Cegados por Nuestra Mente

por David Suzuki


La intolerable arrogancia de los seres humanos
que creen que la Naturaleza fue hecha solamente
para sus propios beneficios, como si fuera concebible
que el Sol haya sido prendido simplemente para
que sus manzanas maduren y sus repollos crezcan.


- Savinien de Cyrano de Bergerac (1619-1655)

Stephen Hawking, connotado cosmólogo de Cambridge, en el breve prólogo en el que presenta la secuencia de agudas reflexiones sobre la posibilidad de una ciencia `para la Tierra' - a la cual pertenece el presente artículo de David Suzuki, nos advierte que ``Como científicos, es nuestro deber educarnos y educar al público sobre las oportunidades y los peligros que la ciencia ofrece. La raza humana no puede renunciar a la ciencia, pero hace falta enseñar cómo usarla con responsabilidad.'' En una carta personal a PanNature, David Suzuki va aún más allá, cuando dice que ``No es lo suficientemente bueno tener expertos y estudios [científicos] fabulosos, la información tiene que ser transmitida al público de una forma que que llegue al corazón. Eso no es nada fácil.'' Probablemente no hay nada mejor que el escrito que presentamos a continuación para entender a fondo esta dificultad. En el contexto muy vasto de la actual crisis ecológica planetaria, Suzuki analiza las `sagradas verdades' sobre las cuales la sociedad industrial basa sus propios fundamentos y que en última instancia se traducen en los filtros perceptivos que nos tornan incapaces de reaccionar frente al ecocidio en el que estamos inmersos: ``nociones que están tan profundamente enraizadas que se las toma por ciertas y jamás son cuestionadas, aunque a menudo constituyan la causa fundamental de los problemas que estamos intentando resolver.'' David Suzuki, con la profundidad que siempre lo ha caracterizado, nos desafía en temas como la arrogancia intelectual humana, la fe que tenemos en la capacidad de la ciencia de solucionar los problemas que nos amenazan, la absoluta prioridad que otorgamos a la tecnología, la confusión que tenemos acerca de conceptos como progreso y democracia. Cegados por nuestras propias mentes, vamos rumbo a una catástrofe ecológica. Para poder evitarla, antes que nada, debemos reconocer las falacias inherentes a muchos de nuestros credos intangibles que invaden nuestra política, nuestra economía, nuestra educación y nuestra cultura. ``Sólo entonces podremos comenzar a reexaminar nuestro lugar en el mundo natural y formular las mejores estrategias para alcanzar un futuro realmente sostenible.'' - PC

DAVID SUZUKI es profesor de Genética de la Universidad de British Columbia, Ganador del Premio Kalinga para la Ciencia de la UNESCO y Oficial de la Orden de Canadá. Es autor de más de cien artículos científicos y libros de texto y de veinticinco libros divulgativos, entre ellos Metamorphosis (1987), Inventing the Future (1989), Genethics (con Peter Knudtson, 1989), It's a Matter of Survival (con Anita Gordon, 1992), Wisdom of the Elders (con Peter Knudtson, 1992), The Secret of Life (con Joseph Levine, 1993), Time to Change (1993), el maravilloso The Sacred Balance (1997), Earth Time (1998), The Japan We Never Knew (con Keibo Oiwa). Es conocido a nivel internacional por sus extraordinarias series radio-televisivas Suzuki on Science, It's a Matter of Survival, The Nature of Things y The Secret of Life. Fundador y director de The David Suzuki Foundation, una organización dedicada a identificar las causas profundas de los problemas ecológicos y a encontrar soluciones para ellos, vive en Vancouver, British Columbia, Canadá.


