A pesar de su importancia ecológica a nivel mundial, el Parque Nacional Sangay sigue siendo poco explorado. Los Guías Indígenas de Alao, una comunidad en una de sus entradas, son de los mayores conocedores de la zona alta del Parque. En una caminata de tres días, ellos nos llevaron a explorar el importante conjunto de las Lagunas de Shararumi, dentro de este Patrimonio Natural de la Humanidad. En el camino, nos contaron su historia.
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El volcan Sangay (5230 m.) visto desde Oso Machay,
PN Sangay. Foto © Paolo Catelan 2001. © Fundación Sangay 2004. |
Al sudeste, el cielo se va abriendo poco a poco y deja ver lo que parece una gran arista de nieve. Nuestros siete ojos también se abren para tratar de confirmarlo (siete, porqué a uno de nuestros guías le falta uno). Durante dos días de caminata hemos hurgado las nubes para encontrarlo, pero hasta ahora solo habíamos escuchado sus rugidos. Cuando vemos que las nubes se mezclan con ceniza, ya no nos queda duda que es el Sangay, unos de los nevados menos accesibles del Ecuador.
"¡Está saliendo homo!", exclama Roberto Caz emocionado, como si fuera la primera vez que lo ve. Él es uno de los fundadores de la Asociación de Guías Indígenas de los Volcanes Altar y Sangay y ha coronado este último por lo menos una media centena de veces. Su amigo italiano y co-fundador de la Asociación, Paolo Catelan, también se alegra de la misma manera. "¡Superbo!", dice en su español salpicado de italiano e inglés. Como hace más de diez años, cuando juntos ascendieron a su cumbre por primera vez, el Sangay es la fuente de alegría de este par de amigos.
Estamos en una hendidura cavada en la base de unas grandes rocas
que nos sirve de campamento. Vinicio Caz, el guía tuerto, también
sonríe porque es cierto lo que decía: "De Oso Machay sí se ve el
Sangay." Para confirmarlo, debimos atravesar a tientas durante tres
jornadas un territorio poblado de una docena de lagunas casi
inexploradas, en la zona alta y central del Parque Nacional
Sangay. La carta topográfica del Instituto Geográfico Militar (IGM)
representa a nuestras lagunas con un color celeste claro. Ellas se
ubican en el límite occidental del Parque y originan el Río Santa Ana,
afluente del Río Palora. El verde claro del mapa hace las veces de
bosque y el blanco, de pajonal? Las curvas de nivel muestran que todas
se encuentran a alturas distintas, entre 3650 y 4000 msnm. Pero sobre
una mesa, en una casa de Riobamba, todo este territorio parece plano,
como la mesa misma.
Desde ahí salimos juntos con Paolo Catelan rumbo a Alao, una
pequeña población a unos 40 kilómetros al sur oriente de la capital de
Chimborazo. Hace una década, este físico italiano se enamoró de esa
comunidad y desde entonces contribuye con ella. Veinte minutos después
de atravesar Licto, nos adentramos en la cuenca del Río Alao.
Al principio modesto, este valle poco a poco se agranda, tanto que
en su parte más alta podría albergar toda una ciudad como Quito. El
valle nace decenas de kilómetros más al norte, a los pies de los
Cubillines. Casi al inicio, junto a la hacienda Santa Rosa, se
encuentra San Antonio de Alao, una comunidad de unos 1500 quichuas
de la sierra, descendientes de los Puruháes.
Allí encontramos al guía Roberto Caz. "Buenos días, señor Paolo...,
sí señor Paolo..., como usted diga, señor Paolo." En cinco minutos, él
decide abandonar sus ocupaciones y llevarnos a la exploración de las
lagunas de Shararumi. Vinicio Caz, su primo, también nos acompañará.
Ambos pertenecen a la Asociación de Guías Indígenas, fundada en Mayo de
1991.
Luego de media hora de recorrido, dejamos el "jeep" en un potrero y
empezamos la caminata calzados de botas de caucho. Ingresamos por Anga
Llacta, una de las extensísimas quebradas que desembocan en este valle.
