El artículo que sigue es un clásico en la
ecología; un ensayo que inspiró gran parte del pensamiento filosófico
ecocéntrico después de 1969, año de su publicación. Luego de más de
tres décadas, el contenido de Ecología y Hombre no ha perdido
ni su capacidad de inspiración ni la evocadora intensidad de su
imperecedera complejidad. De hecho, Paul Shepard, filósofo naturalista
profundo y escritor refinado, usa toda su creatividad lingüística en
la expresión de lo que, según su peculiar punto de vista, más pone en
peligro el futuro del planeta. Las explicaciones históricas,
antropológicas, culturales y psicológicas que nos proporciona de la
actual crisis ecológica - cada frase, cada palabra, por ser únicas y
preciosas - son inestimables. Esto hace que la traducción al
castellano sea un desafío semántico (``[El inglés] El castellano se
vuelve impreciso o místico - y, entonces, sospechoso - cuando lucha
con el `proceso' del pensamiento.''). Aquí, Shepard ya toca todos los
temas base del pensamiento filosófico ecologista más perspicaz. Los
comentarios de George Sessions son posiblemente los más apropiados
para presentarnos el universo Shepard. Inspirándose al budismo Zen,
``Paul Shepard distingue entre dos visiones del ser: una `cosa
aislada' (el ego) y un ser (similar al `ser ecológico' de Naess) que
está profundamente inmerso e interrelacionado con el ambiente natural
[...], y así desarrolla una primera discusión acerca del
antropocentrismo griego y judío-cristiano y de su rol en la crisis
ecológica; también señala las incomprensiones y los malos usos que se
han dado a la teoría de Darwin. Shepard afirma que existe `un instinto
ecológico [o intuición] que investiga más profundamente y más
exhaustivamente que la ciencia...', una sabiduría ecológica que se
manifiesta en muchas culturas tradicionales. Shepard, implícitamente,
desafía la teoría antropocéntrica y dualística de la `segunda
naturaleza', al señalar que los académicos de Occidente han afirmado,
erróneamente, que `solo los hombres fueron capaces de escapar a lo
predecible, al determinismo, al control ambiental, a los instintos y
demás mecanismos que confinan otras formas de vida. Incluso
biólogos, como Julian Huxley, anunciaron que la finalidad del mundo
era crear al hombre, cuya evolución social lo excusó para siempre de
la evolución biológica.' Shepard fue el primero en aludir a la
ecología como `ciencia subversiva', al afirmar que la condición
ideológica de la ecología es la de un movimiento de resistencia. Luego
de castigar a los ingenieros obsesionados por el deseo de control y a
`los empleados de las compañías que venden el consumo mismo,' Shepard
concluye que la `afirmación de su propia esencia orgánica será la
prueba fundamental de la mente humana.' '' El fascinante artículo que
reproducimos a continuación constituye un boceto intrincado y repleto
de perspicacia inspirada por el arte, la literatura, la biología. Su
mensaje clave es que el hombre separado del resto del mundo natural es
menos que humano. - PC
PAUL SHEPARD fue Profesor Avery Emeritus de
Ecología Humana en Pitzer College y en Claremont Graduate School,
Claremont, California. Es autor de Man in the Landscape
(1967), The Tender Carnivore and the Sacred Game (1973),
Thinking Animals (1978) y el fundamental Nature and
Madness (1982); coautor de The Sacred Paw (1985). Fue
editor, junto a Daniel McKinley, de The Subversive Science
(1969) y de Environ/mental (1971). Sus ensayos y críticas han
aparecido en The North American Review y en The New York
Times. Vivió en Palmer Canyon junto a su familia y a su bandada de
aves de las selvas birmanas.
LA ECOLOGÍA, en ocasiones, está caracterizada como el
estudio de una "telaraña natural de la vida". Se podría deducir que el
hombre se ubica en algún lugar de la telaraña o que, de hecho,
manipula sus hilos; a modo de ejemplo, lo que Thomas Huxley llamó el
``lugar del hombre en la naturaleza.'' Pero la imagen de una telaraña
es demasiado pobre y sencilla para la realidad. Una telaraña es plana
y terminada, y posee la precariedad mortal de una araña. Aunque
elástica, no posee suficiente profundidad. Por más sólida que sea al
tacto de la araña, para nosotros no alcanza a denotar el eikos
- la morada - ni a sugerir la perdurable integración de la primitiva
morada griega, con su corazón sagrado, que vincula la tierra con todos
los aspectos de la sociedad.
