HE TENIDO la suerte de participar en dos disciplinas: en la
ciencia como genetista y en el periodismo como escritor y conductor de
televisión. Resulta interesante conocer los credos y los valores de
los profesionales en estas dos áreas. El gran alarde del periodismo es
aspirar a un reportaje equilibrado y objetivo, mientras que los
científicos perpetúan su imagen de buscadores objetivos de la verdad
que siguen el camino planteado por los hechos. La realidad, sin
embargo, se encuentra bastante lejos de los ideales.
Esto se debe a que, sin importar cuán
seriamente abracemos el modelo de la objetividad, es innegable que
cada uno de nosotros, independientemente de la profesión, constituimos
primordialmente y ante todo seres humanos con credos, valores y
actitudes amoldadas por nuestras experiencias personales. El modo en
que percibimos el mundo está condicionado por el medio social,
económico y político en el cual crecemos. Género, religión, raza,
posición socioeconómica y apariencia física, todo afecta el tipo de
experiencias que vivimos y, por ende, la manera cómo pensamos. Es por
ello que, tanto en el periodismo como en la ciencia, a pesar de los
alegatos de estar simplemente relatando hechos, en realidad el que
participen mujeres y personas de diferentes razas es relevante.
Quedé impresionado por lo diferentes
que pueden llegar a ser las perspectivas cuando me sumergí en una
batalla sobre el destino de la última cuenca prístina en la región
suroeste de la Columbia Británica. El valle de Stein es sagrado para
los pueblos aborígenes del área, los cuales contrataron ambientalistas
para que les ayudaran a oponerse a la propuesta tala del bosque. Al
comienzo de la década de 1980, un anciano nativo y yo sobrevolamos el
Valle de Stein en helicóptero. El anciano señaló los lugares sagrados
de entierro de su pueblo, los sitios de desove del salmón, las áreas
donde se alimenta el oso pardo y el sitio donde tuvo lugar una gran
batalla entre tribus rivales siglos atrás. El piloto nos reveló: `La
semana pasada traje a un grupo de madereros y políticos por esta misma
ruta y sus únicos temas de conversación fueron empleos, tablas de
madera, metros y utilidades.' Fue un ejemplo magnífico de cómo dos
grupos de personas, al observar el mismo valle y el mismo bosque,
vieron cosas extremadamente distintas. Es lo que acontece con las
perspectivas de católicos y protestantes en Irlanda del Norte,
de negros y blancos en Sudáfrica, de judíos y árabes en el Medio
Oriente - pueblos que comparten un mismo territorio, pero `ven'
realidades muy distintas.
Insisto en esto porque estos
filtros perceptivos subyacen en nuestra manifiesta incapacidad
de responder seriamente a la crisis ecológica global. Organizaciones
como Greenpeace, Worldwatch Institute y Union of Concerned
Scientists han alertado sobre la catastrófica degradación de los
sistemas que sostienen la vida del planeta. Desde la explosión
demográfica hasta el declive de la producción alimenticia, la
deforestación, la contaminación tóxica, los cambios atmosféricos y la
extinción de las especies, los hechos son espeluznantes e
innegables. Sin embargo, la destrucción continúa.
En Río de Janeiro, en junio de 1992,
se concentró el mayor número de líderes mundiales de la historia para
la Cumbre de la Tierra. El objetivo era señalar la preocupación global
por la degradación de la biosfera y el compromiso político de tomar
acciones. Dos semanas más tarde, los jefes del Grupo de los Siete
Países más industrializados se reunieron en Munich y no hicieron
mención alguna ni sobre la Cumbre de Río ni sobre el ambiente. Ni
siquiera hoy, varios años después, hay evidencias de una urgencia y
voluntad de actuar mientras los gobiernos bregan con sus economías. La
pregunta es, ¿por qué, si el mundo se encuentra en una situación tan
desesperada, no estamos respondiendo con la fuerza que respondimos en
la Segunda Guerra Mundial o, más recientemente, contra Irak?