A medida que subimos, vemos los meandros que forma el río. Luego
nos adentramos en una pequeña franja de bosque montano, remanente de
los bosques nublados de altura que cubrían el valle y las serranías.
Allí los guías nos muestran pumamaquis, árboles de papel (polylepis),
arrayanes, quishuares y guaycundos (alimento del oso de anteojos). Si
no fuera por el frío, creeríamos estar en medio de la selva lluviosa.
Ya no caminamos dentro de Santa Rosa, sino en territorios comprados
por los comuneros de Alao hace algunos años a la misma hacienda. En
total son 17 mil hectáreas de bosques, páramos y pajonales las que
pertenecen a la comunidad: todo lo que se alcanza ver a simple vista y
mucho más. Ellos tardaron un año en recoger el dinero para adquirir
estos terrenos poco aptos para la ganadería y peor aún para la
agricultura, pero ideales para convertirse en una zona de
amortiguamiento para el Parque, cree Catelan.
De alguna forma, todo este territorio ya les pertenecía desde hace
mucho tiempo. Sus abuelos, cuenta Vinicio, debían trabajar "de gratis"
varios días a la semana en la hacienda, a riesgo de ser castigados. Era
"el tiempo de la esclavitud".
Ascendemos cuatro horas por estos páramos comunitarios. Al fondo de
una hondonada muy profunda, divisamos la primera laguna del recorrido,
la de Pircapungo. En sus orillas, los binoculares nos dejan observar
dos venados que beben de aguas verdosas. Al terminar, éstos suben la
montaña al frente en poquísimos minutos, algo que a nosotros nos
hubiera tomado horas. Mientras corren, el movimiento de sus rabos nos
permite ver que son venados de cola blanca. Llegamos al "pungo", o el paso natural de la Cordillera Chinchillay.
Aquí se inicia la provincia de Morona-Santiago, y también el Parque
Nacional Sangay, desde 1983 Patrimonio Natural de la Humanidad, título
igualado en Ecuador solo por Galápagos. Desde 1992, debido
especialmente a los efectos nocivos de la construcción de la carretera
Guamote-Macas, el Parque Sangay está inscrito en la lista de la UNESCO
de los Patrimonios Naturales en Peligro.
Desde este punto, nos adentramos a una zona muy poco conocida del
Parque Sangay. Solo la gente de Alao suele visitarla en busca de ganado
perdido. Para seguir, no solo requerimos de nuestro mapa, sino de la
experiencia e intuición de nuestros guías. El 7 de Febrero de 1989 la vida de Roberto Caz cambió. Tres días
antes había salido como arriero con un pequeño grupo que tenía como
objetivo coronar el Sangay. Lo encabezaba Paolo Catelan, un italiano,
en aquel entonces profesor de física en la Politécnica del Chimborazo.
Ese día, Caz le pidió a ese grupo que le llevara a la cumbre del
volcán. Dudaron al ver la total falta de equipo del indígena: saquito
abierto, pantalón de vestir, botas de caucho. Pero al fin se
decidieron, porqué no? Ese día Roberto Caz se convirtió en el primer
nativo en coronar el Sangay.
Pasaron varios meses y Catelan recibió una inesperada visita en
Riobamba. Era el hermano de Roberto, Carlos, quien le contaba que Alao
estaba polarizada entre los que creían que Caz había llegado a la
cumbre del nevado y los que no. El italiano sugirió una solución
adecuada: organizaría una exposición de diapositivas para mostrarles
públicamente las pruebas. En la sala comunal de Alao, unas 200 personas
vieron las fotos que comprobaban que efectivamente Caz había
conquistado los 5230 metros del feroz volcán.
Así nació la amistad entre Caz y Catelan. Luego de dos años, el 8
de mayo de 1991, debido a los abusos de que eran objeto los porteadores
de Alao y con el objetivo de brindar mejores y más sistemáticos
servicios a los turistas, fundan juntos con una treintena de nativos la
Asociación de Guías de Alao. El pasado mayo, esta asociación cumplió
diez años de actividad. Dos de sus miembros nos llevaban ahora a
explorar lagunas desconocidas. Mientras descendemos de Pircapungo, el páramo se va volviendo poco
a poco más rico, más exuberante, diverso y a ratos pantanoso. Abajo y a
lo lejos, vemos otra laguna. De acuerdo al IGM, debe ser Shararumi, de
la cual asignamos el nombre a todo el grupo de lagunas aledañas. Es
difícil reconocer las irregularidades de este territorio quebradizo,
rocoso y montañoso en nuestro mapa. Justo ésa es la idea que atrae
tanto a Catelan desde hace algún tiempo:"El mapa no es el territorio."