La ecología se ocupa de los organismos
en un medio ambiente y de los procesos que vinculan organismo y
entorno. Pero la ecología, como tal, no puede ser estudiada: solamente
los organismos, la tierra, el aire y el mar pueden ser estudiados. No
es una disciplina: no existe un conjunto de pensamientos ni técnicas
que enmarque una ecología del hombre.[1] Debe ser, entonces, un
alcance o una manera de interpretar. Esta perspectiva acerca de lo
humano es muy antigua y ha sido parte de la filosofía y del arte
durante miles de años. Tiene una urgente necesidad de ser atentida y
resuscitada.
El hombre está en el mundo y su
ecología es la naturaleza de estar dentro. Está en el mundo como en
una habitación y en la transitoriedad como en el vientre de un tigre o
en el amor. ¿Qué hace él ahí, en la naturaleza? ¿Qué hace la
naturaleza ahí, en él? ¿Cuál es la naturaleza de la transacción?
La biología nos dice que la transacción es siempre circular, siempre
una retroalimentación mutua. Si bien la ecología humana no puede
limitarse estrictamente a conceptos biológicos, tampoco puede
ignorarlos. Ni siquiera puede trascenderlos. Surge de la realidad
biológica y crece del hecho de la interconexión como un principio
general de la vida. Debe adoptar una larga perspectiva acerca de la
vida y de la naturaleza humana, ya que forman un entramado o patrón
que va más allá de la historia y de los límites conceptuales de otras
disciplinas humanistas. Como una historia natural de lo que significa
ser humano, la ecología podría actuar de la misma manera en que uno
definiría el estómago, por ejemplo, enfocándo sus conexiones nerviosas
y circulatorias, así como en su entrada, salida y paredes
musculares.
Hoy en día, muchas personas cultas
creen que únicamente lo que es peculiar del individuo es importante y
creativo, y dan su espaldas a discusiones acerca de las poblaciones y
las especies, al igual que lo harían a discusiones acerca de las
masas. Una vez conocí al director de una opulenta fundación
conservacionista que tenía dudas acerca del enfoque de la ecología
sobre problemas ambientales urgentes en América porque sus conceptos
sobre las comunidades y los sistemas parecían descartar al
individuo. Para él, las comunidades eran meros seguidores, masas
grises sin la tradición de lo individual. En su lugar - o como
reacción - miraba al leit motiv lucro y a las fórmulas capitalistas,
en términos de eficiencia, inversión y producción. En mi opinión,
había perdido una oportunidad única. Huyó del principal aspecto del
mundo que ahora está comenzando a interesar a la industria, a los
negocios y a la tecnología, como la base biológica de su - y nuestra -
afluencia, y que su fundación habría podido demostrar ser la base
fundamental de todo aspecto económico.
Para afirmarse, el ser individual
posee su integridad particular. También los robles, incluso las
montañas, poseen personalidad o integridad (una palabra pobre para mi
significado, pero deberé contentarme con ella). De lo que sabemos,
esas otras formas no se conflictúan al considerarse a sí mismas en más
que una manera, como se conflictúa el hombre. Desde una perspectiva,
el ser es un arreglo de órganos, sensaciones y pensamientos - un
``yo'' - rodeado de una frontera de cuerpo duro: piel, vestimenta, y
hábitos cerrados. Esta idea no necesita ser defendida. Se nos ha
conferido por toda la historia de nuestra civilización. Su virtud está
demostrada por nuestra afluencia. La alternativa es un ser como centro
de organización, que constantemente recurre a y modifica su entorno, y
cuya piel y comportamiento son zonas suaves que están en contacto con
el mundo en vez que excluirlo. Ambas perspectivas son reales y su
reciprocidad es significativa. Necesitamos de ambas para alcanzar una
madurez humana y social saludable.
La segunda perspectiva - la del
emparentamiento del ser - ha sido desestimada. Las actitudes hacia
nosotros mismos no cambian fácilmente. La imagen convencional de un
hombre, como la de un león heráldico, es iconográfica; sus contornos
son estilizados para calzar las curvas fijas de nuestra visión. Nos
ocultamos de nosotros mismos por los hábitos de la percepción. Debido
a que aprendemos a hablar al mismo tiempo en que aprendemos a pensar,
nuestro lenguaje, por ejemplo, nos anima a vernos a nosotros mismos -
o a una planta o a un animal - como un bolso aislado, una cosa, un ser
contenido. El pensamiento ecológico, por otro lado, requiere un tipo
de visión que cruza fronteras. Ecológicamente, la epidermis de la piel
ecológicamente es como la superficie de una poza o el suelo de un
bosque; más que un caparazón, una delicada interpenetración. Revela el
ser ennoblecido y extenso, más que amenazado por ser parte del paisaje
y del ecosistema, porque la belleza y complejidad de la naturaleza
son un continuum con nosotros.
