterraneo; y enmudecen ante el significado de los árboles de la selva para las tribus nativas o del agua en un país arabe. En resumen, proporcionan un conocimiento sin rostro y sin lugar; una abstracción que implica un costo notable: consigna al olvido las realidades de la cultura, del poder y de la virtud. Proporciona datos, pero ningún contexto; expone diagramas, pero ningún actor; ofrece cálculos, pero ninguna noción de ética; busca la estabilidad, pero desprecia la belleza. De hecho, el mirador global requiere allanar todas las peculiaridades y despreciar todas las circunstancias; pocas veces la separación entre observador y observado ha sido más grande que entre la silvicultura satelital y el seringueiro de la selva de Brazil. Es inevitable que las aseveraciones del manejo global se encuentren en conflicto con las aspiraciones por los derechos culturales, la democracia y la auto determinación. En efecto, es fácil para una ecocracia que actúa en nombre de ``la Tierra'' convertirse en una amenaza para las comunidades locales y sus estilos de vida. Después de todo, ¿ha existido alguna vez, en la historia del colonialismo, un motivo más poderoso para organizar el mundo más eficientemente que el llamado a salvar al planeta?
El Norte se enfrenta a un problema más. Debido a que la tentativa de un manejo global ha sido provocada por una nueva constelación histórica. Desde cuando Colón llegó a Santo Domingo, el Norte en gran medida no ha sufrido por las trágicas consecuencias que siguieron a su expansión planetaria; otros fueron los que aguantaron el peso de la enfermedad, de la explotación y de la destrucción ecológica. En la actualidad, esta marea histórica parece a punto de invertirse; por primera vez los países norteños están expuestos a las amargas consecuencias de la occidentalización del mundo. La inmigración, la presión demográfica, el tribalismo equipado con mega-armas y, sobre todo, las consecuencias ambientales de la industrialización planetaria amenazan con desestabilizar el estilo de vida del Norte. Es como si el ciclo abierto por Colón estuviese por cerrarse al final de este siglo [XX]. Como resultado, el Norte planifica a nivel planetario modos y medios de protección y de administración de los riesgos. La planificación racional del planeta se convierte en un asunto de seguridad del Occidente.
El celebrado control del hombre (occidental) sobre la naturaleza deja mucho que desear. Ciencia y tecnología trasforman exitosamente a la naturaleza a escalas muy grandes, pero, hasta ahora, con consecuencias tanto impredecibles como desagradables. En efecto, solamente en el caso de que estas consecuencias estuvieran bajo control sería posible hablar de haber llevado a cabo el dominio sobre la naturaleza. Es a esta altura que el ambientalismo tecnocrático entra en la escena. Visto desde este ángulo, el objetivo de la administración ambiental global es nada menos que el control de un segundo orden; hay que instaurar un nivel superior de intervención y observación para poder controlar las consecuencias del control sobre la naturaleza. Dicho paso se vuelve de lo más imperativo a medida que el empuje hacia la conversión del mundo, en una sociedad estrechamente interconnectada y en expansión económica, continúa sin pausa. Dado que la fuerza continuada de la síndrome desarrollista es un impedimento para contener la dinámica de la industrialización planetaria, la tarea obvia es prepararse para regular globalmente la transformación de la naturaleza de una forma óptima. Es en esa luz que el Scientific American puede elevar las preguntas siguientes a asuntos claves para las futuras tomas de decisiones:

Dos preguntas cruciales deben ser tratadas: ¿Qué tipo de planeta queremos? ¿Qué tipo de planeta podemos lograr? ... ¿Qué nivel de biodiversidad debería mantenerse en el mundo? ¿Debería reducirse el tamaño o el crecimiento de la población humana...? ¿Cuánto cambio climático es aceptable?[15]

Si no existen límites al desarrollo, seguramente no hay límites aparentes al orgullo desmedido.

REFERENCIAS

1. Véase la entrada para ``underdeveloped'' [``subdesarrollado''] en el Oxford English Dictionary (1989), vol. XVIII, 960. Investigaciones exhaustivas en la historia del discurso desarrollista pueden encontrarse en Wolfang Sachs (ed.), The Development Dictionary: A Guide to Knowledge as Power, London, Zed Books, 1992.

2. Declaración Ministerial de Pekín Sobre el Desarrollo y el Medioambiente, 19 de Junio de 1991. No sigo sugerencias para hacer una distinción entre crecimiento y desarrollo. Personalmente no me parece que ``desarrollo'' pueda ser purificado de su contexto histórico. Para una distinción, véase Herman E. Daly, ``Toward Some Operational Principles of Sustainable Development,'' en Ecological Economics, vol. 2, 1990.

3. World Development Report 1992, (para el Banco Mundial) Oxford University Press, New York, p. 34, 1992.

4. Véase por ejemplo Salah El Serafy, ``The Environment as Capital,'' en R. Costanza (ed.), Ecological Economics: The Science and Management of Sustainability, New York, Columbia University Press, pp. 168-75, 1991.

5. El título de un importante documento, publicado conjuntamente por IUCN, UNEP, y WWF en Gland, Suiza, en 1991.

6. Este cambio ha sido observado para la escena doméstica [Alemania] por Ulrich Beck, Risikogesellschaft, Frankfurt: Suhrkamp, 1987.

7. Frederick Buttels et al., ``From Limits to Growth to Global Change: Constraints and Contradictions in the Evolution of Environmental Science and Ideology,'' en Global Environmental Change, vol. 1, no. 1, pp. 57-66, Diciembre de 1990.

8. World Development Report 1992, cit., p. 114.

9. Herman E. Daly, ``Elements of Environmental Macroeconomics,'' en R. Costanza (ed.), cit., p. 35.

10. Por ejemplo Ignacy Sachs, Stratégies de l'écodéveloppement, Paris, Les Editions Ouvrières, 1980; también What Now?, el informe de la Fundación Dag Hammarskjöld, 1975.

11. William C. Clark, ``Managing Planet Earth,'' Scientific American, vol. 261, p. 47, Septiembre de 1989.

12. Para un análisis elaborado de este aspecto, véase Wolfgang Sachs, Satellitenblick. Die Visualisierung der Erde im Zuge der Weltraumfahrt, Berlin, Science Centre for Social Research, 1992.

13. Para una perspectiva general véase Thomas F. Malone, ``Mission to Planet Earth: Integrating Studies of Global Change,'' en Environment, vol. 28, no. 8, pp. 6-11 y pp. 39-41, 1986.

14. Capítulo 35.1 en la sección ``Science for Sustainable Development.''

15. Clark, cit., p. 48.

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Última revisión Diciembre 1, 2003. Introducción y traducción de Paolo Catelan. Edición de Numa Pompilio Reinoso Larrea. El material publicado en PanNatura está protegido por la Ley de Derechos de Autores y Editores y © Fundación Sangay: El uso indiscriminado del mismo no está permitido, pero puede ser libremente circulado para fines personales, educacionales y no comerciales. PanNatura y Fundación Sangay son marcas y logos registrados. © PanNatura 2003. © Fundación Sangay 2003.


Original title, ``Global Ecology and the Shadow of `Development' ''. From DEEP ECOLOGY FOR THE 21ST CENTURY, edited by George Sessions. © 1995 by George Sessions. Reprinted by arrangement with Shambhala Publications Inc., Boston, www.shambhala.com - A longer version of this essay was originally published in Wolfgang Sachs (ed.), GLOBAL ECOLOGY, London: Zed Books, 1993.


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