HE TENIDO la suerte de participar en dos disciplinas: en la ciencia como genetista y en el periodismo como escritor y conductor de televisión. Resulta interesante conocer los credos y los valores de los profesionales en estas dos áreas. El gran alarde del periodismo es aspirar a un reportaje equilibrado y objetivo, mientras que los científicos perpetúan su imagen de buscadores objetivos de la verdad que siguen el camino planteado por los hechos. La realidad, sin embargo, se encuentra bastante lejos de los ideales.
Esto se debe a que, sin importar cuán seriamente abracemos el modelo de la objetividad, es innegable que cada uno de nosotros, independientemente de la profesión, constituimos primordialmente y ante todo seres humanos con credos, valores y actitudes amoldadas por nuestras experiencias personales. El modo en que percibimos el mundo está condicionado por el medio social, económico y político en el cual crecemos. Género, religión, raza, posición socioeconómica y apariencia física, todo afecta el tipo de experiencias que vivimos y, por ende, la manera cómo pensamos. Es por ello que, tanto en el periodismo como en la ciencia, a pesar de los alegatos de estar simplemente relatando hechos, en realidad el que participen mujeres y personas de diferentes razas es relevante.
Quedé impresionado por lo diferentes que pueden llegar a ser las perspectivas cuando me sumergí en una batalla sobre el destino de la última cuenca prístina en la región suroeste de la Columbia Británica. El valle de Stein es sagrado para los pueblos aborígenes del área, los cuales contrataron ambientalistas para que les ayudaran a oponerse a la propuesta tala del bosque. Al comienzo de la década de 1980, un anciano nativo y yo sobrevolamos el Valle de Stein en helicóptero. El anciano señaló los lugares sagrados de entierro de su pueblo, los sitios de desove del salmón, las áreas donde se alimenta el oso pardo y el sitio donde tuvo lugar una gran batalla entre tribus rivales siglos atrás. El piloto nos reveló: `La semana pasada traje a un grupo de madereros y políticos por esta misma ruta y sus únicos temas de conversación fueron empleos, tablas de madera, metros y utilidades.' Fue un ejemplo magnífico de cómo dos grupos de personas, al observar el mismo valle y el mismo bosque, vieron cosas extremadamente distintas. Es lo que acontece con las perspectivas de católicos y protestantes en Irlanda del Norte, de negros y blancos en Sudáfrica, de judíos y árabes en el Medio Oriente - pueblos que comparten un mismo territorio, pero `ven' realidades muy distintas.
Insisto en esto porque estos filtros perceptivos subyacen en nuestra manifiesta incapacidad de responder seriamente a la crisis ecológica global. Organizaciones como Greenpeace, Worldwatch Institute y Union of Concerned Scientists han alertado sobre la catastrófica degradación de los sistemas que sostienen la vida del planeta. Desde la explosión demográfica hasta el declive de la producción alimenticia, la deforestación, la contaminación tóxica, los cambios atmosféricos y la extinción de las especies, los hechos son espeluznantes e innegables. Sin embargo, la destrucción continúa.
En Río de Janeiro, en junio de 1992, se concentró el mayor número de líderes mundiales de la historia para la Cumbre de la Tierra. El objetivo era señalar la preocupación global por la degradación de la biosfera y el compromiso político de tomar acciones. Dos semanas más tarde, los jefes del Grupo de los Siete Países más industrializados se reunieron en Munich y no hicieron mención alguna ni sobre la Cumbre de Río ni sobre el ambiente. Ni siquiera hoy, varios años después, hay evidencias de una urgencia y voluntad de actuar mientras los gobiernos bregan con sus economías. La pregunta es, ¿por qué, si el mundo se encuentra en una situación tan desesperada, no estamos respondiendo con la fuerza que respondimos en la Segunda Guerra Mundial o, más recientemente, contra Irak?