En 1988, el candidato a la
presidencia de los Estados Unidos, George Bush, prometió ser un
`presidente ambientalista'. Una vez elegido, no perdió tiempo en
demostrar que sus declaraciones fueron un burdo oportunismo
político. Al mismo tiempo, el primer ministro canadiense, Brian
Mulroney, repentinamente descubrió que el ambiente era una
prioridad. Cuando fue reelegido en 1988, nombró ministro del Ambiente
a un hombre de alto perfil, Lucien Bouchard. Entrevisté a Bouchard
poco después de su nombramiento y le pregunté cuál consideraba su reto
más importante. Inmediatamente contestó el `calentamiento global'.
Impresionado, le pregunté cuán importante era. `Estamos
hablando de la supervivencia de nuestra especie. Si no actuamos ahora,
enfrentaremos una catástrofe', dijo. Yo me sentí deslumbrado así es
que insistí: `¿Significa eso que su gobierno suspenderá todos los
megaproyectos de explotación de gas y de petróleo y se concentrará en
conservación y energías alternativas?' Su respuesta fue un balde de
agua fría: `No podemos aniquilar el pasado. Hemos hecho promesas
políticas que tenemos que cumplir.' Así que aquí teníamos a un hombre
inteligente y bien intencionado que había comprendido que el
calentamiento global pone en peligro nuestra propia supervivencia y,
sin embargo, no lograba incorporar esa crisis en sus prioridades
políticas.
La habilidad de Bouchard de defender
postulaciones completamente contradictorias ilustra la manera en que
compartimentamos nuestras vidas y vemos el mundo como fragmentos
desconectados. Durante un acalorado debate con el presidente de una de
las más grandes compañías madereras de Canadá acerca de la
contaminación ambiental provocada por uno de los aserraderos de su
compañía, afirmó con absoluta sinceridad `Yo también soy
ambientalista. Tengo siete hijos y me preocupa el futuro.' De alguna
manera, él tampoco pudo relacionar lo que estaba haciendo su compañía
con el futuro de sus hijos.
Analicemos un típico noticiero de 10
minutos emitido por radio o por televisión. Se presentan informes con
una duración de 10 a 40 segundos como noticias totalmente
separadas. Cada historia es demasiado breve como para suministrar
detalles del contexto histórico que le incumbe o las implicaciones de
mayor alcance. Así, al igual que la cada vez más fragmentada forma en
que vivimos nuestras vidas, los medios de comunicación también
destrozan el mundo que nos circunda.
Y tenemos otro problema muy
diferente: la gran estrategia de supervivencia de nuestra especie fue
la adaptabilidad, pero ahora esto nos impide ver lo que está
sucediendo. La plasticidad de nuestra especie nos permitió utilizar
nuestros cerebros para identificar patrones de regularidad en nuestros
entornos y explotar esos patrones para nuestra ventaja. A medida que
adquiríamos un cierto control sobre los factores que inciden en
nuestras vidas, nos adaptamos a una variedad de hábitats que varían de
las selvas de la Amazonía a los desiertos de Australia, los llanos de
África y las tundras del Ártico. (Algunos incluso han logrado
adaptarse a New York o Los Angeles.) Este cambio cultural y social fue
mucho más veloz que la evolución genética de una especie, aunque tuvo
lugar a lo largo de siglos o incluso milenios. Hoy en día, el cambio
se ha vuelto una parte normal de nuestro estilo de vida. Llegamos a
anhelar o incluso a coger con beneplácito casi todo tipo de cambio, y
lo consideramos un indicio de progreso. En nuestra habilidad de
adaptarnos a cambios rápidos, hemos perdido la perspectiva del tiempo
y de la velocidad. Por ende, mientras los pueblos aborígenes de Norte
América aún piensan en marcos de tiempos que se extienden siete
generaciones atrás y siete generaciones adelante, nuestras prioridades
a menudo están determinadas por los modelos automovilísticos del año o
la moda de ropa del año, por los dividendos en acciones trimestrales o
por el próximo salario. En otras palabras, olvidamos pronto cómo eran
las cosas y, entonces, dejamos de tener referencias para comparar el
presente.