Y así, la ecología aplicada al hombre
enfrenta la tarea de renovar una perspectiva equilibrada en donde al
momento existe hombre-ensimismamiento, incluso una patología de
aislamiento y temor. Esto implica que debemos encontrar en ``nuestro''
mundo espacio para todas las plantas y todos los animales, incluso
para su otredad y su oposición. Implica, además, exploración y
apertura a través de fronteras internas - una frontera del ego - una
comprensión apreciativa de lo animal en nosotros que nuestro legado de
platonismo, morbosidad cristiana, dualidad y mecanicismo han repelido
y degradado desde hace mucho tiempo. Las antiguas contra-corrientes -
reliquias de mitos paganos, la aplicación universal de la compasión
cristiana, el naturalismo filosófico, el romanticismo de la naturaleza
y el panteísmo - han sido barridas, dejando solamente extraños trozos
de escombros. Ahora nos encontramos en un ambiente que se deteriora y
que engendra agresividad y hostilidad hacia nuestro mundo y nosotros
mismos.
Cuán sencilla sería nuestra relación
con la naturaleza si se tratase solamente de escoger entre proteger
nuestra casa natural y destruirla. En nuestra filosofía, la mayoría de
nuestros esfuerzos para nutrir lo natural ha fracasado - encallados en
su propia determinación para trabajar cierta paz a una distancia
prudente. Nuestra áspera reacción en contra del pacífico reino del
romanticismo sentimental fue parcialmente evocada por el tono de su
melodiosa fachada, pero también por la desilusión a la cual condujo.
La dependencia y contingencia naturales sugieren una alianza y entrega
emocional a comportamientos de las masas y otros mínimos comunes
denominadores. Los ambientalistas que emparejan la cultura y la
geografía provocan indignación por sus extrasimplistas teorías de
causa y efecto, en contra de las ciencias que los patrocinan e incluso
en contra de un mundo natural en donde las teorías pueden o no pueden
ser correctas. Nuestra decepción histórica en la naturaleza de la
naturaleza ha creado un clima glacial para los ecologistas, quienes
afirman, una vez más, que tenemos límites y obligaciones. De alguna
manera, deben arreglárselas, a pesar del frío, para alcanzar los
centros del humanismo y de la tecnología, para transmitir allá un
sentido del nuestro lugar en un sistema vascular universal sin
privarnos de nuestra autoestima y confianza.
Después de todo, su mensaje no son
solo malas noticias. Nuestras afiliaciones naturales definen e
iluminan la libertad, en lugar de negarla. La demuestran mejor que
cualquier dialéctica. Al ser más duraderas que nosotros, los
individuos, las estructuras ecológicas - distribuciones espaciales,
simbiosis, los flujos de energía y materia y comunicación - crean,
entre los individuos, tensiones y polaridades tan diferentes a las
dicotomías y separaciones. Las reacciones, o lo que los teólogos
denominan ``las sensibilidades'' de las criaturas (incluyéndonos a
nosotros mismos), a tales arreglos crecen, en parte, de una unión
saludable de los dos tipos de ser ya mencionados: el uno que enfatiza
en la integridad, el otro en la relación. Pero va más allá de eso,
hacia algo mejor conocido por los europeos del siglo XII o los
cazadores paleolíticos que por nosotros. Si la naturaleza no es una
prisión ni la tierra una estación de última categoría, debemos
encontrar la fe y la fuerza para afirmar su metabolismo como nuestro -
o, más bien, el nuestro como suyo. Hacer eso implica nada menos que un
cambio en todo nuestro marco de referencia y en nuestra actitud hacia
la vida misma: una percepción más amplia del paisaje como un ser
creativo y armonioso en donde las relaciones entre las cosas son tan
reales como las cosas mismas. Sin perder nuestro sentido de un gran
destino humano, y sin abdicación intelectual, debemos afirmar que el
mundo es un ser, una parte de nuestros propios cuerpos.[2]
Este ser podría llamarse un
ecosistema o, simplemente, un bosque o un paisaje. Sus miembros están
comprometidos en un tipo de coreografía de materiales y energía e
información, la creación de orden y organización. (Aquí, cualquier
analogía con la organización corporativa resultaría engañosa, ya que
la distinción entre lo social [una especie] y lo ecológico [muchas
especies] es fundamental.) La laguna es un ejemplo. Su ecología
incluye todos los eventos: la conversión de la luz solar en alimentos,
y las cadenas alimenticias en ella y a su alrededor; el hombre que
bebe, que se baña, que pesca, que ara las laderas de las cuencas
fluviales, que la dibuja en un cuadro, y que formula teorías sobre el
mundo basándose en lo que ve en la laguna. Él y todos los demás
organismos en y dentro de la laguna actúan uno sobre otro, involucran
a la tierra y a la atmósfera, y están enlazados a otras lagunas a
través de una red de conexiones similares a las hebras de protoplasma
que enlazan las células de los tejidos vivos.