En 1988, el candidato a la presidencia de los Estados Unidos, George Bush, prometió ser un `presidente ambientalista'. Una vez elegido, no perdió tiempo en demostrar que sus declaraciones fueron un burdo oportunismo político. Al mismo tiempo, el primer ministro canadiense, Brian Mulroney, repentinamente descubrió que el ambiente era una prioridad. Cuando fue reelegido en 1988, nombró ministro del Ambiente a un hombre de alto perfil, Lucien Bouchard. Entrevisté a Bouchard poco después de su nombramiento y le pregunté cuál consideraba su reto más importante. Inmediatamente contestó el `calentamiento global'. Impresionado, le pregunté cuán importante era. `Estamos hablando de la supervivencia de nuestra especie. Si no actuamos ahora, enfrentaremos una catástrofe', dijo. Yo me sentí deslumbrado así es que insistí: `¿Significa eso que su gobierno suspenderá todos los megaproyectos de explotación de gas y de petróleo y se concentrará en conservación y energías alternativas?' Su respuesta fue un balde de agua fría: `No podemos aniquilar el pasado. Hemos hecho promesas políticas que tenemos que cumplir.' Así que aquí teníamos a un hombre inteligente y bien intencionado que había comprendido que el calentamiento global pone en peligro nuestra propia supervivencia y, sin embargo, no lograba incorporar esa crisis en sus prioridades políticas.
La habilidad de Bouchard de defender postulaciones completamente contradictorias ilustra la manera en que compartimentamos nuestras vidas y vemos el mundo como fragmentos desconectados. Durante un acalorado debate con el presidente de una de las más grandes compañías madereras de Canadá acerca de la contaminación ambiental provocada por uno de los aserraderos de su compañía, afirmó con absoluta sinceridad `Yo también soy ambientalista. Tengo siete hijos y me preocupa el futuro.' De alguna manera, él tampoco pudo relacionar lo que estaba haciendo su compañía con el futuro de sus hijos.
Analicemos un típico noticiero de 10 minutos emitido por radio o por televisión. Se presentan informes con una duración de 10 a 40 segundos como noticias totalmente separadas. Cada historia es demasiado breve como para suministrar detalles del contexto histórico que le incumbe o las implicaciones de mayor alcance. Así, al igual que la cada vez más fragmentada forma en que vivimos nuestras vidas, los medios de comunicación también destrozan el mundo que nos circunda.
Y tenemos otro problema muy diferente: la gran estrategia de supervivencia de nuestra especie fue la adaptabilidad, pero ahora esto nos impide ver lo que está sucediendo. La plasticidad de nuestra especie nos permitió utilizar nuestros cerebros para identificar patrones de regularidad en nuestros entornos y explotar esos patrones para nuestra ventaja. A medida que adquiríamos un cierto control sobre los factores que inciden en nuestras vidas, nos adaptamos a una variedad de hábitats que varían de las selvas de la Amazonía a los desiertos de Australia, los llanos de África y las tundras del Ártico. (Algunos incluso han logrado adaptarse a New York o Los Angeles.) Este cambio cultural y social fue mucho más veloz que la evolución genética de una especie, aunque tuvo lugar a lo largo de siglos o incluso milenios. Hoy en día, el cambio se ha vuelto una parte normal de nuestro estilo de vida. Llegamos a anhelar o incluso a coger con beneplácito casi todo tipo de cambio, y lo consideramos un indicio de progreso. En nuestra habilidad de adaptarnos a cambios rápidos, hemos perdido la perspectiva del tiempo y de la velocidad. Por ende, mientras los pueblos aborígenes de Norte América aún piensan en marcos de tiempos que se extienden siete generaciones atrás y siete generaciones adelante, nuestras prioridades a menudo están determinadas por los modelos automovilísticos del año o la moda de ropa del año, por los dividendos en acciones trimestrales o por el próximo salario. En otras palabras, olvidamos pronto cómo eran las cosas y, entonces, dejamos de tener referencias para comparar el presente.
Una de las lecciones importantes lección que me han enseñado los pueblos indígenas, es la de escuchar a los ancianos, cuyo conocimiento y experiencia no tienen precio. Durante mis viajes a través de Norte América, desde Newfoundland a la Isla de Vancouver, he conversado con ancianos no aborígenes sobre cómo eran las cosas hace unos sesenta o setenta años. Por todo el país, mis ancianos me cuentan que Canadá y los Estados Unidos han cambiado hasta el punto de ser irreconocibles. Nuestros viejos son un archivo viviente de los enormes cambios que se han dado durante el transcurso de una sola vida humana. Al proyectar al futuro los cambios que ellos han experimentado, es evidente que nuestros hijos ya viven en un mundo radicalmente disminuido y que el planeta no podrá soportar la continuación de este cambio en el próximo milenio. En el pasado, la gente hubría dicho `Hay mucho más allá, de donde eso proviene'. Hoy en día no hay mucho más - por todo el planeta las áreas naturales están desapareciendo y con ellas 50.000 especies cada año. En el pasado, otros se habrían encogidos de hombros diciendo `Es el precio del progreso'. Pero no es progreso usar ahora lo que debería ser el legado de nuestros niños y de todas las generaciones futuras.