Una de las lecciones importantes
lección que me han enseñado los pueblos indígenas, es la de escuchar a
los ancianos, cuyo conocimiento y experiencia no tienen precio.
Durante mis viajes a través de Norte América, desde Newfoundland a la
Isla de Vancouver, he conversado con ancianos no aborígenes sobre cómo
eran las cosas hace unos sesenta o setenta años. Por todo el país, mis
ancianos me cuentan que Canadá y los Estados Unidos han cambiado hasta
el punto de ser irreconocibles. Nuestros viejos son un archivo
viviente de los enormes cambios que se han dado durante el transcurso
de una sola vida humana. Al proyectar al futuro los cambios que ellos
han experimentado, es evidente que nuestros hijos ya viven en un mundo
radicalmente disminuido y que el planeta no podrá soportar la
continuación de este cambio en el próximo milenio. En el pasado, la
gente hubría dicho `Hay mucho más allá, de donde eso proviene'. Hoy en
día no hay mucho más - por todo el planeta las áreas naturales están
desapareciendo y con ellas 50.000 especies cada año. En el pasado,
otros se habrían encogidos de hombros diciendo `Es el precio del
progreso'. Pero no es progreso usar ahora lo que debería ser el legado
de nuestros niños y de todas las generaciones futuras.
Los mayores obstáculos que
enfrentamos para convencer a la gente de la gravedad de la eco-crisis
son los filtros síquicos a través de los cuales percibimos la
realidad. A estos filtros les llamo `sagradas verdades', nociones tan
profundamente enraizadas que se las toman por ciertas y jamás son
cuestionadas, aunque a menudo constituyan la causa fundamental de los
problemas que estamos intentando resolver. Déjeme mostrarles lo que
quiero decir.
(1) Pensamos que los seres
humanos son superiores a las demás formas de vida y debido a que
nuestra inteligencia nos permite comprender y controlar nuestros
entornos, estamos fuera del mundo natural
Resulta fácil entender porqué hemos
llegado a creer todo esto. Ochenta por ciento de los norteamericanos
vive en ciudades y pueblos. Vivimos en un ambiente creado por los
humanos que nos hace creer que podemos `manejar' nuestros
alrededores. Además, la noción misma de una dimensión natural o de
nuestras raíces biológicas se ha convertido en un peyorativo. Los
silvicultores hablan de los bosques antiguos como de bosques
`silvestres' y de las plantaciones de árboles que las sustituyen como
de bosques `normales'. Si aludimos a una persona como un `animal' o un
`salvaje', la estamos insultando; igual cosa sucede al llamarla
`cerdo', `simio', `gallina', `burro', etcétera.
Muy pocos habitantes urbanos
comprenden que, como seres biológicos, seguimos dependiendo del mundo
natural para nuestra propia vida. Tenemos un requerimiento absoluto de
aire, agua y tierra a través de los alimentos que comemos. Son parte
de un colectivo global que no comprendemos ni controlamos plenamente y
constituyen los apuntalamientos fundamentales de las economías
globales. Es la interdependencia de toda vida en la Tierra y el
ambiente físico los que hacen que el planeta acoja la vida humana. Al
desconectarnos del mundo natural, podemos seguir creyendo que aunque
las aves que anidan alrededor del lago Ontario y los peces que viven
en él sufran de alta incidencia de anormalidades del desarrollo y de
tumores, los seres humanos pueden continuar bebiendo su agua y
contaminándolo. Creemos que podemos deshacernos de grandes cantidades
de químicos tóxicos diluyéndolos en el aire, el agua o el suelo, o
encajándolos a los pobres en nuestros países o en el exterior. No
reconocemos las señales - ballenas beluga demasiado tóxicas para
tocarlas siquiera, miles de focas que mueren en el Mar del Norte,
especies que desaparecen - que son advertencias, porque ya hemos
dejado de sentirnos conectados con ellas. Hace no mucho, los mineros
de carbón llevaban consigo a los canarios hacia los pozos para
advertirles de los gases peligrosos. Hoy en día, los `canarios'
colapsan alrededor nuestro, pero aún así no reconocemos las señales
porque creemos firmemente que somos diferentes.