La elegancia de tales sistemas y la
delicadeza del equilibrio son el resultado de una larga evolución de
interdependencia. Incluso la sociedad, la mente y la cultura son parte
de esa evolución. Existe una relación esencial entre ellos y el
hábitat natural: esto es, entre la aparición de los primates
superiores y de las plantas florecientes, los insectos polinizadores,
las semillas, el humus y la vida arbórea. Es improbable que una
criatura humanoide hubiera podido aparecer por cualquier otro medio
que no fuera una larga estadía arbórea siguiente a y seguida por una
temporada terrestre. La compleja construcción del fruto y el cerebro
mamífero son vástagos mellizos de la tierra en maduración, imposibles,
incluso sin sentido, sin el suelo y sus estratos y el desarrollo mutuo
de las sabanas y sus faunas en la última época geológica. La
complejidad interna, al igual que en la mente de un primate, es una
extensión de la complejidad natural, medida por la variedad de plantas
y animales y la variedad de células nerviosas - extensiones orgánicas
una de otra.
La exuberancia de géneros como el
marco en el que una buena mente podía evolucionar (para habérselas con
un mundo complejo) no fue una condición exclusiva del pasado. El
hombre no llegó al mundo como si hubiese desembarcado de un tren en
una ciudad. El hombre sigue llegando, algo como el nacimiento del
arte, un tren (en la definición de Roger Fry) que pasa por muchas
estaciones, ninguna de las cuales deja totalmente atrás. Esta idea de
complejidad natural, como contraparte del embrollo humano, es medular
para una ecología del hombre. La creación del orden, del cual el
hombre es un ejemplo, se realiza también en el número de especies y
hábitats, una abundancia de paisajes exuberantes y pobres. Incluso los
desiertos y las tundras aumentan la opulencia planetaria.
Curiosamente, solo el hombre y, posiblemente, unas pocas aves pueden
apreciar esta opulencia, en su calidad de los viajeros del mundo.
Reducir esta variedad sería, por extensión, entonces, una amputación
al hombre. Convertir todos los ``desperdicios'' - todos los desiertos,
estuarios, tundras, campos de hielo, pantanos, estepas y páramos - en
campiñas cultivadas y ciudades, empobrecería la vida, en lugar de
enriquecerla, tanto estética como ecológicamente. Al decir estético,
no me refiero a ese término ambiguo que connota el placer de las
bisuterías. Nos hemos desviado en campañas contra los que arrojan
basura en lugares públicos y por los cinturones verdes, mientras el
tejido de nuestro propio ambiente está deshilachándose. También, en
nombre de la conservación se hacen cosas así, de manera que la
conservación se vuelve ambigua. La naturaleza es un ``recurso''
fundamental que hay que preservar para nuestro bienestar. Pero es ella
que pierde en la transformación en energía y materias primas
utilizables. La ecología puede atestiguar tan a menudo como quiera,
tanto contra nuestros usos del mundo, incluso contra de técnicas
conservacionistas de control y manejo de la producción sostenible,
como a su favor. Aunque la ecología puede ser tratada como una
ciencia, su mayor y avasalladora sabiduría es universal.
Esa sabiduría puede ser enfocada a
nivel matemático, químico o puede ser relatada en un mito o en una
danza. Ha sido encarnada en culturas ampliamente diseminadas y
económicamente diferentes. Es manifiesta, por ejemplo, entre los
griegos preclásicos, en la religión y orientación social de los
navajos, en la poesía romántica de los siglos XVIII y XIX, en la
pintura paisajística china del siglo XI, en la filosofía actual de
Whitehead, en el Budismo Zen, en la cosmovisión del culto a la Grande
Madre Cretense, en los rituales de los cazadores bosquimanes y en la
metafísica medieval cristiana de la luz. El factor común entre todos
ellos es un profundo sentido de compromiso con el paisaje, con
hondas conexiones con los alrededores y con los procesos naturales
centrales de toda vida.