Los mayores obstáculos que enfrentamos para convencer a la gente de la gravedad de la eco-crisis son los filtros síquicos a través de los cuales percibimos la realidad. A estos filtros les llamo `sagradas verdades', nociones tan profundamente enraizadas que se las toman por ciertas y jamás son cuestionadas, aunque a menudo constituyan la causa fundamental de los problemas que estamos intentando resolver. Déjeme mostrarles lo que quiero decir.
(1) Pensamos que los seres humanos son superiores a las demás formas de vida y debido a que nuestra inteligencia nos permite comprender y controlar nuestros entornos, estamos fuera del mundo natural
Resulta fácil entender porqué hemos llegado a creer todo esto. Ochenta por ciento de los norteamericanos vive en ciudades y pueblos. Vivimos en un ambiente creado por los humanos que nos hace creer que podemos `manejar' nuestros alrededores. Además, la noción misma de una dimensión natural o de nuestras raíces biológicas se ha convertido en un peyorativo. Los silvicultores hablan de los bosques antiguos como de bosques `silvestres' y de las plantaciones de árboles que las sustituyen como de bosques `normales'. Si aludimos a una persona como un `animal' o un `salvaje', la estamos insultando; igual cosa sucede al llamarla `cerdo', `simio', `gallina', `burro', etcétera.
Muy pocos habitantes urbanos comprenden que, como seres biológicos, seguimos dependiendo del mundo natural para nuestra propia vida. Tenemos un requerimiento absoluto de aire, agua y tierra a través de los alimentos que comemos. Son parte de un colectivo global que no comprendemos ni controlamos plenamente y constituyen los apuntalamientos fundamentales de las economías globales. Es la interdependencia de toda vida en la Tierra y el ambiente físico los que hacen que el planeta acoja la vida humana. Al desconectarnos del mundo natural, podemos seguir creyendo que aunque las aves que anidan alrededor del lago Ontario y los peces que viven en él sufran de alta incidencia de anormalidades del desarrollo y de tumores, los seres humanos pueden continuar bebiendo su agua y contaminándolo. Creemos que podemos deshacernos de grandes cantidades de químicos tóxicos diluyéndolos en el aire, el agua o el suelo, o encajándolos a los pobres en nuestros países o en el exterior. No reconocemos las señales - ballenas beluga demasiado tóxicas para tocarlas siquiera, miles de focas que mueren en el Mar del Norte, especies que desaparecen - que son advertencias, porque ya hemos dejado de sentirnos conectados con ellas. Hace no mucho, los mineros de carbón llevaban consigo a los canarios hacia los pozos para advertirles de los gases peligrosos. Hoy en día, los `canarios' colapsan alrededor nuestro, pero aún así no reconocemos las señales porque creemos firmemente que somos diferentes.
(2) Creemos que la ciencia nos ofrece el discernimiento sobre el que se basa nuestro control
Cualquiera que entienda en qué se diferencia la ciencia de otros modos de conocimiento reconocerá que esta suposición está equivocada. La esencia del método científico consiste en que nos enfocamos en una parte de la naturaleza, intentamos llevarla al laboratorio o ponerla bajo el microscopio y controlamos los factores que inciden en o emanan de ella. De esta manera, adquirimos conocimientos sobre ese pedacito aislado de naturaleza. Desde los tiempos de Newton, siempre hemos creído que, enfocándonos en los fragmentos más pequeños de la naturaleza, podremos al fin comprender el todo juntando los fragmentos. Los físicos del siglo XX han entendido que tal reduccionismo simplemente no funciona, ni siquiera en los niveles más elementales de la materia. Como dijo el Premio Nobel Roger Sperry, `Hay propiedades que emergen del conjunto que no pueden predecirse con base a las propiedades de las partes individuales.' Desafortunadamente, la mayoría de los médicos, biólogos, empresarios y políticos siguen actuando a partir de las hipótesis newtonianas.