(2) Creemos que la ciencia nos
ofrece el discernimiento sobre el que se basa nuestro control
Cualquiera que entienda en qué se
diferencia la ciencia de otros modos de conocimiento reconocerá que
esta suposición está equivocada. La esencia del método científico
consiste en que nos enfocamos en una parte de la naturaleza,
intentamos llevarla al laboratorio o ponerla bajo el microscopio y
controlamos los factores que inciden en o emanan de ella. De esta
manera, adquirimos conocimientos sobre ese pedacito aislado de
naturaleza. Desde los tiempos de Newton, siempre hemos creído que,
enfocándonos en los fragmentos más pequeños de la naturaleza, podremos
al fin comprender el todo juntando los fragmentos. Los físicos del
siglo XX han entendido que tal reduccionismo simplemente no funciona,
ni siquiera en los niveles más elementales de la materia. Como dijo el
Premio Nobel Roger Sperry, `Hay propiedades que emergen del conjunto
que no pueden predecirse con base a las propiedades de las partes
individuales.' Desafortunadamente, la mayoría de los médicos,
biólogos, empresarios y políticos siguen actuando a partir de las
hipótesis newtonianas.
Aun si los científicos fuesen capaces
de formular principios que gobiernen niveles superiores de
organización y de proporcionar alguna medida de pronosticación y
control, ¿cuánto sabemos? A pesar de que el desarrollo científico ha
estallado en el siglo XX, especialmente después de la Segunda Guerra
Mundial, la cantidad de lo que no conocemos aún es mucho más
impresionante de lo que conocemos, particularmente en las ciencias
biológicas. Para considerar solo un ejemplo sencillo: ¿cuantas
especies existen en la Tierra? No sabemos. Hay modos de estimarlo,
pero las estimaciones varían de 5 a 30 millones. A la fecha, los
biólogos han identificado 1.4 millones de especies. Eso solamente
significa que un espécimen muerto recibió un nombre. No significa que
sepamos algo de su biología fundamental, hábitat, necesidades
alimenticias, reproducción, interacción con otras especies,
distribución geográfica, etcétera. En una conversación que mantuve con
el eminente entomólogo Tom Eisner de la Universidad de Cornell, que ha
hecho más que cualquier otro estudioso para que la gente se interese
en los insectos, me dijo que conocía `muy bien' quizá cinco o seis
insectos. Y él es un experto mundial en insectos. Calculo que se
gastaron cientos de billones de dólares para el estudio de la
Drosophila melanogaster, la mosca de las frutas, y, a pesar de
ello, no sabemos ni siquiera cómo sobrevive los inviernos canadienses
o cuál es su distribución natural. Simplemente es erróneo poner tanta
fe en la ciencia como el medio de nuestra salvación ambiental a largo
plazo.