Ya se acerca la noche. A esta segunda laguna bajamos a velocidad de
venado. Tratamos de seguir el ritmo de nuestros guías y aprendemos a no
frenar. "Desde aquí se puede ver el Sangay?", pregunto, nunca lo he
visto en mi vida. Sí, detrás de esas montañas, responde Vinicio, solo
hay que esperar que se "desespeje". Pero las nubes no me permiten
admirarlo por primera vez. Conseguimos llegar antes del anochecer, y al
borde de las aguas oscuras y gélidas de Shararumi, armamos el primer
campamento.
Al siguiente día, un gavilán en el cielo y unos patos en la laguna
nos acompañan durante el desayuno. Quitamos la escarcha a la carpa y
reiniciamos la caminata temprano. Durante esta jornada, una a una
aparecerían las demás lagunas.
Luego de unos veinte minutos, nos encontramos con un picaflor. Éste
coincidencialmente nos anuncia la laguna La Quinta, según el IGM, o
mejor Quinde, según Roberto y Vinicio. El descenso es difícil porque a
esta altura el pajonal se ha vuelto más tupido. Debemos usar el
machete. A cambio, las achupallas, los licopodios, las chilcas y demás
vegetación nos van dejando pequeñas heridas en manos y brazos.
Llegamos a la laguna más grande del conjunto. Tiene más de un
kilómetro de largo por tres cientos metros de ancho. Ésta tampoco es
celeste. Lo oscuro de sus aguas nos da un indicio de su profundidad.
Pero, cuanto será profunda? Intentamos rodearla por la izquierda. Desde
lejos, no parece una tarea muy complicada.
En un punto, las rocas han formado un pequeño precipicio que no
podemos superar. Debemos trepar por una pared muy inclinada. A ratos
solo nos agarramos de una pequeña capa de tierra y musgo que cubre las
rocas, Roberto nos saca del problema poco a poco. Perdemos una hora en
un tramo que parecía nos tomaría cinco minutos. Pasado el trance, se me
ocurren dos otros axiomas para esta geografía práctica: la linea recta
no siempre es la distancia más corta entre dos puntos; y el territorio
visto desde lejos tampoco se parece al territorio.
Más adelante, La Quinta se riega y forma unas cascadas blancas con
varios saltos en medio del pajonal. "¡Superba!", opina el físico. Todo el tiempo vamos siguiendo senderos a ratos imperceptibles. Son
senderos de dantas y de venados, cuenta Vinicio. Solo esos animales
andan por aquí, y su predador, el puma. "Solo andando por sendero de
danta vamos, ahí no perdemos y vamos a todo lado". Catelan, más
científico, reflexiona: "Te das cuenta que los primeros caminos no
fueron hechos por el hombre."
Una danta parece que quiere confirmarnos estas apreciaciones. Por
varios minutos parece que le vamos siguiendo los pasos. Los guías nos
hacen percibir su olor muy parecido al del burro, nos muestran la marca
que dejan sus tres dedos en el lodo y las bolas que forman sus
excrementos. Roberto sentencia: "Ha de estar a unos cinco minutos al
frente".
Los Caz también van "leyendo" otros signos en la ruta: reconocer la
caca de conejo, de venado, de zorro; identifican pisadas del puma, del
oso; determinan indicios de neblina, de lluvia, de helada; encuentran
el camino más fácil entre pajonales, bosques, rocas, pantanales;
recuerdan nombres de pájaros, plantas, montañas. En unos excrementos de
puma, Vinicio ve que un venado ha sido su almuerzo. Mientras seguimos las huellas de la danta, llegamos a una magnífica
laguna circular, rodeada por altos acantilados de roca negra, de los
cuales bajan aguas paramales, como lágrimas de la tierra. El nombre de
la laguna no consta en el mapa. Decidimos bautizarla como una forma de
acordarnos de ella. Catelan propone que se llame la Laguna de la Luna,
Quilla Cocha, en honor a Roberto, cuyo apellido materno es Quillay.