Aun si los científicos fuesen capaces de formular principios que gobiernen niveles superiores de organización y de proporcionar alguna medida de pronosticación y control, ¿cuánto sabemos? A pesar de que el desarrollo científico ha estallado en el siglo XX, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, la cantidad de lo que no conocemos aún es mucho más impresionante de lo que conocemos, particularmente en las ciencias biológicas. Para considerar solo un ejemplo sencillo: ¿cuantas especies existen en la Tierra? No sabemos. Hay modos de estimarlo, pero las estimaciones varían de 5 a 30 millones. A la fecha, los biólogos han identificado 1.4 millones de especies. Eso solamente significa que un espécimen muerto recibió un nombre. No significa que sepamos algo de su biología fundamental, hábitat, necesidades alimenticias, reproducción, interacción con otras especies, distribución geográfica, etcétera. En una conversación que mantuve con el eminente entomólogo Tom Eisner de la Universidad de Cornell, que ha hecho más que cualquier otro estudioso para que la gente se interese en los insectos, me dijo que conocía `muy bien' quizá cinco o seis insectos. Y él es un experto mundial en insectos. Calculo que se gastaron cientos de billones de dólares para el estudio de la Drosophila melanogaster, la mosca de las frutas, y, a pesar de ello, no sabemos ni siquiera cómo sobrevive los inviernos canadienses o cuál es su distribución natural. Simplemente es erróneo poner tanta fe en la ciencia como el medio de nuestra salvación ambiental a largo plazo.
(3) Creemos que podemos manejar nuevas tecnologías de tal forma que sus riesgos pueden ser minimizados
En el pasado, las nuevas tecnologías se convirtieron rápidamente en una parte importante de nuestras vidas, de manera que sus `costos' sociales, médicos y ambientales solo se evidenciaron más tarde. Pero, ¿podemos hacer, a priori, los análisis apropiados costo-beneficio de las nuevas tecnologías? La historia nos informa que no. Somos tan ignorantes de la naturaleza biofísica del planeta que no podemos predecir las consecuencias a largo plazo de la mayoría de las cosas. Consideremos dos ejemplos. Cuando fue construida la primera bomba atómica, ¿a qué conclusión habría llegado un análisis costo-beneficio? Las ventajas eran que las bombas podrían acelerar el fin de una guerra detestable y, con ello, salvar innumerables vidas humanas. Había algún nivel de conocimiento de que la radiación causaba mutaciones genéticas. Tal vez un futurista aventurado habría podido prever una carrera armamentista mundial, aun cuando la Unión Soviética todavía no se había convertido en el enemigo de Occidente. Pero nadie pudo pronosticar la lluvia radiactiva (descubierta en Bikini), las bombas de hidrógeno, los impulsos electromagnéticos de los rayos gamma o el invierno nuclear, porque todo esto se descubrió una vez terminada la guerra.
Examinemos los pesticidas. Si en la época cuando se comenzó a usar el DDT como pesticida, se hubiese elaborado un análisis costo-beneficio, los beneficios de eliminar plagas agrícolas, vectores de enfermedades o simples insectos fastidiosos eran obvios. Los genetistas pudieron haber sugerido que, al seleccionar los genes resistentes, los pesticidas perderían rápidamente su eficacia; y los ecologistas pudieron haber señalado que dado que los insectos representan más del 90 por ciento de todas las especies animales, es el grupo más ubicuo y, posiblemente, más importante de los animales de la Tierra. Cuando solo una en mil especies de insectos es una peste para los seres humanos, desde el punto de vista ecológico no tiene mucho sentido fumigar con químicos que exterminan todos los insectos solo para ejecutar uno o dos que nos molestan. Pero nadie habría mencionado al fenómeno de la biomagnificación, el proceso por el cual rastros de moléculas se concentran en cientos de miles, o incluso millones, de veces a lo largo de la cadena alimenticia. Eso sucede porque solo aprendimos del fenómeno de la biomagnificación cuando aves como el águila comenzó a desaparecer debido a los elevados niveles de DDT. La lección que la historia nos da es que los beneficios de nuevas tecnologías son inmediatos y obvios, de ahí nuestro amor para la novedad. Pero los costos - y cada tecnología, independientemente de sus beneficios, tiene costos - no pueden ser pronosticados a priori porque no conocemos casi nada.
(4) Creemos que a través de evaluaciones ambientales podemos evitar los problemas ambientales causados por procesos nuevos, como diques, deforestación sistemática, industrias, etcétera