(3) Creemos que podemos manejar
nuevas tecnologías de tal forma que sus riesgos pueden ser minimizados
En el pasado, las nuevas tecnologías
se convirtieron rápidamente en una parte importante de nuestras vidas,
de manera que sus `costos' sociales, médicos y ambientales solo se
evidenciaron más tarde. Pero, ¿podemos hacer, a priori, los análisis
apropiados costo-beneficio de las nuevas tecnologías? La historia nos
informa que no. Somos tan ignorantes de la naturaleza biofísica del
planeta que no podemos predecir las consecuencias a largo plazo de la
mayoría de las cosas. Consideremos dos ejemplos. Cuando fue construida
la primera bomba atómica, ¿a qué conclusión habría llegado un análisis
costo-beneficio? Las ventajas eran que las bombas podrían acelerar el
fin de una guerra detestable y, con ello, salvar innumerables vidas
humanas. Había algún nivel de conocimiento de que la radiación causaba
mutaciones genéticas. Tal vez un futurista aventurado habría podido
prever una carrera armamentista mundial, aun cuando la Unión Soviética
todavía no se había convertido en el enemigo de Occidente. Pero nadie
pudo pronosticar la lluvia radiactiva (descubierta en Bikini), las
bombas de hidrógeno, los impulsos electromagnéticos de los rayos gamma
o el invierno nuclear, porque todo esto se descubrió una vez terminada
la guerra.
Examinemos los pesticidas. Si en la
época cuando se comenzó a usar el DDT como pesticida, se hubiese
elaborado un análisis costo-beneficio, los beneficios de eliminar
plagas agrícolas, vectores de enfermedades o simples insectos
fastidiosos eran obvios. Los genetistas pudieron haber sugerido que,
al seleccionar los genes resistentes, los pesticidas perderían
rápidamente su eficacia; y los ecologistas pudieron haber señalado que
dado que los insectos representan más del 90 por ciento de todas las
especies animales, es el grupo más ubicuo y, posiblemente, más
importante de los animales de la Tierra. Cuando solo una en mil
especies de insectos es una peste para los seres humanos, desde el
punto de vista ecológico no tiene mucho sentido fumigar con químicos
que exterminan todos los insectos solo para ejecutar uno o dos que nos
molestan. Pero nadie habría mencionado al fenómeno de la
biomagnificación, el proceso por el cual rastros de moléculas se
concentran en cientos de miles, o incluso millones, de veces a lo
largo de la cadena alimenticia. Eso sucede porque solo aprendimos del
fenómeno de la biomagnificación cuando aves como el águila comenzó a
desaparecer debido a los elevados niveles de DDT. La lección que la
historia nos da es que los beneficios de nuevas tecnologías son
inmediatos y obvios, de ahí nuestro amor para la novedad. Pero los
costos - y cada tecnología, independientemente de sus beneficios,
tiene costos - no pueden ser pronosticados a priori porque no
conocemos casi nada.
(4) Creemos que a través de
evaluaciones ambientales podemos evitar los problemas ambientales
causados por procesos nuevos, como diques, deforestación sistemática,
industrias, etcétera
Esta verdad sagrada debe ser
eliminada por las mismas razones por las que el numeral (3) está
equivocado. Pero hay una cuestión adicional. Los seres humanos
seguirán talando selvas, construyendo diques, edificando viviendas y
una forma de tratar de prever las consecuencias ecológicas es a través
de evaluaciones de impacto ambiental. El problema es que la amplitud
de nuestra ignorancia es tal que nos impide incluso las simples
conjecturas científicas. Por ejemplo, las evaluaciones ambientales de
las perforaciones petroleras en el alto Ártico se realizan con base a
estudios de estación elaborados en un período de, quizá, dos o tres
años. En el Ártico, en donde el agua permanece congelada durante nueve
meses al año, la oscuridad es completa cuatro o cinco meses y las
condiciones son hostiles para los humanos, las condiciones para la
investigación resultan, por decir lo menos, difíciles. Generalmente
los estudios son realizadas por estudiantes de verano (a menudo bajo
la dirección de las compañías petroleras), quienes consideran unas
pocas especies. Ahora, en el Ártico, existen poblaciones de
diferentes animales y diversas plantas que están exquisitamente
adaptadas a este implacable ambiente y que pueden fluctuar en ciclos
que van de 15 a 20 años o más. La idea de que una breve evaluación de
verano a un grupo seleccionado de organismos dentro de un rango
limitado nos pueda brindar una mínima información acerca de la
complejidad de las comunidades árticas, es simplemente ridícula.