En nuestro idioma es difícil incluso
describir ese sentido. El inglés [El castellano] se torna impreciso o
místico - y, por ende, sospechoso - a medida que lucha con el
``proceso'' del pensamiento. Su organización de verbos y sustantivos
moldea un mundo dividido de hacedores estáticos, separados del
quehacer. Pertenece a un idioma de jerarquía social en donde toda la
naturaleza está hecha a imagen del hombre. En ese idioma, el mundo
viviente se percibe como una escalera vertical, una ``gran cadena de
seres,'' una imagen que a primera vista parece ecológica, pero que es
básicamente rígida, lineal, condescendiente, y le falta la humildad y
el amor de lo otro.
Desde la infancia, todos estamos
familiarizados con sus clasificaciones de cada cosa, dispuesta en
escalas, desde la más baja hasta la más alta: materia inanimada/vida
vegetativa/animales inferiores/animales
superiores/hombres/ángeles/dioses. Clasifica a los mismos animales en
categorías de creciente bondad: los parásitos, patógenos y predadores
inferiores y viciosos/los organismos que escarban en desperdicios
inmundos/las formas de vida salvajes indiferentes o simplemente
inútiles/las bondadosas criaturas mansas/y las bestias virtuosas,
domesticadas y al servicio del hombre. Ensombrece el gran esquema
político sobre el mundo del hombre-ensimismado, derivado de la
odernada ascendencia, de parroquianso a clérigos, a obispos, a
cardinales, a papas o, de modo secular, de criminales a proletarios, a
regidores, a alcaldes, a senadores, a presidentes.
Y así está encasillada la
naturaleza. La frase sardónica, ``el lugar de la naturaleza en el
mundo del hombre,'' ofrece, medio en broma, un sagaz fundamento para
enfrentar un mundo hecho a imagen del hombre y conforme a las
palabras. Satiriza la filosofía predominante de la antinaturaleza y la
omnisciencia humana. Es posible debido a una actitud que - al igual
que la ecología - posee raíces antiguas, pero cuya variante moderna
fue moldeada cuando Tomás de Aquino reconcilió el homocentrismo
aristotélico con el dogma judeocristiano. Más tarde, en un escenario
de tecnología de máquinas, capitalismo puritano y un genio urbano,
labra su propia versión de la realidad en el paisaje, como un colegial
que talla sus iniciales en un árbol. Para esta filosofía, nada en la
naturaleza tiene mérito intrínseco. Como lo dijo recientemente un
profesor, ``La única razón por la cual se hace algo en esta tierra, es
la gente. ¿Acaso los ríos, los vientos, los animales, las rocas
o el polvo consideraron mis necesidades o deseos alguna vez? Si bien
es cierto que todos actuamos en un ambiente terrestre, nunca me dio
las gracias un árbol, un valle, un monte, o una flor por haberlo
cuidado.''[3] Esta visión conlleva gran fuerza y ha sido tipificada en
la historia por Bacon, Descartes, Hegel, Hobbes y Marx.
Otros pensadores postrenacentistas han
sido, erróneamente, acusados de socavar nuestra confianza en el orden
natural. Se considera que las teorías del sistema solar heliocéntrico,
de la evolución biológica y del inconsciente privaron al universo del
beneficio y propósito de las que el hombre fue heredero especial, y de
haber evocado sentimientos de separación, de antipatía, hacia una
existencia sin sentido en un cosmos neutral. Sin embargo, la
desesperación moderna, las artes de la ansiedad, las políticas del
individualismo patológico y el socialismo depredador no fueron los
resultados de Copérnico, Darwin y Freud. Si el hombre no era el centro
del universo, no fue creado de un solo golpe de la Providencia y no
está gobernado únicamente por la inteligencia racional, no implica que
la naturaleza sea deficiente en donde pensábamos que era perfecta.
Cada astrónomo, biólogo y psiquiatra lograron correcciones en la
sensibilidad de la humanidad. Cada uno mostró que la interpenetración
de la vida humana y del universo era más rica y más misteriosa de lo
que se había pensado.