Esta verdad sagrada debe ser eliminada por las mismas razones por las que el numeral (3) está equivocado. Pero hay una cuestión adicional. Los seres humanos seguirán talando selvas, construyendo diques, edificando viviendas y una forma de tratar de prever las consecuencias ecológicas es a través de evaluaciones de impacto ambiental. El problema es que la amplitud de nuestra ignorancia es tal que nos impide incluso las simples conjecturas científicas. Por ejemplo, las evaluaciones ambientales de las perforaciones petroleras en el alto Ártico se realizan con base a estudios de estación elaborados en un período de, quizá, dos o tres años. En el Ártico, en donde el agua permanece congelada durante nueve meses al año, la oscuridad es completa cuatro o cinco meses y las condiciones son hostiles para los humanos, las condiciones para la investigación resultan, por decir lo menos, difíciles. Generalmente los estudios son realizadas por estudiantes de verano (a menudo bajo la dirección de las compañías petroleras), quienes consideran unas pocas especies. Ahora, en el Ártico, existen poblaciones de diferentes animales y diversas plantas que están exquisitamente adaptadas a este implacable ambiente y que pueden fluctuar en ciclos que van de 15 a 20 años o más. La idea de que una breve evaluación de verano a un grupo seleccionado de organismos dentro de un rango limitado nos pueda brindar una mínima información acerca de la complejidad de las comunidades árticas, es simplemente ridícula. Debido a su extremada limitación en escala, alcance y duración, tales datos no tienen valor científico alguno. [...]
(5) Creemos que la economía constituye la principal prioridad en la que debemos ocuparnos y que todas las demás áreas son parte de la economía
Los requisitos fundamentales que apuntalan toda la vida de la Tierra son el aire, el agua, la tierra y la biodiversidad. Sin estos, nosotros y la mayoría de las demás criaturas no estaríamos aquí. De manera que debemos considerarlos una verdad sagrada que está antes que todo lo demás. Todo lo que tenemos en nuestras casas y sitios de trabajo, ya sea plástico, vidrio, metal, energía, tela, madera, etcétera, proviene de la Tierra. El planeta es finito, de manera que nuestra economía está basada en fuentes limitadas. Algunas son renovables (gracias a Dios), pero deben ser explotadas de una manera que permita su sostenibilidad.
La economía es una obra humana que hoy en día está totalmente desvinculada del mundo real. Por un lado, los economistas de la corriente dominante no hacen ninguna mención de los limites del crecimiento o de los recursos. Con la creencia de que la mente humana es el mayor recurso con un potencial infinito, confían que descubriremos nuevas fuentes cuando los recursos se agoten, que inventaremos nuevas alternativas o que viajaremos a otros lugares del universo. Aún más peligroso, el aire, el agua, el suelo y la biodiversidad son clasificados como `elementos externos' de la economía; ni siquiera son una parte central de esta obra. Esto permite a los economistas construir un sistema de valores basado en la utilidad humana. Si algo nos es útil, entonces vale algo. Si no lo es, no tiene valor alguno. Es un chauvinismo de especie de primer orden que nos autoriza - a una especie entre quizá 30 millones - a poner valor a todo. El primer ministro de Québec, Robert Bourassa, tiene un gran plan para embalsar cada uno de los principales ríos hacia las bahías de James y Hudson y producir electricidad. Habla de millones de kilovatios `desperdiciados cada día' en un área que es un `erial vacío'. Sin embargo, para los miles de aborígenes e innumerables plantas y animales nativos, el área está completamente llena y totalmente desarrollada. Pero la mentalidad económica no lo ve de la misma manera.
En nuestros días, la economía global afecta a los países de todo el mundo, aparentando ser la clave para su futura prosperidad y progreso. Pero debido a que el dinero ya no tiene relación con la realidad, ahora se representa a sí mismo y puede ser multiplicado sin ninguna correspondencia con el mundo real. La reciente lucha de los gobiernos y de los bancos para controlar el valor de sus monedas, reveló el execrable hecho de que actualmente los especuladores gastan 600 mil millones de dólares por día en los mercados, eclipsando a la mayoría de economías gubernamentales y, lo que es más, sin contribuir absolutamente nada al planeta más que su acumulación de dinero.
La globalización de la economía y del mercado significa que las fronteras nacionales se vuelven porosas al dinero. El dinero crece más rápidamente de los organismos biológicos, así, por ejemplo, las selvas lluviosas temperadas de Columbia Británica `añaden fibra' a una tasa de 1-2% al año. Es indudable que si se talara solo el 1 ó 2% de los árboles al año en cualquier área, los bosques podrían mantenerse para siempre; pero no tiene ningún `sentido económico' recuperar solamente el 1 ó el 2% de una inversión cuando el dinero puede rendir 7-8% solo en intereses si se tala toda la selva. Y si el dinero fuera invertido en las selvas de Papua Nueva Guinea o de Malasia, podría rendir 20%. El momento en que desaparecen las selvas, las compañías pueden invertir en la pesca y, cuando los peces desaparecen, el dinero puede colocarse en computadores o en biotecnología. La economía global, por ende [...] está conduciendo al planeta a la destrucción.