Debido a su extremada limitación en escala, alcance y duración, tales
datos no tienen valor científico alguno. [...]
(5) Creemos que la economía
constituye la principal prioridad en la que debemos ocuparnos y que
todas las demás áreas son parte de la economía
Los requisitos fundamentales que
apuntalan toda la vida de la Tierra son el aire, el agua, la tierra y
la biodiversidad. Sin estos, nosotros y la mayoría de las demás
criaturas no estaríamos aquí. De manera que debemos considerarlos una
verdad sagrada que está antes que todo lo demás. Todo lo que tenemos
en nuestras casas y sitios de trabajo, ya sea plástico, vidrio,
metal, energía, tela, madera, etcétera, proviene de la Tierra. El
planeta es finito, de manera que nuestra economía está basada en fuentes
limitadas. Algunas son renovables (gracias a Dios), pero deben ser
explotadas de una manera que permita su sostenibilidad.
La economía es una obra humana que
hoy en día está totalmente desvinculada del mundo real. Por un lado,
los economistas de la corriente dominante no hacen ninguna mención de
los limites del crecimiento o de los recursos. Con la creencia de que
la mente humana es el mayor recurso con un potencial infinito, confían
que descubriremos nuevas fuentes cuando los recursos se agoten, que
inventaremos nuevas alternativas o que viajaremos a otros lugares del
universo. Aún más peligroso, el aire, el agua, el suelo y la
biodiversidad son clasificados como `elementos externos' de la
economía; ni siquiera son una parte central de esta obra. Esto permite
a los economistas construir un sistema de valores basado en la
utilidad humana. Si algo nos es útil, entonces vale algo. Si no lo es,
no tiene valor alguno. Es un chauvinismo de especie de primer orden
que nos autoriza - a una especie entre quizá 30 millones - a poner
valor a todo. El primer ministro de Québec, Robert Bourassa, tiene un
gran plan para embalsar cada uno de los principales ríos hacia las
bahías de James y Hudson y producir electricidad. Habla de millones de
kilovatios `desperdiciados cada día' en un área que es un `erial
vacío'. Sin embargo, para los miles de aborígenes e innumerables
plantas y animales nativos, el área está completamente llena y
totalmente desarrollada. Pero la mentalidad económica no lo ve de la
misma manera.
En nuestros días, la economía global
afecta a los países de todo el mundo, aparentando ser la clave para su
futura prosperidad y progreso. Pero debido a que el dinero ya no tiene
relación con la realidad, ahora se representa a sí mismo y puede ser
multiplicado sin ninguna correspondencia con el mundo real. La
reciente lucha de los gobiernos y de los bancos para controlar el
valor de sus monedas, reveló el execrable hecho de que actualmente los
especuladores gastan 600 mil millones de dólares por día en los
mercados, eclipsando a la mayoría de economías gubernamentales y, lo
que es más, sin contribuir absolutamente nada al planeta más que su
acumulación de dinero.
La globalización de la economía y del
mercado significa que las fronteras nacionales se vuelven porosas al
dinero. El dinero crece más rápidamente de los organismos biológicos,
así, por ejemplo, las selvas lluviosas temperadas de Columbia
Británica `añaden fibra' a una tasa de 1-2% al año. Es indudable que
si se talara solo el 1 ó 2% de los árboles al año en cualquier área,
los bosques podrían mantenerse para siempre; pero no tiene ningún
`sentido económico' recuperar solamente el 1 ó el 2% de una inversión
cuando el dinero puede rendir 7-8% solo en intereses si se tala toda
la selva. Y si el dinero fuera invertido en las selvas de Papua Nueva
Guinea o de Malasia, podría rendir 20%. El momento en que desaparecen
las selvas, las compañías pueden invertir en la pesca y, cuando los
peces desaparecen, el dinero puede colocarse en computadores o en
biotecnología. La economía global, por ende [...] está conduciendo al
planeta a la destrucción.