La teoría de la evolución de Darwin
ha sido crucial para la ecología. De hecho, esta pudo haber ayudado,
más que agravado, el creciente sentido de alienación humana, si sus
intérpretes hubiesen enfatizado menos en la depredación y competencia
(y, por esta razón, uno se ve tentado a añadir, si Thomas Huxley,
Herbert Spencer, Samuel Butler y G.B. Shaw hubiesen tenido menos que
decir acerca de esta). Sus bases de parentesco universal y lazos
comunes en términos de función, experiencia y valor entre los
organismos fueron oscurecidas por ideas preexistentes de la
depravación animal. La teoría de la evolución fue explotada para
justificar lo peor en los hombres y fue mal utilizada en defensa de la
injusticia social y económica. Los humanitarios tampoco le dieron un
mejor uso. Se opusieron a la degradación del hombre al servicio del
progreso industrial, a la matanza de los nativos americanos y al
trabajo infantil porque cada uno de estos trataba a lo hombres ``como
animales.'' En otras palabras, los hombres no eran animales y el
temperamento de las reformas sociales era encontrar lo bueno solamente
en atributos que separan los hombres de los animales. La bondad hacia
y entre los animales aún era una idea inaudita en el siglo diecinueve,
de manera que usar a los hombres como animales podía significar solo
crueldad.
Desde los días de Thomas Huxley, las
fuerzas no animales han creado un dictamen más sutil, al punto que
``¡El hombre puede ser un animal, pero es también más que un
animal!'' Lo que realmente es importante es ese más. Esta fascinante
aforisma es algo así como un anestésico. La verdad es que ignoramos lo
que es o lo que significa ser cualquier otra criatura diferente de la
que somos. Si somos incapaces de definir verdaderamente la experiencia
de vida del animal o de ``ser un animal,'' ¿cómo podemos aislar
nuestra parte animal?
El rechazo a la animalidad es un
rechazo a la naturaleza como un todo. Como docente, veo estudiantes
que, en sus estudios humanistas, desarrollan una acomodad desconfianza
hacia la ciencia y la tecnología. Lo que me preocupa es que el estigma
se propaga hacia el mundo natural en sí. Las ``Dos Culturas'' de
C.P. Snow, que ponen a la ciencias en contra del humanismo, pueden ser
malentendidas como una contraposición entre naturaleza y arte. La idea
de que la actual destrucción de pueblos y ambientes es científica y
que se corregiría con una mayor comunicación con las artes, descuida
el odio hacia este mundo inherente a toda nuestra cultura. Sin
embargo, la ciencia, como se la enseña hoy en día, no promueve el
respeto para la naturaleza. La civilización occidental no promueve más
ecología en su ciencia que en su filosofía. Las dos culturas de Snow
no pueden explicar la antítesis que fracciona al mundo, y tal
fraccionamiento no es ideológico, económico ni político en un sentido
estricto. El antídoto que él propone es casi equivalente a una
educación liberal: la prescripción tradicional para producir hombres
plenos y bien redondeados. Desafortunadamente, hay poco incluso en la
educación liberal de ecología-y-hombre. La naturaleza usualmente es
sinónimo de recursos naturales o de paisajes, los grandes estereotipos
grabados en las mentes de los norteamericanos de clase media y
educación académica.
Uno podría suponer que el estudio de
la biología mitigaría la confusión humanística - ampliamente literaria
- entre materialismo y el interés por la naturaleza. Pero, al
final del siglo diecisiete, la biología hizo el error de adoptar un
modus operandi o estilo de vida de la física, en donde solo
debía preguntarse el cómo y no el por qué. La biología sucumbió a su
propia imagen de prólogo esotérico de la técnica y motivó a toda la
sociedad a desconfiar de los naturalistas. No sorprende saber que,
cuando los académicos se dieron cuenta de lo que trataban las
ciencias, echaran a los bebés junto con el agua de las tinas: el
contenido informativo y la tradición naturalista con todo lo
demás. Este es el escenario en el que la América académica e
intelectual emprendió la búsqueda obsesiva de la unicidad humana y
destapó una gran masa de pseudodistinciones, como el lenguaje, la
tradición, la cultura, el amor, la conciencia, la historia y el temor
reverente a lo supernatural. Descubrieron que solo los hombres eran
capaces de escapar a lo predecible, al determinismo, al control
ambiental, a los instintos y demás mecanismos que confinan
otras formas de vida. Incluso biólogos, como Julian Huxley, anunciaron
que la finalidad del mundo era crear al hombre, cuya evolución social
lo excusó para siempre de la evolución biológica. Tal visión incorporó
tres hipótesis importantes: que la naturaleza constituye una
estructura de poder moldeada en una manera similar a las jerarquías
políticas humanas; que el hombre posee un monopolio de almas
inmortales; y que la omnipotencia llegará por medio de la
tecnología. A mi parecer, todas tres alimentan un fracaso en el
comportamiento responsable en lo que Paul Sears define como ``el
panorama viviente,'' excepto dentro de los límites del interés
meramente personal.