(6) Creemos que el crecimiento económico es el criterio del `progreso'
Este es un corolario de la verdad número (5). En nuestra sociedad, el progreso se ha convertido en sinónimo de crecimiento. Medimos el desempeño de una compañía o gobierno según sus márgenes de ganancias o crecimiento económico. Sin embargo, como todos quieren el progreso, cuando este es medido de acuerdo a parámetros de crecimiento, no hay final. Ningún país en la Tierra ha decidido que tiene suficiente y que desea mantener ese nivel de ingreso y consumo. Y es porque cuando el crecimiento es progreso, un estancamiento o equilibrio se convierten en una especie de muerte. Ninguna compañía puede permitirse permanecer en el mismo nivel de utilidades, ganancias o de participación en el mercado en el trastornado mundo de la economía.
La Comisión Brundtland acuñó la frase `desarrollo sostenible' como un medio de nuestra salvación ecológica. Sin embargo, en la mayor parte del mundo desarrollado, el término desarrollo no hace referencia al desarrollo personal o espiritual, sino al crecimiento económico. En un mundo finito, este objetivo es simplemente imposible. El crecimiento tiene límites y muchos de nosotros creemos que ya hemos rebasado la capacidad de conducción del planeta. Las depredaciones no solo se deben al crecimiento poblacional en los países en desarrollo sino, y en un grado mucho mayor, a las demandas de consumo del mundo desarrollado. El reto es doble: lograr que países pobres tengan acceso a una mayor cantidad de los recursos del planeta de manera que puedan bajar su crecimiento demográfico; y a la vez que las naciones desarrolladas reduzcan de manera drástica el consumo y la contaminación.
(7) Creemos que, en una democracia, elegimos personas para que nos representen y nos guíen hacia el futuro
Hay dos aspectos cuestionables en esta noción. El primero es que está claro que los políticos no nos `representan'. Si así fuera, más de la mitad serían mujeres y también habría personeros de las minorías visibles, oficinistas, amas de casa a tiempo completo, etcétera, en proporción directa a sus números. De hecho, los políticos provienen de una manera desproporcionada de los sectores de negociantes y abogados, poque estos profesionales poseen los medios para enfrentar los costos de las campañas y de las derrotas. Esto sesga las prioridades gubernamentales hacia cuestiones de jurisdición y bolsillo.
Vivimos en un mundo en donde las cuestiones dominantes de nuestro tiempo - ingeniería genética, computadores, telecomunicaciones, destrucción ecológica - son causadas y serán solucionadas por aplicaciones de la ciencia y la tecnología. No obstante, la mayoría de políticos, especialmente abogados y gente de negocios, son científicamente `analfabetos' e incapaces de evaluar las recomendaciones científicas y tecnológicas de sus asesores. No estamos siendo guiados hacia el futuro, retrocedemos en él.
El segundo aspecto a cuestionar es que la manera cómo establecemos las subdivisiones burocráticas humanas para manejar nuestros asuntos no tiene sentido ecológico. Nuestros linderos nacionales, provinciales y municipales generalmente son geométricos - formas que tienen poco que ver con los linderos geofísicos de cuencas, sistemas fluviales y lacustres, estribaciones, cumbres de montañas y demás. Simplemente resulta imposible reglamentar el agua, el aire y los organismos vivientes como si se amoldaran a las jurisdicciones humanas. El cuerpo de agua potable más grande del mundo, los Grandes Lagos, da sustento a casi 35 millones de personas. Utilizamos las aguas para transporte, pesca, recreación, industria, agricultura, tratamiento de aguas residuales y agua potable. Las regulaciones en temas de agua son administradas por diferentes departamentos que corresponden a estos usos humanos, cada uno con sus propios requerimientos y prioridades. El agua, por lo tanto, no es manejada como un solo sistema ecológico. Además, las guerras jurisdiccionales fomentan los celos y la desconfianza. Los Grandes Lagos están ubicados entre dos países, Canadá y Estados Unidos, por este motivo existe una Comisión Internacional Conjunta. Sin embargo, también lindan con los Grandes Lagos dos provincias, ocho estados también y docenas de municipalidades, entre ellas ciudades como Chicago, Detroit y Toronto. Estos feudos burocráticos humanos impiden la cooperación y la participación que se requieren para una estrategia exhaustiva que proteja los Grandes Lagos.