Más abajo encontramos otra laguna que sí tiene nombre: Minas.
Parece que allá al fondo, por esa orilla opuesta, hayan encontrado oro
hace tiempo, pero quien sabe. Un ruido hondo que no es de trueno ni de
avión nos recuerda el volcán. Vinicio vuelve a señalar hacia las nubes:
"Por allá está el Sangay, pero hay que esperar que se desespeje." Pero
pasa lo contrario, y una densa niebla baja a cubrir la superficie
oscura de la laguna.
A la orilla izquierda de Minas estamos en el sitio más bajo del
recorrido, 3651 metros de altura. Cruzamos los bosques bajos que la
rodean a fuerza de machete, hasta llegar allá al fondo, a las laderas
de la que parece ser una caldera volcánica que encierra Minas. Ahora
debemos ascender y ascender para llegar a la segunda laguna más grande
del conjunto y completar el circuito, la Palangana, a 4000
metros. Luego de diez horas de caminar, con las botas de caucho
lastimándome la piel del tobillo, con las rodillas doloridas y sin
saber precisamente por donde andaremos, esos metros de desnivel que nos
señala el mapa, ya no parecen tan sencillos.
El objetivo es llegar a una especie de cueva que se conoce como
Oso Machay. Mientras el clima se va cerrando poco a poco, Roberto
sugiere que nos pongamos los impermeables. Lo hacemos, y empieza a
llover. Comemos galletas, parados bajo la lluvia.
Desde lejos, divisamos la sinuosa Palangana, y también a nuestro
próximo campamento bajo una rocas colgantes. La distancia parece
interminable. Lo único que quiero es llegar y sacarme las botas. Para
mi sorpresa, nos acercamos rápidamente. Desde mi alivio brota un
corolario inevitable ya insinuado por Catelan: la única forma de
conocer el territorio es recorrendolo.
A las cinco de la tarde, al fin, arribamos a la Cueva del Oso, que
nada tiene que envidiar al famoso restaurante quiteño homónimo. La
gruta está seca y hay un poco de leña para encender una fogata. No
necesitamos carpa para trasnochar. Solo falta que el cielo se abra para
dejarnos ver aquel dichoso nevado.
A las seis de la tarde, con una taza de agua de panela caliente en
la mano, la naturaleza nos concede ese deseo. Las nubes se
"desespejan", y aparece el mismísimo inmenso Sangay. Los binoculares
nos acercan más al espectáculo. "Por ahí, señor Paolo, por donde está
ese negro, me fui la primera vez", dice Roberto. Catelan, que lo sabe,
vuelve a exclamar: "Superbo!" Más de noche, los relámpagos nos permiten
seguir viendo por segundos, como fuera una alucinación, al Sangay con
su columna de humo. Al siguiente día nos esperarían otras seis horas
más de regreso.
De vuelta a Alao, una lluvia cegadora no nos deja despedirnos como
se debe de nuestros guías. No alcanzo a decirles: Gracias señor
Vinicio; Gracias, señor Roberto. Desde aquella primera vez, en el 1989, Roberto Caz Quillay ha
subido "contadas" una 50 veces a la cumbre del volcán Sangay. En una de
esas ocasiones, hasta se quedó a dormir en la cumbre, en solitario. Ha
guiado a cientos de turistas de todo el mundo por la difícil y
peligrosa ascensión del cono volcánico en permanente erupción. Ha
explorado los bosques y las estribaciones inexploradas del Sangay, a lo
largo de los Ríos Palora, San Diego, Namaquimi. Ha guiado durante semanas
importantes expediciones científica internacionales. Es el mayor
conocedor de la zona alta del Parque del Sangay.