Lo que la ecología debe transmitir al
humanismo - de hecho, como humanidad - es que esa concepción de la
imagen del mundo y de la sociedad es incompleta. Entre hombres y
animales existe una abrumadora evidencia de semejanza, desde lo
molecular hasta lo mental. Pero la difusión de esta información no es
necesariamente una solución. La idea de las Dos Culturas, en el
sentido de que el problema es un cuello de botella a nivel
informativo, es correcta solo parcialmente; los adelantos en
bioquímica, genética, etología, paleoantropología, fisiología
comparativa y psicobiología no son unificadores de por sí. Necesitan
un principio unificante que no se encuentra en ninguna de estas
ciencias: una sabiduría en el sentido de la palabra usada por Walter
B. Cannon en su libro Wisdom of the Body [4] (Sabiduría del
Cuerpo) sobre la comunidad de sistemas autorreguladores al interior
del organismo. Si la extensión ecológica de esa perspectiva es
correcta, tanto las sociedades y ecosistemas, como las células poseen
una fisiología, y las pruebas de ello están en los organismos,
incluido el hombre. Lo que era intuitivamente evidente el año pasado -
estética o románticamente - es un hallazgo del análisis inductivo de
este año. Me parece obvio que existe un instinto ecológico que
investiga más profunda y exhaustivamente que la ciencia, y que prevé
cada confirmación científica de la historia natural del hombre....
La naturaleza humana de la ecología
es que el dilema de nuestra emergente crisis ecológica mundial
(explosión demográfica, contaminación ambiental, etc.) es, al menos en
parte, una cuestión de valores e ideas. Divide a los hombres, más que
por sus negocios, por el complejo de personalidades y experiencias que
dan forma a sus sentimientos hacia otras personas y hacia el mundo en
general. He mencionado la desilusión generada por el colapso de
frágiles filosofías de la naturaleza. En la actualidad, la posición
antinaturaleza a menudo es asociada con el enfoque de temores y
hostilidades generales hacia el mundo natural. Puede vérsela en el
comportamiento de los ingenieros obsesionados por controlar, de
empleados de compañías que venden el consumo mismo, de superhumanistas
académicos y profesionales de los medios de comunicación obsesionados
con las crisis políticas y económicas, de neuróticos resolviendo sus
problemas síquicos en el reino del poder sobre los hombres o la
naturaleza, de manipuladores de símbolos artísticos disgustados por
cualquier cosa que sea orgánica. Incluye muchas personas normales y
serias que, inconscientemente, se defienden a sí mismos o a sus
familias contra un universo vagamente amenazante. La peligrosa
erupción de la humanidad en un ambiente en deterioro no se manifiesta
como tal en la experiencia cotidiana de la mayoría de las personas,
sino que se siente como tensión y ansiedad generales. Surge un tipo de
locura de la imperante conquista-odio de la naturaleza y negación del
mundo y del ser. Aunque, de muchas maneras, la mayoría de
norteamericanos lleva una vida cómoda y colmada, existe una
frustración indescriptible nacida de una creciente nulidad. Los
asépticos hogares y la sociedad son progresivamente separados de las
fuentes orgánicas directas de salud y cada vez más son aislados de los
medios de alteración del curso de los eventos. El éxito, cuyo precio
es el mal uso de los paisajes, el deterioro del aire y del agua y la
pérdida de lo silvestre, se convierte en una superabundancia sin
sentido, una experiencia tendenciosa, el tiempo a nuestra disposición
un dolor sin localizar.
El malestar puede ser explotado para
ser perpetuado. Una prescripción familiar para nuestra sociedad
enferma y su pérdida de equilibrio ecológico, es un aumento de
intangibles Cosas Buenas: más Cultura, más Seguridad y más Escape de
las presiones y el tiempo. La ``búsqueda de identidad'' no es
solamente un problema social, sino ecológico, que tiene que ver con un
sentido del lugar y del tiempo en el contexto de toda la vida. El
dolor de esa búsqueda puede ser ingeniosamente manipulado para
mantener el status quo, exhortando que lo que necesitamos son solo
formas mejoradas y expresiones más enérgicas de lo que nos ocupa
actualmente: monopolización con lucha ideológica y poder militar, con
la productividad y el consumo como objetivos públicos y privados, con
crecimiento comercial y urbano, con diversiones, con fijación en el
propio ombligo, con las fichas de escape o de éxito ya elaboradas tan
ineficientemente por tantos idealistas y críticos sociales.