(6) Creemos que el crecimiento
económico es el criterio del `progreso'
Este es un corolario de la verdad
número (5). En nuestra sociedad, el progreso se ha convertido en
sinónimo de crecimiento. Medimos el desempeño de una compañía o
gobierno según sus márgenes de ganancias o crecimiento económico. Sin
embargo, como todos quieren el progreso, cuando este es medido de
acuerdo a parámetros de crecimiento, no hay final. Ningún país en la
Tierra ha decidido que tiene suficiente y que desea mantener ese nivel
de ingreso y consumo. Y es porque cuando el crecimiento es progreso,
un estancamiento o equilibrio se convierten en una especie de
muerte. Ninguna compañía puede permitirse permanecer en el mismo nivel
de utilidades, ganancias o de participación en el mercado en el
trastornado mundo de la economía.
La Comisión Brundtland acuñó la frase
`desarrollo sostenible' como un medio de nuestra salvación ecológica.
Sin embargo, en la mayor parte del mundo desarrollado, el término
desarrollo no hace referencia al desarrollo personal o espiritual,
sino al crecimiento económico. En un mundo finito, este objetivo es
simplemente imposible. El crecimiento tiene límites y muchos de
nosotros creemos que ya hemos rebasado la capacidad de conducción del
planeta. Las depredaciones no solo se deben al crecimiento poblacional
en los países en desarrollo sino, y en un grado mucho mayor, a las
demandas de consumo del mundo desarrollado. El reto es doble: lograr
que países pobres tengan acceso a una mayor cantidad de los recursos
del planeta de manera que puedan bajar su crecimiento demográfico; y a
la vez que las naciones desarrolladas reduzcan de manera drástica el
consumo y la contaminación.
(7) Creemos que, en una
democracia, elegimos personas para que nos representen y nos guíen
hacia el futuro
Hay dos aspectos cuestionables en
esta noción. El primero es que está claro que los políticos no nos
`representan'. Si así fuera, más de la mitad serían mujeres y también
habría personeros de las minorías visibles, oficinistas, amas de casa
a tiempo completo, etcétera, en proporción directa a sus números. De
hecho, los políticos provienen de una manera desproporcionada de los
sectores de negociantes y abogados, poque estos profesionales poseen
los medios para enfrentar los costos de las campañas y de las
derrotas. Esto sesga las prioridades gubernamentales hacia cuestiones
de jurisdición y bolsillo.
Vivimos en un mundo en donde las
cuestiones dominantes de nuestro tiempo - ingeniería genética,
computadores, telecomunicaciones, destrucción ecológica - son causadas
y serán solucionadas por aplicaciones de la ciencia y la
tecnología. No obstante, la mayoría de políticos, especialmente
abogados y gente de negocios, son científicamente `analfabetos' e
incapaces de evaluar las recomendaciones científicas y tecnológicas de
sus asesores. No estamos siendo guiados hacia el futuro, retrocedemos
en él.
El segundo aspecto a cuestionar es
que la manera cómo establecemos las subdivisiones burocráticas humanas
para manejar nuestros asuntos no tiene sentido ecológico. Nuestros
linderos nacionales, provinciales y municipales generalmente son
geométricos - formas que tienen poco que ver con los linderos
geofísicos de cuencas, sistemas fluviales y lacustres, estribaciones,
cumbres de montañas y demás. Simplemente resulta imposible reglamentar
el agua, el aire y los organismos vivientes como si se amoldaran a las
jurisdicciones humanas. El cuerpo de agua potable más grande del
mundo, los Grandes Lagos, da sustento a casi 35 millones de
personas. Utilizamos las aguas para transporte, pesca, recreación,
industria, agricultura, tratamiento de aguas residuales y agua
potable. Las regulaciones en temas de agua son administradas por
diferentes departamentos que corresponden a estos usos humanos, cada
uno con sus propios requerimientos y prioridades. El agua, por lo
tanto, no es manejada como un solo sistema ecológico. Además, las
guerras jurisdiccionales fomentan los celos y la desconfianza. Los
Grandes Lagos están ubicados entre dos países, Canadá y Estados
Unidos, por este motivo existe una Comisión Internacional
Conjunta. Sin embargo, también lindan con los Grandes Lagos dos
provincias, ocho estados también y docenas de municipalidades, entre
ellas ciudades como Chicago, Detroit y Toronto. Estos feudos
burocráticos humanos impiden la cooperación y la participación que se
requieren para una estrategia exhaustiva que proteja los Grandes
Lagos.