Estas son solo unas pocas verdades sagradas. Sin duda, otros podrán presentarse con su propia lista que ilustre otras creencias falaces. Si queremos llegar a entender la magnitud y la gravedad de la ecocrisis global y la necesidad de un cambio profundo, debemos reconocer la falacia de nuestros credos para poder mirar el mundo a través de otros ojos, completamente diferentes. Sólo entonces podremos comenzar a reexaminar nuestro lugar en el mundo natural y formular las mejores estrategias para alcanzar un futuro realmente sostenible.
Lutero
Detalle de Alba: Lutero a Erfurt, de Joseph Noel Paton.

LISTA DE LECTURAS RECOMENDADAS SOBRE EL TEMA

1. Manufacturing Consent: Thought Control in Democratic Societies, Noam Chomsky, Boston: Beacon Press, 1991. - Irónicamente llamado `Uno de los más importantes intelectuales vivos' por la sección de comentaristas de libros del New York Times, un diario que él ha condenado, Noam Chomsky ha escrito extensamente sobre cómo las democracias capitalistas fabrican el consenso del público en lugar de engendrar la comprensión. ¿Por qué recordamos el Vietnam cuando en esa misma época moría más gente en Timor Oriental?

2. Global Ecology: Conflicts and Contradictions, Wolfang Sachs (ed.), Londres: Zed Books, 1992. - Una crítica radical a la `globalización' del conocimiento occidental bajo el estandarte del ambientalismo. Hoy en día muchos ambientalistas apoyan el empoderamiento global de gobiernos, corporaciones y de la ciencia en lugar de mayor democracia e independencia local. Antes luchaban para la diversidad cultural; hoy no ven otra alternativa que presionar por una racionalización mundial de los estilos de vida. Este libro ofrece elementos de una visión alternativa.

3. Biology as Ideology/The Doctrine of DNA, Richard Lewontin, New York: Harper Collins y Londres: Penguin, 1992. - Analiza de cerca y de manera informada la pulcra y algo teatral presentación de la ciencia, especialmente las nuevas técnicas genéticas, como la panacea de los problemas humanos, demostrando sugestivamente cómo la ciencia y los científicos están moldeados por la sociedad. Al admitir las sombras y las limitaciones que existen dentro de la ciencia, un genetista eminente nos ayuda a redescubrir la riqueza de la naturaleza humana y el valor de la ciencia.

Copyright © David Suzuki 1995 - Copyright © PanNature 2002

Última revisión Noviembre 1, 2002. Introducción y traducción de Paolo Catelan. Edición: Maricruz González Cárdenas. La cita de Cyrano de Bergerac es tomada de su ``États et empires de la lune'' (1656); la traducción al castellano es nuestra. El material publicado en PanNatura está protegido por la Ley de Derechos de Autores y Editores y © Fundación Sangay: El uso indiscriminado del mismo no está permitido, pero puede ser libremente circulado para fines personales, educacionales y no comerciales. PanNatura y Fundación Sangay son marcas y logos registrados. © PanNatura 2002. © Fundación Sangay 2002.


Original title, ``Blinded by Our Minds''. From SCIENCE FOR THE EARTH, edited by Tom Wakeford and Martin Walters. © 1995 by Tom Wakeford, Martin Walters and the Contributors. Reprinted by arrangement with David Suzuki and John Wiley & Sons Ltd, Chichester, England. Special thanks are due to Tom Wakeford.


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