Para regresar a las Buenas Cosas: la
necesidad de cultura, seguridad y escape está lo suficientemente
cercana a la verdad como para engañarnos. Pero, la verdadera
deficiencia cultural es la ausencia de un auténtico cultus con
su importante ceremonia, cosmos mítico pertinente, y artefactos. El
verdadero fracaso en la seguridad es la desaparición del pequeño grupo
humano de nuestras vidas, como la unidad funcional de la sociedad y de
la red de otras criaturas, domésticas y silvestres, que son parte de
nuestra humanidad. En cuanto al escape, la idea de la simple remisión
y evasión no logra sustentar el valor de la soledad, para integrar el
tiempo libre y el encuentro natural. En lugar de estos, lo que se
introduce clandestinamente en las desconcertadas y atribuladas almas
como Cultura, Seguridad y Escape, son más museos de arte, más
siquiatría y más automóviles.
La condición ideológica de la
ecología es la de un movimiento de resistencia. Sus Rachel Carsons y
Aldo Leopolds son subversivos (como recientemente Sears ha definido la
misma ecología).[5] Desafían el derecho público o privado a contaminar
el medio ambiente, a destruir sistemáticamente a los animales
depredadores, a esparcir pesticidas químicos de manera indiscriminada,
a interferir químicamente con el agua y los alimentos, y a apropiarse
sin empacho de espacios y superficies para fines militares y
tecnológicos; se oponen al deshinibido crecimiento de las poblaciones
humanas, a algunas formas de ``ayuda'' a pueblos ``subdesarrollados'',
a la innecesaria añadidura de radiactividad al paisaje, a la extinción
de especies de plantas y animales, a la domesticación de todos los
lugares prístinos, a la manipulación a gran escala de la atmósfera o
del mar y a la mayoría de las demás soluciones de la pura ingeniería a
los problemas e intrusiones en el mundo orgánico.
Si los naturalistas parecen estar
siempre en contra de algo, es porque sienten la responsabilidad de
compartir su comprensión y su oposición constituye una defensa de los
sistemas naturales con los cuales el hombre está comprometido como ser
orgánico. En ocasiones, los naturalistas también proponen proyectos,
pero el enfoque del proyecto es, en sí mismo, una parte de la falla:
la necesidad de proyectos que sean una consecuencia del pensamiento
lineal y sectorial, de unidades semejantes a máquinas que hay que
controlar y manipular.
El verdadero pensamiento ecológico no
necesariamente es incompatible con nuestro tiempo y espacio.
... Debemos usarlo para enfrentar los grandes problemas filosóficos
del hombre - la transitoriedad, el significado y la limitación - sin
temor. La afirmación de su propia esencia orgánica será la prueba
fundamental de la mente humana.
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Detalle de El Geografo de Johannes Vermeer
(c1668-9) - Städelsches Kunstinstitut und Städtische Galerie, Frankfurt.
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NOTAS BIBLIOGRÁFICAS
1. Existe una rama de la sociología llamada
Ecología Humana, pero trata principalmente de geografía urbana.
2. Véase Alan Watts, "The World Is Your Body," en The
Book on the Taboo Against Knowing Who You Are (New York: Pantheon
Books, 1966).
3. Clare A. Gunn en Landscape Architecture, Julio
1966, p. 260.
4. Walter B. Cannon, Wisdom of the Body (New York:
W.W.Norton, 1932).
5. Paul B. Sears, "Ecology - A Subversive Subject,"
BioScience, 14, no. 7 (Julio 1964): 11.
Copyright © Shambhala 1995 - Copyright © PanNature 2001
Ultima revisión Noviembre 1,
2001. Introducción y Traducción de Paolo
Catelan. Edición: Maricruz González Cárdenas. El material
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Original title, "Ecology and Man - a Viewpoint". From DEEP
ECOLOGY FOR THE 21ST CENTURY, edited by George
Sessions. © 1995 by George Sessions. Reprinted by
arrangement with Shambhala Publications Inc., Boston,
www.shambhala.com - Originally published in "The
Subversive Science," edited by Paul Shepard and Daniel
McKinley, Houghton-Mifflin, Boston, 1969.
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