El mismo calzado con el que trabaja sus chacras es el que siempre
utiliza para subir al nevado: botas de caucho. Entre los andinistas
esto puede ser considerado poco estético. A sus botas "Venus", él les
instala cuando necesario unos crampones, las garras de acero que evitan
resbalarse en el hielo duro. Pero en tres ocasiones, como en la
primera, ascendió sin crampones. Y esto los andinistas lo consideran
suicida. Sus pies, quizá, son las pruebas más evidente de los años
recorriendo el Parque. Sus plantas forman un solo callo que va desde el
talón hasta las puntitas de los dedos. Sus pies son el instrumento que
el barro, las piedras y el hielo han ido afinando con los años. Con
esos, Roberto hurga entre los secretos de los montes.
A pesar de toda esta experiencia en el área, Roberto no puede
obtener un certificado oficial como Guía del Parque. A él le falta cierto
requisito: no sabe leer ni escribir. Indignado, su amigo Catelan
afirma, sin disimular cierta ironía: "Es que aquí en la montaña hay
mucho que leer, ustedes saben, periódicos, revistas,... Yo sí se leer,
lástima que no traje nada para hacerlo."
A pesar de no saber descifrar las palabras, Roberto Caz Quillay sí
sabe nombrar. Quilla Cocha no es el único accidente geográfico
relacionado con él o su familia. En la parte alta del cono del Sangay,
existe una hondonada por donde las rocas escupidas por el volcán, a
veces grandes como coches, desahogan volando, y que una vez Roberto
cruzó trotando en sus botas de cauchos, de ida y de vuelta, mientras
los helicópteros rocosos machucaban el aire. Aquella hondonada decidió
llamarla como su esposa. De ahí se le conoce cómo Canal Grigoria.
Ponerse casco antes de cruzar. Por lo menos. El Parque del Sangay ocupa cuatro provincias del Ecuador:
Tungurahua, Chimborazo, Cañar y Morona-Santiago. Desde 1992 tiene una
extensión de 518 mil hectáreas, pero solamente los norteños 272 mil ha
originarios son declarados Patrimonio Natural de la Humanidad, ahora en
Peligro por la construcción de la carretera Guamote-Macas.
El Parque contiene tres volcanes, Tungurahua, Altar, y Sangay, dos
de ellos actualmente activos. Alberga entre los ecosistemas más
diversos del mundo, entre los 1000 y 5320 metros de altura (Altar)
desde la selva lluviosa tropical, hasta los glaciares perennes.
El Parque posee una red de 324 lagunas, las de Atillo, Osogoche,
Altar, Culebrillas, Sardinayacu y Shararumi siendo los conjuntos más
importantes.
Veinte de estas lagunas, las de Atillo y la Laguna Negra donde
nace el Río Upano, están directamente afectadas debido a la
construcción de la carretera
Guamote-Macas, según la última inspección realizada en 1999 por la
IUCN, Fundación Natura y el Ministerio de Medio Ambiente. Última revisión Julio 26,
2001 . Copyright © Patricio Rivas 2001. El
material aquí publicado está protegido por la Ley de Derechos
de Autores y Editores y © Fundación Sangay: El uso
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registrados. © Fundación Sangay 2004.
En el umbral del patrimonio
Laguna de Pircapungo, PN Sangay. La laguna se
encuentra al fondo del valle de Chaupibuc, en la Zona de
Amortiguamiento
de Anga Llacta. Foto © Paolo Catelan 2001.
© Fundación Sangay 2004.
Un indígena en la cumbre del Sangay
Lecciones de geografía real
Detrás de las huellas
Quilla Cocha, o Laguna de la Luna, PN Sangay.
Foto © Paolo Catelan 2001.
© Fundación Sangay 2004.
Conocer la Montaña sin leer ni escribir
Roberto Caz a lado de una roca apenas escupida por
el Sangay.
Foto © Paolo Catelan 1993. © Fundación Sangay
2004.
Lagunas en peligro
Lagunas de Atillo, PN Sangay. El islote cubierto de
bosque que se encuentra al centro de la laguna es área de reproduccion
del pudu
(Pudu mephistophiles), el venado más pequeño del mundo.
En la parte baja del imagen es visible la carretera
Guamote-Macas.
Foto © Paolo Catelan 1996. © Fundación Sangay
2004.