Estas son solo unas pocas verdades
sagradas. Sin duda, otros podrán presentarse con su propia lista que
ilustre otras creencias falaces. Si queremos llegar a entender la
magnitud y la gravedad de la ecocrisis global y la necesidad de un
cambio profundo, debemos reconocer la falacia de nuestros credos para
poder mirar el mundo a través de otros ojos, completamente diferentes.
Sólo entonces podremos comenzar a reexaminar nuestro lugar en el mundo
natural y formular las mejores estrategias para alcanzar un futuro
realmente sostenible.
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Detalle de Alba: Lutero a Erfurt, de Joseph Noel Paton.
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LISTA DE LECTURAS RECOMENDADAS SOBRE EL TEMA
1. Manufacturing Consent: Thought Control in Democratic
Societies, Noam Chomsky, Boston: Beacon Press, 1991. -
Irónicamente llamado `Uno de los más importantes intelectuales vivos'
por la sección de comentaristas de libros del New York Times,
un diario que él ha condenado, Noam Chomsky ha escrito extensamente
sobre cómo las democracias capitalistas fabrican el consenso del
público en lugar de engendrar la comprensión. ¿Por qué recordamos el
Vietnam cuando en esa misma época moría más gente en Timor
Oriental?
2. Global Ecology: Conflicts and Contradictions, Wolfang
Sachs (ed.), Londres: Zed Books, 1992. - Una crítica radical a la
`globalización' del conocimiento occidental bajo el estandarte del
ambientalismo. Hoy en día muchos ambientalistas apoyan el
empoderamiento global de gobiernos, corporaciones y de la ciencia en
lugar de mayor democracia e independencia local. Antes luchaban para
la diversidad cultural; hoy no ven otra alternativa que presionar por
una racionalización mundial de los estilos de vida. Este libro ofrece
elementos de una visión alternativa.
3. Biology as Ideology/The Doctrine of DNA, Richard
Lewontin, New York: Harper Collins y Londres: Penguin, 1992. - Analiza
de cerca y de manera informada la pulcra y algo teatral presentación
de la ciencia, especialmente las nuevas técnicas genéticas, como la
panacea de los problemas humanos, demostrando sugestivamente cómo la
ciencia y los científicos están moldeados por la sociedad. Al admitir
las sombras y las limitaciones que existen dentro de la ciencia, un
genetista eminente nos ayuda a redescubrir la riqueza de la naturaleza
humana y el valor de la ciencia.
Copyright © David Suzuki 1995 - Copyright © PanNature 2002
Última revisión
Noviembre 1, 2002. Introducción y traducción de Paolo
Catelan. Edición: Maricruz González Cárdenas. La cita de
Cyrano de Bergerac es tomada de su ``États et empires de la
lune'' (1656); la traducción al castellano es nuestra. El
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Original title, ``Blinded by Our Minds''.
From SCIENCE FOR THE EARTH, edited by Tom Wakeford and Martin
Walters. © 1995 by Tom Wakeford, Martin Walters and the
Contributors. Reprinted by arrangement with David Suzuki and
John Wiley & Sons Ltd, Chichester, England. Special thanks
are due to Tom Wakeford.
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